Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Julio 2007

Discos que influyeron en mi formación musical (II)

Julio 12, 2007 · 9 comentarios

Appetite for Destruction – Guns N’ Roses (1987) El hard rock nunca me había llamado la atención ni por asomo, me resultaba una música muy lejana, casi inaccesible. Yo no era siquiera un púber, es cierto, y mi mundo musical se reducía a lo coyuntural, y a las influencias familiares. Mis amigos, lamentablemente, salvo honrosas excepciones, se han caracterizado por poseer un gusto entre hortera y espeluznante para la música. Y, en la vorágine de lo circunstancial, es que una noche, escuchando la radio, terminé embelesado con un tema de un grupo que nunca había oído nombrar: la canción, claro, era “Welcome to the Jungle”. El estribillo, el aniquilador riff y la voz penetrante y repleta de matices de Axl Rose, resonaron en mi cabeza por espacio de varios días. Me percaté al instante de que estaba en presencia de un tema redondo, de principio a fin. No demoré en comprar el disco que contenía esa canción, y que no era tan antiguo: solamente habían pasado cuatro años desde su salida a la venta (el dibujo de Robert Williams, ya no en la portada, sino en el interior del librillo, en aquel momento me impresionó). Recuerdo que antes de pasar a escuchar el tema número dos, “It’s So Easy” –donde Slash y Duff McKagan (en el bajo) se lucen a la máxima expresión–, reproduje al menos unas diez veces más la magistral, delirante e inigualable “Welcome to the Jungle”. En definitiva, uno de los temas más potentes que he escuchado en mi vida, con una letra que refleja a la perfección el espíritu de la canción: Welcome to the jungle. It gets worse here everyday. Ya learn ta live like an animal. In the jungle where we play. If you got a hunger for what you see. You’ll take it eventually. You can have anything you want. But you better not take it form me.

El disco completo es un desfile incesante de potentísima ferocidad, característica que se puede encontrar tanto en “Nightrain” (mención especial para el portentoso solo de Slash), como en “Out Ta Get Me”, de paranoica y contestataria letra. Luego llega la ardida oda “Mr. Brownstone”, donde se puede apreciar que la aspereza sonora propia de los Guns no les impedía conservar una espectacular pujanza melódica.

Así llegamos a la soberbia “Paradise City”: un temazo que arranca casi en plan de balada, con los riffs intercalados de Slash e Izzy, hasta que suena ese pito infernal, y la excepcional estrofa: Take me down to the paradise city, where the grass is green and the girls are pretty, take me home, que ya no se nos puede despegar, concluyendo con la voz histérica y acelerada de Axl: una verdadera obra maestra que remite a un entorno completamente opuesto al que nos describían en el tema inicial. “My Michelle” es una canción compuesta por Axl y dedicada a una amiga del grupo, que arranca con suavidad inusual; mansedumbre que dura unos pocos segundos, hasta que hace su enérgica entrada la guitarra de Slash y todo vuelve a la suciedad de sonidos habitual.

Párrafo aparte merece la única balada del álbum: “Sweet Child O’ Mine”, canción que contiene tal vez uno de los más originales y sobresalientes riffs que he escuchado, a cargo de Slash. ¡Qué pedazo de guitarra, por Dios! A partir de esas memorables notas repetitivas, nada complejas pero harto agradables, se sustenta una pieza en la que también se destaca la batería de Steven Adler. Además, una preciosa y refinada letra de amor, con un Axl delicado y vulnerable como nunca. Son casi seis minutos de embelesamiento musical (de más está decir que la versión descaradamente amputada para radios es una ignominia que no merece ser escuchada).

Por último, nos encontramos con “You’re Crazy”, cargada de pura potencia heavy, y “Rocket Queen”, una canción sugerente por demás, con las que consuman un disco perfecto, tan arrollador como fugaz (particularmente, pese a que contiene doce temas, se me pasa rapidísimo cada vez que lo escucho: lo bueno, si breve, dos veces bueno). Appetite for Destruction fue, es y será el disco fundamental de los Guns, y sin ningún temor a equivocarme, digo también que se encuentra entre los mejores de la historia del rock. Siempre afirmo que son la más grande banda mundial que ha surgido luego de mi nacimiento, y por supuesto, llevo toda la razón.


News of the World – Queen (1977) News of the World fue el disco con el que me inicié en la particular música de Queen. Curiosamente, si por casualidad no hubiese sido éste el álbum que llegó a mis manos por aquellos años de plena efervescencia nostálgica por el reciente fallecimiento de Freddie Mercury, la banda británica nunca habría logrado enamorarme como finalmente lo hizo. Es que tanto A Night At The Opera y A Day At The Races, dos discos sustancialmente diferentes y más pretenciosos, no me hubieran sentado bien en aquellos tiernos años. En cambio, el álbum que nos ocupa es rock en estado puro. Y pese a que muchas veces suele ser despreciado injustamente por la crítica especializada o por ciertos fans, yo creo que se trata de un trabajo harto consistente de Queen, en el que demuestran que lo suyo no se reduce a coros recargados y al music-hall, sino que son plenamente idóneos para rockear de forma devastadora.

