Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Agosto 2007

La universidad no debe ser una suma de facilidades

Agosto 15, 2007 · 11 comentarios

Cada vez me sorprende menos encontrarme, en la Argentina, con reclamos que bordean lo inverosímil, con peticiones que, en rigor no tienen nada de peticiones, sino que son exigencias que bien podrían haber poblado las páginas de alguna ficción del realismo mágico en su momento. Y el ámbito universitario, desde luego, lleva las de ganar en cuanto a esta materia se refiere.

Se ha convertido en moneda común observar cómo media centena de revoltosos impiden que la gran mayoría de los estudiantes tenga clases con normalidad, ya sea porque no les gusta la cara del nuevo rector que se ha elegido, ya sea porque en un aula no hay calefacción, ya sea porque quieren exigir la realización de nuevas elecciones, ya sea porque les ha venido en gana cortar el tránsito y ensuciar las paredes, ya sea porque han tomado el rectorado.

En mi facultad me he topado con grupos que demandan que dentro de algunas cátedras eliminen cierta cantidad de bibliografía básica y obligatoria para aprobar la materia, con el argumento de que dadas las condiciones actuales por las que atraviesa el país, muchos alumnos tienen que trabajar además de estudiar, y por lo tanto no les queda tiempo suficiente para leer tanto material. En otras palabras, esta gente aspira a que la universidad mande al diablo la excelencia educativa y forme futuros profesionales a medias, con la mitad de los conocimientos necesarios (esto es, aprobar Sociología sin tener noción de quiénes fueron Max Weber o Émile Durkheim, por ejemplo). También me han pedido que firmara un petitorio para obligar a los profesores a que en todos los exámenes finales se permita optar por evaluaciones escritas, dado que muchos alumnos se “ponen nerviosos” a la hora de enfrentar una mesa examinadora de forma oral. Me pregunto: si les resulta incómodo hablar, si no pueden expresarse con relativa claridad, ¿para qué están estudiando Derecho, muchachos? Me temo que se equivocaron de carrera; la retórica es un pilar del saber jurídico, que es un saber práctico. ¿Qué será lo próximo que exijan? ¿Acaso la abolición misma de toda forma de examen dado que dicha instancia conlleva una carga de stress muy alta para el alumno? Es inaudito.

Ansían que la universidad sea un camino allanado, desprovisto de obstáculo alguno, en el que todo sea una suma de facilidades, y casi no se requiera al estudiante ningún nivel de sacrificio y dedicación. Y se valen (con descaro), para realizar esta serie de exigencias incalificables, de las posibilidades que la universidad pública les brinda.

Aunque tenga visos de leyenda, me parece oportuno recordar cómo llegó Abraham Lincoln a convertirse en presidente de los EE.UU. Nacido en el seno de una familia humilde, durante su infancia, adolescencia y juventud, nunca gozó de grandes beneficios ni facilidades, sino más bien todo lo contrario. Se dice que luego de extensas jornadas en la granja donde desempeñaba sus actividades laborales, y con la tenue luz de una vela, se dedicaba a estudiar, con gran entusiasmo, pero principalmente, con mucho esfuerzo y perseverancia. Así es que alcanzó a graduarse como abogado, y a partir de ahí, comenzó a escalar posiciones hasta terminar en la Casa Blanca, en lo que perfectamente podría ser un arquetipo del llamado “sueño americano”.

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“El gran Meaulnes”, de Alain Fournier

Agosto 13, 2007 · 4 comentarios

Me temo que intentar referir las múltiples virtudes que se concentran en un libro aparentemente tan sencillo como El gran Meaulnes es una faena poco menos que insostenible. ¿Por qué digo “aparentemente sencillo”? Porque una lectura rápida, desatenta o insustancial, podría llevar al craso error de estimarlo como una mera historia de aventuras, o bien como una novela romántica sin “final rosa”. Nada más alejado de la realidad, por cierto, que esos caprichosos rótulos a la hora de encasillar una obra inclasificable, una rara avis literaria, como la que concibió Alain Fournier a principios del siglo pasado.

El azar, fuente de tantos dolores de cabeza, en esta ocasión fue demasiado bondadoso conmigo, cuando mis dedos entusiastas se toparon con una edición vieja en tapa dura de la obra en cuestión, alguna tarde lluviosa, en cierto rincón literario que se asemeja a buhardilla y no a centro comercial. Con displicencia leí la contratapa, y quince segundos después (o lo que haya tardado en pagarlo), El gran Meaulnes y yo nos marchábamos de allí.

Durante los días de su lectura experimenté una sensación subyacente que me colmó de estupefacción y me arrancó de la normalidad, para depositarme en un estado de ensueño escurridizo, del cual desconozco el nombre. Era como flotar en medio de un océano azulado que, en rigor, no existía. Me figuro que, más allá de eventuales sucesos que acaecieron en mi existencia por aquellas jornadas nada lejanas, existe una profunda ligazón entre dichas emociones interiores y la contemplación mental de las experiencias de Augustin Meaulnes.

La adolescencia es un misterio que nunca terminaremos de descifrar. Y si bien esta novela se inicia en la agonía de la niñez, cuando un chico enérgico y de espíritu indómito llega a un apacible pueblo de la campiña francesa (Sainte-Agathe), librando, de alguna manera, a François Seurel, de la vida monótona que llevaba allí; y finaliza en la temprana juventud, al marcharse el gran Meaulnes junto a su hija para siempre, y quedando solo Seurel, ejerciendo ya como maestro rural; es una obra cuyo sustrato es la adolescencia, es una obra que emana continuamente hálito adolescente.

