Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Agosto 2007

La metáfora social del fascismo bajo la lente de Bertolucci

Agosto 30, 2007 · 4 comentarios

El conformista es una película inobjetable desde todo punto de vista, que Bernardo Bertolucci concibió en el año 1970; pero antes fue, a opinión de Manuel Vázquez Montalbán, la mejor novela que haya escrito jamás Alberto Moravia. Me temo que, de alguna manera, esos datos ya lo dicen todo.

Centrándome en la cinta, debo afirmar que es un prodigio narrativo, un milagro marca Bertolucci, que reconcilia con el séptimo arte a cualquier espectador hastiado de ver efectos especiales y litros de sangre por doquier, remakes impresentables o filmes monótonos llegados de Islandia o Irán.

Dos horas sin altibajos (esos que aparecen a menudo en Last Tango in París, y que no la privan de ser una excelente película) son más que suficientes para referir una significativa fracción de la existencia de Marcello Clerici, un profesor de Filosofía que ha quedado traumado a causa de un suceso adolescente con un chofer, al que cree haber asesinado, a posteriori de un juego de iniciación homosexual. Con el turbio marco  del fascismo imperante, el hombre no logra vencer los fantasmas que le sobrevuelan y tampoco ciertos escrúpulos de tipo moral; situación ésta, que lo lleva a ansiar una vida análoga a la que lleva la sociedad media, sumida en la resignación y las apariencias. Así es que termina amparándose, como tantos otros, en el régimen del infame Mussolini.

El director italiano utiliza el recurso de introducir un gran flashback continuo, que sólo finaliza una vez que se consuma la acción determinante. El manejo de la cámara, a través de planos asimétricos y delicadamente titubeantes, crea un aura especial que se conjuga a la perfección con una fotografía que logra captar el clima desesperanzado y desolador que envolvía a la Italia fascista. Hay una escena que me atrajo con particularidad, más allá de que no merece mayor trascendencia: cuando Marcello concurre a la mansión gris y decadente, cubierta de colchones de hojas amarillas caídas de los árboles, que habita su madre toxicómana. Es de una consistencia y de una marchita belleza semejante al baile entre Stefania Sandrelli y Dominique Sanda en un salón parisino.

Volviendo al lapidario tejido estructural moraviano, que Bertolucci adaptó de forma inmejorable, Marcello, en su afán de indiferencia, contrae nupcias con una mujer vulgar y se marcha a París, con la excusa de la luna de miel. En realidad, como miembro del servicio secreto, colabora en el asesinato de un antiguo profesor suyo, que ahora encabeza la resistencia desde el exilio. Las dudas, los recuerdos, el sentimiento de culpabilidad surgen nuevamente, y el protagonista parece desistir de su cometido, pero ese estado vacilante sólo dura lo que un suspiro: Marcello es, desde hace tiempo ya, un conformista por excelencia

Como metáfora final, la película muestra destellos de la caída del régimen. Allí, el protagonista, por casualidad, descubre que el chofer que él creyó haber asesinado cuando adolescente, no había muerto. Al igual que Il Duce, como póstumo representante del fascismo, Marcello termina por demolerse del todo. Esta película no sólo enamora por su furibundo contenido sociopolítico y moral, o por configurar un simbolismo de vital importancia, sino por su belleza estética, por la utilización de la cámara como elemento de seducción. Al parecer, el bambino que nació en Parma, allá por 1941, una vez más logró su objetivo.

Il conformista (Italia, 1970).
Director: Bernardo Bertolucci.
Intérpretes: Jean-Louis Trintignant, Stefania Sandrelli, Gastone Moschin, Dominique Sanda, Enzo Tarascio.
Calificación: 8.

Categorías: Cine

Se solicita un sinceramiento en el derecho penal

Agosto 28, 2007 · 5 comentarios

Cuando uno comienza a estudiar la materia penal en la facultad de Derecho, aunque todo depende de la corriente doctrinal en la que se inscriba el profesor, normalmente se hace hincapié en que la función primordial del derecho penal es la tutela de bienes jurídicos; es decir, que el derecho penal es una ciencia que debe concentrar todas sus energías en la protección de los bienes jurídicos de modo extremo y subsidiario (ya que es el medio de control social que interviene en última instancia, cuando no quedan a disposición otros medios menos lesivos: esto es lo que se denomina ultima ratio).

Sin embargo, la aludida máxima finalidad del derecho penal, si se hila fino en el análisis, es rotundamente falsa, o, para decirlo de un modo menos categórico, sólo una declaración de buenas intenciones que no siempre tiene eficacia en la realidad. El derecho penal, en rigor, y como ya lo advirtiera el profesor alemán Günther Jakobs, no se encarga de proteger bienes jurídicos, sino que únicamente protege expectativas por medio de las normas: vale decir, que el derecho penal, en el fondo, tutela la validez de la norma y nada más. ¿Por qué? Porque resultaría imposible que el derecho penal proteja la vida cuando una persona muere por vejez, suicidio u enfermedad, del mismo modo que no puede resguardar el bien jurídico fundamental cuando se comete un homicidio, dado que “llega tarde”, cuando el delito ya está cometido. En consecuencia, la lógica de la corriente aseveración de que el derecho penal se ocupa de proteger el bien jurídico “vida” (u otros) queda reducida al absurdo, puesto que no está a su alcance evitar que los individuos la pierdan, ni devolvérsela una vez que ya no la tienen.