Los dos primeros temas, sin ninguna duda, se han transformado en los más conocidos de Queen en el mundo entero. Y el hecho de que tanto “We Will Rock You” como “We Are The Champions” se hayan popularizado de tal manera no deja de ser triste, puesto que han terminado por cansar, por volverse redundantes y harto comerciales: han abusado de ellos. El primero, compuesto por Brian May, tiene un particular ritmo y el distintivo de hallarse desposeído de toda instrumentación melódica y acompañado por palmas y pies. Es un comienzo efectivo y fugaz. Luego, de “We Are The Champions” sólo se puede decir que, ante todo, es una balada sublime, con un estribillo melódico tan inconfundible como bello; y, por otro lado, que se ha transformado, gracias a un uso ciertamente curioso, en un verdadero himno a lo largo y ancho del planeta. Si uno escucha la letra de Mercury no termina de comprender qué relación guarda con los eventos deportivos en los que se la repite hasta el hartazgo: I’ve taken my bows. And my curtain calls. You’ve brought me fame and fortune. And everything that goes with it. I thank you all. But it’s been no bed of roses no pleasure cruise, and I consider it a challenge before all human race. That I’ll never lose. And I need to go on and on and on and on.

“Sheer Heart Attack”, denostada (por muchos) pieza punk, siempre me ha agradado muchísimo: de lo más furioso y pesado de toda la discografía de Queen. Destacable el desproporcionado riff, y sobre todo, la abrupta forma en que termina el tema, a tono con el título mismo. “All Dead, All Dead” es pura melancolía, tristeza y desconsuelo: una balada de piano sugestiva, compuesta e interpretada por May que termina por penetrar hondo, muy hondo. Luego llega “Spread Your Wings” –tal vez el mejor tema compuesto por John Deacon en toda su vida–, que continúa con ese tono apesadumbrado, en donde resalta la brillante y límpida voz de Mercury (pocas voces me sugieren tanto como la de Freddie), acompañado por el piano y diversas guitarras.

“Get Down Make Love” siempre me ha proporcionado extrañas sensaciones, puesto que es la más acabada exteriorización del lado rudo de Freddie. Se trata de un tema impresionantemente pesado y masculino, con intermedio orgásmico e increíbles efectos de guitarra incluidos, que bien hace recordar a cierta inigualable composición de Led Zeppelín. “Who Needs You” es una agradable canción, en la que se mezclan ritmos latinos con los ilimitados recursos en guitarra del gran Brian May, y la voz de Mercury en franco antagonismo con el tema que mencioné anteriormente. La melodía que compuso Deacon es de una preciosidad incomparable. Finalmente, enfatizo sobre “It’s Late”, un epic rocker sin desperdicio, en el que se destacan, a saber: el riff con tintes de blues que somete los más de seis minutos de duración del tema; la impresionante batería de Roger Taylor (quizá su mejor perfomance), que bien puede apreciarse sobre la acelerada última etapa; y la siempre superlativa labor vocal de Freddie Mercury. Me aventuraría a afirmar que se trata de la mejor pieza del álbum.

En síntesis, un disco oscuro, sombrío y tristón (el cierre con “My Melancholy Blues” así lo confirma), pero a la vez, con dosis atractivas de verdadero rock, muy alejado de lo que era y de lo que fue Queen en general. Sí, atípico, pero excepcional. Tal vez ahí (en la diversidad) radique su mayor mérito.

Tatoo You – The Rolling Stones (1981) Los Rolling Stones eran sinónimo de “leyendas vivas” para mí, allá por el año 1995, cuando se desató la tan característica y curiosa stonemanía que se acrecienta con cada visita de Jagger & Cía. al país. No había escuchado de ellos más que un par de temas sueltos, pero el nombre de la banda ya era una institución por sí misma. Mi tío rebelde, gran admirador de la formación británica, me internó en la música de los Stones: eternamente en deuda con él he quedado. Al día de hoy, están entre mis bandas favoritas de todos los tiempos, lo que ciertamente no es poco. Al igual que en el caso de Queen, aquí también tuve muchísima suerte: Tatoo You, además de transformarse en uno de los últimos grandes discos de los Rolling, fue la preciosa anomalía en medio del caos creativo en el que estuvieron sumidos los chicos durante bastante tiempo. Pienso que todo verdadero fanático incondicional de “la banda más grande del mundo” debería sentirse identificado con este álbum: destila sonido stone por los cuatro costados. En otras palabras, no hay modo de considerarse fan de Sus Satánicas Majestades y al mismo tiempo descalificar éste trabajo, porque todos los elementos musicales por los que los Stones son los Stones y no otra cosa, aparecen abreviados aquí.