No es casual que haya referido, en resumidas cuentas, el principio y el desenlace. François Seurel, el narrador, termina, al menos hasta lo que Fournier nos cuenta, tal como comenzó: dedicándose al colegio, primero como estudiante, luego como maestro, con la regularidad y el tedio como protagonistas de su vida, en aquel reducto bucólico y perdido donde nació. En contraste, Meaulnes introduce la acción en la historia, fuerza los hechos determinantes, se erige en polo de atracción y personaje principal, y sigue, según se figura su propio amigo, marchando hacia nuevas aventuras una vez que cerramos el libro.

Yo creo, junto con Marcelo Birmajer, que existe una sutil pero significativa diferencia entre encontrar un lugar nuevo y perderse. El quid de esta novela, en efecto, radica en esa igualdad divergente: Augustin no descubre un dominio recóndito, un País que se asemeja al paraíso, más bien se pierde en él, se encuentra extraviado entre el coro de voces de niños en la alameda, el banquete fantasmal, la gran cama cubierta de libros dorados, las levitas de altos cuellos de terciopelo, los coches amontonados, los faroles venecianos verdes y las lámparas colgantes, la extraña fiesta y el sosegado sonido del piano. Después de la fiesta, donde todo era encantador, pero febril y loco, donde él mismo había perseguido al gran Pierrot tan locamente, Meaulnes se encontraba sumido en la felicidad más sosegada del mundo. En definitiva, la diferencia entre encontrar un lugar nuevo y perderse es, nada menos que saber cómo regresar. Y Meaulnes no supo retornar a ese mundo placentero e ideal, porque la adolescencia es sinónimo de un perderse incesante, de un dejarse llevar, de sueños, de fugacidad… y lo efímero, lo divagado, no vuelve: dura tan poco como la adolescencia misma.

Existe unanimidad en considerar que la mayoría de los sucesos narrados en El gran Meaulnes son verídicos, y le acaecieron al mismo Alain Fournier en los años que precedieron a su temprana muerte. Es por tanto, una novela que, si bien se inscribe indudablemente dentro del marco de la ficción, tiene un sinfín de elementos autobiográficos. Se puede apreciar la cuidada y poética construcción de las frases, hasta llegar a parecer, por momentos, prosa convertida en verso, y la inserción de símbolos y metáforas invadidas de interioridad, de búsqueda de lo incógnito y oculto. Tal vez esa exploración sensible y trascendente, sospecho, no hubiese sido traducida a un lenguaje literario tan puro y lírico, de no haberla experimentado en carne propia el autor.

Cada personaje que circula por esta obra, especialmente Frantz e Yvonne de Galais, resultan entrañables. Aunque mi percepción es partidaria de considerar al narrador de los “hechos de los otros”, al espectador omnipresente, al más triste entre los tristes, a François Seurel, como un ejemplo de amistad verdadera, como un joven digno de admiración, como el personaje clave para comprender la historia.

La melancolía envuelve con un precioso manto grisáceo casi todas las páginas de El gran Meaulnes, libro que es una llave de acceso al enigmático dominio de los amores idealizados, de las utopías, de la fascinación, del ímpetu, de la adolescencia, y que supone un confuso ensueño, acaso amalgama de espejismos tan crueles como dotados de hermosura.

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Discos que influyeron en mi formación musical (VI)

Agosto 11, 2007 · 9 comentarios


Highway 61 Revisited – Bob Dylan (1965) Si se me permite la analogía, al hablar de la música del siglo XX, hacer mención de Bob Dylan es como, al hablar de fútbol, nombrar a Maradona. Y probablemente me quede demasiado corto. Es que de este trovador inoxidable no se puede decir nada que ya no esté dicho con antelación; basta mencionar, tal vez, que la revista Newsweek lo rotuló con el (nada exento de pomposidad) título de “persona viva más influyente del mundo entero”.

No sé por qué aleatorio antojo del destino, pero mi primer acercamiento a su poesía se dio, ya en mis primeros años de adolescencia, con uno de sus discos menos resonantes (y no por eso menos exquisito): Nashville Skylines –que posee una definida inclinación country, a la par que contiene una hermosísima canción como es “Lay Lady Lay”–. No obstante, no fue sino hasta escuchar “Like a Rolling Stone” cuando caí en la cuenta de que este baladista irreverente y místico me acompañaría con su música de ahí en adelante, por siempre. La crispada juventud de aquellos años, descontenta y contestataria, reclamaba a gritos un himno con el que pudiera identificarse plenamente, y la visceral composición dylaniana, colmó sobremanera esas expectativas, catapultándose como el mayor éxito comercial de toda su carrera, lo que constituye un mérito doble si se considera que se trata de un single de seis minutos de duración. Pocas canciones han ejercido tanta influencia en la música contemporánea, pocas canciones han sido versionadas tantas veces, pocas canciones podrían caratularse como mejores que ésta. La característica voz gangosa de Bob cantando esos repetidísimos versos: How does it feel. How does it feel. To be without a home. Like a complete unknown. Like a rolling stone?, sin embargo, produce siempre un cúmulo de nostalgia muy especial.

Con una duración igual de prolongada, la faceta lúdica de Dylan aparece en esa rienda suelta a la improvisación que es “Tombstone Blues”, en la que se destacan el ritmo agitado y el juego de guitarra de Mike Bloomfield. En “It Takes a Lot to Laugh, It Takes a Train to Cry” se recupera la línea folk-rock, y la armónica de Bob cobra un protagonismo exclusivo.