¿Qué es entonces lo que resguarda el derecho penal? Ampara la legítima expectativa de todo ciudadano de que el hecho no se repita en el futuro, dado que frente a una lesión consumada, el derecho penal, a través de la pena, va a reaccionar con severidad. Ergo, no se le devuelve la vida al cadáver, sino que por medio de la sanción ejemplar, se reactualiza la validez de la norma que la contiene, en lo que se ha denominado prevención general positiva. La norma, por consiguiente, es una expectativa de conducta asegurada, y la pena no es más que la réplica a la defraudación de dicha expectativa.

Categorías: Derecho

La presa política más anciana del mundo

Agosto 26, 2007 · 4 comentarios

Desde el año 1994, cuando presentó su renuncia a todos los cargos que ostentaba (era directora del Centro Internacional de Restauración Neurológica y poseía una banca en la Asamblea Nacional) y se desafilió del Partido Comunista, la Dra. Hilda Molina viene denunciando, con incansable valentía, desde dentro de la misma Cuba, las atrocidades que comete el régimen dictatorial que encabeza Fidel Castro.

La neurocirujana renunció, al constatar las espeluznantes prácticas que, por orden directa de las altas esferas del régimen castrista se estaban llevando a cabo con fetos procedentes de abortos inducidos, dentro de la institución que ella dirigía, y con palmarios propósitos económicos –venta de partes de cuerpos humanos a extranjeros–.

Pero su lucha no se limitó a denunciar tales bestialidades, sino que, con el transcurrir de los años y gracias a su credibilidad y excelencia profesional, se constituyó en la figura de mayor jerarquía y relevancia que jamás se haya atrevido a enfrentar al tirano en el seno de la isla que gobierna hace casi medio siglo.

Y así es que, a la par que brega por la defensa de los derechos humanos y la restauración de la democracia, la Dra. Hilda Molina también hace más de una década que viene solicitando a las autoridades cubanas que le permitan viajar a la Argentina a conocer a sus nietos, puesto que su hijo, Roberto Quiñónez, vive en este país. Sin embargo, haciendo gala de su habitual respeto por las ideas de los que piensan diferente, Castro ha mantenido una posición inflexible, condenando a Molina y a su madre, de 88 años, a permanecer literalmente presas dentro de Cuba e imposibilitando la tan ansiada reunión familiar. Por eso, la anciana, que el año pasado sufrió una fractura de cadera (y por ende, no podrá causar mucho perjuicio ni poner en peligro al régimen), se puede considerar la presa política más antigua del mundo, del mismo modo que Fidel Castro el dictador más vetusto del planeta.

Ayer escuché por una radio argentina a la Dra. Molina, y sinceramente me impresionó muchísimo lo que declaró: Prefiero que me fusilen, pero que dejen en paz a mi familia. Ante casos como éste –de los pocos que salen a la luz–, no puedo adoptar otra postura que la de sentir verdadero asco ante todos los supuestos intelectuales y militantes de izquierda, en toda Latinoamérica, pero especialmente en la Argentina, que glorifican y entronizan a este sanguinario déspota, a la vez que se convierten, y esto es lo más triste de todo, en cómplices de cada uno de los atropellos que, disimulados dentro del iluso espíritu redentor que pretende emanciparnos del imperialismo y perpetrados en nombre de la libertad –curiosamente, lo que abunda en Cuba, la libertad–, se consuman día tras día, hora tras hora. La Dra. Molina, como millones de personas en todo el mundo, se acercó al comunismo con alborozada esperanza, para luchar por un mejor porvenir para su pueblo. Y fue estafada de forma cruel desde el preciso instante en que la dialéctica marxista fue trocada en vil saqueo y la dictadura no dejó de ser dictadura, sino que todavía peor, fue potenciada. Su mérito consistió en advertirlo a tiempo y denunciarlo. Pienso que muchos deberían aprender de ella.

¿Cuándo finalmente se derretirá, para regar la árida existencia de miles de cubanos, ése monstruoso témpano de acero que oprime hace décadas y décadas a un pequeño paraíso tropical?

