Vagabundeo resplandeciente

Humano, demasiado humano

Julio 2, 2009 · 5 comentarios

Sin embargo, por la delgada ranura que quedó –otro humano, creo, me arrancó la oreja izquierda de un mordiscón– todavía escucho con claridad los sonidos, e incluso los murmullos del mundo. También puedo ver nítidamente todas las cosas, merced a un prodigio de la ciencia médica: aunque no lo parezca, esa protuberancia azulina que se ubica a la izquierda de mi boca, es un ojo. Si no fuera por el progreso descomunal propio del tiempo en que nos toca vivir, desde el incendio y debido a los óxidos, mi destino hubiese sido el de la sempiterna cerrazón. Tuve la fortuna de perder solamente un ojo; luego de dieciséis interminables intervenciones los oftalmólogos consiguieron salvarme el otro. Pese a que no tiene párpados y lagrimea cada dos por tres, no me quejo: me permite capturar las formas y los colores.

Poseo un olfato muy desarrollado, y es la nariz el órgano por donde se manifiestan mis máximos deleites y aflicciones. Me pregunto: ¿es correcto llamar nariz a esta pieza membrosa y enorme que baja creciendo hasta mi cuello de toro, a ese bulto grisáceo con costras blancas que reconoce todos los olores, aun los más sutiles? No se trata de la nuez de Adán ensanchada por la acromegalia. No, es mi nariz, ni bella ni útil, dado que su sensibilidad disparatada la convierte en fuente de una inenarrable tortura toda vez que materias fétidas se deslizan por las cañerías que traspasan mi hogar. No obstante los infortunios que me genera, yo la venero y a menudo especulo con que es el aposento de mi alma.

Carezco de piernas y brazos, quizá a causa de algún medicamento que ingirió mi madre para tener un embarazo benigno, quizá a causa de un accidente de trabajo. No recuerdo. De todos modos, mis cuatro muñones han cicatrizado a la perfección, de forma que puedo trasladarme por tierra casi sin ningún inconveniente. Ninguno de mis enemigos, de momento, ha logrado alcanzarme en sus muchas persecuciones.

Tal vez de ninguna otra parte de mi cuerpo esté tan orgulloso como de mi boca. La tengo así, no porque aúlle cotidianamente de desesperación, sino para exhibir sin esfuerzo mis intimidantes, blancos y carniceros dientes. Tan sólo me faltan dos o tres, pero todos los demás me sirven para incrustarse en gargantas de pajarillos o nalgas de polluelos. Es sabido por todos que comer carne es una prerrogativa de los dioses.

Por lo demás, mi sexo permanece intacto. Puedo hacer el amor a condición de que el mozalbete o la hembra que oficia de partenaire me permita acomodarme de tal modo que mis forúnculos no rocen con su humanidad; cada vez que explotan padezco terribles dolores, y brota de ellos un contaminando pus. La repugnancia que infundo a mis ocasionales amantes se transforma en atracción, e incluso en empalago, una vez que –con ayuda del alcohol o de algún alucinógeno– vencen el asco preliminar –acompañado no pocas veces de un vómito– y aceptan finalmente entreverarse conmigo sobre una cama. Afirmaría que soy voluptuoso. Ciertas mujeres llegan a amarme, pero son los chicos quienes más terminan enviciándose con mis imperfecciones. Como traen a la memoria tantas mitologías y tradiciones, la bestia siempre fue el objeto de fascinación de la bella, aunque más no sea en el fondo de su alma. Es raro, por consiguiente, que en el corazón de un apuesto jovenzuelo no anide algo perverso. Jamás alguno de mis amantes lamentó haberlo sido; conmigo asimilaron que hasta el descenso a la mugre –algo que a todos tienta y que muy pocos osan emprender– puede resultar erógeno.

No soy más desdichado que otra gente, ni es mi intención que me compadezcan. Tener la certeza de que otros han quedado peor, por supuesto, es un enorme bálsamo para mi espíritu. Es posible que Dios exista, pero eso, a estas alturas de la historia, con todo lo que ha sucedido, ¿tiene alguna importancia? Lo único que puedo decir es que he sobrevivido, y pese a las apariencias, formo parte de la raza humana. ¡Obsérvenme bien, reconózcanse!