Si alguien me preguntara por qué se viene proponiendo a Robert Allen Zimmerman desde hace varios años como candidato a recibir el premio Nobel de Literatura, simplemente le respondería que escuchara “Ballad Of a Thin Man”, un auténtico prodigio compositivo, una canción intrigante y oscura si las hay, una lúcida divagación que no termina de ser del todo precisa (y de ahí su eterno misterio). Con una prominente base de piano, y siguiendo una interpretación a paso lento, Dylan casi que recita ese estribillo memorable: Because something is happening here. But you don’t know what it is. Do you, Mr. Jones?

Luego, en “Queen Jane Approximately” me gusta especialmente el inspiradísimo piano de Paul Griffin, el trabajo vocal de Dylan (que, vale decirlo, no es dueño de una buena voz precisamente) y el sonido límpido de la armónica que suena sobre el final. El tema que da nombre al disco es una significativa muestra más del talento inusual de Bob Dylan, y aquí la electrificación de sus fundamentos melódicos, a través de la siempre sólida guitarra de Bloomfield, demuestran hasta qué punto no estaba equivocado cuando decidió dar un paso adelante, arriesgando desde lo meramente acústico hacia el rock y el blues, pese a la desazón que dicha decisión generó dentro del público folkie que lo había convertido en una semideidad.

La armónica y el apoyo instrumental del teclado regresan marcadamente en “Just Like Tom Thumb’s Blues”, un tema más apaciguado que oficio de nexo, para dar paso a la despedida del álbum con la impresionante “Desolation Row”: una enorme y triste composición (digna de incluirse dentro de lo mejor de la poética dylaniana), que dura más de once minutos, y en la que Bob retorna a los lineamientos más puros del folk.

Es tarea harto dificultosa elegir entre todos los álbumes de este icono de la movilización social, como es labor imposible quedarse con un solo texto de Borges. Así y todo, estoy convencido que Highway 61 Revisited se ha ganado un lugar dentro del selecto grupo de esos discos etéreos, atemporales, que no pierden vigencia ni fuerza pese al transcurso de los años, y a los que siempre resulta un imperativo categórico volver cada tanto.

Axis: Bold As Love – The Jimi Hendrix Experience (1967) El nombre Jimi Hendrix, así solo, despojado de toda consideración o contexto, ya resultaba, desde hace décadas, rayano en lo mitológico, cuando a mí se me ocurrió, por pura curiosidad adolescente, comprar un disco suyo. Y precisamente, sin haber escuchado nada de su autoría en mi vida, sin embargo sí había oído en más de una ocasión su nombre, instalado en un altar de la religión pagana que constituyen los devotos del rock, como una especie de semidiós intocable. Entonces compré Are You Experienced?, el álbum que está unánimemente considerado por la crítica especializada como su obra máxima, y lo escuché muchísimas veces, disfrutando hasta la saciedad de su revolucionaria zurda. No obstante, y a pesar de todas las virtudes que el mencionado disco ostenta, considero que su trabajo más redondo, y siendo conocedor de que voy contra la corriente, es Axis: Bold As Love, un álbum al que accedí bastante tiempo después y que me conquistó en la primera escucha (algo que muy pocas veces me sucede). Sería una osadía, y una postura decididamente miope de mi parte negar que el primero haya tenido mayor trascendencia e influencia para la posteridad rockera, porque, en efecto, así ha sido, en gran medida gracias a que supuso, en 1967, una innovación radical en lo que se refiere al uso de la guitarra eléctrica: así como el calendario que nos rige se divide en antes y después de Cristo, del mismo modo, en el rock existe un antes y un después de Jimi Hendrix, y ése punto de inflexión está dado, sin lugar a dudas, por su disco inicial junto a Noel Redding y Mitch Mitchell.

El preámbulo del disco que nos ocupa, “EXP”, no es el mejor inicio posible. Por más intencionalidad humorística que posea, ésos sonidos distorsionados que se oyen de fondo son francamente insoportables. La cosa comienza a mejorar a partir de “Up In The Skies”, un tema harto tranquilo que parecería ser la contracara del Jimi explosivo de canciones como “Manic Depression”. Aquí se percibe, en cambio, un tibio ritmo de jazz a cargo de Mitchell y la pista vocal por demás apaciguada de Hendrix.

Inmediatamente, el tono cambia de manera radical, y en “Spanish Castle Magic” podemos hallar una de las mejores composiciones psicodélicas del gran Jimi (que canta su visión: The clouds are really low. And they overflow with cotton candy. And battle grounds red and brown), y que cuenta con una ferocidad rockera que va en aumento hasta llegar al estallido en el estribillo. Luego, la inclinación más bien pop de este álbum, bastante distanciada de los riffs infernales del trabajo precedente, queda más que en evidencia en temas como “Wait Until Tomorrow”. “Ain’t No Telling” es una poderosa y fugaz pieza (dura menos de dos minutos), en la que se destaca el magnífico riff que la zurda superdotada del nacido en Seattle construye y reinventa con vertiginosidad maestra.

A continuación viene, a mi juicio, la mejor canción del álbum, una pequeña gema: “Little Wing”, que tiene una introducción magistral, en la que fluye como pocas veces todo el genio de Hendrix: esa refinadísima y dulce melodía germinal constituye un placer inexplicable para los oídos sensibles, y eso que dura lo que un suspiro: son treinta segundos de embelesamiento, que se prolonga luego, con la irrupción vocal de un Jimi en su versión decididamente más delicada. “If 6 Was 9” es el tema más extenso del trabajo, y no se trata de otra cosa que un nuevo devaneo psicodélico en el que lo más destacable, a mi modo de ver, pasa por el solo de guitarra.