Categorías: Actualidad · Política

Discos que influyeron en mi formación musical (VII)

Agosto 24, 2007 · 14 comentarios


The Who Sell Out - The Who (1967) Hablar de esta emblemática formación británica es, para mí (con el transcurrir del tiempo lo he comprobado, y con probabilidad este criterio se modifique en algún tiempo, aunque espero que no sea así), hablar de quizá el mejor grupo de rock ‘n’ roll de todos los tiempos. Tal vez la etiqueta suene demasiado grande, y sin margen a mucha discusión se comience a citar en primera instancia a los Beatles, luego a los Rolling Stones y posiblemente a Pink Floyd y a Led Zeppelin, por nombrar otras bandas paradigmáticas que a priori son acreedoras, con total justicia, de tal rótulo. No obstante, en mi altar personal, al cuarteto antes mencionado, le agregaría sin ninguna vacilación a los Who. Básicamente porque se trataba de un grupo compuesto por cuatro músicos talentosísimos (Led Zeppelin también; no así los Beatles y los Rolling Stones, y de lo contrario, solamente queda comparar a Keith Moon o a John Bonham con Ringo Starr o Charlie Watts, sin menospreciar a éstos dos úlrimos), esto es, casi insuperables en lo suyo.

Pete Townshend, uno de los más notables compositores de rock que haya pisado este planeta jamás, al que ubico casi al lado de mitos como Dylan y Lennon sin que me tiemble el pulso, ideó en el año de los grandes discos, un disco que, injustamente, suele pasar bastante desapercibido cuando se enumeran las obras maestras editadas durante aquel inmortal 1967. Si bien no se trata de la cúspide artística del grupo, The Who Sell Out dio inicio a una esplendorosa sucesión de álbumes de estudio (como Tommy, Who’s Next, Quadrophenia y Odds and Sods), a la par que supuso, eso sí, el punto máximo de los británicos como representantes del pop-rock. Porque, huelga decirlo, el trabajo en cuestión es una fusión de canciones que emanan sonido pop por los cuatro costados, y bien podría ser caratulado como uno de los primeros discos conceptuales de la historia, que presenta además la particularidad de imitar la programación de una estación londinense de radio pirata, por lo que entre algunas canciones, aparecen, a modo de nexos, breves jingles publicitarios, que le otorgan al concepto unitario del álbum un toque entre delirante y socarrón.

Y este recorrido comienza con “Armenia City In The Sky”, un efectivo tema que no fue compuesto por ninguno de los miembros de la banda, sino por John Keen, el chofer de Townshend, y que presenta elementos claramente psicodélicos –como el riff en el que sobresale el poderoso bajo de John Entwistle, además de la presencia de nada menos que una trompeta–. Aparece enseguida una entretenida publicidad sobre semillas horneadas para el té: “Heinz Baked Beans”, que da paso a una de las joyas del disco: “Mary Anne With The Shaky Hand”, una exquisita balada (que insinúa más de lo que explicita en cuanto al asunto un tanto impúdico de la masturbación asistida), en la que se destaca la diáfana melodía.

Luego viene otro aviso publicitario muy gracioso: “Odorono”, en el que Pete Townshend cuenta el profundísimo asunto de los perjuicios que trae aparejado para una chica el no uso del desodorante en cuestión. Todo es una excepcional excusa para apreciar una maravillosa performance de guitarra. Al finalizar esta pieza, se cuela un precioso jingle ejecutado por una joven de voz risueña. En “Tattoo” lo que más me gusta es la deliciosa introducción de guitarra acústica y el dulce estribillo en el que se escucha: Welcome to my life, tattoo. We’ve a long time together, me and you. Cuando se apagan las últimas estrofas de esta canción, súbitamente aparece una transición memorable, que da pie para otra hermosa balada, por la que tengo especial predilección, pese a que pueda parecer en exceso repetitiva: “Our Love Was”, pieza en la que me deleitan, por sobre todo, esos interminables y lúdicos: love, love, love, long, que a coro se pronuncian en el corazón del tema.

Después se despliega, con suma potencia y majestuosidad, el que fue el primer single del disco, y a la vez, uno de los mayores éxitos de la formación: “I Can See For Miles”, un tema en el que se combinan a la perfección el talento compositivo de Pete, la batería endemoniada de Keith y la (indiscutible) buena voz de Roger, con armonías vocales muy rebuscadas. “I Can Reach You” es una canción muy asequible, entradora, con un pegadizo estribillo armónico que reza: I can’t reach you. I’ve strained my eyes. I can’t reach you. I’ve split my sides. I can’t reach. Tryin’ to get on you. See, feel or hear form you. “Relax” se aleja un tanto de la atmósfera pop, y sobresale aquí un consistente riff y una sección instrumental intermedia que habla a las claras sobre el talento que este conjunto de músicos exponía a la hora de manipular sus respectivos instrumentos.