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Jack London ya no es lo que era

Junio 26, 2009 · 3 comentarios

El año pasado, a raíz de un comentario efectuado por el autor de uno de las blogs que más me gusta leer (En Jack London, el ser humano no es más que un ente minúsculo perdido en una inmensidad hostil), y luego de mi viaje a Bolivia, donde descubrí que el Che Guevara fue un lector consuetudinario del estadounidense, decidí que era hora de consumar una relectura de algunas de sus obras, que tanto habían contribuido a forzar mi ensoñación infantil. Además, me interioricé un tanto en su vida, a menudo idealizada. Lo cierto es que desde entonces a esta parte, mis impresiones sobre Jack London han variado sustancialmente. A continuación, y con brevedad, fundamentaré los motivos de semejante cambio.

Quizá ningún otro novelista norteamericano sirva, como Dreiser, para iluminar con exactitud lo que, en cambio, no fue Jack London. No es que entre los dos falten  aspectos en común, que por el contrario son numerosos: la misma reacción contra el sentimentalismo y la reticencia de la tradición gentil, la misma doctrina biológica (ninguna actividad, para London, escapa a las leyes biológicas, incluida la creación artística) e ideológica, para empezar, que sin embargo, en el caso de London, tomaron cierta colaboración entre nietzschiana y marxista que lo llevó, al contrario de Dreiser, a celebrar el superhombre y la voluntad de poder.

Otra diferencia con respecto a Dreiser es que las teorías de la existencia aparecen en London como parte de la extraña mezcla de un autodidacto, y de allí resulta una dramaticidad por entero verbal, que las más de las veces no consigue fundirse con la psicología de los personajes. Se podría decir que, en el fondo, todos los personajes de London son variaciones de uno solo, Jack London, quien poco a poco se va internando, de manera romántica, a través de cierto número de “ideas madres” como la de la strenuous life, del valor físico, y de las mujeres como premio del más fuerte. Esto no sólo porque gran parte de sus novelas y cuentos tienen neto carácter autobiográfico –Tales of the Fish Patrol, John Barleycorn, Martin Eden–, sino, sobre todo, porque esa rebelión contra las convenciones no la afrontó en la realidad social de su propio país, sino en una fuga de ella, en la libertad de las tierras lejanas, en Alaska y en los mares del Sur, donde la celebración de la fuerza se volvió una especie de monótono evangelio ritual. Allí donde los personajes de Dreiser no los vemos tan sólo como individuos, sino en su papel social, que llega a ser un elemento necesario en el proceso de la individualidad, los personajes de London son glorificaciones del valor individual frente a las acechanzas de la naturaleza, gigantes reacios y fornidos que sobreviven siempre a cualquier tempestad, como nuevos atlantes que se vuelven vigorosos al contacto de la Madre Naturaleza; en su creencia de que el mundo pertenece a los más fuertes, London llegó por último al engrandecimiento de la raza anglosajona, destinada a dominar a los amarillos, a los negros y a todas las subespecies de los blancos: los anglosajones están “condenados” a heredar la tierra.

Por lo demás, toda la vida de London fue una serie de mitos y contradicciones: socialista en el ensayo The People of Abyss, cuyo tema son los slums londinenses, termina, por ejemplo, por defender a los petroleros estadounidenses  de México, como un signo de la supremacía nórdica en aquel país; luchó por la abolición de la propiedad privada y acabó por volverse un capitalista a lo Mark Twain. Estas oscilaciones dieron a su narrativa, para qué negarlo, una energía vehemente pero desordenada, viciada sin embargo demasiado a menudo por una retórica fácil y trivial; y si bien algunas de sus novelas, como The Call of the Wild y The Sea-Wolf, le dieron notoriedad y riqueza, London no tuvo, como Dreiser, una claridad de visión capaz de un apasionada definición de la condición humana.

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Recuerdo de Bioy Casares

Junio 20, 2009 · 4 comentarios

Hace bastante ya, en un periódico chileno, una señora que no detenta otro mérito conocido que el haber contraído matrimonio con un célebre moribundo, muy suelta de cuerpo –pese a que lo suyo, se sabe, es hablar poco y querellar mucho–, afirmó, con una clara intencionalidad maliciosa, que Bioy Casares había sido el Salieri de Borges. A estas alturas del partido, resulta redundante y baladí trazar una defensa de la obra de Bioy; las palabras de María Kodama exteriorizan tal grado de resentimiento e inquina, que se impugnan a sí mismas, ahorrando el trabajo de efectuar acotación alguna. No obstante, me dan pie para esbozar una breve evocación sobre una circunstancia personal tan simple como imborrable para quien escribe.

