Vagabundeo resplandeciente

Felisa: no aclares, que oscurece

Julio 8, 2007 · 4 comentarios

El hallazgo, en una inspección de rutina de la brigada antiexplosivos, de una bolsa con 64.000 dólares en el baño del despacho de la ministra Felisa Miceli, sólo admite dos lecturas posibles: se trató de una torpeza mayúscula, casi inconcebible para una funcionaria de semejante rango; o bien, de un ingreso de fondos que de ningún modo pueden ser justificados: lo que denotaría un patente caso de corrupción.

Sin aventurarme a levantar juicios de valor, hasta que no se pronuncie al respecto la Justicia, es preciso remarcar la desprolijidad, la desaprensión con que se ha manejado la cuestión, de por sí gravísima, hasta el momento: en primer lugar, el cabo suelto de que, según el semanario “Perfil” (que publicó originalmente la noticia), la bolsa contenía 240.000 dólares, una cifra bastante más elevada que la que expuso Miceli. Luego, la inexplicable demora en brindar declaraciones públicas, puesto que el dato se conoció el 24 de junio, y la ministra recién se refirió al suceso casi dos semanas después. Y, por último, la irrisoria solidez de las explicaciones dadas, apelando al recurso, siempre a mano, de la victimización, y sin mostrar ningún documento que avalara de algún modo sus afirmaciones: tal como aseguraba el editor adjunto de “Clarín”, y tomando como referencia las aseveraciones de la misma Miceli, si tenía el dinero separado, y en su despacho, pronto para adquirir un bien inmueble, se deriva que la transacción era inminente y que, por lo tanto, existía una negociación a través de una inmobiliaria y hasta la posibilidad del pago de una seña, como se estila en estas operaciones. Sin embargo, la titular del Palacio de Hacienda no corroboró sus dichos con ningún instrumento público o privado de este tipo.

Tal vez lo más paradójico del incidente sea precisamente el cargo que ocupa Felisa Miceli –que, según afirman fuentes confiables, es una mera asesora del presidente Kirchner, quien finalmente es el encargado de tomar las decisiones de fondo en materia económica–. Que una ministra de Economía acopie y se maneje con efectivo suena, cuando menos, incongruente, inverosímil. Resulta un tanto preocupante, aun presuponiendo la honestidad de Miceli, que una persona tan desaprensiva y atolondrada con su propio dinero, sea al mismo tiempo, la máxima responsable de administrar los recursos públicos de una república.

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