A continuación llega un par de composiciones menores, pero que poseen la peculiaridad de resultarme, al menos a mí, sumamente hechizantes, magnetizadoras, como si se tratara de temas en los que uno se deja llevar por la guitarra acústica y las reflexivas melodías: me refiero a “Silas Stingy” y “Sunrise”. Y con la experimental mini-ópera “Rael 1” de Townshend se cierra el lado dos del disco, pero no todo se acaba allí, pues en la edición remasterizada de 1995 nos encontramos con la agradable sorpresa de diez bonus tracks, lo que representa una auténtica rareza. Pondría énfasis en la delicada “Glittering Girl”, que cuenta con un muy buen trabajo vocal de Pete Townshend y un pomposo riff eléctrico sobre el final; en “Melancholia”, que es la canción más sombría de todo el álbum y quizá también una de las más esmeradas en cuanto a letra se refiere, con versos como: The sun is shining, but not for me. The sun is shining, but not for me. I’ve never felt so bad, the fires dive me mad; en la lozana “Early Morning Cold Taxi”, una de las poquísimas contribuciones compositivas de Roger Daltrey, que no es la octava maravilla, pero que tiene el mérito de ser muy fluida; en la vuelta de tuerca lograda con la pieza clásica de Edvard Grieg “Hall Of The Mountain King”, que viene a ser otro de los momentos estrictamente psicodélicos del disco, y al mismo tiempo, un catálogo de destrezas instrumentales; y finalmente en “Girl’s Eyes”, una bonita y alegre composición pop del enorme Keith Moon. En breves palabras, estamos ante una obra que, como todo disco conceptual, tiene que ser oído de un tirón, sin interrupciones, y requiere a su vez una especial atención por parte del que lo escucha.

Pienso que pocos álbumes pueden combinar tan armoniosas y elaboradas canciones de corte netamente pop, con trazos experimentales, toques psicodélicos y un ameno sentido del humor. Un trabajo de avanzada que significó el empujón definitivo para consolidar a, como he dicho al inicio, tal vez la mejor banda de rock ‘n’ roll de la historia.


Willy And The Poor Boys – Creedence Clearwater Revival (1969) Uno de los legados musicales más valiosos que me han transmitido mis padres, desde que yo era un despreocupado impúber, fue Creedence Clearwater Revival, un grupo que ya no se escuchaba tanto como se cree, allá por los primeros años de la década del noventa, si bien existe (todavía hoy) una considerable cantidad de temas exitosos (ya clásicos) que a mucha gente les deben resultar familiares, aunque seguramente no tengan noción de quiénes fueron los cuatro californianos encargados de crearlos.

Y durante ésos años de anarquía en lo que a gustos musicales se refiere, el característico sonido de Creedence (rock clásico con resonancias sureñas, fusionado a su vez con toques de blues y country) prendió en mí con suma facilidad. Willy And The Poor Boys fue el álbum que más disfruté (y disfruto), esencialmente porque contiene una de mis canciones favoritas de todos los tiempos: “Fortunate Son”, o la perfección sintetizada. Nada, absolutamente nada sobra en esos poco más de dos minutos que saben a gloria, desde el inconfundible riff que le da inicio, hasta la severidad combativa que se desprende de la voz de John Fogerty en una letra que es una furibunda pero sutil crítica a la guerra de Vietnam: Some folks inherit star spangled eyes. Ooh, they send you down to war, Lord. And when you ask them: How much should we give? Ooh, they only answer more! more! more! Es una de esas (pocas) canciones a las que siempre vuelvo.

Pero el disco se abre en realidad con otro de esos temas que resuenan una y otra vez en la memoria auditiva colectiva: “Down On The Corner”, que contiene posiblemente la melodía más contagiosa jamás compuesta en la historia de la humanidad, y un excepcional trabajo por parte de Stu Cook en el bajo. Encima, las armonías vocales durante el estribillo, resultan a todas luces impecables. Es imposible no quedar tarareando aquello de: Down on the corner, out in the street. Willy and the Poorboys are playin’. Bring a níkel; tap your feet. Después tenemos un frenético rock and roll que podría haber pasado como perteneciente a los años cincuenta, llamado “It Came Out Of The Sky”, en el que sobresale la guitarra del líder del grupo.

Otra de mis piezas preferidas de Creedence es “Cotton Fields”, en la que se puede distinguir sin inconvenientes las marcadas influencias country y folk que le otorgan un aire jubiloso a esta notable versión de la composición de Lead Belly. El punto más bajo del álbum, sin ninguna duda lo constituye la pieza instrumental “Poorboy Shuffle”, en la que el menor de los Fogerty se despacha con una monótona ejecución de armónica. Promediando, nos encontramos con las mencionadas pinceladas de blues, en un extenso número con picos letárgicos titulado “Feelin’ Blue”, del que subrayaría principalmente los dos primeros minutos.

“The Midnight Special” podrá sonar un tanto repetitiva, sobre todo con ese estribillo a coro no muy complejo: Let the midnight special shine a light on me. Let the midnight special shine a ever loving light on me, pero indudablemente se inscribe también dentro de los clásicos del grupo que no son de creación propia. Y aunque a esta canción también la han versionado Little Richard, Paul McCartney, Pete Seeger, Van Morrison y los ABBA, entre otros, ninguna adaptación ha trascendido tanto como la de la banda californiana. Luego aparece “Side O’ The Road”, otra pieza instrumental, pero con una dosis mucho más alta de elaboración y virtuosismo a la hora de la ejecución, lo que se puede apreciar en los contundentes solos de Fogerty.

