Vagabundeo resplandeciente

Nahuel Pérez Biscayart

Agosto 8, 2007 · 13 comentarios

Los que acabamos de pasar la siempre dificultosa frontera de los veinte años en la Argentina sabemos perfectamente, ya sea por amor incondicional o por odio rayano en lo visceral, de qué estamos hablando cuando hablamos de Cris Morena y sus productos televisivos para espectadores imberbes. Lo que esta señora ha venido plasmado (con innegable habilidad y éxito) en la pantalla chica argentina –y de otros países del mundo, como Israel y España–, es un modelo de narración que se asimila a un cuento de hadas permanente (con un núcleo de personajes que viven dentro de una garrafal burbuja), al que se le agrega algún conflicto menor, pero que en nada resulta aggiornado, paradójicamente, a la realidad que le toca transitar a la enorme mayoría del público infantil-adolescente que consume masivamente esa clase de formatos -si se me permite el calificativo, huecos de alfa a omega-, en los que la felicidad y la perfección son regla inmutable.

Aunque sé que no le gustan los encasillamientos ni los rótulos dotados de tanta suntuosidad, me animo a aseverar que Nahuel Pérez Biscayart personifica la antítesis más acabada de lo que significa, en la jerga televisiva, ser un R-Way. Él, además de actor, también ha sido –y lo es– un joven que creció en la Argentina menemista, que vio hundirse al país en la peor de sus crisis, y que hasta estuvo dispuesto a ir a protestar contra la presencia de George W. Bush en Mar del Plata. Y digo que es la contracara absoluta de ese tipo de personajes televisivos berretas y frívolos, porque su compromiso y su forma de proceder van mucho más allá de su presencia frente a las cámaras.

Los seres a los que le tocó dar vida, tanto en el cine como en el teatro, hablan por sí solos: desde un adolescente abandonado por su madre a los tres años y con un tatuaje como único signo identitario, pasando por un huérfano recluido y explotado en un neuropsiquiátrico, hasta el epiléptico príncipe Myshkin, el personaje que concibió Dostoievski en su obra El idiota.

Con 21 años, una mirada siempre perdida y misteriosa, y una separación de los ojos que trae a la memoria inmediatamente a Julio Cortázar, no han sido pocos los directores que han reparado en el exponencial talento y el poder de improvisación de esta realidad (nada de “promesa”) del cine argentino. Ha trabajado junto a Ricardo Darín en la superproducción (para parámetros locales, obvio) El aura, del fallecido Fabián Bielinsky. También se destaca su participación en la comedia costumbrista teñida de crítica social Cara de queso –mi primer ghetto–; pero su primer protagónico se lo concedió el director Eduardo Raspo, en Tatuado, una película claustrofóbica e interesante. Luego, en Glue comparte cartel con otra de las gratas sorpresas que nos ha dado el cine argentino, la versátil Inés Efrón, en lo que es un filme que retrata la angustia existencial adolescente en un rincón inhóspito del país.

También ha tenido intervenciones en series televisivas, pero, enemistado con los lugares comunes y los clichés, tal como es su costumbre, a Nahuel no se le mueve un pelo cuando declara cosas como: No hay nada más alejado de la actuación que hacer una tira diaria de televisión, declaración de principios que puede sonar muy antipática para mucha gente, pero que no deja de esconder un resquicio importante de verdad. La sinceridad brutal que deja entrever en cada una de sus declaraciones a la prensa –que no son muchas, por otro lado–, conduce inevitablemente a la sorpresa, como cuando, luego de haber estado filmando con quizá la máxima estrella actual de la cinematografía argentina, Ricardo Darín, expresó muy suelto de cuerpo que sus películas El hijo de la novia y Luna de Avellaneda no le habían gustado para nada. No estamos frente a un provocador por la provocación misma, sino ante una persona con convicciones propias y muy asentadas, tal vez un outsider, que elude los convencionalismos y no se “casa con nadie”.

Quien no lo haya visto actuar todavía, pensará, como decía un periodista de Página/12, que se trata de un ser surgido de la mente de Tim Burton. Y no está del todo errada la aproximación. Pero, en rigor, Nahuel Pérez Biscayart es muchísimo más que eso. Además de ser el artista nacional con el que más me identifico, también es uno de esos contados actores por los que yo iría pura y exclusivamente a ver una película al cine. Y es que el talento viene en envase chico.

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