Vagabundeo resplandeciente

Borges, ¿apologista del plagio?

Julio 25, 2007 · 6 comentarios

La Historia de la literatura no debería ser la historia de los autores y de los accidentes de sus carreras o de la carrera de sus obras sino la Historia del Espíritu como productor o consumidor de literatura. Esa historia podría llevarse a término sin mencionar un solo escritor. (Paul Valéry)

Una de las ideas más perturbadoras y admirables que he leído sobre los escritores y sus obras, dictamina que existe, en la historia de la literatura, una unidad central y sustancial; todo libro escrito correspondería a un único y omnisciente productor.

De éste particular y colosal asunto se ocupa Borges en “La flor de Coleridge” (Otras inquisiciones). Así es que rescata las palabras al respecto de Mary Shelley, quién afirmaba en 1821 que todos los poemas del pasado, del presente y del porvenir, son episodios o fragmentos de un solo poema infinito, erigido por todos los poetas del orbe.

Pienso yo que, más allá del origen panteísta de ésta hipótesis, y del mayor o menor grado de verosimilitud y coherencia que cada uno pueda asignarle, subyace en la misma una inagotable belleza.

Hay quienes, actualmente, en tiempos de intertextualidad y demandas millonarias, en épocas de egos heridos y comparaciones permanentes, encuentran en la teoría borgeana la más perfecta apología del plagio (un caso sonante fue el de la novela Bolivia Construcciones, de Sergio Di Nucci, que ganara el premio Sudamericana/La Nación, luego revocado, tras advertir que la citada obra contenía fragmentos de Nada, de Carmen Laforet, publicada en 1944). A la manera de las consignas a favor de la legalización de la marihuana o del aborto, ¿contemplaremos alguna vez la apocalíptica imagen de miles de escritores, amigos del calco, manifestándose con lemas como la exigencia de la promulgación del plagio libre y universal, sin ataduras de ninguna clase?

Borges materializa la consideración central a través de tres ejemplos, por vía de un tridente de autores: Coleridge, Wells y Henry James; cada entidad personal constituye un todo uniforme y compacto; lo individual se torna universal; el argumento no varía, sólo se modifica minuciosamente; Coleridge es Wells, Wells es James, James es Borges, y de este modo se suceden los nombres perecederos, que se construyen, destruyen y reconstruyen ad infinitum, en pro del espíritu productor anónimo, en franco favor a las letras del cosmos íntegro.

La certeza de que lo esencial ya no son los individuos que escriben, sino lo qué escriben, daría una definitiva e inexorable sepultura a todo lo relacionado con los derechos de autor: ¿quién podría aducir que otro escritor lo plagió, lo imitó o le robó su trama argumentativa? James Joyce y George Moore…, ¿es Borges quién realmente nos los dice?, … han incorporado en sus obras, páginas ajenas; Oscar Wilde solía regalar argumentos para que otros los ejecutaran.

Me encuentro sumido en una tenaz e inquietante vacilación: ¿debo remarcar, cómo antes lo hice al citar a Valéry y Shelley, las próximas palabras que pretenda reproducir? ¿Verdaderamente un señor de mirada enigmática y andar meditabundo, que tuvo a su más leal compañero en el color amarillo, escribió la frase que a continuación voy a transcribir? A estas alturas, si fue un argentino, si fue un inglés o fue un ciudadano del mundo, poco importa. Lo que éste libro de cuyo nombre no quiero acordarme nos dice, es que ese cúmulo de conductas –la de Joyce, la de Moore y la de Wilde–, aunque superficialmente contrarias, pueden evidenciar un mismo sentido del arte. Un sentido ecuménico, impersonal.

Categorías: Literatura