Si no me equivoco fue en una de sus últimas visitas a la Feria del Libro en Buenos Aires, poco antes de su muerte –de la que ahora se cumplen diez años–, cuando tuve el honor de verlo. En aquel entonces yo apenas era un púber con el pelo desprolijo, que tan sólo había leído algunos cuentos emparentados con la science fiction incluidos en La trama celeste. Recuerdo que Bioy estaba sentado en un rincón, con un bastón y enfundado en un impecable traje azul. En este momento me doy cuenta que superaba ampliamente los ochenta años, y no debió haberme sorprendido que, pese a la interminable fila de damas que esperaban, ansiosas por tenerlo face à face, no quedaran ni rastros del galán que supo ser durante casi toda su vida; por el contrario, se había vuelto un anciano enclenque, de movimientos pausados, huesudo. A mí poco me importaba su aspecto; lo que me emocionaba, mientras aguardaba por mi turno, era enfrentarme por primera vez a un escritor reconocido, un escritor al que había leído, un escritor sobre el que mi abuela había tejido mil y una anécdotas sensacionales. En otras palabras, Bioy me resultaba al mismo tiempo un mito viviente y alguien familiar. Cuando finalmente llegó el momento anhelado, y Bioy se percató de mi estatura, colado en medio de un auténtico harén, no logró evitar una leve sonrisa, antes de preguntarme: ¿cómo se llama usted, joven amigo? Me apresuré en contestarle, él bajó la vista y comenzó a escribir la dedicatoria. El libro que había comprado era El sueño de los héroes (quizá sea una casualidad, pero con el tiempo he descubierto que ninguna obra suya me gusta más que la onírica historia de Emilio Gauna). Entretanto, atiné a comentarle que en el colegio nos habían hecho leer unos cuentos suyos, pero que yo luego seguí por mi cuenta con otros. Cuando me extendió el ejemplar firmado, volvió a sonreír y me dijo: Para los viejos como yo, es una satisfacción conservar lectores tan jóvenes (no me destaco por poseer buena memoria, pero ¡ay de mí si olvidara sus palabras!). Noté que las señoras de atrás estaban impacientes, por lo que me apuré en darle las gracias y a continuación un enérgico apretón de manos. Fue la primera y única vez que lo vi en mi vida. Sin embargo, sus manos frágiles y su mirada transparente, al igual que sus historias, estarán conmigo el resto de mis días.

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Dos niños y un destino

Junio 11, 2009 · 4 comentarios

En 1970, Belfast era una ciudad cuyos barrios estaban convertidos en ghettos. El conflicto de Irlanda del Norte había desatado una espiral de violencia y un reguero de sangre que se prorrogarían por varias décadas más. Tomando tan aciaga circunstancia histórica como contexto, el director Terry Loane compuso una preciosa película que retrata la amistad entre dos niños en el umbral de la pubertad.

El viejo conflicto entre los protestantes, ávidos de resguardar el tutelaje británico, y los católicos, partidarios de la integración con la república de Irlanda, o bien de la independencia, encuentra su símbolo más paradigmático en el puente que divide a Belfast. En ese marco inestable, Mickybo –hijo de una familia católica pobre– y Jonjo –primogénito de un pudiente matrimonio protestante–, coinciden por obra del azar cuando el primero, escapando de dos bravucones con quienes ha intercambiado robos recíprocos, se atreve a franquear el implícito límite que levantan las murallas del sinsentido. A priori, todo debería enfrentarlos: además de las procedencias religiosas y de los bandos opuestos, Mickybo es extrovertido, díscolo y desaliñado, mientras que la timidez, la aplicación y la prolijidad son los signos distintivos de Jonjo. Así y todo, el improbable dúo termina tan unido como Butch Cassidy y Sundance Kid.

