Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Septiembre 2007

Me niego a leer un e-book

Septiembre 30, 2007 · 13 comentarios

Conste que no soy un fetichista con respecto al objeto libro. No venero lo externo, que podría asociarse a la epidermis, sino lo sustancial que hay en él, lo que se esconde tras sus páginas, la sangre del libro. Digo la sangre, porque para penetrar en la hondura de un libro no existe otro medio más efectivo que leerlo de principio a fin, así como para encontrarse con un manantial de glóbulos rojos (con el agua de la serpiente), sólo hay que perforar la capa exterior destinada a protegerlos.

Comentaba Borges en una de sus conferencias, que Ralph Waldo Emerson escribió en alguna parte que una biblioteca es algo así como una caverna mágica atiborrada de difuntos. Y esos difuntos pueden volver a ver la luz, pueden ser devueltos a la vida cuando alguien abre sus páginas. Y es que, pese a la aclaración inicial, pese a saber que las ideas trascienden al formato y no se matan, muchos somos los que sufrimos horrores cuando vemos las hogueras de libros en la Bebelplatz de Berlín, cuando pensamos en la barbaridad perpetrada en la biblioteca de Alejandría. Entonces, es inevitable sentirse como el Guy Montag de Bradbury luchando contra el Sabueso Mecánico del Departamento de Incendios y su mortífera inyección hipodérmica, aunque seamos perfectamente conscientes de que don Quijote y Sancho seguirán existiendo, a pesar de que una bestia pretenda calcinar sus aventuras. Con todo, la conclusión inmediata es que las palabras de Heinrich Heine no fueron caprichosas: Ahí donde se queman libros se acaban quemando también seres humanos.

De este modo, arribo a lo que en verdad quería manifestar: pareciera que en estos vertiginosos tiempos en los que las interconexiones digitales y el infinito universo virtual que supone Internet, se han encargado de generar nuevas práctica culturales, el soporte que representa el objeto libro está en vías de extinción, o bien, condenado a convertirse en un mero anacronismo propio de nostálgicos incurables. El antropólogo Néstor García Canclini se pregunta al respecto: ¿No ofrecen los libros una experiencia más densa de la historia, de la complejidad del mundo o de los relatos ficcionales que la espectacularidad audiovisual o la abundancia fugaz de la informática?

Un amigo, exultante, me comentaba hace pocos días, que había terminado de descargar la totalidad de no-sé-qué saga literaria, no editada en la Argentina. Yo procedí a felicitarlo, como corresponde, dado que se mostraba muy alegre, pero en el fondo, esta simpleza me hizo reflexionar sobre por qué me opongo férreamente a leer un e-book, y me mantengo fiel al formato tradicional, cuando para otros supone la oportunidad y la plenitud a la vez.

En mi anecdotario particular se destacan: la aproximación inicial desde lo corpóreo –y conservar en la memoria la ciudad o la librería en que se lo adquirió, las circunstancias personales del momento–; el fisgonear con delicadeza sus páginas, con el índice o el pulgar danzando entre las oraciones; el inhalar los variados aromas de su interior –y recordarlos cuando los releemos después de muchos años–; el subrayarlos, remarcarlos o escribirlos –para luego, con el paso del tiempo, y gracias a esas huellas, comprobar mudanzas y persistencias en cuanto al ideario lector–; el encontrarse con ellos cada día, con renovados bríos, pero con la tranquilidad de saber que están ahí, ya sea en la mesita de noche cuando los leemos, ya sea en la interioridad de la biblioteca cuando les asignamos un descanso; el ejercer de forma sutil el arte de la crítica al ordenarlos en los estantes; el recibirlos como el pastor a una oveja desperdigada cuando nos los devuelven (si es que nos los devuelven, lo que significa una excepción, claro está); el protegerlos con esmero de la humedad y de insectos tan despreciables como el lepisma saccharina o el psocoptera; el introducirle innumerables clases de cosas extrañas a modo de marcadores, desde flores hasta papel higiénico todo es posible… y así podría seguir enumerando características de la relación que los libros y yo mantenemos desde hace años, pero no es mi intención continuar idealizándolos en abstracto, porque va a dar la sensación que la negación inicial es falsa, y se concluirá que sí soy un fetichista. Además, debo enviar este texto, a fin de que algún desventurado lo lea. Por lo pronto, yo me voy a aprovechar mejor mi tiempo: me aguardan en la mesa de luz, con aroma a tinta fresca y todo su peso literario, quinientas páginas que por poco equivalen a un kilo, con cuentos de Dashiell Hammett. Bon appétit.