Mención de honor merece “Castles Made of Sand”, una balada exquisita, con varios trucos de guitarra incluidos por el mismo precio, y en la que, sobre el final, podemos encontrar una pequeña historia tan poética como horripilante: There was a young girl, whos heart a frown cause she was crippled for life. And she couldn’t speak a sound. And she wished and prayed she could stop living, so she decided to die. She drew her wheelchair to the edge of the score. And to her legs she smiled you won’t hurt me no more. But then a sight shed never seen made her jump and say. Look a golden winged ship is passing my way. And it really didn’t have to stop, it just kept on going. And so castles made of sand slips into the sea, eventually. Precisamente en esa clase de versos se puede comprobar el salto cualitativo en la faz compositiva que existió desde el primer disco hasta el que he seleccionado. Continuando por el carril de las baladas, es necesario resaltar la sutileza que se desprende de “One Rainy Wish”. Y por último, sólo queda subrayar el descollante riff central de “Little Miss Lover” y el exquisito cierre que supone “Bold as Love”.

Lo dicho: aquí no abunda la actitud rocker de azotar la guitarra contra los amplificadores, ni hay tanto espacio para la distorsionada clase de magia que Jimi realizaba con su instrumento. Por el contrario, asoma la faceta, si bien menos revolucionaria, a su vez más poética y sensible de Hendrix, y por consiguiente, las canciones constan de una elaboración muchísimo más cuidada, al lograr combinar con eficacia composición con virtuosismo. Imprescindible para todo amante del rock que se precie.


Breakfast In America – Supertramp (1979) Este disco representa uno de los más paradigmáticos ejemplos de que no necesariamente la música masiva y comercial tiene que estar enfrentada con la calidad. A contramano de esa errónea creencia con sesgos elitistas, la formación británica demostró que éxito y excelencia no son siempre antónimos, y que bien pueden transitar por los mismos carriles, casi de la mano. Luego de trabajos sublimes como Crime of the Century o Even in the Quietest Moments…, el talentoso binomio creativo que conformaban Roger Hodgson y Richard Davies se vio en la necesidad de elaborar un álbum (en líneas generales) más asequible y con nada disimulables inclinaciones hacia el pop, sin renunciar un ápice a sus pretensiones artísticas.

Y así es que concibieron un disco que he escuchado hasta el hartazgo, ideal para momentos de distensión, en los que la única preocupación sea dejarse llevar por la ornamentación de las piezas y la voz plañidera de Hodgson. Ésa inconfundible apertura que supone “Gone Hollywood”, en la que el piano va cobrando intensidad y luego aparecen las representativas voces corales que se entremezclan, originando una pujante atmósfera, es todo un indicio de la mismísima esencia del disco. Disco que, como se comprobará, no da suspiros, pues es una verdadera sucesión de hits.

Siempre tuve predilección por “The Logical Song”, con probabilidad la canción más conocida de toda la historia de Supertramp, en la que se puede advertir la consumada armonía lograda en la sección rítmica entre la percusión, los instrumentos de viento, la guitarra y los teclados. ¡Perfección! Y, como ingrediente extra, una letra divertida que cautiva desde el primer momento: Now watch what you say or they’ll be calling you a radical, liberal, fanatical, criminal. Won’t you sign up your name, we’d like to feel you’re. Acceptable, respectable, presentable, a vegetable!

“Goodbye Stranger” es otra muestra de la idoneidad compositiva del dúo Hodgson-Davies: un tema inolvidable, en el que, desde el principio, cobra una importancia determinante, a la hora de los cambios drásticos de ritmo, la batería de Bob C. Benberg, a la par que también se destaca el siempre armonioso coro, acompañando de modo inmejorable el trabajo vocal de Hodgson. Para cerrar la triada ininterrumpida de obras cumbres, aparecer la pieza que da título al álbum: un tema de calidad excelsa, que combina un aire entre optimista y meditabundo. Inmersos en el tipo de música chata e insustancial que ya comenzaba a copar la parada por aquellos postrimeros años de la década del setenta, que una composición de la calidad de “Breakfast in America”, con su sutil introducción de piano, sonara con frecuencia en las principales radios estadounidenses suponía un soplo de aire fresco y un salto cualitativo de niveles impensados.

“Oh Darling” es una particular exaltación amorosa de la que resalto especialemente la impecable orquestación. Con todo, no es de los temas que más me entusiasman de Supertramp, pero a continuación aparece “Take The Long Way Home”, una memorable canción (ideal para ser escuchada al alba en alguna metrópoli), que, como no podía ser de otro modo, comienza con una misteriosa ejecución de piano, instrumento que mantiene su primacía durante los cinco minutos de duración.

La expresidad emocional transmitida por la asociación vocal y el saxo de John Anthony Helliwell en “Lord Is It Mine” es asombrosa. Luego nos encontramos con la digna de ser disfrutada “Just Another Nervous Wreck”, que es otra de mis piezas favoritas, especialmente debido a su admirable arquitectura compositiva y a la sinergia lírica, que alcanza su cenit sobre el final. Para concluir, los británicos se reservaron una extensa suite de casi siete minutos y medio (que contiene una letra bastante cáustica) titulada “Child of Vision”, que es quizá el prototipo de la clase de música elaborada y ambiciosa en las facetas lírica, vocal e instrumental, que siempre se esforzaron por hacer estos grandes músicos.

Breakfast In America es un trabajo, en resumen, que acopla la inigualable estructura melódica y orquestal del grupo, con ritmos un tanto alejados de la esencia progresiva de otrora y más emparentados con las alegres estridencias propias del pop, pero guardando fidelidad al estilo inimitable que siempre los había caracterizado. A su vez, constituyó, al menos para mí, el último legado musical de Supertramp, puesto que comenzaba la década del ochenta y, de algún modo, terminaría imponiéndose otro arquetipo de música, totalmente contrapuesto al de los dos gloriosos decenios precedentes.