Y es que Mickybo y Jonjo consolidan su amistad merced al entusiasmo que les genera el emblemático film de George Roy Hill que recreaba las andanzas de los dos famosos pistoleros estadounidenses. Decididos a sacarse el tedio de encima, los pequeños se fugan de sus problemáticos hogares, con la firme y dulce convicción impúber, mítica y masculina de reanudar los legendarios pasos de Paul Newman y Robert Redford, tomándolos como brújula y manual de vida. Siguiendo esa quimera transformada en un imaginar colectivo que los conducirá a surcar campos, laderas y bosques, la utopía infantil se convierte de repente en un viaje errático, pero sobre todo, en un viaje de aprendizaje.

Lejos de ser una film pretencioso, Mickybo and Me se nos revela como el relato gracioso y conmovedor de una historia sencilla, que únicamente aborda de modo lateral –pero con más profundidad que las películas que se sumergen de lleno– el conflicto social que deja a la deriva a un par de chicos prófugos que tan sólo tratan de llegar cabalgando a Australia, el añorado paraíso imaginario.

Sería una pena, para quienes disfrutamos hasta el día de hoy contemplando aquel apoteósico paradigma del western romántico y crepuscular (Leone más Peckinpah), que ésta joya del cine irlandés se nos pasara por alto. No solamente porque, por medio de fragmentos, Butch y Sundance otra vez estarán en la pantalla grande, sino también por el perfecto ritmo narrativo del filme, la ternura que desprenden ciertas situaciones, los ingeniosos diálogos, las estupendas interpretaciones de los mocosos protagonistas y la lección de tolerancia que su amistad constituye.

Mickybo and Me (Irlanda, 2004).
Director: Terry Loane.
Intérpretes: John Joe McNeill, Niall Wright, Julie Walters, Ciarán Hinds, Gina McKee.
Calificación: 7,50.

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Goethe: hacia un sentido clásico de la vida

Junio 2, 2009 · 7 comentarios

Quizá sea fruto de mi inexperiencia y consiguiente ignorancia, pero no conozco otro tema en la historia de la literatura más complejo de tratar sin incurrir en pertinente cursilería, más difícil de considerar con modesta claridad, que este inconveniente –insoluble en el fondo, como todo lo que al genio se refiere, tal como advirtiera Harold Bloom– de los antecedentes, de los reales orígenes del joven Werther, el héroe casi autobiográfico de Goethe.

Generaciones y generaciones de sentimentales, venidos en busca del contenido del cántaro para sus lágrimas, han acabado por agotar las fuentes de la poesía en este lugar de la vida del artista. Las crónicas revelan que, profesores, novelistas y hasta eruditos se han encarnizado –desde la época de Goethe, que soportó con paciencia estoica una avalancha de panfletos y de parodias de su héroe– en el análisis de la correlación entre los personajes del Werther y sus sosias de la vida real; del paralelismo entre el genio alemán, sus aspiraciones tumultuosas de Sturm und Drang (tempestad e ímpetu), su panteísmo bochinchero, su honesto inmoralismo y el sensible y desgraciado Werther. Todas las inepcias, todas las ingenuidades han sido dichas, ordinariamente en nombre del sentido común, como si Goethe no hubiera evidenciado por una obra y una vida ciclópeas la legítima posesión de una inteligencia muy por encima de las usualmente humanas, muy por encima de la mediocridad intelectual y afectiva de sus forzosamente incomprensivos maldicientes.

Considero que la gran originalidad de Johann Wolfgang von Goethe como artista; o mejor aún, como hombre, en función de la creación artística, fue la de haber preferido con precocidad entre dos modelos de existencia; la de haber elegido, para imitarlo, un modelo que hizo carne de su carne y animó después con ese compás personal que impone el genio a los más dispares materiales. Entre dos existencias ideales hubo de escoger el joven Goethe para moldear la propia: una, la que podríamos llamar la vida romántica, y la otra, la vida clásica. Entiendo por ideal romántico de vida artística un peculiar modo de vivir (o mejor dicho, de mal vivir) donde todo –libertad individual, inquietudes no artísticas, plenitud afectiva, progreso interior, sociabilidad– queda determinado apriorísticamente, esclavizado, por los requerimientos, por el despotismo de la creación. El hombre, eje de la obra de arte, devine entonces un médium, un miserable juguete, un intermediario sin nobleza, de este prodigioso instante que supone la ráfaga de inspiración, auténtico estado de gracia, de extasiado deslumbramiento, en la existencia sombría y atormentada de un Baudelaire, de un Poe, de un Darío, de un Rimbaud.