“Start Me Up”, a la larga, se ha convertido en uno de los temas más conocidos de los Rolling. Los méritos son claros: es el típico rocker stone, despojado de furia, pero cargado de refinamientos. La letra, ligera y superficial, que comienza repitiendo sus estrofas: If you start me up. If you start me up I’ll never stop. If you start me up. If you start me up I’ll never stop, es lo que menos importa en este caso: la sección instrumental entera es sobresaliente, desde el riff inicial (tan conocido como sensacional) hasta todo el potencial sonoro que transmite la batería de Charlie Watts que se suma enseguida, redondeando un hit de hits que le levanta el ánimo hasta a un maníaco depresivo.

En “Slave” hay que estimar fundamentalmente ese saxo que suena a las mil maravillas, y claro está, el infernal riff de guitarra, por más que la canción no sea memorable. “Little T & A” –cantada por Keith–, tampoco es la panacea, pero termina resultando un típico rocker pegadizo, divertido y fresco, de esos que siempre queremos escuchar por parte de los Stones.

La variedad de estilos es otro de los factores meritorios del disco, siendo fidedigno ejemplo el rhythm and blues “Black Limousine”, cuya peculiaridad máxima es la inclusión de un violín. Nunca hay que perder de vista que los Rolling fueron claramente influenciados por grandes del blues, como Muddy Waters y Howlin’ Wolf.

Luego, encontramos la parte más tranquila, suave y melódica del álbum, llena de baladas stones prodigiosas, de las mejores que compusieron en muchísimo tiempo, como “Worried About You”, “Tops” y “Heaven” –ésta última, música ambient stone sorprendente–; para concluir el disco con un verdadero clásico: “Waiting On A Friend”, una preciosa oda a la amistad (mi preferida del álbum, sin duda) que mixtura ritmos latinos con un saxo espléndido, singulares coros y la voz de Mick entonando eso de: Don’t need a whore. I don’t need no booze. Don’t need a virgin priest. But I need someone I can cry to. I need someone to protect. Making love and breaking hearts. It is a game for youth. But I’m not waiting on a lady. I’m just waiting on a friend.

Evidentemente, no se encontrará a la altura de álbumes míticos como Sticky Fingers o Exile on Main St., pero lo cierto es que éste disco supuso un resurgir artístico en la extensa carrera del grupo más sólido y coherente de la historia del rock, un soplo de aire fresco luego de un trabajo mediocre (Emotional Rescue), un ratificación de la inalterable vigencia que regalan (hasta el día de hoy), no obstante los baches creativos que cualquier banda con tantos años de trayectoria puede afrontar.

Categorías: Música

En las profundidades de la blancura

Julio 10, 2007 · 5 comentarios

Con el devenir de esa masa uniforme de alternativas que no podemos percibir por medio de ningún órgano, denominada con el sustantivo “tiempo”, he llegado a pensar que uno no se encuentra nunca tan solitario como cuando se abre paso en medio de una multitud. Sin embargo, hace algunos años, siendo todavía colegial, en ocasión de unas vacaciones de invierno, creí sumirme en la soledad más absoluta y profunda que ser humano alguno pudiera concebir jamás.

En la cordillera de los Andes, aquélla esplendorosa formación montañosa que mis maestras me habían enseñado hasta el cansancio, en ilustraciones diversas, durante mis primeros períodos de aprendizaje de las heroicas hazañas de nuestros próceres; los que liberaron no sólo a la patria, sino también a otros pueblos hermanos, que sufrían la misma opresión; en las blancas cimas entonces, las mismas que mis incrédulos ojos habían aprendido a reconocer al instante, allí cerca de donde pasó el Libertador de medio continente, me encontraba, al fin, yo y mi circunstancia, que diría Ortega y Gasset.

El ascenso hasta semejante posición, bastión de los cóndores, que sobrevuelan en círculos concéntricos, con serena majestuosidad, no se lo debía al azar. No tengo idea si había llegado a la cima, porque en esa amalgama de níveas paredes eternas, que se enciman sin pudor, y que no tienen comienzo ni final, sino que se confunden, es habitual perder completamente el sentido de la ubicación, y por ende, de la orientación. Sólo tengo conciencia de que me había aproximado a un lugar de difícil acceso, o, cuando menos, de acceso no acostumbrado, puesto que las hercúleas masas de nieve eran vírgenes y no avizoraba una sola presencia humana en todo mi campo visual, tras las densas cortinas de niebla. Para llegar allí, en un acto de imperiosa irresponsabilidad, resolví apartarme de las pistas habilitadas, por las que descendían con naturalidad el cúmulo de esquiadores: la seducción que esas cumbres entre inmaculadas y azulinas ejercieron en mí, me llevó a seguir los pasos de ese silencio sempiterno, que sólo hallaría adentrándome en las profundidades de la montaña, llegando a un estado sepulcral y hermético, propio de la crudeza invernal en un sitio inhóspito y elevado por sobre la mundanalidad.