Categorías: Música

Nahuel Pérez Biscayart

Agosto 8, 2007 · 13 comentarios

Los que acabamos de pasar la siempre dificultosa frontera de los veinte años en la Argentina sabemos perfectamente, ya sea por amor incondicional o por odio rayano en lo visceral, de qué estamos hablando cuando hablamos de Cris Morena y sus productos televisivos para espectadores imberbes. Lo que esta señora ha venido plasmado (con innegable habilidad y éxito) en la pantalla chica argentina –y de otros países del mundo, como Israel y España–, es un modelo de narración que se asimila a un cuento de hadas permanente (con un núcleo de personajes que viven dentro de una garrafal burbuja), al que se le agrega algún conflicto menor, pero que en nada resulta aggiornado, paradójicamente, a la realidad que le toca transitar a la enorme mayoría del público infantil-adolescente que consume masivamente esa clase de formatos -si se me permite el calificativo, huecos de alfa a omega-, en los que la felicidad y la perfección son regla inmutable.

Aunque sé que no le gustan los encasillamientos ni los rótulos dotados de tanta suntuosidad, me animo a aseverar que Nahuel Pérez Biscayart personifica la antítesis más acabada de lo que significa, en la jerga televisiva, ser un R-Way. Él, además de actor, también ha sido –y lo es– un joven que creció en la Argentina menemista, que vio hundirse al país en la peor de sus crisis, y que hasta estuvo dispuesto a ir a protestar contra la presencia de George W. Bush en Mar del Plata. Y digo que es la contracara absoluta de ese tipo de personajes televisivos berretas y frívolos, porque su compromiso y su forma de proceder van mucho más allá de su presencia frente a las cámaras.

Los seres a los que le tocó dar vida, tanto en el cine como en el teatro, hablan por sí solos: desde un adolescente abandonado por su madre a los tres años y con un tatuaje como único signo identitario, pasando por un huérfano recluido y explotado en un neuropsiquiátrico, hasta el epiléptico príncipe Myshkin, el personaje que concibió Dostoievski en su obra El idiota.

Con 21 años, una mirada siempre perdida y misteriosa, y una separación de los ojos que trae a la memoria inmediatamente a Julio Cortázar, no han sido pocos los directores que han reparado en el exponencial talento y el poder de improvisación de esta realidad (nada de “promesa”) del cine argentino. Ha trabajado junto a Ricardo Darín en la superproducción (para parámetros locales, obvio) El aura, del fallecido Fabián Bielinsky. También se destaca su participación en la comedia costumbrista teñida de crítica social Cara de queso –mi primer ghetto–; pero su primer protagónico se lo concedió el director Eduardo Raspo, en Tatuado, una película claustrofóbica e interesante. Luego, en Glue comparte cartel con otra de las gratas sorpresas que nos ha dado el cine argentino, la versátil Inés Efrón, en lo que es un filme que retrata la angustia existencial adolescente en un rincón inhóspito del país.

También ha tenido intervenciones en series televisivas, pero, enemistado con los lugares comunes y los clichés, tal como es su costumbre, a Nahuel no se le mueve un pelo cuando declara cosas como: No hay nada más alejado de la actuación que hacer una tira diaria de televisión, declaración de principios que puede sonar muy antipática para mucha gente, pero que no deja de esconder un resquicio importante de verdad. La sinceridad brutal que deja entrever en cada una de sus declaraciones a la prensa –que no son muchas, por otro lado–, conduce inevitablemente a la sorpresa, como cuando, luego de haber estado filmando con quizá la máxima estrella actual de la cinematografía argentina, Ricardo Darín, expresó muy suelto de cuerpo que sus películas El hijo de la novia y Luna de Avellaneda no le habían gustado para nada. No estamos frente a un provocador por la provocación misma, sino ante una persona con convicciones propias y muy asentadas, tal vez un outsider, que elude los convencionalismos y no se “casa con nadie”.

Quien no lo haya visto actuar todavía, pensará, como decía un periodista de Página/12, que se trata de un ser surgido de la mente de Tim Burton. Y no está del todo errada la aproximación. Pero, en rigor, Nahuel Pérez Biscayart es muchísimo más que eso. Además de ser el artista nacional con el que más me identifico, también es uno de esos contados actores por los que yo iría pura y exclusivamente a ver una película al cine. Y es que el talento viene en envase chico.

Categorías: Cine

Pequeñas delicias de la vida en la república islámica

Agosto 6, 2007 · 9 comentarios

Los que leemos la prensa usualmente, nos encontramos, casi a diario, con noticias aberrantes para la condición humana llegadas desde Irán. Se ha convertido en moneda común enterarse de las barbaridades que el régimen teocrático resuelve y ejecuta con intransigencia, en estricto cumplimiento de la ley islámica vigente. Sin embargo, por una cuestión de cercanía en la franja de edad, hoy quería destacar la detención de decenas de jóvenes producida el martes pasado, en las inmediaciones de Teherán.

¿Cuál fue el delito de lesa humanidad, cuál fue el octavo pecado capital que motivó la privación de la libertad de estas personas? Asistir a un concierto de rock. Ni más ni menos.

Es sabido que en Irán están rigurosamente prohibidas las reuniones entre hombres y mujeres, si éstas últimas no cumplen con los preceptos islámicos del código de vestimenta, que exige que estén cubiertas de pies a cabeza. También es de público conocimiento que está vedado el consumo de alcohol y la exhibición de grupos cuya música esté inspirada en modelos occidentales.

