Vagabundeo resplandeciente

Best sellers: ¿palabra vedada?

Agosto 22, 2007 · 13 comentarios

La popularidad de la mala escritura es análoga al placer que se experimenta cuando se come fast food. (Norman Mailer, The Spooky Art).

Desde hace cierto tiempo un significativo equívoco se viene repitiendo una y otra vez: la asimilación de best seller a un determinado autor. Una definición sencilla pero contundente dictamina: best seller: “obra literaria de gran éxito y mucha venta”. Yo pensé que acudiendo al diccionario me iba a encontrar con algo así como: best seller: “dícese de autores como Stephen King, John Grisham, Wilbur Smith, Tom Clancy y J. K. Rowling”. Sin embargo, ni rastros de eso. La definición hace referencia a libros y no a autores. Aunque es más que evidente, la confusión surge de las impresionantes ventas que todas y cada una de las obras de los antes mencionados desatan en el mercado, casi de forma automática con su aparición, provocando, no pocas veces, furor y delirio colectivo. El “fenómeno Harry Potter” es ejemplo concluyente y paradigmático. Ergo, la mezcolanza se hace ineludible y el best seller pasa a ser ya la persona de Rowling y no su sucesión interminable de éxitos literarios.

Pero aquí no concluyen las complicaciones y demás bataholas. Es que se suma la valoración que muchos efectúan del best seller, ya no como un mero libro, ya no como un autor en concreto, sino como un género literario más, nuevo y disímil. Aquí el desacierto, me parece, proviene de mezclar pautas del mercado con pautas de la creación literaria. No es lo mismo marketing y productos casi prefabricados que pueden ser asociados e identificados por el lector de forma unitaria, que la concordancia estructural común que presentan los diferentes géneros literarios.

Superados momentáneamente esos escollos, toca ahora ocuparnos del quid de la cuestión. Existe también, dentro de ciertos círculos literarios, la asociación inmediata entre “alcanzar el rango de best seller” y la descalificación, el desprestigio y la mala reputación. En otras palabras, “no cometerás la infamia de que tus libros se ubiquen al tope de las listas de más vendidos; de lo contrario, serás duramente vilipendiado, caricaturizado y te constituirás en objeto de cometarios peyorativos constantemente por parte de la crítica especializada y docta”. Me figuro que este criterio, tajante y categórico, sin mínimas condescendencias, hasta arbitrario si se quiere, es francamente risible y grotesco. La pretensión de que best seller sea sinónimo perenne de nula calidad literaria queda hecha añicos con un par de ejemplos: Main Street, la novela de Sinclair Lewis, encabezó las listas estadounidense en 1921, año de su publicación; El nombre de la Rosa, del semiólogo italiano Umberto Eco, novela histórica culturalista, causó un verdadero boom de ventas que se prolonga desde 1980 hasta nuestros días. Es redundancia agregar datos ya conocidos por todos, como que The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno), del aislado Jerome David Salinger ha sido un éxito sostenido, y cada nuevo año se conciben numerosas reediciones; o que Charles Dickens sufrió crisis emocionales a causa de la gran demanda del público.

No es, por otro lado, mi intención, convertirme en apologista del fenómeno actual del best seller, ni mucho menos. Pero tampoco considero adecuado caer en los extremismos o en los prejuicios simplificadores. El debate “calidad versus cantidad” me parece francamente tramposo y nada constructivo. Por eso, rehúso a calificar al best seller invariablemente de mala palabra. He leído a Stephen King, y lo juzgo un escritor mediocre que, sin embargo ha progresado con el correr del tiempo. Prefiero leer a García Márquez, claro está, otro autor que nos tiene acostumbrados a figurar en todas las listas internacionales. Pero citando a un escritor argentino, con respecto a quienes Paulo Coelho “les cambió la vida”, no puedo más que alegrarme por ellos y seguir jubilado en mis lecturas borgenas.

Lo que sí realmente me enfada son los escritores que se plantean como meta, antes que concebir una obra literaria, inventar un éxito de ventas. Proponerse escribir un best seller es un atentado, verdaderamente, que conspira de forma análoga contra las cualidades y méritos artísticos que una obra pueda llegar a tener. Por eso, me permito criticar a los libros prefabricados, a las historias estereotipadas, a los textos cuyo lenguaje es ordinario y no implican, aunque sea, un mínimo esfuerzo intelectual por parte del lector. Aunque, reitero, respeto a todo aquél que decide leer a Danielle Steel o a Robin Cook.

La literatura es imperceptible e infinita. Hay libros fugaces que hoy arrasan con todo y permanecen en la cima por espacio de más de un año. Sospecho que en un par de décadas pasarán inadvertidos, y muchas veces, olvidados en algún reducto infranqueable. A los otros libros, ésos que sirven para cultivarse, que no nos desenmascaran verdades ocultas ni enigmas clandestinos sino que nos provocan incertidumbres inmensas, a ésos, bien vale lo que Borges alguna vez escribió para una novela de Wells: Pienso que habrán de incorporarse como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de los términos de la gloria de quien los escribió, más allá de la muerte del idioma en que fueron escritas. De lo contingente y de lo imperecedero pues.

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