Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Julio 2007

La burocracia tan mentada que nos agobia

Julio 29, 2007 · 8 comentarios

Y así echó a andar otra vez, camino adelante; largo camino fue, sin embargo. Porque esa carretera, esa calle principal de la aldea, no conducía hacia el cerro del castillo: tan sólo se acercaba a él; y luego, como si lo hiciese adrede, doblaba, y si bien no se alejaba del castillo, tampoco llegaba a aproximársele. (Franz Kafka, El Castillo)

Si me solicitaran que simbolice la burocracia por medio de una imagen, elegiría una obra de Maurits Cornelis Escher, titulada “Relativity”: lo que el dibujante holandés plasmó en 1953, a través de un inquietante blanco y negro, es un escenario lógicamente imposible y quimérico, atravesado desde diferentes perspectivas por figuras humanas que permanecen allí con la más absoluta normalidad; la estructura laberíntica que Borges imaginó para la Ciudad de los Inmortales es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz.

Max Weber, el mayor teórico del fenómeno burocrático, utilizó la metáfora de la modernidad como jaula de hierro (o acero, según las variantes), dentro de la cual, inevitablemente, la gran mayoría de la población está destinada a pasar su vida: uno puede ver, a través de los sombríos barrotes, lo que hay fuera de la jaula, pero aunque quiera, no puede alcanzarlo, pues está (estamos) prisionero(s). La burocracia es rígida e inflexible, no atiende ni considera las circunstancias individuales de cada persona.

Más terrible es aún la metáfora inversa kafkiana, aquella que expresa: “una jaula salía en busca de un pájaro”, y presenta mayúscula similitud al célebre mito griego del hijo de Pasifae: la dominación burocrática aplicada en toda organización a gran escala –ya no sólo al Estado, tal como Marx lo creía–, del mismo modo que el infranqueable laberinto construido por Dédalo y los hombres que día a día caen en él y son devorados por el monstruo, como símbolo de lo irreversible y magnético. Dentro del laberinto, a diferencia de la jaula weberiana, no se puede contemplar lo que subyace en el exterior. ¿Existirá realmente, ya no en Creta, sino en la modernidad, un lugar exento de la caótica y bestial burocracia? ¿Tendrá sentido devanar el hilo del ovillo; existirá un Teseo o terminaremos todos inexorablemente alimentando al ávido e insaciable Minotauro?

La palabra burocracia proviene del francés bureaucratie, y éste, de bureau, que designa la oficina, el escritorio, el pupitre: en fin, el buró.

Detrás de un escritorio, un hombre cercano a los cincuenta años, al que le sobresale una barriga que hace tiempo dejó de ser incipiente, me divisa al llegar por cuarto día consecutivo, y mientras le doy la espalda para cerrar la puerta de la claustrofóbica oficina, adivino en su desganado rostro un casi seguro gesto de fastidio, motivado por mi insistencia vehemente. Cuando con natural desidia me lanza idéntica frase que en las últimas tres jornadas: “Vuelva usted mañana” (el sociólogo y filósofo José María González García afirma que dicha frase se ha erigido en el leit motiv de la burocracia), el hastío deja de ser propiedad exclusiva de su persona y se apodera repentinamente también de mí. Me voy, un tanto resignado. Mañana volveré. Tal vez ya tendrán listo el expediente que me prometieron entregar hace dos meses. “Es que la mesa examinadora de la facultad aún no se ha reunido”, me dicen. Quizá mañana, pienso. De lo contrario, tendré que esperar otro semestre, para de una vez por todas quedar habilitado a dar examen de una materia que ya tengo estudiada de alfa a omega hace tiempo. Quizá mañana.

Retomando el pensamiento de Max Weber, él sostenía que la excesiva racionalización moderna supone una pérdida, “un desencanto”; dicha racionalización va inevitablemente acompañada de la burocratización, extensiva a las empresas, los sindicatos, los partidos políticos, las universidades, los hospitales. El espectacular progreso indefinido de la organización burocrática se explica simplemente en su superioridad técnica sobre cualquier otro tipo de ordenación. El autor de La ética protestante abogaba por un parlamento fuerte que articule bases competitivas y sirva de equilibrio entre burocracia pública y privada.

Actualmente, Internet, a través de la cual se pueden hacer muchísimos trámites, es un interesante “arma” para combatir la alienación del despacho bureau, no obstante que con el perro no se muere la rabia: varía el soporte, el expediente continúa existiendo, incólume.

El individuo no debe aceptar bajo ningún punto de vista la reducción a ser una mera pieza de engranaje dentro de la incontenible y atroz maquinaria burocrática. Kafka sólo logró escaparse de la misma a través de la muerte. Sin embargo, tal como afirma González García, nuestros padres (y muchos de nosotros) han presenciado la caída del infernal armatoste estatal-burocrático de la Unión Soviética. Eso demuestra a las claras que los diseños de los hombres no son infalibles, ni mucho menos eternos. Se puede sortear al primer guardián, luego al segundo y al tercero. Otros eludirán al cuarto y al quinto. Hay muchos, innumerables, hasta el hartazgo, pero no son infinitos. Sólo es cuestión de que la racionalización de la organización no nos vuelva aún más irracionales de lo que ya somos.

Categorías: General · Literatura

Discos que influyeron en mi formación musical (IV)

Julio 26, 2007 · 9 comentarios

Led Zeppelin - Led Zeppelin (1969) Así como anteriormente afirmaba que The Doors fue uno de los mejores discos debut de la historia del rock, es preciso afirmar que el primero de Led Zeppelin se ubica a la misma altura: por revolucionario, por versátil, por portentoso, por rompe moldes. ¡Glorioso año 1969! Sin duda alguna, estamos ante el álbum más blusero que hayan realizado los Zeppelin jamás. Adaptando (reinventando) y no plagiando antiguas (vetustas) composiciones y melodías provenientes del blues, consiguieron engendrar una sección rítmica devastadora por donde se la escuche, que crea, a lo largo de algo más de cuarenta (excelsos) minutos, una atmósfera entre desesperante, embriagadora, soberbia y orgiástica.