Categorías: Actualidad · General · Literatura

La pérdida de la mesura antes de la probable asunción

Septiembre 28, 2007 · 5 comentarios

A un mes de las elecciones presidenciales en la Argentina, las primeras de ese tipo en las que voy a tener ocasión de emitir el sufragio, o de ejercer mis derechos políticos como ciudadano mayor de edad, soy presa del más radical escepticismo, la duda me carcome. Sé perfectamente a quien no voy a votar, pero por el contrario, no encuentro un candidato que logre convencerme de forma total ni que me produzca un renovado brío de esperanza. Como es lógico, algunos me generan mayores expectativas que otros, pero lo cierto es que terminaré eligiendo por descarte, no al mejor, sino al “menos peor”, tal como se dice popularmente.

Con todo, mi intención es remarcar la suma de mayúsculos desatinos en los que ha venido reincidiendo, con la torpeza propia de una persona obstinada, la señora Cristina Fernández de Kirchner, quien con toda seguridad será la próxima presidenta de este país donde vivo. Podría confeccionar algo semejante a un inventario, aunque para no agobiar, me limitaré a mencionar algunos sucesos acaecidos recientemente.

Es preciso señalar que la calidad de las instituciones argentinas ha sufrido un deterioro enorme en los últimos tiempos. Menoscabo que indubitablemente se ha visto acentuado durante la actual administración, que amparada en el manto protector-justificatorio de la coyuntural y extendida bonanza económica, ha perpetrado y avalado abusos, ha traspasado barreras que ni si quiera en la etapa más censurable del menemismo se perforaron. Por citar un ejemplo que reviste una gravedad suprema, pese a que se le asigna nula importancia, Néstor Kirchner es el presidente que mayor cantidad de decretos de necesidad y urgencia dictó en la historia de la nación, superando todos los récords que ostentaba su ex compañero Carlos Menem –quien estuvo diez años y medio como primer mandatario, lo que significa más del doble de tiempo que K.– en la materia. Un decreto de necesidad y urgencia, vale decir, y como su nombre lo indica, es una herramienta que se le concede al Poder Ejecutivo para sortear el procedimiento legislativo en casos de extremo apremio. Lo que debería ser una excepción, se ha convertido, bajo esta gestión, en principio absoluto, y lo que hace el Presidente no es otra cosa que legislar a sus anchas, tomándole el pelo a la mayoría de los senadores y diputados –acólitos a él, en su mayoría, y que por ende se lo dejan tomar (al pelo) con gusto–, pero sobre todo, a la ciudadanía en general, haciendo caso omiso del principio republicano de la división de los poderes públicos. Hace algún tiempo propuse, en atención a lograr un ahorro significativo en los gastos presupuestarios del Estado, y en un acto de sinceramiento oficial y colectivo, proceder a cerrar definitivamente el Congreso y mandar a los centenares de legisladores aburridos, nuevamente a sus casas, sin fueros y sin goce de sueldo, a que encuentren alguna tarea más productiva a la que dedicarse, dado que su presencia en los recintos supone una completa pérdida de tiempo. Y se sabe, la vida es corta.