Por consiguiente, y teniendo en cuenta que las mujeres estaban vestidas de “modo obsceno”, que las bandas que tocaban eran consideradas “satánicas”, y que en el recital se encontraron botellas de bebidas alcohólicas, los jóvenes fueron arrestados, luego de que las fuerzas de seguridad irrumpieran en el recinto donde se llevaba a cabo la fiesta.

¿Es humanamente concebible que, en pleno año 2007, un “ciudadano” sea privado de su libertad, sometido a recibir latigazos u otra clase de torturas, por el hecho de vestir como se le venga en gana, por consumir alcohol, o por asistir a un concierto de rock? Me gustaría saber: ¿ésta es la clase de revolución de la que nos hablan con entusiasmo Ahmadineyad, Chávez & cía.?

Categorías: Actualidad · Política

“The Thing”, de John Carpenter

Agosto 4, 2007 · 4 comentarios

Cuando se estrenó, The Thing –que es un remake de The Thing from Another World, filme producido por Howard Hawks en 1951–, estuvo condenado a permanecer a la sombra de E.T., de Steven Spielberg. Si bien existía en ambas películas el denominador común de la presencia determinante (a los fines argumentales) de organismos no humanos; en esencia, se trataba de dos propuestas radicalmente antagónicas; y, como era de esperar, en términos comerciales, la simpática criatura creada por Spielberg terminó imponiéndose con holgura, y la reelaboración a cargo de John Carpenter recibió furibundas críticas, pasando desapercibida para la mayoría del gran público.

Con el correr de los años, sin embargo, la producción que nos ocupa, ha sido objeto de reivindicaciones varias, hasta alcanzar el siempre dudoso status de “película de culto”. El paralelo con E.T. es meramente cronológico, pero si habría que bucear en la historia del cine, a fin de encontrar un antecedente preciso, solamente deberíamos retroceder unos pocos años, hasta 1979, y allí hallaremos la cinta que guarda mayor afinidad con ésta de Carpenter: Alien, de Ridley Scott. En ambas, el núcleo de la trama es idéntico: un reducido grupo de personas aisladas –en una nave espacial, en una estación antártica–, que irán pereciendo una a una con el transcurso de los minutos, se enfrentan a una terrible presencia extraterrestre que les acecha, a la par que dicha entidad no humana precisa de otros seres vivos para perpetrar su especie; y su proliferación, en caso de trascender el remoto ambiente claustrofóbico, provocaría la extinción de la raza humana. Estimo que estamos frente a las dos mejores películas que jamás hayan combinado ciencia ficción con terror.

Al observar el filme, al menos en mi visión personal, es necesario destacar por sobre lo demás, tanto el inicio como el final. El comienzo resulta efectivo porque, a partir de la punzante banda sonora del maestro Ennio Morriconne, la ausencia de diálogos y la preponderancia del resplandeciente paisaje blanco polar, la situación que se desarrolla –un perro que intenta escapar a los disparos que le efectúan desde un helicóptero– deja desconcertado al espectador, que tardará algunos minutos en comprender el porqué de tal comportamiento. Luego, el desenlace es el punto más fuerte, la nota distintiva introducida por Carpenter, puesto que sin esa resolución, la cinta no sería, ni por asomo, todo lo buena que es. Un final soberanamente elíptico, en el que los dos únicos sobrevivientes deciden vigilarse de forma mutua, con la desconfianza que ha reinado a lo largo de toda la narración, frente a frente, expuestos a las temperaturas glaciales de la Antártida, en un lento suplicio en el que sólo resta aguardar la muerte de ambos, y con ello, la imposibilidad de que el ente alienígena se propague y llegue a contaminar a la raza humana.

La disolución de la entidad física de la amenaza encarnada en ese monstruo extraplanetario es otro de los aciertos del director, puesto que, a contramano de lo que abunda en el género del terror, esto es, lo explicito –no exento de lo grotesco–, en The Thing lo que realmente inquieta es que no sabemos ante quién ni ante qué nos enfrentamos, dado que el pánico lo causa lo innombrable, lo irrepresentable, lo no explicitado, lo que no tiene una apariencia física permanente, sino que posee la característica de imitar el aspecto de toda forma de vida posible. Dicha faceta constituye una herramienta fundamental a los fines de la creación de suspenso e inquietud que reinan a lo largo de toda la historia.

A lo antedicho, hay que sumarle la escasez de clichés que son moneda corriente en esta clase de filmes, y la correcta labor de todo el reparto, destacándose con especial énfasis la actuación sobria y por demás creíble de Kurt Russell, un actor que ha colaborado en otras ocasiones con Carpenter, y que, a mi modo de ver, está, en términos generales, injustamente infravalorado.

¿Obra maestra del género? Por supuesto que sí. No tendrá la importancia capital de prodigios cinematográficos, como The Exorcist o The Shining, pero películas de este calibre, con una concepción diferente del terror y una elaboración esmerada de los personajes y los aspectos técnicos, son precisamente las que escasean por estos tiempos de mediocridad, en que parecería que con la disección de un par de vísceras, que luego vuelan por los aires, alcanza. De hecho, ni siquiera el mismo Carpenter ha logrado a posteriori, superar ésta, su obra cumbre.

The Thing (EE.UU., 1982).
Director: John Carpenter.
Intérpretes: Kurt Russell, David Clennon, Keith David, Wilford Brimley, T.K. Carter.
Calificación: 7.