Me adentré en la hipnotizante música de la banda inglesa gracias a la devoción que un amigo sin nacionalidad profesa por ellos: eternamente en deuda con él. Y empecé a comprar sus trabajos discográficos, siguiendo un estricto orden cronológico. Acaso por ser lo primero en materia de (magistrales) líneas de bajo de John Paul Jones que llegó a mis oídos, y pese a saber que el segundo y el cuarto disco son superiores, Led Zeppelin sigue siendo el álbum que más estimo, y con toda probabilidad, el que más me gusta escuchar.

El inicio con “Good Times Bad Times” puede ser motivo de despiste: se trata de una delicatessen a mitad de camino entre el pop y el rock, con un riff preliminar elemental, pero que no deja de ser agradable (y sorpresivo) a los oídos. Resalto, sobre todo, la armonía existente a lo largo de todo el tema, con un estribillo atractivamente pegadizo, que reza en su simpleza: Good times, bad times, you know I had my share; when my woman left home, with a brown eyed man, well, I still don’t seem to care, y un gran solo de Jimmy Page. A continuación, aparece una canción majestuosa: “Baby I’m Gonna Leave You”, o la institución de más de seis minutos en los que una performanece vocal directamente se torna insuperable, magistral, apoteótica: la voz de Plant conmueve, eriza, trastorna, inquieta, excita. ¡Impresionante! Y, además, como excedente, somos invitados a la sutil alternancia melódica que configuran las guitarras acústicas (sonando, por momentos, como el más puro heavy metal del que serían una suerte de imprescindibles predecesores). Los contrastes serenidad-parsimonia/exasperación-dinamismo, que no resultan forzados, son de una calidad artística inusual.

“You Shook Me” es una forma inaudita de tocar blues, que sólo podría provenir de Led Zeppelin; redondeando así un tema envolvente en el que se destacan los solos de órgano y armónica, y la cornoación a cargo de Robert Plant con unos tremendos e inconfundibles aullidos. Mención aparte, sitial de honor, merece la canción que se alza, según mi entender, como cúspide máxima del disco, y absoluta preferida personal: “Dazed and Confused”: desde la mismísima (enigmática) introducción del bajo de Jones, pasando por el distorsionado segundo riff, hasta el último (vertiginoso) solo de Page, el rendimiento musical de estos cuatro monstruos del rock es, incontroveriblemente, soberbio. Plant logra, con su registro por las nubes, una vez más, la perfección vocal; Bonham no toca la batería, directamente la despedaza, la descuartiza. Desde que lo escuché por vez inicial, éste tema me embriagó (acá despejé todas mis dudas sobre por qué estos tipos fueron tan grandes): el intermedio psicodélico transporta sin escalas a un exquisito éxtasis sonoro. Dan ganas de que nunca acabe, que la oscura consonancia que segrega se vuelva perpetua. ¡Y pensar que esta maravilla surgió de un tema que hacían los Yarbirds en vivo!

Menos pretensiosas, pero disfrutables de todos modos, son las dos canciones que siguen: “Your Time Is Gonna Come”, de la que subrayaría el hermoso preámbulo de órgano que brinda John Paul Jones, el insistente estribillo a coro, y la labor vocal más sosegada del frontman, y “Black Mountain Side”, que oficia de aplacadora meseta en medio de tanto riff pronunciado y mastodónico: se trata de una pieza instrumental armoniosa y muy breve, en la que se puede apreciar la artesanía acústica de Jimmy Page.

Con “Communication Breakdown” el disco retoma el camino estruendoso: es el tema más heavy metal de un disco de por sí pesado. El riff poderosísimo, de la mano de una sección rítmica que suena más demoledora que nunca, y los tonos agudos y penetrantes de Plant: Communication breakdown, It’s always the same, I’m having a nervous breakdown, drive me insane!, desembocan en un desenfreno energético impresionante. Como no podía ser de otro modo, para clausurar, nos presentan un híbrido de blues –mixturando composiciones de grandes como Albert King y Howlin’ Wolf–, en el que dan rienda suelta a la más inspirada improvisación, y que termina por convertirse en una franca muestra de excelencia rockera: “How Many More Times”, un tema descollante de principio a fin.

Innovador, turbio y atestado de frescura, el debut de Led Zepellin es sencillamente atronador y sobresaliente. La potencia que despliegan en este álbum grabado en 1969 revela la magnitud, y jerarquía de esta imperecedera y fundacional banda, que trascendió con creces las esferas del rock progresivo para inscribir su nombre entre los cinco o seis grupos más importantes de la historia del rock.

The Velvet Underground & Nico - The Velvet Underground (1967) Había escuchado algunas cosas sueltas de Lou Reed, pero nunca terminaba de decidirme a probar mejor suerte con la mítica Velvet Underground. Hasta que llegó, afortunadamente, el año 2004, y casi por fruto del inefable azar, la silueta de la famosa banana diseñada por Andy Warhol, se destacó, resplandeciente y solitaria, proyectando su estirado contorno, en las atiborradas (de infame música que se caratula pop) estanterías de una disquería. Tomé ese disco, me aferré a él, como si fuera el último ejemplar disponible sobre el planeta, y una vez que acabé de escucharlo por primera vez, sentí inmediatamente que estaba frente a una obra maestra, frente a un álbum tan vanguardista como lapidario, tan revolucionario como magistral. Me sorprendió muchísimo –entonces– enterarme que había sido grabado en 1966 y publicado un año después, en plena efervescencia pscicodélica. Éste disco es la más acabada contracara del acid-rock que se gestaba principalmente en San Francisco por esos años; con éste debut antológico nos ubicamos, por el contrario, en los recovecos más subterráneos y oscuros de New York.