Allí arriba encontré el silencio más formidable y perfecto concebible; ni tan siquiera las partículas de nieve que se precipitaban provocaban chasquido alguno: la carencia absoluta de todo rumor, intuí, es todavía más embriagadora que cualquier conjunto de sonidos existente en este mundo. Contemplaba, a su vez, cómo las caprichosas geometrías de las nubes pasaban, con sorprendente velocidad, por debajo de mis ojos; aunque ahora me figuro que no fue otra cosa que una permanente ilusión óptica, que se habrá debido (evidentemente) a mi indócil imaginación. Cuando, por un instante, me detuve, a reparar con calma en la excelsitud de la naturaleza, mi corazón sintió un profundo y sagrado terror; un terror indescriptible, al tomar conciencia del peligro en el que voluntariamente me había inmerso; riesgo que, por irracional que puede sonar, me excitaba y emocionaba sobremanera.

Y en esas terrazas de magnificencia, que sólo se veían interrumpidas por paredes de roca, filas de coníferas, alguna que otra caverna y curiosas formaciones que se asemejaban a cristalinas escaleras, mi cuerpo terminó de cubrirse de polvo de partículas de agua cristalizada. El viento comenzó a enfurecerse, propinando latigazos que cortaban la carne y congelaban el corazón. Las orejas y los labios se me incineraban y los dedos, completamente entumecidos, hace tiempo habían perdido capacidad de movimiento voluntario. Hasta mi percepción comenzaba a alterarse en medio de ese torbellino avasallante. Cualquier rastro de humanidad era ilusorio en aquella blancura infinita y trascendental que prefiguraba el vacío, la inexistencia, la nada.

Entonces vislumbré la razón por la que el viaje del capitán Ahab fue, además de metafísico, también tortuoso. Entonces hallé la causa del horror que experimentó Arthur Gordon Pym una vez que el resplandor polar brillaba en los flancos de su canoa. Entonces comprendí el motivo por el que las verdaderas tinieblas, las más espeluznantes y penetrantes, en realidad tienen la forma de un blanco laberinto sin centro.

Categorías: Literatura · Personal

Felisa: no aclares, que oscurece

Julio 8, 2007 · 4 comentarios

El hallazgo, en una inspección de rutina de la brigada antiexplosivos, de una bolsa con 64.000 dólares en el baño del despacho de la ministra Felisa Miceli, sólo admite dos lecturas posibles: se trató de una torpeza mayúscula, casi inconcebible para una funcionaria de semejante rango; o bien, de un ingreso de fondos que de ningún modo pueden ser justificados: lo que denotaría un patente caso de corrupción.

Sin aventurarme a levantar juicios de valor, hasta que no se pronuncie al respecto la Justicia, es preciso remarcar la desprolijidad, la desaprensión con que se ha manejado la cuestión, de por sí gravísima, hasta el momento: en primer lugar, el cabo suelto de que, según el semanario “Perfil” (que publicó originalmente la noticia), la bolsa contenía 240.000 dólares, una cifra bastante más elevada que la que expuso Miceli. Luego, la inexplicable demora en brindar declaraciones públicas, puesto que el dato se conoció el 24 de junio, y la ministra recién se refirió al suceso casi dos semanas después. Y, por último, la irrisoria solidez de las explicaciones dadas, apelando al recurso, siempre a mano, de la victimización, y sin mostrar ningún documento que avalara de algún modo sus afirmaciones: tal como aseguraba el editor adjunto de “Clarín”, y tomando como referencia las aseveraciones de la misma Miceli, si tenía el dinero separado, y en su despacho, pronto para adquirir un bien inmueble, se deriva que la transacción era inminente y que, por lo tanto, existía una negociación a través de una inmobiliaria y hasta la posibilidad del pago de una seña, como se estila en estas operaciones. Sin embargo, la titular del Palacio de Hacienda no corroboró sus dichos con ningún instrumento público o privado de este tipo.

Tal vez lo más paradójico del incidente sea precisamente el cargo que ocupa Felisa Miceli –que, según afirman fuentes confiables, es una mera asesora del presidente Kirchner, quien finalmente es el encargado de tomar las decisiones de fondo en materia económica–. Que una ministra de Economía acopie y se maneje con efectivo suena, cuando menos, incongruente, inverosímil. Resulta un tanto preocupante, aun presuponiendo la honestidad de Miceli, que una persona tan desaprensiva y atolondrada con su propio dinero, sea al mismo tiempo, la máxima responsable de administrar los recursos públicos de una república.