Volviendo a la señora Cristina Fernández de Kirchner, a muchos les sorprende comprobar que no concede ninguna clase de entrevistas a medio periodístico argentino alguno (para la revista Time, no obstante, parece que sí tiene tiempo de sobra), imitando las peores costumbres de su marido. Mucho menos, es claro, podría acceder, como se realiza en las principales democracias del mundo, a participar en un debate público con los restantes candidatos, que sí están dispuestos a tal intercambio de plataformas políticas. Sucede que la señora Kirchner no ha sido instalada como candidata oficialista, desde que se develó que aspiraría a suceder a su cónyuge, sino directamente como la presidente electa, antes de los comicios. Siendo así, ¿qué sentido tiene arriesgar su “imagen”, ¿qué necesidad hay de cumplir con las mínimas obligaciones republicanas?

Realizo esta afirmación valiéndome del examen de su proceder en los últimos meses. ¿En calidad de qué viaja esta mujer a toda visita oficial o concurre como oradora a todo acto público? K. mezcla los asuntos del Estado con la campaña electoral de un modo tan manifiesto, y sin embargo todo el mundo le hace la vista gorda, que a mí sólo me produce asco. Resulta aberrante que la máxima autoridad de un país quebrante lo que establece la ley con semejante descaro: en sus habituales actos de gobierno, en los que se despacha burdamente contra todos los sectores o ciudadanos que no comparten sus ideas, también pide el apoyo en las urnas para su señora, infringiendo así el Código Electoral, que, con tino, prohíbe la utilización de actos oficiales de gestión para promover el voto a un determinado candidato.

Por otro lado, desde que decidió ser la próxima presidente de los argentinos, Cristina Fernández de Kirchner ha realizado una “instalación internacional” que consistió en una gira por ocho países, a saber: Francia, Venezuela, Alemania, Austria, España, Ecuador, México (en dos ocasiones) y Estados Unidos. En esos estados, la senadora maneja un programa de actividades típico de mandatarios electos, utilizando además recursos públicos para financiar éstas actividades. Así es que se ha echado mano indiscriminadamente de personal de ceremonial, traductores, fotógrafos, camarógrafos, taquígrafos, voceros, secretarias oficiales, a la par que se usaron viáticos, automóviles y aviones de propiedad estatal. Desde luego, el resto de los candidatos, los que competirán con ella dentro de un mes, no gozan de ésas posibilidades.

Y, para finalizar, al mismo tiempo que Cristina Fernández de Kirchner diserta en New York sobre la extraordinaria tasa de crecimiento desde que presiden la Argentina, el país, no conforme con el honor de que su corrupción sea percibida como desenfrenada de acuerdo con el informe anual de Transparencia Internacional, ahora suma la mención especial de ser considerado entre los menos competitivos del mundo, por debajo de, por ejemplo, Bangladesh y Nigeria, lo que significa toda una epopeya.

Categorías: Política

La patria literaria

Septiembre 26, 2007 · 6 comentarios

Dos extremos. Un amigo, hace no mucho tiempo, se dirigió a mí, a través de una correspondencia informática (¡qué expresión tan fea!, me hace recordar a “transferencia de información” o “transferencia de archivos”), como compatriota literario. Pocos encabezados he encontrado más hermosos (y sutiles) que éste, sobre todo, considerando que él y yo no tenemos idéntica nacionalidad política, pero sí –y esto es lo verdaderamente significativo– compartimos una especie de fervor que acaricia la devoción por las letras, y en especial, por su máxima expresión artística: es decir, la literatura.

La altísima humanidad cuyo nombre era Julio caminaba con displicencia, a las dos de la madrugada, de regreso hacia su hogar, en las nunca dormidas calles de Buenos Aires. Cuando pasaba por la esquina de Maipú y Viamonte, escuchó que el vendedor de diarios (porque, se sabe, existen noctámbulos que compran el periódico) le gritaba con entusiasmo: Che, Julio, vení. Che, Julio, vení a hablar. De inmediato, Julio se cruzó, y junto a un amigo del diariero, se metieron en el bar de enfrente. Allí, los tres discutieron, entre cafés y cigarrillos, sobre ideología y política. El vendedor de diarios no terminaba de comprender las razones por las que Julio vivía lejos de allí, lejos de Buenos Aires, lejos de la Argentina. Le decía, como tratando de dejar ver una verdad que se caía de madura: ¿No sabés que la Argentina es el mejor país del mundo?. Dos extremos.