“Sunday Morning” es, básicamente, una melodía dulce y deliciosa, que describe, de alguna manera, lo que sucede en un domingo por la mañana, mientras algunos (inconcientes) se acuestan, al tiempo que otros (decentes) se levantan. La voz de Reed suena rozando lo apacible, con ese fraseo tan dylaniano que él tan bien ha sabido capitalizar. Por lo demás, los repetitivos arreglos con celesta de Cale son nada más que una exquisita muestra de lo excelente instrumenstista que es el galés. Sin embargo, la esencia del sonido innovador de la Velvet puede comenzar a percibirse en la frenética aceleración de “I’m Waiting For The Man”, donde particularmente la guitarra de Sterling Morrison, transmite ese perturbador nerviosismo que significa la espera del dealer, a la par que la letra nos dice: He’s never early, he’s always late. First thing you learn is you always gotta wait. I’m waiting for my man. El cierre, con el vigoroso refuerzo rítmico del piano, no hace más que contribuir a la tensa atmósfera de la canción.

Una voz glacial, alejada, y sobre todo, infrecuente, es la de Nico (actriz y cantante de origen alemán impuesta por Warhol), que consigue deleitar oídos sensibles, pese a sus errores de pronunciación –acompañada de una redundante segunda voz–, en la bella balada “Femme Fatale”, una composición breve que oscila entre lo aplacado y lo psicodélico. “Venus In Furs” se alza, sin ninguna clase de dudas, como el tema medular en cuanto al acento musical enemistado con ‘lo comercial’ propiciado por la Velvet Underground: la ambientación, lograda principalmente gracias a la hiriente y desproporcionada viola de John Cale (muy influenciado en su formación por la música clásica contemporánea), es proporcionalmente representativa del significado de la letra: sadomasoquismo, que Maureen Tucker, de forma más gráfica, denota con maestría, a través de los azotes que propina a sus platos. Cuando se escucha a bandas tan significativas como MC5, The Stooges o Television, es improbable que no resuenen ecos de esta soberbia composición.

Ciertamente, lo más adyacente al rock ‘n’ roll que se encuentra en todo el álbum, es “Run Run Run”, en el que se destacan los extrañísimos solos de Lou Reed, acompañado en simultáneo por un monocorde ritmo que no da un segundo de respiro. “All Tomorrow’s Parties” es una pieza desgarradora: la voz álgida de Nico recita: And whe will she go and what shall she do. When midnight comes around. She’ll turn once more to Sunday’s clown. And cry behind the door. Aquí sobresale de manera notoria la experimentación con guitarra y piano; es decir, la estructura musical minimalista, despojada de sofisticaciones, con toda certeza imbuida a Cale por parte del célebre John Cage. Con el correr de los años se han hecho innumerables covers de este tema: desde Bryan Ferry hasta Nick Cave.

La canción que más me conmueve y que terminó de sentenciar mi completa admiración por la formación neoyorquina es “Heroin”, un auténtico y controvertido himno (sin entrar en juicios de valores, porque a prodigios musicales como éste, es preciso no juzgarlos, sino disfrutarlos). Esa demoledora aceleración de Reed, que figura el recorrido intravenoso de la droga, me produce una seductora alteración interior. Además, apresura el ritmo con esos crescendos infernales, para luego, dominando el compás a voluntad, ralentizarlo y precipitarse nuevamente, como si se tratara de una embestida indomable, con un trasfondo distorsionado de guitarra que coopera con el caos reflexivo. Es sabido: las alegres florituras sugestivas surgidas del LSD en nada se asemejan con los efectos de la heroína (a modo de ejemplo, bastará comparar ésta canción con, por ejemplo, “Somebody To Love” de Jefferson Airplane).

Nico se despide con “I’ll Be Your Mirror”, que es un tema muy suave, enfocado desde una óptica diferente, al menos en cuanto a la letra: se deja la puerta abierta a la existencia de residuos que no son basura dentro de la humanidad. Finalmente, “The Black Angel’s Death Song”, otra composición capital (en la que se luce de nuevo, conformando un clima inquietante, la ardiente guitarra de Cale) para entender la magnitud de este milagroso disco.

No se trató de un conjunto de virtuosos como los miembros de Led Zeppelin o The Who, pero la carencia de responsabilidades comerciales y la consiguiente libertad musical de la que dispusieron para experimentar en búsqueda de invenciones extrañas (“European Son”, una extravagante experiencia, por demás ruidosa, y no apta para cualquier clase de tímpanos, es una palmaria muestra de ello), los convirtió en una banda de culto que ha influido, como ninguna otra, de forma vasta e ilimitada en el ámbito del rock alternativo posterior, en gran medida a causa de The Velvet Underground & Nico, la obra más revolucionaria, cruda, atemporal y audaz que jamás se haya concebido en la historia del rock. Disco imprescindible. ¿Qué más se puede acotar?

Corpiños en la madrugada – Sumo (1983) Salvedad inicial: este conjunto de composiciones se editó originalmente en el año 1983 únicamente en formato de cassette (circularon alrededor de cuatrocientas copias), debido a que se trató de una grabación independiente. Casi una década después, ya muerto (transformado en mito) Luca Prodan, y disuelto el grupo, fue reeditado en CD. Si bien la mayoría de los temas incluidos fueron grabados nuevamente en los discos subsiguientes, estimo que éste representa más fidedignamente el espíritu underground de la banda.

Personalmente, no dudo un instante en calificar a Sumo (junto a Serú Girán) como la formación más superlativa y revolucionaria que ha tenido el rock argentino a lo largo de toda su valiosa historia. El carismático y talentoso Luca Prodan trajo de su Europa natal, influencias que resultaban desconocidas y sorprendentes para el circuito musical local: en Londres había entrado en contacto con el reggae y el punk. Asimismo, supo fusionar como pocos, un concepto renovador del rock junto a elementos del reggae, de grupos decisivos como Joy Division, y hasta del pop. Y no sólo confirió un soplo de aire fresco al panorama musical argentino, a través de la originalidad e innovación rítmica, sino que también regaló letras increíbles: poéticas, ácidas, controvertidas, como nunca antes se habían escuchado.