Categorías: Actualidad · Política

Discos que influyeron en mi formación musical (I)

Julio 6, 2007 · 4 comentarios

Help! – The Beatles (1965) Cuando a mis oídos llegó la voz de John Lennon pidiendo ayuda, ya nada fue lo mismo. Constituyó (aunque quizá no era conciente) el primer cimbronazo, en materia musical, que experimenté en mi vida. Mi padre siempre fue admirador de los Beatles, y en casa nunca faltaron discos de ellos, pero fue Help!, tal vez por la portada que desde el instante en que la vi me llamó la atención (aunque sea medio tonta), tal vez por motivos ignotos, el álbum que me permitió descubrir a estos cuatro muchachos a los que hasta el día de hoy sigo escuchando con devoción, y que, de algún modo me abrieron las puertas del rock en todas sus expresiones habidas y por haber. No es el mejor disco de los Beatles ni por asomo, pero sí podría decirse, sin temor al equívoco, que supuso, en comparación con los cuatro elepés precedentes, un franco paso hacia delante en la carrera de los de Liverpool; quizá su despegue definitivo para alcanzar la inconmensurable envergadura, no sólo musical, que terminaron por poseer.

Tal vez el mayor defecto de este álbum sea su irregularidad, faceta que a partir del Rubber Soul los Beatles enmendarían con creces. Sin embargo, se inicia con el tema que lleva el nombre del disco y que, con el correr del tiempo, se convertiría en un absoluto clásico de la banda. Se trata de una de las primeras composiciones –en cuanto a letra se refiere– verdaderamente maduras de los ingleses. Ya he dicho que supuso mi germinal acercamiento a la música de los Beatles, y el hecho de que más de una década después siga adorándolos (y adorando asimismo la canción) ya habla por sí solo. Son dos minutos y medio la mar de intensos. Siempre me sorprendieron los justísimos y lúdicos arreglos vocales entre John y Paul, con esos inolvidables juegos de contrapunto (especialmente en la siguiente estrofa, según mi entender la más lograda: When I was younger, so much younger than today. I never needed anybody’s help in any way. And now these days are gone, I’m not so self assured. Now I find I’ve changed my mind. I’ve opened up the doors), y también la excelsa línea de guitarra.

“The Night Before” es una canción muy estimable, sobre todo por la estupenda intepretación de McCartney, que ya en aquellos primero años descollaba como el mejor vocalista del grupo, por varios cuerpos de distancia sobre Lennon y Harrison. También presenta el agregado de John en el piano eléctrico, y el altibajo que supone una letra francamente zonza. Enseguida llega una composición mucho más reflexiva, a cargo de Lennon (y que puede ser considerada una oda homosexual): “You’ve Got To Hide Your Love Away”, pieza acústica, con innegables reminiscencias dylanianas, y la particularidad de la inclusión de un arreglo de flautas. “I Need You” es otra canción bastante simple, especialmente en su letra, y quizá saturada de arreglos, pero al mismo tiempo significa el asentamiento de George Harrison en cuanto a sus aportes compositivos, que a partir de este álbum serían sostenidos e importantísimos. De todos modos, en lo particular, me parece un tema agradable, entretenido, para pasar el rato.

Después nos encontramos con dos canciones divertidas, pero ciertamente superficiales: la frenética “Another Girl” (en la que se destacan las guitarras eléctricas), y la más que decente “You’re Going To Lose That Girl” (la simpleza de la letra no está a la altura de los arreglos que la vocalizan). Ambas son piezas que bien podrían haber estado en A Hard Day’s Night. Para marcar un contraste, aparece “Ticket To Ride”, otro de los hitos que supuso este disco, exclusivamente debido a sus rarísimos arreglos, impensados para aquella primera mitad de los sesenta: el destiempo en el toque de batería, ejecutado por Ringo, es sencillamente innovador; y el riff, a cargo de Paul, exquisito. Como añadido, es menester resaltar tanto las esmeradas armonías como la misma melodía.

“It’s Only Love” es un tema que a Lennon nunca le gustó. Sin embargo, pienso que sólo por cómo suena su voz, especialmente al concluir, cuando dice: It’s only love, and that is all. But it’s so hard living you. Yes, it’s so hard living you, ya vale la pena escucharlo una y cien veces. Luego llega la otra colaboración de George; para mi gusto, muy superior a la anterior: “You Like Me Too Much”, que ya seduce con esa delicada introducción de piano eléctrico, instrumento que se mantiene como protagonista absoluto durante los menos de tres minutos que dura la canción. La voz de Harrison comienza a adquirir ese tono inconfundible que lo caracterizaría por siempre. “I’ve Just Seen A Face” es una rapidísima composición de Paul, que podría caratularse como número country, y de la que me encantan las guitarras españolas que abren la pieza, y que se mantienen, con una ligereza increíble, además de unos armónicos arreglos en el estribillo.

La madurez a la que aludía al inicio, se exterioriza en su mayor expresión con la universal e imperecedera “Yesterday”: sin duda alguna, una de las canciones populares más trascendentales del siglo XX, y obviamente la pieza más destacada del álbum y de la carrera de los Beatles hasta ese momento (y con eso está todo dicho). Estimo que este conjunto de temas, pese a no formar un concepto unitario y amalgamado, conforman sí, un disco ágil, ameno y plagado de sutilezas varias, que perfectamente puede servir como inmejorable prólogo antes de ahondar en la etapa más admirable de los de Liverpool.