Y para finiquitar el disco de la mejor manera se reservaron una pequeña gema que si bien no suele ser muy reconocida, merece ubicarse con total justicia dentro de los mejores temas de esta efímera formación: estoy hablando de “Effigy”, pieza que recuerda, de algún modo, al temprano folk-rock psicodélico del escocés Donovan, creando a base de guitarras una atmósfera enigmática y apocalíptica harto infrecuente en las secciones rítmicas de Creedence.

Para mi gusto, el disco más sólido de un grupo que, en muy poco tiempo, dejó una huella imborrable que los convirtió en uno de los más destacados conjuntos del rock estadounidense de los sesenta, y por ende, automáticamente en una de las bandas de rock más importantes de todos los tiempos.


A New World Record – Electric Light Orchestra (1976) No registraba, cuando era un tierno imberbe, ningún tema de la Electric Light Orchestra más que el hiper conocidísimo hit “Last Train To London” (incluido en Discovery, de 1979), y de algún modo, tenía pensado que se trataba de una banda menor y altamente pretenciosa, más cercana al pop hortera que a otra cosa. ¡Qué equivocado estaba! Hoy, y aunque ya no integran mi repertorio habitual, puedo reivindicar sin paliativos (y sin sonrojarme) a la ELO (del mismo modo que lo hago con ABBA, y en menor medida con los Bee Gees).

No voy a aseverar que fueron más grandes que los Beach Boys, pero sí estoy convencido que se trató de un grupo clave dentro del mundo pop (bien entendido) de los setenta, e incluso principios de los ochenta. Pocos artistas se han animado a intentar combinar el sonido característico e innovador de los Beatles con la música orquestal, a fin de lograr perentoriamente una síntesis que desarrolle un sentido ampuloso y comprensivo del pop, a la vez que conciliadora con el sentido estrictamente comercial que desde siempre ha operado como nota diferenciadora de este amplio movimiento musical. Bueno, Jeff Lyne lo hizo con demostrada sapiencia (y por eso, lo más importante: salió bien parado).

Una vez que Roy Wood abandonó la formación original, quedando Jeff como el centro espiritual sobre el que giraba el universo compositivo absoluto de la banda, éste comenzó a buscar nuevos caminos y modificó en gran parte, en relación a lo hecho hasta ahí, el rumbo musical a desarrollar por la ELO. Y conociendo prácticamente toda su discografía, estoy seguro que no realizaron un trabajo más redondo que A New World Record, pese a que acostumbra a ser un disco no muy apreciado (en realidad, estimo que ningún disco de la ELO es verdaderamente valorado del modo que merecería; quitando algunas comprensibles “manchas negras”, claro).

“Tightrope” es un prototipo del representativo sonido pop que se reitera a lo largo de todo el álbum, armonizado con cuidados arreglos orquestales, que se pueden apreciar con nitidez especialmente durante la introducción de un minuto y medio, en la que se destacan los instrumentos de cuerda, hasta que comienza la parte vocal. Seguidamente aparece una de las baladas con más hermoso sentido melódico que yo he escuchado en mi vida: “Telephone Line”, que me encanta desde su curioso inicio con una inquietante resonancia que hace las veces de una línea telefónica, pasando por la dramática entonación de la voz líder, y hasta llegar a los brillantes arreglos corales (sobre todo a la hora de interpretar el estribillo: Telephone line, give me some time. I’m living in the twilght).

La faceta netamente rockera se deja traslucir, con especial énfasis, en dos canciones: “Rockaria!”, una pequeña joya de poco más de tres minutos, que posee una memorable introducción con voz femenina de ópera, que a lo largo de la pieza vuelve a irrumpir, combinándose con el impecable trabajo vocal de Kelly Groucut, y la importante presencia de las guitarras; y “Do Ya”, una potente canción compuesta mucho tiempo antes por Lyne, que fue reinventada para la versión de la ELO, en la que nuevamente las guitarras acaparan toda la sección instrumental.

“Mission (A World Record)” es otra placentera balada, con tono apesadumbrado (y el silbido de unas sirenas incluido), en la que el piano de Richard Tandy adquiere un peso predominante para guiar los destinos de la composición (las reminiscencias de McCartney, de hecho, son palmarias). En contraste con el tema anterior, “So Fine” es una pieza mucho más ecléctica en lo musical, puesto que contiene, por ejemplo, en la parte central, el sonido de tambores africanos, que se ensamblan con la multiplicidad inconfundible de instrumentos (la aparición de los violines es soberbia) y un ajustadísimo coro que logra su clímax entonando solamente: I want it so fine.