La tarde que mis oídos se iniciaron en el dichoso ejercicio de gozar de esa conjunción sublime de sonidos, lo primero que se me vino a la cabeza fue la pregunta: ¿Cómo es posible que estos tipos sean argentinos? La pregunta brotó repentina, espontánea, y no únicamente por el hecho de que el tema en cuestión fuera interpretado en inglés (algo ya de por sí insólito); también a raíz de la incorporación, por ejemplo, del saxo: aspectos asombrosos para el rock argentino tradicional y ortodoxo. Como afirmé antes, el disco me parece el más potente y representativo del verdadero hálito vital de Sumo, con esa mezcla “medio reggae, medio pesado”, de la que hablaba Luca. Y claro que sí, el mejor de una carrera desgraciadamente poco prolífica, pero que bastó para romper con todos los moldes establecidos.

Comienzo con “La rubia tarada”, ese brillante alegato contra la ridiculez, la pedantería, la vacuidad y la puerilidad porteña (y no porteña, desde luego), pues se ha transformado, con toda seguridad, en el tema bisagra y más popular del grupo. Luego de una excelente introducción conjunta de guitarra y saxo, acompañada por un tarareo frenético, Prodan vocaliza una estrofa entre agria, exacta y brillante: Caras conchetas, miradas berretas, y hombres encajados en Fiorucci. Oigo ‘dame’ y ‘quiero’ y ‘no te metas’, ‘¿te gustó el nuevo Bertolucci?’. Al final de la canción, Luca traduce a la perfección, con su grito de ¡Basta!, me voy, rumbo a la puerta, y después al boliche a la esquina, a tomar ginebra con gente despierta. ¡Esta si que es Argentina!, el hastío que dicho ambiente jactancioso y hueco le produce. Cabe destacar la coherencia que el cantante mostró durante su vida con estos preceptos críticos.

“Nextweek” es un tema por demás curioso: la voz de Prodan se hace esperar por espacio de un minuto y medio, en el que la batería de Sokol y el bajo de Arnedo ejecutan proezas. Luego ingresan unos destellos del saxo de Pettinato, y promediando, un desaforado ‘yeah’ del legendario italiano. ¿La letra? Una mezcolanza nebulosa de inglés y español (cuya pronunciación termina transformando las palabras ‘next week’ en el nombre de la reconocida marca de cacao en polvo), suerte de precedente del spanglish, que se repetiría en otra buena cantidad de canciones, como “Divididos por la felicidad”, convirtiéndose a la postre en un sello identitario de Sumo. Diferente es el caso de “Night & Day”, una canción de casi seis minutos de duración, escrita e interpretada completamente en inglés, en la que se puede apreciar la extraordinaria capacidad compositora de Luca Prodan: se trata de una letra llena de difusas imágenes, plagada de lirismo urbano.

Compuesta por el “Indio” Solari, “Mejor no halar de ciertas cosas”, es una verdadera joya, que, en su letra, va desparramando diversos elementos, a primera vista inconexos, para concluir combinándolos: La mujer, el vidrio, el tornado, el jardín primitivo, yo, la flor, saltando, fugitivo, no, no no. El tono es lento, acompasado, casi agónico; pareciera, por momentos, que la voz no canta, sino que se limita a pronunciar. El sustentáculo instrumental, como de costumbre, se amolda con notabilidad. Según mi entender, la pieza en la que más se destaca el enfático saxo de Roberto Petinatto (junto a la magistral “Teléfonos/White Trash”), es “Debede”, donde la banda suena a las mil maravillas, con un Germán Daffunchio endemoniado. Personalmente, pienso que en éste tema está resumida la naturaleza transformadora de Sumo. Pareciera que Luca recita las estrofas desde un abismo, desde un precipicio, remarcando con contundencia la última parte: You’re dancing on your head.

Corpiños en la madrugada es el álbum por antonomasia del embionario movimiento underground en la Argentina, del mismo modo que constituye la conjunción inolvidable de un grupo de músicos naturalmente sobredotados, superiores, sobresalientes, que supieron unificar de forma magistral y fugaz, tanto talento desperdigado.

Categorías: Música

Borges, ¿apologista del plagio?

Julio 25, 2007 · 6 comentarios

La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de sus carreras o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor. (Paul Valéry)

Una de las ideas más perturbadoras y admirables que he leído sobre los escritores y sus obras, dictamina que existe, en la historia de la literatura, una unidad central y sustancial; todo libro escrito correspondería a un único y omnisciente productor.

De éste particular y colosal asunto se ocupa Borges en “La flor de Coleridge” (Otras inquisiciones). Así es que rescata las palabras al respecto de Mary Shelley, quién afirmaba en 1821 que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe.

Pienso yo que, más allá del origen panteísta de ésta hipótesis, y del mayor o menor grado de verosimilitud y coherencia que cada uno pueda asignarle, subyace en la misma una inagotable belleza.

Hay quienes, actualmente, en tiempos de intertextualidad y demandas millonarias, en épocas de egos heridos y comparaciones permanentes, encuentran en la teoría borgeana la más perfecta apología del plagio (un caso sonante fue el de la novela Bolivia Construcciones, de Sergio Di Nucci, que ganara el premio Sudamericana/La Nación, luego revocado, tras advertir que la citada obra contenía fragmentos de Nada, de Carmen Laforet, publicada en 1944). A la manera de las consignas a favor de la legalización de la marihuana o del aborto, ¿contemplaremos alguna vez la apocalíptica imagen de miles de escritores, amigos del calco, manifestándose con lemas como la exigencia de la promulgación del plagio libre y universal, sin ataduras de ninguna clase?

Borges materializa la consideración central a través de tres ejemplos, por vía de un tridente de autores: Coleridge, Wells y Henry James; cada entidad personal constituye un todo uniforme y compacto; lo individual se torna universal; el argumento no varía, sólo se modifica minuciosamente; Coleridge es Wells, Wells es James, James es Borges, y de este modo se suceden los nombres perecederos, que se construyen, destruyen y reconstruyen ad infinitum, en pro del espíritu productor anónimo, en franco favor a las letras del cosmos íntegro.

La certeza de que lo esencial ya no son los individuos que escriben, sino lo qué escriben, daría una definitiva e inexorable sepultura a todo lo relacionado con los derechos de autor: ¿quién podría aducir que otro escritor lo plagió, lo imitó o le robó su trama argumentativa? James Joyce y George Moore…, ¿es Borges quién realmente nos los dice?, … han incorporado en sus obras, páginas ajenas; Oscar Wilde solía regalar argumentos para que otros los ejecutaran.