El amor después del amor – Fito Páez (1992) Mi tía, quien dichosamente me legó gran parte de sus gustos musicales, fue la que por vez primera me hizo llegar la música de un artista ya conocido en la Argentina por aquellos inaugurales años de la década del noventa (venía de realizar Tercer mundo). Y el disco fue El amor después del amor, si no me equivoco, hasta el día de hoy mantiene el honor de ser el álbum de rock nacional más vendido en la historia argentina. Fito Páez no se caracteriza por tener lo que se llama una buena voz; sin embargo, la misma posee una peculiaridad, un signo distintivo, que la convierte en atractiva a los oídos; al menos rebosaba esa característica en la época en que sacó este álbum, uno de los mejores de la década dentro del panorama del rock local.

Comienza con el tema probablemente más comercial del trabajo, y que no en vano le da su nombre. A mí siempre me resultó un tanto cansador (la letra no me parece gran cosa), pero no puedo restarle méritos, porque ciertamente los tiene, y no son pocos. “Dos días en la vida”, esa oda a la road movie de Ridley Scott fue, indudablemente, uno de los temas de mi infancia Las voces corales de Fabiana Cantilo y Celeste Carballo, emulando a las chicas rudas (Susan Sarandon y Geena Davis), son perfectas. Y el sonido de ese auto cuyo destino no fue el mejor (¿o tal vez sí?), también es un elemento simpático, que le proporciona un encanto especial a la pieza, que capta en unos pocos versos, como los que siguen, el espíritu de la película: Dos días en la vida nunca vienen mal, de alguna forma de eso se trata vivir.

De “Trafico por Katmandú” destacaría el intenso ritmo que se mantiene incólume a lo largo de algo más de cuatro minutos, con un teclado que acompaña de forma maravillosa el entusiasta registro de Fito, que vocaliza bellas estrofas como ésta: No tengo prisa, no hay a dónde llegar. Este milagro es de un perfecto cristal. Sabiduría pop que me hizo entender, que siempre fue lo mismo el mono y Citizen Kane. Yo también perdí quimeras, pero me hice buen voyeur. Luego, con el acompañamiento de Luis Alberto Spinetta en voz y guitarra, “Pétalo de Sal” es una canción preciosa, de una riqueza lírica tan depurada, que sólo cabe asegurar que roza la perfección.

Una pieza profusamente oscura, por la que siempre he sentido curiosidad y admiración, es “Sasha, Sissi y el círculo de Baba”, pese a que de niño nunca terminaba de comprender la letra. Me parece una de las composiciones más representativas del “universo Fito Páez”, porque allí encuentro copiosos elementos cinematográficos. Pero inmediatamente, sin dar respiro, el rosarino se despacha con una de sus más recordadas e interpretadas creaciones: “Un vestido y un amor”, que no es otra cosa que una de las mayores canciones de amor que haya surgido de un argentino cualquiera.

“Tumbas de la gloria” es uno de los temas que evidentemente aventaja a los demás en cuanto a la letra, con esa fluctuación entre melancólica y eufórica. El drástico cambio rítmico que se produce promediando la canción, cuando Fito entona aquello de: Pero me escapé hacia otra ciudad, y no sirvió de nada porque todo el tiempo estabas dando vueltas y más vueltas que pegué en la vida para tratar de reaccionar. Un tango al mango revoleando la cabeza como un loco, de aquí para allá, de aquí para allá, nos encontramos frente a uno de los instantes cumbre del disco. Por otro lado, “La rueda mágica” constituye la conjunción de tres de las más importantes figuras del rock argentino de la historia: Charly García, Andrés Calamaro y Fito. El resultado es una canción apesadumbrada pero al mismo tiempo, enérgica, con una linda frase que se repite afortunadamente varias veces: Nuestra vida es un lecho de cristal.

Y, por último, rescato de la misma manera: “Creo”, una pieza harto tranquila y de letra reflexiva; “Detrás de muro de los lamentos”, en la que deja expresar sus vetas folclóricas, con el acompañamiento de Mercedes Sosa; y “Brillante sobre el mic”, que ya se ha convertido por antonomasia en símbolo de nostalgia musical argentina. Hoy en día ya no escucho tanto a Fito, porque pienso que ha perdido el rumbo, que ha descarrilado completamente, pero este disco es, por años luz, el mejor que haya hecho jamás, dotado de una gran variedad estilística, y como tal, merece inscribirse dentro de lo mejor del rock nacional de los últimos veinte años.

