Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Junio 2007

El desorden y el ingenio en función de un mensaje estético

Junio 30, 2007 · 5 comentarios

- ¿Jim Carrey, ese actorcito que nunca deja de hacer muecas; ese mediocre comediante que se dedica a hacer de payaso una y otra vez?
- Primer error: se está usted olvidando de Man on the moon, y ciertamente de The Truman Show.
- ¿Michel Gondry, un director francés de vidoclips, un novato que surgió de MTV y que se dedicaba a hacer los videos de Kylie Minogue?
- Segundo error: está usted suprimiendo la fulminante psicodelia de “Joga”, realizado para  Björk, o de logradas publicidades para Levi’s.
- ¿Kate Winslet, esa “rellenita” dudosa que demostró cualidades extraordinarias en la magnífica obra de James Cameron?
- Tercer error: usted evidentemente, y más allá de su ironía, no ha visto Eternal Sunshine of the Spotless Mind. Y por cierto, se ha dejado a Charlie Kaufman en el tintero.

El hecho de que una película transcurra durante gran parte de su desarrollo en la mente de su protagonista no es novedad para Kaufman: Being John Malkovich es la prueba, claro está. Sin embargo, y pese a la innegable calidad vertiginosa del film de Spike Jonze, Eternal Sunshine of the Spotless Mind es superior: su fotografía es ampliamente más virtuosa, su puesta en escena es más lograda y principalmente, su mensaje es más bello; es indudable, la obra de Jonze es un recorrido por los abismos recónditos del inconsciente humano, mientras la de Gondry es exactamente lo mismo pero con el plus de ser una película poética.

El ingenio por el ingenio mismo no me agrada precisamente. Así lo confirma Memento, de Christopher Nolan. Por suerte no es el caso del submundo que recrea Gondry en su segunda cinta. La película es netamente introspectiva; irradia más subjetividad de la que estamos acostumbrados.

Es una mezcla encantadora y extravagante de comedia romántica con melodrama, más estimulantes dosis de science fiction. El talentoso y joven videasta felizmente devenido en cineasta plasmó sin fisuras el guión (kaufkiano por excelencia), que plantea la cada vez menos lejana posibilidad tecnológica de un borrado general de la memoria con el nada solapado objetivo de expulsar recuerdos, de purgar miserias y aplicar una suerte de reset a experiencias dolorosas. Así es como, Clementine primero y Joel después –perdido y resignado ante la devastadora idea de amar a alguien que no lo recuerda–, se someten a esta macabra ingeniería experimental en su afán de vaciar la “papelera de reciclaje”. En base a dicho planteamiento, en donde entran en juego elementos estrictamente filosóficos, la película tiene su génesis (y su apocalipsis), y va desarrollándose en una continua construcción y deconstrucción de los hechos, internándose en la atormentada, confusa pero resplandeciente psiquis del protagonista, que libra una cruda batalla contra la ciencia “blanqueadora”, al compás de elipsis, un flashforward y maquinaciones cronológicas que orquestan la arquitectura narrativa no lineal y desestructurada que puede desconcertar a más de un espectador.

Como comentario al margen, quería interrogarme acerca de los criterios que más pesan a la hora de “traducir” los títulos fílmicos. Es francamente inentendible que una película que goza de un nombre tan original como atractivo, pueda ser mutilada en España con la simplicidad propia de ese horrible “Olvídate de mí”. Tal vez estén subestimando sobremanera a la población que eventualmente puede asistir a los cines. ¡Borremos pues ese título de nuestras mentes!

Rescato esencialmente el fotograma que más me deleitó: esa penetrante y tierna imagen de Carrey y Winslet acurrucados en la cama por sobre la resplandecencia nívea de la nieve y con el sutil contraste del océano como fondo ad infinitum.

El buen cine llega desde donde menos se lo espera. Esta refrescante iniciativa que refleja una mirada nada convencional y muy optimista sobre el “atroz encanto” de enamorarse, confirma a Gondry como un potencial revolucionario de Hollywood y certifica a Kaufman como “el guionista” más intrincado y descollante de la actualidad, siempre al servicio expreso de una propuesta conceptual-estética claramente determinada.