Me encuentro sumido en una tenaz e inquietante vacilación: ¿debo remarcar, cómo antes lo hice al citar a Valéry y Shelley, las próximas palabras que pretenda reproducir? ¿Verdaderamente un señor de mirada enigmática y andar meditabundo, que tuvo a su más leal compañero en el color amarillo, escribió la frase que a continuación voy a transcribir? A estas alturas, si fue un argentino, si fue un inglés o fue un ciudadano del mundo, poco importa. Lo que éste libro de cuyo nombre no quiero acordarme nos dice, es que ese cúmulo de conductas –la de Joyce, la de Moore y la de Wilde–, aunque superficialmente contrarias, pueden evidenciar un mismo sentido del arte. Un sentido ecuménico, impersonal.

Categorías: Literatura

El mundo sigue viviendo equivocado

Julio 23, 2007 · 6 comentarios

Vaya uno a saber por qué, pero en mi vida nunca leí con asiduidad historias gráficas, salvo a Fontanarrosa. Y digo Fontanarrosa, porque más allá de que se tratare de Inodoro Pereyra o Boggie el Aceitoso, sus dos personajes centrales, en esencia estaba leyendo a Fontanarrosa; leía dicho género solamente porque se trataba de Fontanarrosa, como permitiéndome una excepción a mi caprichosa (e irracional) regla. Me entristece pensar que a partir del reciente 20 de julio, ya no volveré a disfrutar de historia gráfica alguna.

Pero el Negro no era exclusivamente un inigualable dibujante y humorista gráfico, sino que, por medio de sus cuentos y novelas, concibió una obra literaria que, al mismo tiempo, rinde culto y parodia al lenguaje popular, al habla cotidiana. Como escuché decir por estos días, sus tres novelas y varios libros de cuentos perfectamente podrían entenderse como el primer tratado sociológico en clave humorística sobre la idiosincrasia del argentino promedio.

Nacido en su amada ciudad de Rosario, la misma que nos legó a otro de los grandes humoristas populares argentinos de todos los tiempos, Fontanarrosa nunca terminó sus estudios secundarios. Su desopilante manera de hacer reír, de hecho, está enfrentada con lo académico, con lo pomposo. Le causaba gracia que últimamente lo comenzaran a considerar, desde ciertos sectores, como un intelectual, y no tenía inconvenientes en declarar a viva voz que nunca había conseguido terminar de leer El Quijote. Decía: Todas esas instituciones que son altamente pomposas –el Ejército, la Iglesia, los círculos intelectuales– se prestan para cagarse de risa un rato. Aun así, en su biblioteca convivían sin belicosidad, Borges con Soriano, Savater con Boris Vian, Galeano con John Irving. Y es que en el fondo, el Negro simbolizaba esa riquísima mezcla entre lo popular y lo cultural.

Su otra gran pasión tenía una forma redondeada. Alejado de los círculos elitistas que desprecian al fútbol, Fontanarrosa era, con todas las de la ley, un verdadero y orgulloso futbolero. Algunos de sus cuentos –como Memorias de un wing derecho, que parece narrar las evocaciones de un avezado número siete que tiene más goles que Pelé, pero que, en verdad, son las reminiscencias de un muñeco de metegol–, se hacen eco de las escenas que se repiten domingo a domingo en miles de pueblos argentinos, captando con precisión y picaresca los sueños, frustraciones y alegrías que dicho deporte despierta en el hincha, es decir, en esa compleja construcción identitaria nacional.

Quizá su irrupción mediática más rutilante y recordada, a la postre, sea la hilarante defensa de las malas palabras que realizó ante la Real Academia Española, en el Congreso de la Lengua, y ante la atónita mirada de los reyes, que habrán pensado: ¿de dónde sacaron a éste loco? En dicha ocasión se dirigió al director del mencionado organismo, llamándolo Víctor García, a secas, pues pronunciar su nombre completo (Víctor García de la Concha) hubiese significado una grosería de su parte, según explicó entonces, entre risas. En aquel discurso de cierre, pidió una amnistía para las palabras proscriptas: Hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras, que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunas incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo. El secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada, está en que también puede hacer referencia a algo que tiene pelotas, que puede ser un utilero de fútbol, que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo que digo, el secreto, la fuerza, está en la letra t. Analicémoslo –anoten las maestras–: está en la letra t, puesto que no es lo mismo decir zonzo que decir peloTudo.

Causa angustia, auténtica angustia, que un hombre que supo quitar una sonrisa a millones de personas cada mañana, incluso en los momentos más conflictivos y aciagos que atravesó la Argentina en los últimos tiempos; que un artista de talento inagotable que consiguió convertir el lenguaje coloquial en melodía literaria; que una persona que ironizaba constantemente, con sus viñetas de actualidad, pero sin mala intención, en base a un humor sano e ingenioso, haya tenido que partir como consecuencia de una enfermedad neurológica degenerativa. La irreversibilidad de la muerte nos lega un vacío más hondo que la grieta de un estrepitoso terremoto. Si el Negro Fontanarrosa tuvo que irse tan pronto, será que el mundo sigue viviendo equivocado.

Categorías: Actualidad · Literatura

Discos que influyeron en mi formación musical (III)

Julio 18, 2007 · 7 comentarios

The Doors – The Doors (1967) Descubrí y me interesé por los Doors de forma autónoma, así que no tengo que agradecerle a nadie más que a mí mismo. Desde la primera vez que escuché la hechicera y penetrante voz de Jim Morrison, quedé entre estupefacto y fascinado. The Doors es, según mi opinión, junto con Are You Experienced?, Led Zeppelin y The Velvet Underground & Nico, el máximo álbum debut de toda la historia del rock, sacándole varios años luz de distancia a los que vienen en segunda fila. ¿Motivo principal? Ser un disco pionero, produciendo una evidente innovación estilística, a través de la instauración de una mezcla de sonidos nunca antes abordada: combinación desenfrenada de rock, poesía, jazz, blues, toques pop y música clásica.