En el ideal clásico de vida, por el contrario, el artista se propone a sí mismo, cosa de carne, sangre y hueso, como modelo, como obra en permanente gestación, como corregible manuscrito, indefinidamente perfectible. ¡Bienvenido el poema, el retrato, la sinfonía, si llegan! Pero tales accidentes felices no constituyen el norte fundamental. ¿El destino del pequeño limonero del vivero es dar limones? No; su objetivo es llegar a ser un gran árbol. Los frutos marcan, años tras años, los momentos fastuosos, la plenitud de la creación, las experiencias combinadas de la tierra, el sol y la savia. Para el artista de vivir clásico el fruto no es sorpresa, es lógica; no es admiración ni deslumbramiento, es comprensión: el artista de vivir clásico acata y comprende su destino. En efecto, de allí saca su fuerza, dado que posee la exacta medida de sus medios y limitaciones; justamente, de esa fatalidad en la cual el romántico encuentra un tema inagotable de pesimismo y desencanto.

El nacido en Fráncfort del Meno eligió claramente este último ideal de vida, que se confundía para él con su personal concepción del Bildung helénico. Hizo de su elección un cuerpo de doctrina y, a su regreso de Italia, un método de vida, para finalmente condensarlo en los prietos aforismas de su edad madura y vejez. Y aquí reside precisamente el gran interés del Werther en la vida de Goethe.

En Wetzlar, adonde el novel autor había viajado para perfeccionar su jurisprudencia, se encuentra de repente en un baile con Charlotte Buff, una encantadora jovencita cuyo único defecto reseñable era ser, desde hacía cuatro años, la prometida de un mediocre pero respetable funcionario, doce años mayor que ella. Verla y nada más enamorarse fue cuestión de minutos para Johann Wolfgang. Pero Charlotte, luego de largos meses de asedio, se resiste todavía a abandonar sus antiguos hábitos, y con firmeza no exenta de dulzura, rechaza las pretensiones del poeta. Goethe se hunde en una feroz lucha frente a su pasión, hasta que logra por fin destrozar las cadenas de seda, y una mañana, desperado pero dichoso, huye de Wetzlar sin despedirse de nadie, hacia las riberas del Rin, donde olvidará –o tratará de olvidar– con una refinada señorita llamada Maximiliana, sus pretéritas penas. Por primera vez en su vida decide solo su porvenir; lejos de su padre, lejos de sus demás influencias, el joven Goethe tuvo ante sí la visión de su existencia ensombrecida por la pasión, quizá destruida para siempre, y sin embargo, conservó la fuerza, la inteligencia de curarse y usufructuar hasta la última migaja de su desastre, hasta la última carta de amor, para la venidera creación, oscuramente intuida, oscuramente concebida como liberación. ¿No le daba Charlotte el ejemplo de cordura? ¿Esa niña, apenas adolescente, no le enseñaba a elegir con sensatez, al preferir a su mediocre comprometido, de juicio recto y mesurado, rutinario y honesto, por sobre el genio caótico y juvenil, desordenado, ilimitadamente oscuro y seguramente inmortal? ¿No era, acaso, su prometido incomparablemente más apto para un fin determinado, mejor dotado para el matrimonio, más seguro, más regular, más adaptado a la convivencia que su fogoso rival? Es claro: Charlotte no se dejó seducir por el instante de ardor. Cuando Goethe comprendió el sentido de dicha elección, estaba salvado. El hombre de inteligencia y voluntad había salvado al hombre de imaginación y pura sensibilidad. Pero dejaba atrás al pobre Werther, tan mal herido y enfermizo, que si Goethe no lo hubiese dejado morir, cualquier otro escritor habría podido ultimarlo (a condición de tener genio, por supuesto). Esto es, según mi parecer, el sentido de la fuga de Werther.

En definitiva, no constituye otra cosa para mí éste pequeño libro que habría de producir sobre la humanidad más honda impresión que cualquier otro: la conmemoración de una batalla ganada, iniciático triunfo sobre las pasiones, una revancha de la inteligencia sobre el “demonio”. Sobre todo, por más paradójico que parezca, el símbolo de la primera gran victoria de Goethe sobre sí mismo hacia la afirmación, hacia la conclusión de un sentido clásico de la vida.