Eternal Sunshine of the Spotless Mind (EE.UU., 2004).
Director: Michel Gondry.
Intérpretes: Jim Carrey, Kate Winslet, Kirsten Dunst
, Mark Ruffalo, Elijah Wood y Tom Wilkinson.
Calificación: 7,50.

Categorías: Cine

¿Reeditará Basile la fórmula de 1994?

Junio 27, 2007 · 3 comentarios

En la marchita actualidad que atraviesa el fútbol mundial, los entrenadores que privilegian los sistemas de juego por sobre las condiciones innatas de los futbolistas con los que cuentan en un determinado plantel, han ganado la batalla, al menos en lo que a proporciones se refiere; es decir, abundan, predominan. Ergo, no sorprende que al día de hoy cada vez resulte más infrecuente observar espectáculos regidos por la dinámica de lo impensado, y sí por la constante de lo sabido antes de sobrevenir (en reiteradas ocasiones tengo la sensación de estar viendo un partido, o circunstancias generales del mismo, que ya he contemplado con anterioridad: una especie de déjà vu futbolístico).

El fútbol, lejos de ser, en esencia, esos planes de mecanización apriorísticos que la dialéctica del pizarrón y de lo preestablecido nos quieren hacer creer, pasa con exclusividad por los jugadores y sus particularidades. En las tácticas creen mucho más los que no han jugado, que quienes hayan jugado al fútbol. Quienes jugaron, creen en los jugadores, con sapiencia, afirmaba hace añares el periodista Dante Panzeri.

Alfio Basile, actual entrenador de la selección argentina, a lo largo de toda su trayectoria, se ha mantenido fiel a esos principios rectores, que le asignan mayor trascendencia a la espontaneidad (del futbolista) que al cumplimiento motorizado e irrestricto (por parte de éste) de mandatos tácticos. Asimismo, se puede afirmar que sus equipos han mantenido una innegable vocación ofensiva, tendiente más a la “construcción” que a la “destrucción”. En su otro ciclo al frente del conjunto nacional, auspició una de las propuestas que, en lo personal, como espectador, y desde un plano meramente estético, mayores satisfacciones me brindó, pese a que su consumación se redució a escasos dos encuentros. En aquel Mundial de Estados Unidos 1994, elaboró una alineación que contaba con Fernando Redondo y Diego Simeone dividiéndose el medio de la cancha, Diego Maradona y Abel Balbo en tres cuartos, para la creación, y finalmente, Claudio Caniggia y Gabriel Batistuta como atacantes netos. El funcionamiento en esos ciento ochenta minutos mundialistas –contra Grecia y Nigeria– alcanzó un nivel superlativo. Luego, sobrevino el recordado doping de Maradona, y todo estalló en mil pedazos.

Trece años después, ya sin la batuta orquestal de Maradona, para afrontar la Copa América, Basile volvería, según se rumorea, a configurar una apuesta tan valerosa como exquisita. La inclusión de un renovado Verón, al lado de Mascherano (me hubiese gustado más Gago, por sus similitudes con Redondo), y ya sin la necesidad de asumir con exclusividad la conducción del equipo, dota a la formación de una propensión ofensiva irrebatible, desde el mismo centro del campo de juego. Si Basile decide incluir a Aimar, para que se asocie con el estratega Riquelme (el mejor jugador del mundo de la actualidad, sin ninguna clase de dudas), la propuesta será de una audacia inusitada para los cánones vigentes –excluyendo, tal vez, a Brasil–, porque además, quedarían Crespo y Messi como delanteros. Estoy convencido que con una alineación como la mencionada, el nivel del espectáculo aumentaría radicalmente, y los resultados lejos estarían de decepcionar, por más que ciertos amantes de la táctica y la cautela arguyan que se trata de una disposición suicida que descompensaría al equipo. Riquelme no es Maradona, Mascherano no es Redondo, pero el antecedente de 1994 sirve para demostrar que la causa eficiente del fútbol es el jugador, y que para demoler lo que está destruyendo al fútbol, es preciso construir; y sólo se construye por medio de buenos jugadores que tengan la libertad suficiente para crear, para inventar, para hacer la diferencia. Claro, es necesario correr riesgos; por suerte, todavía quedan algunos románticos dando vueltas.

