Vagabundeo resplandeciente

La reelección ilimitada y el fantasma de Fidel

Agosto 18, 2007 · 10 comentarios

Como es sabido, el Mussolini tropical –en palabras del destacado escritor mexicano Carlos Fuentes– ha presentado ante el Congreso venezolano –integrado enteramente por acólitos al régimen que encabeza–, hace escasos días, un proyecto de reforma constitucional que, de aprobarse –como se descuenta que sucederá–, permitiría la reelección presidencial sin límites, entre otras modificaciones a la Constitución Bolivariana.

Cuando se hace mención de este tipo de cláusulas que virtualmente legalizan la permanencia vitalicia en el poder, hay que tener en cuenta especialmente la forma de gobierno adoptada por el país en cuestión. En los casos de la mayoría de los países latinoamericanos rige una aplicación deformada del régimen presidencial clásico que históricamente ha acogido EE.UU. ¿Por qué? Básicamente porque el presidencialismo supone la concentración de los poderes estatales en la figura omnipotente del presidente, en detrimento del parlamento, que generalmente es una institución de puro camuflaje –véase si no el caso específico de Venezuela–. Además, y a diferencia de lo que sucede en los regímenes parlamentarios, las elecciones presidenciales gozan de una importancia capital, siendo las elecciones legislativas absolutamente accesorias, por lo que el presidente desde el mismo inicio ya de por sí es mucho más poderoso que el Poder Legislativo en su conjunto.

Por consiguiente, se puede afirmar que la persona que posee el título de presidente en los presidencialismos latinoamericanos tiene menor control por parte de la oposición, y mayor arbitrio para tomar decisiones sin restricciones (e incluso legislar, ya sea directa o indirectamente), que un Primer Ministro o Jefe de Gobierno –en los regímenes parlamentarios- o que el Presidente de un régimen presidencial clásico. Esto lleva a afirmar que la aprobación de la cláusula de la reelección indefinida constituye una amenaza muy seria a los principios republicanos más básicos en cualquier país de que se trate de imponer, pero con mayor énfasis, por lo antes dicho, en los presidencialismos latinoamericanos.

A la lógica perversa del reeleccionismo inagotable ya se le oponía un estadista de la talla de Winston Churchill –con todos los defectos que a su accionar político se le puedan encontrar–, cuando decía que “la alternancia fecunda el suelo de la democracia”. Más allá de que un determinado gobierno pueda tener sus virtudes (y por eso, en lo personal, soy partidario de la posibilidad de una sola reelección), la realidad indica que la facultad de que un presidente pueda presentarse de forma ilimitada a los comicios para renovar su cargo, presupone la amenaza de un autoritarismo en ciernes. Además, las elecciones –base de la democracia– corren el riesgo probable de no resultar absolutamente competitivas, tal como deberían ser, puesto que un presidente que se presenta de modo constante a la reelección, domina desde varios períodos discrecionalmente los resortes económicos del Estado –a diferencia de sus adversarios–, lo que, en mayor o menor medida, se traduce en comicios de dudosa transparencia, signados por la coacción a los votantes y el flagelo del clientelismo político.

El estilo caudillesco y autoritario de Chávez, cada vez estoy más convencido, solamente puede resultar seductor para personas, tal como decía el pensador Marcos Aguinis, “que tienen el subdesarrollo en la cabeza”. Ni en Australia, ni en Canadá, ni en Finlandia, este personaje causa sensación, como en ciertos sectores de otros países. Sin ir más lejos, muchos argentinos que aseguran haber luchado contra la dictadura militar, han terminado enamorados de esta bochornosa y caricaturesca cotorra que oprime a Venezuela con un régimen personalista que posee acentuados rasgos despóticos, un casi absoluto desprecio por las instituciones y que se sustenta exclusivamente en el precio del petróleo. Todos estos atropellos terminarán de consolidarse, para tornarse todavía más escandalosos, cuando la prerrogativa reeleccionista entre definitivamente en vigencia, y se legalice lo ilegítimo. Ojalá que la ciudadanía venezolana pueda reaccionar, en la medida de lo posible, para evitar que ese país termine por convertirse en una nueva Cuba.

Categorías: Política