Categorías: Cine

Discos que influyeron en mi formación musical (V)

Agosto 1, 2007 · 5 comentarios

Pet Sounds – The Beach Boys (1966) Este prodigio compositivo de Brian Wilson supuso una guía, un punto de referencia, gracias al cual maduró, en la esfera personal, un agudo sentido crítico respecto a la música pop y todas sus vertientes posibles. Si mis oídos (si mi alma) no hubiesen sido particularmente sensibles a los encantos de las armonías vocales desplegadas en este disco, mi concepción de la música contemporánea (y no exagero un pelín), sería radicalmente menos fructífera, más pobre; no en vano el mismísimo Paul McCartney ha asegurado en más de una oportunidad que el Pet Sounds debería ser el primer disco para “educar oídos”, y que, además, constituyó la influencia inmediata del Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club.

“Wouldn’t It Be Nice” configura un arranque modélico, pues, se trata de una canción absolutamente representativa del “sonido Beach Boy”: estupendos ejercicios vocales junto a un ritmo de lo más pegadizo, que destila alegría. Se trató, en definitiva, y como era de esperar, de uno de los pocos éxitos comerciales del álbum. Inmediatamente, Wilson nos sumerge en uno de los temas lentos, “You Still Believe In Me”: una verdadera delicia para los sentidos, repleto de sonidos tiernos (que incluyen el timbre de una bicicleta) en medio de los siempre superlativos arreglos corales, que también se pueden apreciar en “That’s Not Me”, entre variados ajustes de órganos, bajo y percusión.

Luego, “Don’t Talk (Put Your Head On My Shoulder)” es una de esas canciones que quizá no suenen muy atractivas a la primera escucha, pero que, a medida que uno se va habituando a la aguda introspección que efectúa Brian Wilson, con una interpretación desgarrada, termina cayendo en la cuenta de que se está frente a uno de los momentos cumbres del disco. Una de las mejores piezas instrumentales jamás compuesta dentro del mundo pop es “Let’s Go Away For A While” (que constituye un punto intermedio, un relax dentro de la avasallante amalgama coral), para la que se utilizaron doce violines, cuatro saxos, entre otros instrumentos, y asimismo, una botella de Coca-Cola en las cuerdas. La armonía vocal inigualable de Brian y sus chicos se pueden estimar en toda su dimensión en el transcurrir del tema, con diferencia, más comercial del disco: “Sloop John B”, tan asequible como cautivante.

“God Only Knows” es una canción harto significativa, por ser la pieza símbolo de este conjunto de composiciones, por ser una de las auténticas obras maestras del siglo musical, y porque, al igual que “Good Vibrations”, remite más allá de sí misma, y se transforma en exponente de todo un universo de ideas y sentimientos. La voz dulce de Carl Wilson entonando: I may not always love you. But long as there are stars above you. You never need to doubt it. I’ll make you so sure about it, supone uno de las mejores trabajos vocales que yo haya escuchado en mi vida. Y, como colofón, queda el soberbio cierre, en el que las voces de Brian Wilson, Bruce Johnston y del mismo Carl Wilson se acoplan y suceden de una forma que sólo admite el calificativo “perfección”. Destacaría, para finalizar, la mezcla instrumental y los sorpresivos cambios de ritmo que Brian nos regala, con su talento compositivo, en “Here Today”; y la intimista balada “Caroline No”.

En síntesis, Brian Wilson quería crear una obra que superara al Rubber Soul de los Beatles, y en su afán de lograrlo, abandonó las giras, y se encerró a componer, con la única misión de dar rienda suelta a todo su genio creativo. ¡Vaya sí lo logró! Se puso serio, dio un enorme salto de calidad (sin despreciar en absoluto sus composiciones previas), y, en definitiva, concibió, a base de un cuidado puntilloso, un disco repleto de lirismo y complejidad sonora, una obra maestra nacida en las más consagradas profundidades del espíritu humano, un pequeño tesoro de valor inestimable, un punto de inflexión en la música popular del siglo XX.

The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars – David Bowie (1972) Como alguna vez así lo afirmara el escritor John Savage, se trató del primer disco del pop posmoderno. Estamos ante un álbum conceptual, que viene a retratar el ascenso, esplendor y caída de una estrella de rock (el tema “Rock ‘n’ Roll Star” de Oasis, entre otros, puede leerse como una indisimulable secuela de éste disco); es decir, Bowie utilizó la figura de su alter ego (un alienígena) -en una época en que la fantasía y la ciencia ficción experimentaban su apogeo en términos de aceptación popular, como sendos géneros literarios y cinematográficos- para plasmar, con altas dosis de sarcasmo, las conductas típicas, los clichés, en torno al extravagante mundo de las estrellas de rock. Sin embargo, las canciones que componen el disco, lejos están de enrolarse dentro del característico sonido rockero: son hijas directas del maravilloso Hunky Dory, estando en manos, en gran medida, de la guitarra acústica y del piano.

“Five Years” es, según mi opinión, uno de los mejores temas que ha compuesto Bowie en toda su carrera. Arranca profetizando: Pushing thru the market square, so many mothers sighing. News had just come over, we had five years left to cry in, y a medida que avanza, la canción va cobrando una fuerza avasallante, entre impulsivas líneas de guitarras y coros trágicos, que le confieren el tono apesadumbrado y apocalíptico necesario. Enseguida, Ziggy descubre el amor terrenal en “Soul Love”, una pieza igual de exquisita que la anterior, pero con sonidos folk y un jovial solo de saxo que ejecutó el mismo Bowie. “Moonage Daydream”, por su parte, nos sumerge dentro de los ribetes futuristas del personaje, y supone casi cinco minutos de algidez, con la cadencia de David (I’m an alligator), y el logrado “clima galáctico” del final, gracias al solo de Mike Ronson y a la sección de cuerdas.