Categorías: Actualidad · Deportes

El triunfo de la mesura

Junio 25, 2007 · 3 comentarios

El arrasador vendaval de votos que cosechó Mauricio (que es Macri), y que le posibilitó ganar la segunda vuelta electoral, para convertirse en el próximo Jefe de Gobierno de la ciudad de Buenos Aires, marca dos puntos de inflexión: el primero, un durísimo revés (otro más) al mito de la invencibilidad del matrimonio K., y a la extorsión de lo que Jorge Asís ha dado en llamar el Frente Encuestológico para la Victoria, demostrando que el apoyo oficial no resulta tan determinante para influir en procesos eleccionarios que la ciudadanía no asocia directamente con el ámbito nacional, y que las encuestas pierden cada día más poder de credibilidad ante la opinión pública; el segundo, el líder del PRO, durante el transcurso de toda esta campaña electoral, ha sentado las bases de, aunque suene a cliché, una nueva forma de hacer política, no sólo en el circunscrito terreno porteño, sino en la Argentina toda.

A los métodos tradicionales utilizados en la configuración de cualquier arquitectura política, a los acostumbrados excesos presidenciales, al barullo dialéctico, Macri le ha opuesto la sensatez y la mesura. Estamos seguros de que la gente quiere un cambio. Quiere más respeto, más tolerancia, más diálogo, menos confrontación, menos violencia y menos resentimiento. En ésas escuetas palabras, puede buscarse la esencia del mensaje que el ex presidente de Boca, con mucha perspicacia e inteligencia, ha sabido transmitir a los vecinos de la ciudad, mostrándose ajeno a las denominadas “campañas sucias”, a las provocaciones e insultos, y concentrando todas sus energías en lanzar propuestas y soluciones, con el diálogo (y no el discurso) como principal estandarte.

También ha quedado, de alguna manera, desmitificado, aquel axioma de que a Macri sólo lo votaba un sector minoritario de la población: el estereotipo centroderechista de clase media/alta. ¿Es el 60% del electorado de Buenos Aires acaso de derecha; o, como risiblemente postula el “filósofo oficial” José Pablo Feinmann, de tendencias fascistas? Además, no hay que pasar por alto que el ingeniero ganó, sin excepción, en cada uno de los barrios porteños. Es cierto que las ventajas más holgadas las sacó en barrios ricos, como Recoleta, pero también triunfó en distritos más populares, como Villa Devoto o Pompeya. En ese sentido, el candidato derrotado, Daniel Filmus, cometió un error colosal al asegurar que a él “lo votaron los que piensan”: palabras que sólo reflejan petulancia e imposibilidad de asumir errores propios y virtudes ajenas: características sintomáticas de las que Kirchner todavía no se desprende. Quizás esta sucesión de derrotas electorales que ponen en jaque su proyecto hegemónico le sirvan de lección.

Categorías: Actualidad · Política

“Zodiac”, de David Fincher

Junio 23, 2007 · 3 comentarios

Sopesando en la balanza, virtudes y negligencias, he concluido que Zodiac, la nueva película del renombrado David Fincher, si se aprecia con serenidad y se evalúa en abstracto, vale la pena. Es necesario comenzar advirtiendo que quien, al enterarse de las particularidades del guión, espere encontrase con un thriller en la línea de Seven, se va a llevar una soberana decepción. Fincher le da una interesante vuelta de tuerca a la forma de narrar la historia, con viraje de protagonismos incluidos, dotándola de una estructura compleja que se aleja radicalmente de los tópicos que circundan a los filmes sobre asesinos seriales.