Mención aparte merece “Livin’ Thing”, la perla del álbum, y una de esas canciones cuya escucha produce un gozo interno incomparable, muy relacionado con el “deleite culposo” de toda maravilla pop como ésta. Los arreglos orquestales, los efectos sonoros (como los ecos) y los ejercicios vocales, componen una amalgama melódica que verdaderamente cautiva los sentidos desde la primera vez que se entra en contacto con ella: resulta difícil, por no decir imposible, quedarse indiferente ante esta composición avasalladora. De más está decir que la performance coral es superlativa, substancialmente en el pegadizo estribillo: It’s a livin’ thing. It’s a terrible thing to lose. It’s a given thing. What a terrible thing to lose.

Después nos topamos con el tema más corto del disco: “Above The Clouds”, que siempre me ha hecho recordar un tanto a los Beach Boys más maduros, sobre todo por la ausencia de ajustes épicos y por la serenidad puesta de manifiesto en el trabajo vocal de Jeff Lyne. Para concluir este trabajo de estudio dejaron una encantadora balada que se me antoja la mar de tierna: “Shangai-La”, en donde se entremezcla, sobre el final, otra vez la voz operística femenina de Mary Thomas, y una letra que hace referencia al amor perdido y alusión directa a los Beatles.

Éste álbum es, además de la obra maestra de un talento inusual y multifacético como Jeff Lynne, el exponente superior de un pop nítidamente comercial (cada uno de los temas precedentes podrían haber sido singles exitosísimos en cualquier disco), pero, especialmente, innovador (los adornos orquestales así lo confirman) y superador en todo sentido. Habrá que seguir escuchándolo con atención, regocijo y sin culpas.

Categorías: Música

Best sellers: ¿palabra vedada?

Agosto 22, 2007 · 13 comentarios

La popularidad de la mala escritura es análoga al placer que se experimenta cuando se come fast food. (Norman Mailer, The Spooky Art).

Desde hace cierto tiempo un significativo equívoco se viene repitiendo una y otra vez: la asimilación de best seller a un determinado autor. Una definición sencilla pero contundente dictamina: best seller: “obra literaria de gran éxito y mucha venta”. Yo pensé que acudiendo al diccionario me iba a encontrar con algo así como: best seller: “dícese de autores como Stephen King, John Grisham, Wilbur Smith, Tom Clancy y J. K. Rowling”. Sin embargo, ni rastros de eso. La definición hace referencia a libros y no a autores. Aunque es más que evidente, la confusión surge de las impresionantes ventas que todas y cada una de las obras de los antes mencionados desatan en el mercado, casi de forma automática con su aparición, provocando, no pocas veces, furor y delirio colectivo. El “fenómeno Harry Potter” es ejemplo concluyente y paradigmático. Ergo, la mezcolanza se hace ineludible y el best seller pasa a ser ya la persona de Rowling y no su sucesión interminable de éxitos literarios.

Pero aquí no concluyen las complicaciones y demás bataholas. Es que se suma la valoración que muchos efectúan del best seller, ya no como un mero libro, ya no como un autor en concreto, sino como un género literario más, nuevo y disímil. Aquí el desacierto, me parece, proviene de mezclar pautas del mercado con pautas de la creación literaria. No es lo mismo marketing y productos casi prefabricados que pueden ser asociados e identificados por el lector de forma unitaria, que la concordancia estructural común que presentan los diferentes géneros literarios.

Superados momentáneamente esos escollos, toca ahora ocuparnos del quid de la cuestión. Existe también, dentro de ciertos círculos literarios, la asociación inmediata entre “alcanzar el rango de best seller” y la descalificación, el desprestigio y la mala reputación. En otras palabras, “no cometerás la infamia de que tus libros se ubiquen al tope de las listas de más vendidos; de lo contrario, serás duramente vilipendiado, caricaturizado y te constituirás en objeto de cometarios peyorativos constantemente por parte de la crítica especializada y docta”. Me figuro que este criterio, tajante y categórico, sin mínimas condescendencias, hasta arbitrario si se quiere, es francamente risible y grotesco. La pretensión de que best seller sea sinónimo perenne de nula calidad literaria queda hecha añicos con un par de ejemplos: Main Street, la novela de Sinclair Lewis, encabezó las listas estadounidense en 1921, año de su publicación; El nombre de la Rosa, del semiólogo italiano Umberto Eco, novela histórica culturalista, causó un verdadero boom de ventas que se prolonga desde 1980 hasta nuestros días. Es redundancia agregar datos ya conocidos por todos, como que The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), del aislado Jerome David Salinger ha sido un éxito sostenido, y cada nuevo año se conciben numerosas reediciones; o que Charles Dickens sufrió crisis emocionales a causa de la gran demanda del público.