“Light My Fire” es el único tema que, antes de escuchar el álbum, había tenido ocasión de oír, a la ligera. Cuenta con una introducción (y cierre) de órgano, obra de Ray Manzarek, que es extremadamente pegadiza como deliciosa, y sin duda, archifamosa. La unión perfecta de órgano y guitarra (el solo de guitarra es extraordinario), integrada a la voz seductora, erótica, orgásmica de Jim, dan como resultado una canción de las más estimulantes y sugestivas de todos los tiempos; uno termina desembocando en un verdadero éxtasis musical, sometido de forma total al encanto que despliegan esos sonidos. La versión recortada que suelen poner en las radios nada tiene que ver con estos siete minutos que saben a gloria..

El arranque del disco, con la potente “Break on Through” (To The Other Side), es impresionante. Luego de escuchar tan apabullante tema, uno quiere inmediatamente más y más. La batería inicial y ese notable riff in crescendo de órgano preanuncian lo inevitable; que se produce cuando Morrison surge, inmortalizando aquel hermoso verso: You know that day destroys the night. Night divides a day. El contraste categórico nos lo brinda “The End”, último tema del álbum, y tal vez, la mayor pieza de los Doors en toda su carrera. Se trata de una canción controversial, apocalíptica, experimental, edípica, dramática, embelesadora, magnética; en definitiva, una genialidad, que dura once minutos, y que no es nada fácil de digerir, y mucho menos, de disfrutar. El ambiente opresivo y somnífero en que nos sumerge es francamente conmovedor. Existe en esta proeza compositiva, en su monotonía, una tensión subterránea que está ahí, que fluye sin barreras de contención, como cuando la voz oscura pero dulce de Jim dice aquello de: This is the end, mi only friend, the end, o en el solapado homenaje a Sófocles: Father!/Yes son?/I want to kill you/Mother!/I want to… (lo que insinúa luego ya es conocido). No sólo estamos en presencia del mejor tema del disco, sino de una composición infernal, fuera de este mundo.

Hasta aquí, las tres piezas más destacadas; pero el resto del disco no es mero relleno: “Soul Kitchen” y “The Crystal Ship” son logradas canciones, en las que sobresalen respectivamente, el riff de órgano y los no siempre usuales pasajes de piano. Luego, “Alabama Song” es la gran curiosidad del álbum, dado que se trata de un asombroso cover de una pieza de cierta opereta en alemán de Kurt Weill (y Bertolt Brecht), escrita en inglés. Y “Back Door Man”, el otro cover, en donde está condensado todo el descontrol, la irreverencia y el vigor de la banda. Por último, “End Of The Night”, por la cual tengo predilección, que despliega una exquisita y breve oscuridad somnífera.

Dijo alguna vez un crítico musical, que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. Llevaba toda la razón. En el diccionario no existen las palabras adecuadas para describir lo que yo siento cada vez que escucho a los Doors; las limitaciones, al traspasar, esas sensaciones que la música de Jim y los suyos me produce, al lenguaje escrito, son enormes. Sólo me resta decir que fueron el grupo de rock que más influyó sobre mi persona, cambiando la percepción que tenía de la música; y sin ánimo de exagerar, modificando (tal vez leve, tal vez inmensamente) mi vida. Éste fue el disco con el que se inició el romance imperecedero.

War - U2 (1983) U2 fue una banda que me llegó a través de la televisión. Cuatro años antes del 2000, cuando verdaderamente reparé en ellos, ya eran, en rigor, el grupo de irlandeses más reconocidos en todo el mundo –con las debidas disculpas a Jonathan Swift, James Joyce, George Bernard Shaw, Oscar Wilde y William Butler Yeats, entre la gran cantidad de plumas célebres que ese país ha prodigado a la humanidad–. En otras palabras, me acerqué a su música, supongo, por una cuestión cronológica, cuando estaban ya en la cúspide, y sólo era cuestión de encender la tele y verlos en todos los canales musicales. Conocí temas tan importantes en su historia, como “The Unforgettable Fire”, “With Or Without You” o, el más de moda por aquellos años, “Miss Sarajevo”. Pero, a la hora de adquirir un disco, mi elección se basó pura y exclusivamente en la portada: la cubierta de War me cautivó desde un primer momento. Y creo que la expresión, entre furiosa y melancólica, del niño, es un compendio visual inmejorable de la esencia del álbum.

Imposible no comenzar, en este caso, con mi tema preferido del disco: “Sunday Bloody Sunday”. Desde la batería inicial (que se mantiene, perenne, durante los casi cinco minutos de duración) y los refinados acordes de guitarra eléctrica, todo huele a sangre derramada, a preguntas sin respuestas, a rabia incontenible, a franco desconcierto. Bono afirma, y luego interroga: There’s many lost, but tell me who has won? Nunca hay que perder de vista –al escuchar este himno–, que lo que se conoce como ‘Domingo Sangriento’ es un acontecimiento verídico, que ocurrió en el año 1972, en Londonderry, cuando el ejército inglés abrió fuego contra manifestantes católicos, provocando una tremenda matanza; es decir, once años antes que U2 compusiera esta asfixiante, angustiante y enérgica canción, que hasta el día de hoy (ojalá, en algún momento, pudiéramos dejar de cantarla), se mantiene como un emblema ante la sinrazón demencial que nos golpea.

“Seconds” es otra composición abiertamente política: se trata de un alegato contra la carrera nuclear, que combina dramatismo con sutilezas. La participación vocal de The Edge pasa desapercibida, lo cual no deja de ser todo un mérito. Por su parte, “Like a Song” es una verdadera aplanadora musical, de mensaje pacifista. Sin ninguna duda, de lo más potente e indomable del disco, y con una letra interesante, que reza frases como: Too set in our ways to try to rearrange. Too right to be wrong, in this rebel song. Uno de los temas más sugestivos del disco, y que nunca hay que pasar por alto, siempre ha sido “Surrender”, que expande profundidad y desesperación a granel. Es aquí donde más se luce la providencial guitarra de The Edge, magníficamente acompañada por Adam Clayton. Y la entonación etérea y modulada de Bono, siempre rozando la perfección vocal, se hace cargo de una letra que refleja impotencia y pesimismo, en medio de las tinieblas de la ciudad iluminada, en medio de las tinieblas del propio ser. “Two Hearts Beat As One” es un disperso cóctel de amor y furia (en el que guitarra, bajo y batería se potencian con vigor), que supo ser un gran éxito.

