Y así echó a andar otra vez, camino adelante; largo camino fue, sin embargo. Porque esa carretera, esa calle principal de la aldea, no conducía hacia el cerro del castillo: tan sólo se acercaba a él; y luego, como si lo hiciese adrede, doblaba, y si bien no se alejaba del castillo, tampoco llegaba a aproximársele. (Franz Kafka, El Castillo)
Si me solicitaran que simbolice la burocracia por medio de una imagen, elegiría una obra de Maurits Cornelis Escher, titulada “Relativity”: lo que el dibujante holandés plasmó en 1953, a través de un inquietante blanco y negro, es un escenario lógicamente imposible y quimérico, atravesado desde diferentes perspectivas por figuras humanas que permanecen allí con la más absoluta normalidad; la estructura laberíntica que Borges imaginó para la Ciudad de los Inmortales es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz.
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Max Weber, el mayor teórico del fenómeno burocrático, utilizó la metáfora de la modernidad como jaula de hierro (o acero, según las variantes), dentro de la cual, inevitablemente, la gran mayoría de la población está destinada a pasar su vida: uno puede ver, a través de los sombríos barrotes, lo que hay fuera de la jaula, pero aunque quiera, no puede alcanzarlo, pues está (estamos) prisionero(s). La burocracia es rígida e inflexible, no atiende ni considera las circunstancias individuales de cada persona.
Más terrible es aún la metáfora inversa kafkiana, aquella que expresa: “una jaula salía en busca de un pájaro”, y presenta mayúscula similitud al célebre mito griego del hijo de Pasifae: la dominación burocrática aplicada en toda organización a gran escala –ya no sólo al Estado, tal como Marx lo creía–, del mismo modo que el infranqueable laberinto construido por Dédalo y los hombres que día a día caen en él y son devorados por el monstruo, como símbolo de lo irreversible y magnético. Dentro del laberinto, a diferencia de la jaula weberiana, no se puede contemplar lo que subyace en el exterior. ¿Existirá realmente, ya no en Creta, sino en la modernidad, un lugar exento de la caótica y bestial burocracia? ¿Tendrá sentido devanar el hilo del ovillo; existirá un Teseo o terminaremos todos inexorablemente alimentando al ávido e insaciable Minotauro?
La palabra burocracia proviene del francés bureaucratie, y éste, de bureau, que designa la oficina, el escritorio, el pupitre: en fin, el buró.
Detrás de un escritorio, un hombre cercano a los cincuenta años, al que le sobresale una barriga que hace tiempo dejó de ser incipiente, me divisa al llegar por cuarto día consecutivo, y mientras le doy la espalda para cerrar la puerta de la claustrofóbica oficina, adivino en su desganado rostro un casi seguro gesto de fastidio, motivado por mi insistencia vehemente. Cuando con natural desidia me lanza idéntica frase que en las últimas tres jornadas: “Vuelva usted mañana” (el sociólogo y filósofo José María González García afirma que dicha frase se ha erigido en el leit motiv de la burocracia), el hastío deja de ser propiedad exclusiva de su persona y se apodera repentinamente también de mí. Me voy, un tanto resignado. Mañana volveré. Tal vez ya tendrán listo el expediente que me prometieron entregar hace dos meses. “Es que la mesa examinadora de la facultad aún no se ha reunido”, me dicen. Quizá mañana, pienso. De lo contrario, tendré que esperar otro semestre, para de una vez por todas quedar habilitado a dar examen de una materia que ya tengo estudiada de alfa a omega hace tiempo. Quizá mañana.

Retomando el pensamiento de Max Weber, él sostenía que la excesiva racionalización moderna supone una pérdida, “un desencanto”; dicha racionalización va inevitablemente acompañada de la burocratización, extensiva a las empresas, los sindicatos, los partidos políticos, las universidades, los hospitales. El espectacular progreso indefinido de la organización burocrática se explica simplemente en su superioridad técnica sobre cualquier otro tipo de ordenación. El autor de La ética protestante abogaba por un parlamento fuerte que articule bases competitivas y sirva de equilibrio entre burocracia pública y privada.
Actualmente, Internet, a través de la cual se pueden hacer muchísimos trámites, es un interesante “arma” para combatir la alienación del despacho bureau, no obstante que con el perro no se muere la rabia: varía el soporte, el expediente continúa existiendo, incólume.
El individuo no debe aceptar bajo ningún punto de vista la reducción a ser una mera pieza de engranaje dentro de la incontenible y atroz maquinaria burocrática. Kafka sólo logró escaparse de la misma a través de la muerte. Sin embargo, tal como afirma González García, nuestros padres (y muchos de nosotros) han presenciado la caída del infernal armatoste estatal-burocrático de la Unión Soviética. Eso demuestra a las claras que los diseños de los hombres no son infalibles, ni mucho menos eternos. Se puede sortear al primer guardián, luego al segundo y al tercero. Otros eludirán al cuarto y al quinto. Hay muchos, innumerables, hasta el hartazgo, pero no son infinitos. Sólo es cuestión de que la racionalización de la organización no nos vuelva aún más irracionales de lo que ya somos.