A diferencia de la aclamada película que protagonizan Brad Pitt, Morgan Freeman y Kevin Spacey, en Zodiac, los factores vertiginosos y efectistas (que tan buenos réditos le habían dado en 1995), brillan por su ausencia; particularidad que no debería ser considerada necesariamente como una deficiencia. El problema, en todo caso, radica en las fases de recargada densidad que posee la descripción del proceso investigativo, profundizando de modo innecesario en datos y pistas que, luego se comprobará, resultan superfluas a todas luces. Ergo, es bastante evidente que el director se extendió en el metraje más de lo debido, sumiendo a su obra en una pantanosa atmósfera de monotonía, que acaba por entretener sólo de a ratos y, por ende, como producto final, nunca consigue levantar vuelo.

Con todo, hay aspectos técnicos que merecen cerrados aplausos, como la incisiva banda sonora, a cargo de David Shire (el mismo de The Conversation y All the President’s Men), sustentada en instrumentos de cuerda, y que traduce con categoría el clima de desesperación y sobresalto que se respiraba en San Francisco por aquellos años en que se sitúa históricamente la narración. Por otro lado, destaca la ambientación, con una especial mención a los tonos oscuros que caracterizan a una fotografía impecable, que me instaló automáticamente en la década del setenta, en un estilo parecido a lo visto hace poco en Munich, de Spielberg.

Las actuaciones, en general, constituyen el otro punto fuerte del largometraje. A la labor siempre solvente de Robert Downey Jr. (toda una garantía, ahora que parece recuperado de sus traspiés personales), se le adiciona un correcto protagónico de Jake Gyllenhaal, que no deslumbra pero cumple, y un óptimo desempeño por parte de Mark Rufallo. Con este tridente actoral, el ritmo harto cansino de la película pasa un poco –sólo un poco– más desapercibido (que tampoco Gyllenhaal es Dustin Hoffman, queda claro).

Lo dicho: un thriller estimable en su conjunto (se agradece observar un producto que se aparta de los cánones vigentes), más allá de sus notorios altibajos, con una estructura que se podría asimilar a las clásicas películas del género (aunque hoy en desuso), y que queda muy por encima de la irregular Panic Room, pero que no trascenderá del modo en que lo hizo Seven. Me da la sensación que Fincher posee un caudal de talento considerable, pero que aún no ha terminado de saberlo aprovechar.

Zodiac (EE.UU., 2007).
Director: David Fincher.
Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Robert Downey Jr., Mark Rufallo, Anthony Edwards, Chloë Sevigny.
Calificación: 6,50.

Categorías: Cine

La clepsidra de nuestros días

Junio 18, 2007 · 5 comentarios

Un día, escuché la voz afrancesada, ríspida y entrañable –sobre todo, entrañable– de Cortázar, recitando con plasticidad su Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj, y entonces, mi opinión sobre ésas máquinas a las que les han asignado la infausta labor de medir con exactitud aquello que nosotros no podemos percibir de modo uniforme por medio de órgano alguno, viró ciento ochenta grados. Cuando Julio dijo: No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj, comencé a sospechar del que llevaba en mi muñeca izquierda, entré a mirarlo de reojo, con cierto desdén, asimilándolo casi a un enemigo con el que estaba obligado a convivir.

A veces, aunque parezca una impertinencia afirmarlo, vivir en la Argentina tiene sus ventajas: no necesité simular nada de lo que había estado cavilando en interminables noches de insomnio, para deshacerme de él. La idea que realmente me tentaba era hacerlo trizas y luego alegar un resbalón por las escaleras de mármol de la universidad, para justificar semejante destrozo. Sin embargo, un amigo que se dedica al oficio de la delincuencia callejera me ganó de mano, y decidió sustraérmelo. No voy a decir que en el instante del robo se lo entregué con gusto, aunque sí tuve que hacerle entender que debía destrabarlo, porque, de lo contrario, me sacaría la mano; pero unos minutos después, al reparar en que mi muñeca estaba libre de ataduras, una corriente interna de tranquilidad invadió todo mi cuerpo. Desde aquél día, al igual que millones de personas en todo el mundo, ya no llevo reloj pulsera.

Luego de algunos meses, durante los cuales, ingenuo como suelo ser, pensé que había adquirido una dosis importante de libertad, me percaté que Cortázar concibió aquél revelador texto, probablemente a fines de la década del cincuenta, o, a más tardar, durante los primeros dos años del decenio subsiguiente, puesto que fue editado en 1962. Entonces, descubrí horrorizado que yo, al despojarme de mi reloj, me había desprendido tan sólo de un eslabón ínfimo, pero la cadena permanecía inquebrantable, sujetándome con fuerza todavía.