Pero la otra joya indiscutida del álbum es “New Year’s Day”: mucho se ha dicho acerca de la letra; las interpretaciones son disímiles y, realmente, no interesa sobremanera develar misterios, cuando nos encontramos ante tan hermosísima canción, que, de alguna manera, habla por sí sola. Transmite un áspero clima de tensión, de inminentes sucesos no muy gratos. Bono canta con el corazón, y The Edge ejecuta un maravilloso solo. El repetitivo I will be with you again, es tan emotivo como notable (y efectivo).

Un disco, en definitiva, que marcó un giro importante en la carrera de U2, y los acercó por vez primera al éxito y al reconocimiento masivo del que gozan desde hace varios lustros. Punzante, ácido y comprometido, este álbum es un grito desesperado concerniente a lo que nos rodea; y que, mientras nada cambie, jamás debería dejar de sonar. Lástima que Bono y los suyos, desde hace tiempo ya, se hayan alejado de esta clase de proezas.

Nevermind – Nirvana (1991) Cuando escucho a Cobain, inevitablemente lo asocio a la poesía de Edwin Arlington Robinson que reza: Songs without souls, that flicker for a day to vanish in the irrevocable night. Soy plenamente consciente, por otro lado, que In Utero es, en definitiva, un mejor álbum que éste que he elegido. De todos modos, también soy conocedor de lo que Nevermind significó: fue el portal de acceso de toda una generación, angustiada y confundida, para descubrir un rock, una vertiente de un movimiento artístico que los identificara, que les llegara hasta la médula. Cobain, máximo exponente mediático (para su desconsuelo, para su desgracia) del teen-angust, llevaba la esencia de dicho movimiento en las venas, y pudo transferir todo ese caudal acumulado de oscuridad e incomprensión, a la faceta musical, generando un disco cardinal para comprender mejor al (pobre) rock de la década del noventa. No estamos en presencia de un disco que haya revolucionado nada en el plano musical; es decir, sólo puede ser considerado como una novedad para aquellos años, pero de ninguna manera como una innovación, como un giro sonoro drástico. Tal vez Nirvana, y especialmente éste álbum, hayan servido de precedente, esto sí, para el posterior reconocimiento masivo de grupos con una similar raíz, como Pearl Jam y Alice In Chains, entre otros.

“Something In The Way” es el último tema, y también uno de los más conocidos a escala general: resulta ciertamente admirable la inclusión de violas y la prolongación casi anónima, que exteriorizan dos aspectos no excluyentes en Nirvana: sutileza y furia. Deliciosos instantes instrumentales nos brinda “Drain You”, donde los verdaderos protagonistas son el refinado repiqueteo del bajo, y la estridente batería: Grohl y Novoselic se lucen. Una canción interesantísima (a veces injustamente relegada) es “Polly”: penetrante pero serena, lánguida pero elegante: quizá algunos fans de Nirvana debieran prestarle más atención dado que, para mi gusto, constituye el epitome de una faceta poco explorada por Cobain & Cía.

“Lithium” es una composición efusiva, ciclotímica, que sigue con corrección el arquetipo de estrofas mansas y suaves, para rematar con un virulento estribillo. La vehemencia que demuestra Cobain es irrebatible: allí está el aullido visceral que contrapone a este disco con, por ejemplo, Ok Computer, de Radiohead. Por otro lado, se suele afirmar que la versión unplugged de “Come As You Are” suena mejor; de todos modos, ese riff, que pareciera destilar urgencia, apremio, desesperación, de por sí solo, enaltece toda la pieza. “In Bloom” siempre me ha parecido un gran tema, de lo más completo del álbum: inolvidable estribillo, la voz de Kurt en su máxima performance (entre lo etéreo y el rugido incontenible) y un bajo que suena a las mil maravillas: ¿qué más se puede pedir?

No es ninguna novedad afirmar que “Smells Like Teen Spirit” es el tema símbolo del disco (y de la banda) por antonomasia. No obstante, estimo que ha sido objeto de una sobrevaloración excesiva, más allá de ser una notable muestra de potencia desenfrenada. El riff inicial ya es eterno, y Kurt Cobain elevando el tono de voz con: With the lights out, it’s less dangerous. Here we are now, entertain us. I feel stupid, and contagious, convierte a esta canción en un torrente de pujanza, en una topadora incontenible. Ya es un clásico.

En la esfera personal, nunca pude sentirme identificado con el mensaje subyacente en las letras de Nirvana. Tal vez el bramido adolescente, la furia indomable y el temor angustiante que transmiten, no hayan ingresado en mi ser, simplemente porque no fui un chico atormentado, ni me pasé la pubertad maquinando formas de suicidarme (tampoco todo fue “color de rosa”, eh). Pero eso no me impidió, sin embargo, deleitarme con una banda instintiva, cruda y visceral, con dosis efervescentes de ferocidad punk, que a partir de la sencillez de su música, se ubicó entre lo mejor que la década pasada nos brindó.

Categorías: Música

Toiletgate: ¡chorra!

Julio 17, 2007 · 2 comentarios

Jaqueada por el escándalo, apremiada por la investigación judicial, arrinconada por la mismísima Cristina Fernández de Kirchner, que consideró insostenible la continuidad de la funcionaria (no por una cuestión de honorabilidad y transparencia, sino para que el toiletgate no siga afectando su candidatura presidencial), finalmente a Felisa Miceli no le quedó otra alternativa que renunciar a su cargo.