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Ligera reelaboración del capítulo IX de “Moby Dick”

Mayo 25, 2009 · 2 comentarios

«Feligreses, estimados compañeros de tripulación, recordemos una vez más las peripecias de Jonás. Este pequeño libro sobre el que ahora pliego mis manos, no se presenta como original del profeta, sino como su historia, seguramente escrita en época muy posterior. Y, pese a ser uno de los más exiguos cordones en el todopoderoso cable de las Escrituras, pues sólo contiene cuatro capítulos, ¡qué profundidades del alma sondea el penetrante escandallo de Jonás! ¡Qué enriquecedora enseñanza es para todos nosotros éste profeta! ¡Qué grandiosidad y qué estruendo de ola!».

«Como hombres pecadores, la historia de Jonás constituye una lección de inestimable valor desde el mismo momento que se trata de un relato del pecado, de la dureza de corazón, de los súbitos sobresaltos, del castigo divino, y, sobre todo, del arrepentimiento. Saben que Dios lo había enviado a convertir la ciudad de Nínive, pero el hijo de Amittai desobedeció el mandato superior por considerarlo demasiado duro. Con este pecado de rebeldía a cuestas, Jonás continuó agraviando al Altísimo, embarcándose en una nave que partía a Tarsis. Pensaba que un barco construido por manos humanas le iba a conducir a regiones donde no reinara Dios, sino tan sólo los capitanes de este mundo. ¿No aprecian, pues, compañeros, que el iluso de Jonás trataba de huir de Yahvé, escapándole a su pedido como un fugitivo sin amigos que le acompañen hasta el muelle para darle la despedida? Tan pálido era su semblante, tan preso de la intranquilidad se mostraba su cuerpo, que al subir a cubierta, todos los marineros, sin excepción, dejaron por un momento de izar las mercancías a fin de observar las perturbadas ojeadas del desconocido. Fuertes e insondables intuiciones cercioraron a los marineros que este hombre no podía ser inocente».

«Estaba escrito, mis feligreses, que Jonás, quien al esforzarse para reunir en su rostro toda la valentía posible no conseguía más que acrecentar su aspecto de cobarde, pagó su pasaje antes que la nave se hiciera a la vela; lo cual, analizado en contexto, no carece de significado. El capitán, adivinando inmediatamente el delito que el profeta revelaba a miles de leguas de distancia, se aprovechó de la situación y procedió a cobrarle tres veces más de lo acostumbrado, ya que el pecado, en este mundo codicioso, si abona el viaje, puede andar libremente. “Señáleme mi camarote, capitán. Estoy muy agotado de viajar y tengo sueño”, dijo entonces Jonás. El oprimido agujero era tan pequeño que, cuando se acostó, encontró que el techo del compartimiento casi descansaba en su frente. Con la conciencia todavía remordiéndole, en medio del remolino de aflicción que le envolvía hasta asfixiarlo, tendido en su litera, Jonás acabó sucumbiendo ante el momentáneo efugio mortificante que provoca el sueño».

«El barco que lo albergaba, compañeros míos, fue el primer barco contrabandista que se registró, y el contrabando no era otro que el mismo Jonás. De pronto, como bien conocen, Dios desencadenó sobre el mar un viento huracanado, y el contramaestre, lleno de desesperación, ordenó a toda la tripulación que descargasen: fardos, cajas y tinajas son arrojadas con estrépito por la borda, a fin de aligerar la nave. Debajo de la línea de flotación, debajo de los aterrados marineros invocando a sus deidades, entre todo ese iracundo tumulto, Jonás dormía su horrible sueño. El capitán, absorto, le gritó: “¿Cómo es que estás ahí durmiendo? ¡Levántate e invoca a tu Dios! A lo mejor ese Dios se compadece de nosotros y no perecemos”. Saliendo sobresaltado de su letargo, el profeta subió a la cubierta, y horrorizado contempló cómo olas tras olas ingresaban con descomunal furia al barco, aullando de proa a popa sin hallar ningún desagüe posible. Terrores y terrores corrieron gritando por su alma y se concentraron en su pavoroso aspecto, dejando en evidencia su condición de pretendido fugitivo de Dios. Los marineros, sin embargo, echaron a suerte para saber a causa de quién les sobrevino tal desgracia, y el azar recayó sobre Jonás. Le preguntaron entonces: “¿Cuál es tu oficio y de dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra, y de qué pueblo eres?”. Jonás no sólo accedió a contestar dichas interrogaciones, sino que la mano de Dios le sacó otra respuesta sobre una cuestión en la que los marineros no habían indagado: “Soy hebreo, y temo a Yahvé, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra”. Luego de oírlo, sabiendo que él iba huyendo de la presencia divina, y que por consiguiente la colosal tempestad estaba encima de ellos por su culpa, aquéllos hombres se atemorizaron cada vez más, y posteriormente lo dejaron caer al embravecido mar».