Cuando te regalan un celular, te regalan la disponibilidad sempiterna, el colofón de tu privacidad, te regalan las preguntas: ¿dónde estás?, ¿con quién?, ¿qué están haciendo?, recitadas al unísono por decenas de vocecitas con tonos y acentos desiguales, que se desvanecen, poco a poco, en el éter. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que te lo espíen y descubran algo que se suponía que no debían descubrir, de que te suene en el momento menos indicado, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, entre cientos de marcas, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, aunque desconozcas las otras marcas; te regalan la tendencia de comparar tu celular con los demás celulares, y vanagloriarte o humillarte, según el tuyo ostente una tecnología más avanzada o no; te regalan la imperante necesidad de recargarlo una y otra vez, y la obsesión de estar pendiente de los nuevos modelos que se lanzan al mercado día tras día… no vaya a ser que tu celular parezca de antaño, aunque sólo tenga unos meses de vida. Te regalan la conditio sine qua non de llevarlo siempre contigo, y la sensación de insuficiencia vital cuando no lo posees por unos momentos. Al regalarte un celular, también te regalan un reloj, un cronómetro y un despertador. No te regalan el celular, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del celular.

Categorías: General · Literatura · Personal

¿Y si es inocente?

Junio 15, 2007 · 5 comentarios

Como estudiante de abogacía, pero también como parte componente de la sociedad argentina, y por ciertas afinidades socio-económicas y culturales (además de la particularidad de no ser de Buenos Aires, y el carácter conservador que aún se mantiene en las provincias) con los implicados, he estado siguiendo con inaudita atención el caso Nora Dalmasso en estos últimos meses.

Ahora que la imputación, sustentada en el ADN levantado de restos de piel dejados por el asesino en el lazo con el que fue ahorcada la víctima, ha recaído sobre el hijo de Nora, es decir Facundo Macarrón, y teniendo en cuenta que la Fiscalía habla de sospechas del delito de abuso sexual calificado seguido de muerte, es patente que el caso ha cobrado un interés mediático significativo. El atractivo para los medios de comunicación se fundamenta, básicamente, en las especiales características de la familia (clase social, sobre todo), y en las supuestas circunstancias del crimen: el incesto, como se sabe, y desde la mitología griega, es una de las prohibiciones culturales que permanecen inconmovibles en tiempo y espacio, no obstante escasas excepciones. Incesto es sinónimo de tabú, pero también de delito, más allá de que la relación sea practicada con mutuo consentimiento entre mayores de edad.

Ciertamente, la prensa ha “sabido aprovechar” estas vicisitudes generadoras de tanto morbo a nivel social, y esto ha redundado, como era esperable por parte de los medios argentinos, en una utilización del caso que bordea lo perverso, sin la más mínima consideración para una familia que ha sufrido y que sigue padeciendo un verdadero drama. No sorprende pues, la especial trascendencia que programas de todo tipo y contenido, revistas y páginas web, le han adjudicado a la preferencia sexual del imputado; dato que, si bien podría llegar a tener cierta relación con el móvil del supuesto crimen, al día de hoy no pasa de ser anecdótico.

Por múltiples características, está clarísimo que Facundo Macarrón no es un chico de 20 años más, igual a la mayoría de los jóvenes de ésa edad en la república Argentina. Pero, yo me pregunto, al ver y escuchar a periodistas pontificando con absoluta liviandad, revelando datos que conciernen a su más estricta vida privada, asediándolo de aquí para allá, convirtiéndolo en la nueva presa del furor mediático argentino: ¿y si Facundo Macarrón es inocente? Seguramente, todos se olvidarán, a la sangre se la llevará el río, al rating otro “imán”, a las palabras, el viento, y sólo quedará la certeza de una vida, si no arruinada, al menos, afectada en gran medida. Y quizá quien hoy es señalado como victimario, no haya sido otra cosa que una víctima más.

Categorías: Actualidad