La acusación del fiscal fue lapidaria, y prácticamente no dejó lugar a dudas: Marijuan consideró en su dictamen que la ex ministra faltó a los deberes de funcionario público, sustrajo un documento público y encubrió el origen espurio del dinero hallado en el baño de su despacho. Aseguró que “están reunidas las pruebas suficientes demostrativas de los hechos acaecidos, por lo que existe motivo bastante para sospechar que los investigados han participado en la comisión de distintos delitos”. Asimismo, quedó completamente rechazada la justificación que Miceli esgrimiera días atrás, aduciendo que el dinero se lo había prestado su hermano para realizar una operación inmobiliaria (no en vano titulé mi anterior entrada sobre este tema: Felisa: no aclares, que oscurece); se deduce entonces que esta economista, que fue activista de izquierda durante la década del ochenta, le mintió a la ciudadanía y a la Justicia de forma descarada.

Habría que recordar también que Felisa dijo, luego de semanas de mutismo, que estaba ofendida por tanto ensañamiento en su contra: “Estoy indignada; se ha montado todo un engranaje a partir de una cosa que era absolutamente normal, personal”. Nuestra decadencia económica y política, pero principalmente, social e institucional, está relacionada, de forma íntima, con episodios tan grotescos como el de esta señora. Además, su gestión al frente del Palacio de Hacienda fue, cuando menos, discreta: no creó las condiciones propicias para estimular ni el crecimiento de los sectores productivos ni la atracción de nuevas inversiones (la crisis energética, anunciada por los expertos hace mucho tiempo, e imposible de disimular por estos días, es la prueba más fidedigna de esto último).

Como colofón, y ya que en esta oportunidad, ante la evidencia, me he permitido ser menos cuidadoso al formular juicios de valores, voy a apelar al tango, y a la pluma del inmortal Enrique Santos Discépolo (también podría citar ciertos fragmentos de Cambalache, pero para este caso resulta más gráfico recurrir a Chorra):

Por ser bueno,
me pusiste a la miseria,
me dejaste en la palmera,
me afanaste hasta el color.
En seis meses
me comiste el mercadito,
la casiya de la feria,
la ganchera, el mostrador…
¡Chorra!…
Me robaste hasta el amor…
Ahura,
tanto me asusta una mina,
que si en la calle me afila
me pongo al lao del botón.

¡Lo que más bronca me da,
es haber sido tan gil!

Categorías: Actualidad · Política

Que el árbol no tape el bosque

Julio 16, 2007 · 4 comentarios

Como vengo sosteniendo hace tiempo, mi experiencia como simpatizante de River –desde el año 2001, en que asumiera a la presidencia el dirigente más nefasto que ha tenido el club en toda su historia, es decir José María Aguilar– se asemeja a una escuela de estoicismo, por lo que he aprendido (a la fuerza) a despojarme de los aires exitistas que sobrevuelan en el apasionado ambiente futbolístico argentino. En otras palabras: el señor Aguilar me ha acostumbrado a no acostumbrarme a ganar, y por ende, a desdramatizar el simple juego del fútbol.

En el país hoy reina un sentimiento acentuado de desazón. Fallaron todos los pronósticos (es fama que dentro del arte de lo impensado, los augures están desempleados). Porque una selección a la que le faltaban algunas de sus grandes figuras terminó triunfando por un holgado margen, sobre un equipo que, a fuerza de destacadas actuaciones, se había erigido, por derecho propio, en el máximo candidato a quedarse con el certamen continental. Y, como viene sucediendo con frecuencia desde que Maradona no reside en el verde césped (luego me referiré a ese punto), los brasileños se impusieron, en lo técnico, en lo psicológico y hasta en los factores propios del azar. Es cierto que un gol “desde el vestuario”, como fue el convertido por Julio Baptista, condiciona sobremanera el desarrollo posterior del encuentro, y que el subsiguiente remate en el palo de Riquelme supuso un golpe anímico importante. Pero negar la superioridad, no abrumadora, pero superioridad al fin, del conjunto dirigido por Dunga, equivaldría a haber visto otro canal.

Sin embargo, y siendo fiel a la máxima de desdramatizar el fútbol, es conveniente realizar un análisis que no se circunscriba a los noventa minutos finales, dado que la selección argentina, en los cinco partidos anteriores, tuvo un desempeño convincente (claro, ante rivales menores, que no pueden compararse con los grandes equipos europeos, como Alemania, Francia, Inglaterra o Italia). Estimo que los mayores rendimientos individuales fueron los de Mascherano (sobresaliente), Riquelme, Messi y Zanetti (en ese orden), más los aportes nada desdeñables de Tévez y Verón. Basile finalmente no se animó a poner desde el arranque a Aimar, relegándolo por Cambiasso, uno de los puntos más bajos del equipo (inentendible que este muchacho pueda, luego de tantos años, seguir siendo convocado: nemo dat quod non habet). Luego, me parece que el ciclo de ciertos futbolistas está, ahora sí, definitivamente cumplido: sobre todo, el de Abbondanzieri (que no transmitió un ápice de seguridad en ningún encuentro) y Ayala (falto de ritmo, cometió dos errores groseros en el partido con Brasil, y ya no es aquel central sólido que era garantía de confianza); habrá que ver cuáles son las alternativas que surgen para otros veteranos de mejor desempeño, como Verón, Zanetti y Crespo.

Ahora se viene el tiempo de las eliminatorias, y es posible que Basile comience a probar, manteniendo ésta columna vertebral, y sin renunciar, más allá del trago amargo que siempre supone perder con el clásico rival, a una filosofía de juego que él ha sabido mantener intacta a lo largo del tiempo. El panorama está lejos de ser sombrío, como algunos oportunistas intentan pintarlo ahora, con la chapa del resultado puesto.

Por último, quiero hacer una brevísima observación: un columnista del diario Clarín, al que guardo un profundo respeto, aseguró hace unos días que “un Riquelme más un Messi se aproximan a un Maradona”. Siendo sincero, y pese a las superlativas condiciones de ambos jugadores, no estoy de acuerdo, principalmente porque, a diferencia de Maradona, que, a mayor importancia del partido, mejor jugaba y más protagonismo asumía (en criollo: se agrandaba en las difíciles), da la sensación que tanto Messi como Riquelme son reacios a tomar el bastón de mando en los compromisos claves, y pasan absolutamente desapercibidos (al menos en lo que a la selección se refiere).

Categorías: Deportes