«Ni bien Jonás se hundió, el mar calmó su cólera, convirtiéndose las aguas sin prólogo en plácidas ondas azuladas. Por su parte, el profeta descendió al corazón arremolinado de tan irrefrenable convulsión que apenas se percató del instante en que las atroces mandíbulas lo engullían hasta arrojarlo a la prisión más recóndita e inexpugnable, a la cerrazón más profunda jamás concebida, a los abismos mismos de la condenación. Entonces Jonás, lleno de fervor y devoción, desde el vientre del gran pez, rezó al Señor como nunca antes lo había hecho. Pero su súplica no estaba dirigida, amigos míos, a conseguir la liberación; por el contrario, consideró que su castigo era completamente merecido y justo. ¡Cuánto agradó a Dios esta conducta de Jonás! Oyó al profeta sumergido y arrepentido, y procedió con su Divina Piedad, ordenándole al gran pez que liberara a Jonás. De inmediato, la ballena ascendió desde las negras profundidades marinas y vomitó a su prisionero en tierra firme».

«Compañeros, Dios no ha puesto sobre ustedes más que una mano; mas a mí me aprieta con ambas. Les he leído qué enseñanza revela Jonás a los pecadores: a todos los presentes, y aún más a mí, dado que soy el mayor pecador. Y ahora, ¡con qué regocijo bajaría de esta cofa, y escucharía con atención desde las escotillas, mientras alguno de ustedes me leyera esa otra más tremenda lección que el profeta me enseña a mí, como piloto del Dios vivo!: cómo teniendo la misión de pregonar verdades, y enviado por el Señor a que hiciera tañer esos principios en los oídos de la pútrida y corrompida Nínive, Jonás, colmado de cobardía frente a la hostilidad que iba a causar, intentó huir de su deber, y más grave aún, de su Dios, tomando una nave. Pero, como hemos visto, Dios es omnipresente, se encuentra en cada rincón, y Jonás tuvo que soportar todo el mundo acuático de la aflicción rodando sobre él, para luego sí hacer lo que el Todopoderoso le mandaba: ¡predicar la Verdad! Y éste, queridos amigos míos, es el otro mensaje perenne del libro: Dios es indulgente para quienes se arrepienten de corazón de sus yerros, pero: ¡ay de aquel piloto del Dios vivo que desprecie su misión! ¡Ay de aquel a quien el encanto del mundo le aparte del deber evangélico! ¡Ay de aquel también que, como manifestó el gran piloto Pablo, mientras predica a los demás es él mismo un réprobo! Pero el gozo, ¡oh, compañeros!, el gozo es únicamente para aquel cuyos rígidos brazos todavía resisten sosteniéndolo, poniéndolo a salvo, cuando el navío de este mundo vil y pérfido se ha hundido bajo el barro de sus pies».

Luego de estas últimas palabras, el Padre Mapple dio por acabado su sermón. Se irguió por un instante, alzando la cara hacia la concurrencia. Sus ojos traslucían una satisfacción profunda. Acto seguido, lanzó lentamente una bendición y, con esfuerzo, se arrodilló. Cuando todos los fieles se habían marchado, en la soledad de la inmensa parroquia, sin levantarse aún, se cubrió la cara con ambas manos, hundiéndose en sí mismo, y finalmente se desplomó.

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“Déjame entrar”, de Tomas Alfredson

Mayo 18, 2009 · 7 comentarios

Llegué a Déjame entrar gracias al inusual entusiasmo que se despertó en mí después de leer las todavía más desacostumbradas consideraciones ampliamente positivas que un amigo de la casa vertió al respecto en su blog. Tiempo más tarde escuché no recuerdo dónde, que se trataba de una excelente película de vampiros. Pero si al fin de cuentas me encantó fue esencialmente por la sutileza y sagacidad con que apela a los elementos del sub-género: el asunto de los vampiros es apenas un recurso narrativo que siempre aporta misterio (no lo pongo en duda), pero lo primordial de este film sueco pasa por otro lado.