The Wall – Pink Floyd (1979) El primer shock musical que experimenté fen mi vida fue, incuestionablemente, con ésta, la obra conceptual de Roger Waters. En ese entonces no había escuchado mucho más rock que los Beatles y los Rolling Stones, y la irrupción de este disco en mi impúber planeta fue harto significativa, porque además de fascinarme hasta límites insospechados, me sirvió como una especie de manual introductorio para interesarme por los trabajos previos de Pink Floyd, para luego, directamente conocer otros grupos claves de los sesenta y setenta, como Yes, The Who, Grateful Dead y Queen, entre tantos. Con esto quiero señalar que el mencionado álbum no fue uno más (de hecho, fue el primero que compré en mi vida, luego de haber escuchado algunos temas sueltos en un cassette, y todavía lo conservo impecable, como un pequeño gran tesoro), sino que ha tenido (con el transcurrir de los años lo he comprobado), una importancia capital en la formación de mis gustos musicales.

“In The Flash?” configura un arranque arrollador si los hay, y asimismo, un verdadero preámbulo de las mil sensaciones que sobrevendrán con la escucha del disco. El riff, melódico pero muy enérgico, es inolvidable, como también el llanto del bebé que pone punto final a la pieza y que sirve como nexo para pasar directamente a la gran balada “The Thin Ice” que, conforme va avanzando, adquiere mayor oscuridad, y en donde sobresale con  nitidez el influjo de Gilmour en la guitarra.

Llegamos así a la primera (con la guitarra haciendo el ritmo sin acompañamiento de batería) de las tres hiperfamosas partes de “Another Brick In The Wall”, lo que significa hacer referencia a una de las mejores composiciones de la historia del rock, repleta de riffs entre tétricos y penetrantes, siendo la segunda, con el maravilloso enlace que supone “The Happiest Days Of Our Lives” (de chico, siempre despertó mi curiosidad ese misterioso sonido de helicóptero al inicio: un momento entrañable del álbum), el portentoso coro de niños y el solo eléctrico que la finiquita, ciertamente, la más destacada y pegadiza, pese al uso abusivo que de ella se ha hecho: feroz crítica al sistema educativo inglés, que ya ha traspasado toda clase de fronteras hace muchísimo tiempo.

El genio compositivo de Waters no da respiro, y enseguida nos regala la estupenda “Mother” –de letra francamente extraña: Mother do you think they’ll drop the bomb? Mother do you think they’ll like this song? Mother do you think they’ll try to break my balls? Ooooo mother should I build the wall? Mother should I run for president? Mother should I trust the government? Mother will they put me in the firing line? Ooooo is it just a waste of time?; esas ocho preguntas iniciales siempre me han resultado encantadoras–, que comienza con el cándido sonido de la guitarra acústica, para luego cobrar mayor vuelo con la inclusión de notas de teclado y los certeros toques de batería, a cargo del enorme Nick Mason. Merece resaltarse también el logrado dúo vocal que conforman Waters –como Pink– y Gilmour –como la madre–. Luego de apreciar esta pieza, cae de maduro que estamos en presencia de un disco que intimida (¡sí, que intimida!) al oyente.

“Goodbye Blue Sky” es una tortuosa pero bellísima canción acústica, con una melodía envolvente que sólo contagia desilusión, pero en este caso: ¡bendita desilusión! “Empty Spaces” opera como aterradora introducción del rocker cantado por David Gilmour: “Young Lust”, uno de mis temas predilectos durante la infancia. No obstante que luego me haya cansado un poco del mismo, no puedo sino extasiarme con el solo de guitarra y esa letra esencialmente lujuriosa y rockera: Will some woman in the desert land. Make me feel like a real man? Take this rock and roll refugee. Oooh, baby set me free. Oooh, I need a dirty woman. Oooh, I need a dirt girl.

De “One Of My Turns” es inevitable no destacar su inesperada transición, pero “Don’t Leave Me Now” eclipsa a estas piezas finales a través de elementos simplísimos, como la suave melodía de piano, las asfixiantes respiraciones y el desolador registro de Waters, que provocan una sacudida emocional pocas veces logradas en la historia de la música contemporánea: conmovedora.

La segunda parte comienza con una canción demoledora: “Hey You”. Me animo a ubicarla entre las mejores en toda la trayectoria de la banda (una osadía quizá, pero estimo que es una elección más que justa). El riff intermedio, con el solo de David, es sencillamente glorioso. El trabajo de Roger como vocalista me parece ajustadísimo, una de sus mejores performances en toda la obra, demostrando que pese a sus limitaciones en la materia, puede emocionar, puede transmitir quizá mucho más que un excelente vocalista como es el propio Gilmour. A continuación, en “Is There Anybody Out There?” y “Nobody Home” –balada exquisita–, cobran vital importancia respectivamente la guitarra y el piano.