No es, por otro lado, mi intención, convertirme en apologista del fenómeno actual del best seller, ni mucho menos. Pero tampoco considero adecuado caer en los extremismos o en los prejuicios simplificadores. El debate “calidad versus cantidad” me parece francamente tramposo y nada constructivo. Por eso, rehúso a calificar al best seller invariablemente de mala palabra. He leído a Stephen King, y lo juzgo un escritor mediocre que, sin embargo ha progresado con el correr del tiempo. Prefiero leer a García Márquez, claro está, otro autor que nos tiene acostumbrados a figurar en todas las listas internacionales. Pero citando a un escritor argentino, con respecto a quienes Paulo Coelho “les cambió la vida”, no puedo más que alegrarme por ellos y seguir jubilado en mis lecturas borgenas.

Lo que sí realmente me enfada son los escritores que se plantean como meta, antes que concebir una obra literaria, inventar un éxito de ventas. Proponerse escribir un best seller es un atentado, verdaderamente, que conspira de forma análoga contra las cualidades y méritos artísticos que una obra pueda llegar a tener. Por eso, me permito criticar a los libros prefabricados, a las historias estereotipadas, a los textos cuyo lenguaje es ordinario y no implican, aunque sea, un mínimo esfuerzo intelectual por parte del lector. Aunque, reitero, respeto a todo aquél que decide leer a Danielle Steel o a Robin Cook.

La literatura es imperceptible e infinita. Hay libros fugaces que hoy arrasan con todo y permanecen en la cima por espacio de más de un año. Sospecho que en un par de décadas pasarán inadvertidos, y muchas veces, olvidados en algún reducto infranqueable. A los otros libros, ésos que sirven para cultivarse, que no nos desenmascaran verdades ocultas ni enigmas clandestinos sino que nos provocan incertidumbres inmensas, a ésos, bien vale lo que Borges alguna vez escribió para una novela de Wells: Pienso que habrán de incorporarse como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien los escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritas. De lo contingente y de lo imperecedero pues.

Categorías: Actualidad · Literatura

“Breakfast on Pluto”, de Neil Jordan

Agosto 20, 2007 · 4 comentarios

La historia del cine es pródiga en cuanto a grandes películas cuyos protagonistas son varones travestidos; algunos por conveniencia (como Tony Curtis y Jack Lemmon en Some Like Hot, de Billy Wilder), otros por puro gusto (como Tim Curry en The Rocky Horror Picture Show). Neil Jordan, quizá uno de los cineastas europeos con mayores pergaminos en las últimas décadas, ha contribuido, con Breakfast on Pluto, a engrosar esa curiosa lista en la que se conjuga travestismo con calidad cinematográfica.

Al igual que en la renombrada The Crying Game, el director elige como ambiente narrativo la Irlanda del Norte de los primeros setenta, aunque a diferencia de aquélla película, en Breakfast on Pluto el tono general está drásticamente alejado de la solemnidad. Se trata de la maravillosa y surrealista historia, entre trágica y cómica, del joven Patrick “Kitten” Braden: un ser inocente y frágil, pero al mismo tiempo, dotado de un corazón inmenso y de una valentía para sobreponerse a las adversidades rayana en el heroísmo. Patrick fue abandonado de bebé por su madre y criado por una mujer que nunca logró aceptar sus tempranas inclinaciones diferentes. Recibió maltratos en el rígido colegio católico al que asistía, y cansado de la incomprensión en torno a su identidad sexual, decidió escaparse del opresivo núcleo que lo envolvía, para emprender un viaje sin destino fijo, aunque con la esperanza de hallar a su progenitora. Lo antedicho puede llevar a pensar que estamos frente a un film melodramático, con tintes ásperos y graves, pero nada más alejado de la realidad, puesto que Jordan otorga a la historia un carácter delirante y lúdico, en el que de todos modos encuentra ocasión para entremezclar en la trama, acontecimientos históricos muy en boga por esos años, como la escalada de violencia entre el ejército británico, la Real Policía de Ulster y el IRA.

El tono simpático, sin embargo, se desprende principalmente del hecho de que Patrick no es un travesti conflictuado, sino todo lo contrario. Su periplo recorre diversos senderos, y en muchos de ellos suele salir lastimado, tal vez a causa de su ingenuidad, pero también por su completa falta de egoísmo, por su desprendimiento absoluto y su necesidad de brindarse al otro. La actuación de Cillian Murphy, dando vida a este risueño ser, sólo es digna de cerrados aplausos: mejor, imposible. Además, Breakfast on Pluto cuenta con el apoyo extra de magníficos y reconocidos actores, que suelen integrar el staff permanente de Neil Jordan, como Liam Neeson (caracterizando con plena aptitud a un sacerdote que tendrá vital trascendencia en la vida de Patrick), Stephen Rea, Brendan Gleeson e Ian Hart.

La historia, además de ser comentada por algunos pájaros (un recurso un tanto curioso), guarda estrecha vinculación con la exquisita banda sonora que se sucede durante las más de dos horas de duración, cobrando una importancia diametralmente mayor que en la generalidad de las películas, hasta el punto de relegar en significación a muchos diálogos. Así es que escuchamos a T-Rex, Buffalo Springfield y Van Morrison, entre otros artistas. A todo esto, hay que sumarle algunos nada solapados homenajes al glam rock y hasta la aparición de Brian Ferry, uno de los paradigmas de dicho movimiento musical.