Sin prisa ni pirotecnia, Déjame entrar nos sumerge en la historia de Oskar, un delicado outsider de doce años, hijo de padres separados y conciente de que no puede contar con uno ni con otro, además de constituir un predecible blanco del acoso y la ridiculización escolar. La llegada de Eli, una chica de su misma edad (aunque sus ojos hayan visto transcurrir centurias, aunque haya cruzado océanos de tiempo para encontrarlo), al apartamento contiguo, supondrá un hecho por demás significativo en el medio de la apremiante soledad de una barca a la deriva como es Oskar. Eli desprende un olor raro, y es incluso más pálida, inadaptada y solitaria que Oskar. La relación entre ambas criaturas se desarrolla porque, aun cuando Oskar cae en la cuenta de quién es Eli en realidad, la acepta tal como es. Los periódicos encuentros entre los dos personajes, enmarcados en bellísimos e invernales paisajes nórdicos, se suceden e impulsan la ambigua atracción no exenta de bemoles.

El director Tomas Alfredson le confiere a este exquisito compendio cinematográfico de la preadolescencia alejada de los esquemas, un tratamiento elegante, sutil y poético, donde prevalece el reino de las sugerencias (que dejan en ridículo al cine de terror “palomitero” actual, tan asquerosamente henchido de lugares comunes y obviedades que todo dejan servido en bandeja al espectador). En Déjame entrar, el horror no procede del festival de vísceras volando por los aires, sino de la desolación que produce en los hombres la soledad y el desamparo. Además, Alfredson se concentra de tal modo en contraponer –sin caer en clichés–, la inmunda podredumbre moral de los adultos con la oscura inocencia propia de la niñez, que el filme entero se revela portador de una resaltable sobriedad narrativa, sin planos que llamen especialmente la atención ni fastuosos movimientos de cámara que no conducen a ningún lado. La intensidad y el terror insinuados encuentran aliados de inconmensurable valor en la música y la fotografía, dos rubros técnicos que además reflejan a la perfección los matices crudos y glaciales de la geografía.

Poco feliz sería comentar la escena final; supongo que basta con acotar que su ejecución formal es extraordinaria. Por lo tanto, prefiero resaltar otra secuencia, quizá anecdótica, pero igualmente bellísima, y que de algún modo retrata sin aspavientos en qué consiste el amor: Oskar le ofrece dulces a Eli, quien se los come tan sólo porque él se los ha dado, pese a saber perfectamente que no puede hacerlo. Luego, cuando Oskar la encuentra vomitando, descubriendo el sacrificio que hizo para no decepcionarlo, se funde con ella en un abrazo lleno de simplicidad y ternura.

Para no desentonar con el nivel superlativo, las actuaciones de los dos niños son apoteósicas. Si a lo largo de todo el metraje, el guión deslumbra en el cuidadoso tratamiento del aspecto psicológico de los protagonistas, ambos actores otorgan, con ahínco y talento natural, verosimilitud a los rasgos sombríos y tiernos, a los claroscuros inherentes a Oskar y Eli. Conjeturo que no debe ser nada sencillo dar vida a un vampiro milenario inserto en la humanidad de una niña de doce años, como tampoco combinar esos contrastes tan notorios, pero lo cierto es que la jovencita sueca sale más que airosa del desafío. Del niño sólo señalaré que, su mirada perdida y enigmática, por momentos, me hizo recordar a Danny Lloyd (Danny Torrance en The Shining).

Volviendo a mi impresión inicial, y si bien es cierto que existe una atracción atávica por los vampiros y todas sus implicancias, considero que en Déjame entrar la cuestión de estos monstruos es simplemente una excusa –eso sí, inmejorablemente elegida, sobre todo en el complejo desarrollo entre terrenal y espiritual del personaje de Eli– para hacerse camino a través de una historia escrita con una caligrafía similar a la que alguna vez utilizaron Bergman, Antonioni o Kieslowski para trazar subterráneas revelaciones vitales.

Låt den rätte komma in (Suecia, 2008).
Director: Tomas Alfredson.
Intérpretes: Kåre Hedebrant, Lina Leandersson, Per Ragnar, Henrik Dahl, Karin Bergquist.
Calificación: 8,50.

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