Después llega mi canción preferida del álbum, que constituyó el primer single, y que yo colocaría en el Monte Olimpo de las perlas que nos ha legado el pop/rock; por supuesto, me refiero a la soberbia “Starman”: uno de estos temas que jamás me canso de escuchar. Que se afirme que David Robert Jones plagió la melodía de la famosa “Over The Rainbow” (que popularizara Judy Garland), me tiene sin cuidado. Desde los delicados acordes acústicos iniciales, pasando por el inesperado cambio de ritmo subsiguiente, y hasta el glorioso estribillo: There’s a starman waiting in the sky. He’d like to come and meet us. But he thinks he’d blow our minds. There’s a starman waiting in the sky. He’s told us not to blow it. Cause he knows it’s all worthwhile. He told me: Let the children lose it. Let the children use it. Let all the children boogie, en el que, con la ayuda del coro y el piano, el ímpetu que transmite la voz diáfana de Bowie va aumentando; todo, absolutamente todo el tema, me produce un embelesamiento musical que no he experimentado muy a menudo. Estimo que trasciende con amplitud al disco, y que, sin dudarlo un segundo, podría inscribirse como una de las canciones más destacadas de, nada más y nada menos, ¡toda la década del setenta!

Luego de “It Ain’t Easy” (la única canción que no fue escrita por David), aparece “Lady Stardust”, una encantadora balada, injustamente relegada, que acaricia la ambigüedad sexual propia de Bowie, y en la que se destaca la impecable orquestación. A continuación, nos encontramos con “Star”, tema de rock vertiginoso, en el que cobran protagonismo las guitarras eléctricas, y en el que Ziggy realiza algo parecido a una declaración de principios: I’m so wiped out with things as they are. I’d send my photograph to my honey. And I’d come on like a regular superstar. En esa misma línea trepidante y movida continúa “Hang On To Yourself”.

Con toda seguridad, “Ziggy Stardust” es la canción símbolo del disco, con un riff inicial a cargo de Ronson que se ha vuelto antológico con el correr de los años, al igual que la frase: Ziggy played guitar, que se repite en la apertura y al final de la pieza, y que se erige como una verdadera insignia de este inmortal personaje tras el que se ocultara el siempre camaleónico Bowie. Para cerrar definitivamente la historia de Ziggy, la creatividad asombrosa de este artista excelso, concibió otra de las joyas del álbum: “Rock ‘N’ Roll Suicide”, una canción conmovedora, que corta el aliento, que deja sin palabras.

Para finalizar, no puedo dejar de mencionar la ya mitológica portada, en la que Bowie, con sus botas de plataforma, la guitarra sobre el cuerpo y el pelo rubio, lanza una retraída mirada, en medio de la sombría noche londinense, iluminada únicamente por un farol y las luces que se desprenden de las ventanas de los edificios circundantes. The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars fue un disco transgresor: brillante autoparodia del estrellato fugaz, obra capital del glam rock y punto apoteósico en la carrera de ese mito cultural moderno llamado David Bowie.

Yendo de la cama al living – Charly García (1982) Siempre sentí un aprecio especial por este singular personaje, más allá (o, quizá a causa) de sus extravagancias, que, a veces, rozan lo inverosímil; y es así que crecí escuchándolo en sus diversas etapas creativas. Cuando su carrera como solista recién estaba floreciendo, Charly García concibió un breve pero compacto álbum, del que, hasta el día de hoy, perduran como verdaderos clásicos del rock argentino, ciertos temas.

Con el gran acompañamiento de Cachorro López en bajo, Willy Iturri en la batería, Gustavo Baczterrica en guitarra y, nada menos que un jovencísimo Andrés Calamaro –antes de su ingreso a Los Abuelos de la Nada– en teclados, el creador más influyente de la historia del rock sudamericano comienza el disco con el tema que lleva su nombre: una parsimoniosa y envolvente canción en la que se destaca la ajustada conjunción instrumental. A continuación, con claras reminiscencias de Sui Generis, en “Superhéroes” cobra importancia, no obstante, el teclado de Calamaro, y Charly, con suavidad, canta cosas como: No pasa nada, nadie pasa, sólo una banda militar, desafinando el tiempo y el compás. Hay que recordar que este álbum salió a la luz cuando comenzaba el ocaso de la dictadura militar argentina.

“No bombardeen Buenos Aires” es, por su energía y por su extravagancia (las sirenas y la explosión final, recuerdo, me cautivaban de chico), mi canción preferida del disco, y, de hecho, se ha convertido en uno de los mayores emblemas de toda la carrera de Charly García. Con una melodía preliminar inconfundible, “Yo no quiero volverme loco” va creciendo en intensidad, a la par que la voz de Charly gana en ímpetu, para que luego aparezca también, como invitado, León Gieco, y conformen una oda a la cordura, un tema verdaderamente exquisito.

Otra obra cumbre de la originalidad propia de Charly es “Peluca telefónica”, diálogo insólito, pieza en la que se reúne con el otro máximo exponente del rock argentino, Luis Alberto Spinetta, lo que supone todo un lujo. Por último, como clausura superlativa, y con toda probabilidad la canción más valiosa, que es “Inconsciente colectivo”, y en la que surge la faceta más lúcida de Charly, componiendo un auténtico himno a la libertad: Ayer soñé con los hambrientos, los locos, los que se fueron, los que están en prisión. Hoy desperté cantando esta canción, que ya fue escrita hace tiempo atrás. Es necesario cantar de nuevo una vez más.

Yendo de la cama al living es un álbum clave a la hora de evaluar los giros musicales que ha tenido la carrera de Charly García. Con él dio inicio a lo que sería su trilogía más inspirada de discos –sobre todo en lo que respecta al logro de un ensamblaje rítmico y compositivo–, ya antológicos en la escena del rock argentino, del que este desvariado genio es, merecidamente, amo y señor absoluto.

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