En definitiva, un retrato vivaz y alegre, sin caer en clichés, sobre cómo enfrentar el inconveniente de ser diferente en medio de un entorno hostil y conservador a ultranza. Con un ritmo argumental compacto, que prácticamente no decae en ningún momento y dividida en 34 episodios, Breakfast on Pluto me parece, junto con The End of the Affair, el trabajo más sólido de un director ya de por sí muy consistente.

Breakfast on Pluto (Irlanda, 2005).
Director: Neil Jordan.
Intérpretes: Cillian Murphy, Liam Neeson, Ruth Negga, Stephen Rea, Brendan Gleeson, Ian Hart.
Calificación: 7.

Categorías: Cine

La reelección ilimitada y el fantasma de Fidel

Agosto 18, 2007 · 10 comentarios

Como es sabido, el Mussolini tropical –en palabras del destacado escritor mexicano Carlos Fuentes– ha presentado ante el Congreso venezolano –integrado enteramente por acólitos al régimen que encabeza–, hace escasos días, un proyecto de reforma constitucional que, de aprobarse –como se descuenta que sucederá–, permitiría la reelección presidencial sin límites, entre otras modificaciones a la Constitución Bolivariana.

Cuando se hace mención de este tipo de cláusulas que virtualmente legalizan la permanencia vitalicia en el poder, hay que tener en cuenta especialmente la forma de gobierno adoptada por el país en cuestión. En los casos de la mayoría de los países latinoamericanos rige una aplicación deformada del régimen presidencial clásico que históricamente ha acogido EE.UU. ¿Por qué? Básicamente porque el presidencialismo supone la concentración de los poderes estatales en la figura omnipotente del presidente, en detrimento del parlamento, que generalmente es una institución de puro camuflaje –véase si no el caso específico de Venezuela–. Además, y a diferencia de lo que sucede en los regímenes parlamentarios, las elecciones presidenciales gozan de una importancia capital, siendo las elecciones legislativas absolutamente accesorias, por lo que el presidente desde el mismo inicio ya de por sí es mucho más poderoso que el Poder Legislativo en su conjunto.

Por consiguiente, se puede afirmar que la persona que posee el título de presidente en los presidencialismos latinoamericanos tiene menor control por parte de la oposición, y mayor arbitrio para tomar decisiones sin restricciones (e incluso legislar, ya sea directa o indirectamente), que un Primer Ministro o Jefe de Gobierno –en los regímenes parlamentarios- o que el Presidente de un régimen presidencial clásico. Esto lleva a afirmar que la aprobación de la cláusula de la reelección indefinida constituye una amenaza muy seria a los principios republicanos más básicos en cualquier país de que se trate de imponer, pero con mayor énfasis, por lo antes dicho, en los presidencialismos latinoamericanos.

A la lógica perversa del reeleccionismo inagotable ya se le oponía un estadista de la talla de Winston Churchill –con todos los defectos que a su accionar político se le puedan encontrar–, cuando decía que “la alternancia fecunda el suelo de la democracia”. Más allá de que un determinado gobierno pueda tener sus virtudes (y por eso, en lo personal, soy partidario de la posibilidad de una sola reelección), la realidad indica que la facultad de que un presidente pueda presentarse de forma ilimitada a los comicios para renovar su cargo, presupone la amenaza de un autoritarismo en ciernes. Además, las elecciones –base de la democracia– corren el riesgo probable de no resultar absolutamente competitivas, tal como deberían ser, puesto que un presidente que se presenta de modo constante a la reelección, domina desde varios períodos discrecionalmente los resortes económicos del Estado –a diferencia de sus adversarios–, lo que, en mayor o menor medida, se traduce en comicios de dudosa transparencia, signados por la coacción a los votantes y el flagelo del clientelismo político.

El estilo caudillesco y autoritario de Chávez, cada vez estoy más convencido, solamente puede resultar seductor para personas, tal como decía el pensador Marcos Aguinis, “que tienen el subdesarrollo en la cabeza”. Ni en Australia, ni en Canadá, ni en Finlandia, este personaje causa sensación, como en ciertos sectores de otros países. Sin ir más lejos, muchos argentinos que aseguran haber luchado contra la dictadura militar, han terminado enamorados de esta bochornosa y caricaturesca cotorra que oprime a Venezuela con un régimen personalista que posee acentuados rasgos despóticos, un casi absoluto desprecio por las instituciones y que se sustenta exclusivamente en el precio del petróleo. Todos estos atropellos terminarán de consolidarse, para tornarse todavía más escandalosos, cuando la prerrogativa reeleccionista entre definitivamente en vigencia, y se legalice lo ilegítimo. Ojalá que la ciudadanía venezolana pueda reaccionar, en la medida de lo posible, para evitar que ese país termine por convertirse en una nueva Cuba.

Categorías: Política