Luego, nos encontramos con la más sublime canción del disco: memorable, superlativa, soberbia, sobresaliente… y escasean los adjetivos posibles: “Comfortably Numb”, vale decirlo, es una de las mayores piezas musicales de la historia del rock. Gilmour acariciando las palabras (I have become, comfortably numb) en el melódico estribillo y ése solo de guitarra concluyente (no muy rebuscado, eso sí), dotan al tema de un particular hálito hipnotizador, que lo ha convertido en un clásico absoluto.

Si hasta aquí el álbum era pirotécnico, a partir de “The Show Must Go On” (o, pensándolo bien, tal vez desde el mismo momento en que se inicia la segunda parte) se vuelve un gran exceso al cuadrado. Los coros del mencionado tema, la frenética pista vocal en “Run Like Hell” y las aparatosas imitaciones de Waters en la ópera “The Trial”, sólo contribuyen a crear un ambiente recargadamente pomposo, no obstante los méritos que se pueden encontrar en cada una de estas piezas. Es patente que a la hora de elegir, me quedo toda la vida con el lado uno.

The Wall, me parece, es sinónimo de desmesura, de excesos, de opresión y de angustia. De hecho, casi despedaza la cabeza de todo oyente primerizo. Pero, al mismo tiempo, también es sinónimo de creatividad, talento y excelencia musical. Con todo, vale la pena introducirse una y mil veces, por más dolorosa que pueda ser la experiencia si se vive con verdadera intensidad, en ese caótico universo musical que concibió Roger Waters.

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Jesucristo y los universitarios “revolucionarios”

Julio 3, 2007 · 9 comentarios

Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. (Mt. 22, 21)

En la facultad que tan amablemente me cobija e instruye, la enorme mayoría de los jóvenes simpatizan con movimientos estudiantiles de izquierda; lo que no constituye ninguna novedad, ni en ésta ni en cualquier otra universidad pública argentina.

Ahora, estaba yo dialogando el año pasado con un compañero, que sutilmente quería convencerme por todos los ardides, artificios y artimañas posibles, para que participara activamente en una de éstas organizaciones. Conociendo de antemano mi esperanza en Jesucristo, lanzó una trillada y desafortunada expresión: “Cristo es de izquierda”.

A estas alturas, ya en el siglo XXI me parece superfluo y casi innecesario recordar la definición de política que Ambroce Bierce realizó: una lucha de intereses disfrazada de debate de principios. La conducción de los asuntos privados para ventaja privada. La sola insinuación de mezclar a Jesús con esta disciplina propia de hombres egoístas, materialistas, soberbios y sanguinarios –con las honrosas excepciones del caso–, me resulta asquerosa e irritante. Jesucristo no conoce de izquierdas ni derechas, sólo entiende de amor y piedad.

No dudo de que en cierta izquierda estudiantil puedan existir personas honorables, con afán de bien, con sentimientos verdaderamente caritativos para con el prójimo necesitado. En efecto, se encuentran miles de jóvenes con intenciones elogiables, que desean transformaciones de índole social efectivas e intensas, sin aceptar por ello, aun en casos gravísimos, la violencia. Lamentablemente, también andan revoloteando los otros: estudiantes que se oponen al capitalismo salvaje, y promueven el fanatismo, la barbarie y el caos, como única escapatoria posible, para liberar al hombre de las recias cadenas que lo oprimen.

Y surgen así las colosales confusiones, que se transforman en afrentas, cuando se pretende comparar, por ejemplo, al “Che” Guevara con Jesucristo, equiparando, a través del carácter comprometido y generoso de ambos, el mensaje, el ejemplo de vida y la trascendencia universal de uno y otro. ¿Cristo tomando las armas, contribuyendo a formar la espiral de la violencia y teniendo como máximo ideal la revolución por la revolución? ¡Qué verdadero despropósito para un hombre que apeló al amor entre todas las personas y que se opuso enérgicamente al uso de la fuerza!

En una carta que le escribió a Fígaro, el barbero (símbolo de la juventud que lucha), Albino Luciani dijo: Ahora bien, para los jóvenes de hoy y de todos los tiempos, la terapia existe: hacerles ver que la respuesta justa a los interrogantes que les asaltan la ha dado Cristo más que Marcuse, o Debray, o Mao. ¿Desean la fraternidad? Cristo dijo: todos vosotros sois hermanos. ¿Tienen sed de autenticidad? Cristo fustigó con fuerza toda hipocresía. ¿Están contra el autoritarismo y el despotismo? Cristo dijo que la autoridad es servicio. ¿Se oponen al formalismo? Cristo reprobó las oraciones recitadas mecánicamente, la limosna hecha para hacerse notar, la caridad interesada. ¿Quieren la libertad religiosa? Cristo, por una parte, quiso que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad, y, por otra, no impuso nada por la fuerza, no impidió la propaganda contraria, permitió el abandono de los apóstoles, las negaciones de Pedro, la duda de Tomás. Pidió y pide ser aceptado como hombre y como Dios, es verdad, pero no antes de que hayamos visto y comprobado que merece nuestra aceptación, no sin una elección libre.

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