Vagabundeo resplandeciente

La universidad no debe ser una suma de facilidades

Agosto 15, 2007 · 11 comentarios

Cada vez me sorprende menos encontrarme, en la Argentina, con reclamos que bordean lo inverosímil, con peticiones que, en rigor no tienen nada de peticiones, sino que son exigencias que bien podrían haber poblado las páginas de alguna ficción del realismo mágico en su momento. Y el ámbito universitario, desde luego, lleva las de ganar en cuanto a esta materia se refiere.

Se ha convertido en moneda común observar cómo media centena de revoltosos impiden que la gran mayoría de los estudiantes tenga clases con normalidad, ya sea porque no les gusta la cara del nuevo rector que se ha elegido, ya sea porque en un aula no hay calefacción, ya sea porque quieren exigir la realización de nuevas elecciones, ya sea porque les ha venido en gana cortar el tránsito y ensuciar las paredes, ya sea porque han tomado el rectorado.

En mi facultad me he topado con grupos que demandan que dentro de algunas cátedras eliminen cierta cantidad de bibliografía básica y obligatoria para aprobar la materia, con el argumento de que dadas las condiciones actuales por las que atraviesa el país, muchos alumnos tienen que trabajar además de estudiar, y por lo tanto no les queda tiempo suficiente para leer tanto material. En otras palabras, esta gente aspira a que la universidad mande al diablo la excelencia educativa y forme futuros profesionales a medias, con la mitad de los conocimientos necesarios (esto es, aprobar Sociología sin tener noción de quiénes fueron Max Weber o Émile Durkheim, por ejemplo). También me han pedido que firmara un petitorio para obligar a los profesores a que en todos los exámenes finales se permita optar por evaluaciones escritas, dado que muchos alumnos se “ponen nerviosos” a la hora de enfrentar una mesa examinadora de forma oral. Me pregunto: si les resulta incómodo hablar, si no pueden expresarse con relativa claridad, ¿para qué están estudiando Derecho, muchachos? Me temo que se equivocaron de carrera; la retórica es un pilar del saber jurídico, que es un saber práctico. ¿Qué será lo próximo que exijan? ¿Acaso la abolición misma de toda forma de examen dado que dicha instancia conlleva una carga de stress muy alta para el alumno? Es inaudito.

Ansían que la universidad sea un camino allanado, desprovisto de obstáculo alguno, en el que todo sea una suma de facilidades, y casi no se requiera al estudiante ningún nivel de sacrificio y dedicación. Y se valen (con descaro), para realizar esta serie de exigencias incalificables, de las posibilidades que la universidad pública les brinda.

Aunque tenga visos de leyenda, me parece oportuno recordar cómo llegó Abraham Lincoln a convertirse en presidente de los EE.UU. Nacido en el seno de una familia humilde, durante su infancia, adolescencia y juventud, nunca gozó de grandes beneficios ni facilidades, sino más bien todo lo contrario. Se dice que luego de extensas jornadas en la granja donde desempeñaba sus actividades laborales, y con la tenue luz de una vela, se dedicaba a estudiar, con gran entusiasmo, pero principalmente, con mucho esfuerzo y perseverancia. Así es que alcanzó a graduarse como abogado, y a partir de ahí, comenzó a escalar posiciones hasta terminar en la Casa Blanca, en lo que perfectamente podría ser un arquetipo del llamado “sueño americano”.

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