Cuando Borges era joven –que, aunque muchos no salgan de su asombro, alguna vez lo fue–, escribió versos de los que luego manifestó avergonzarse. Sin embargo, considero que la mayoría de ellos no tienen nada, absolutamente nada, de olvidables.

Hablan de patria: Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada. La oración evidente del sauzal en los atardeceres.

Siguiendo con la historia de Julio y el vendedor de diarios, el primero le contestó: Mirá, estás equivocado: que yo viva lejos –puedo tener mis motivos- es un problema, pero en lo que estás equivocado es en afirmar, como lo estás afirmando, engolando la voz, que la Argentina es el mejor país del mundo. La Argentina no es el mejor ni el peor país del mundo. La Argentina es un país como todos los países del mundo. Pensá que en este momento en que vos decís esto hay un mexicano que dice: México es el mejor país del mundo. Y hay un peruano diciendo: Perú es el mejor país del mundo. ¿Te das cuenta que eso nos está desuniendo en vez de juntarnos? Claro que es un hermoso país, pero no el mejor del mundo. Y mientras no nos quitemos esa tontería de la cabeza y se la quiten los mexicanos o los peruanos le haremos el juego al enemigo, que busca –es uno de sus caminos- dividirnos por el lado del nacionalismo.

Quizá Cortázar, que es el Julio de la anécdota, haya tejido su reflexión desde un enfoque extremadamente político e ideológico. No obstante, eso no le quita ni un ápice de validez a la esencia de su idea. Es probable que cada día, un nacido en Francia, un nacido en Cuba, un nacido en Bélgica y un nacido en Argentina (países en los que él dejo, de alguna manera, una huella profunda, pero que podría ser cualquier otro del mapamundi) se hermanen por el milagroso acontecimiento de estar transitando al mismo tiempo por las páginas de Rayuela, sin ordenes lógicos, sin límites territoriales, y con el común denominador de concebir a la literatura como la única patria inagotable, como la única patria posible.

Categorías: Literatura

La estafa que Orwell anticipó

Septiembre 24, 2007 · 8 comentarios

Es demasiado prematuro tratar de decir de qué manera exactamente el régimen ruso se destruirá a sí mismo… Pero en cualquier caso, el régimen ruso o se democratizará o perecerá. (George Orwell, 1946).

Leí Animal Farm con dieciocho años. Podría haberlo disfrutado de igual manera con quince, o quizá con doce. En otras palabras, se trata de un libro inmenso, ilimitado, tanto en lo concerniente a la edad de los lectores, como en lo que atañe a la universalidad de su idea central: el poder sin límites pervierte, genera podredumbre y corrupción. Sin embargo, y pese a que Orwell se cuidó, al confeccionar una fábula, de no dar nombres propios, es sabido que la misma se refiere al comunismo imperante en la Rusia de Stalin. Yo analicé el libro desde este último punto de vista, pero, como he dicho antes, su validez es transferible a cualquier régimen totalitario que plague una región del mundo.

Desde que pude conocer el ideario y la vida de George Orwell, me ha causado profunda admiración su capacidad de anticipación y su coherencia como pensador. En el año 1944, desde su columna del “Tribune”, decía: Ante todo, un aviso a los periodistas ingleses de izquierda y a los intelectuales en general: recuerden que la deshonestidad y la cobardía siempre se pagan. No vayan a creerse que por años y años pueden estar haciendo de serviles propagandistas del régimen soviético o de otro cualquiera y después pueden volver repentinamente a la honestidad intelectual. Esto es prostitución y nada más que prostitución. En marcado contraste, entonces, con ensalzados y reconocidos escritores contemporáneos, Orwell jamás tuvo una palabra elogiosa para Stalin, ni atravesó un período de apoyo al totalitarismo implementado en la URSS entre 1924 y 1953. Por el contrario, manteniendo un pensamiento tendiente al igualitarismo, percibió (como pocos) la patraña que suponía el dirigismo y el dominio absoluto del poder, el engaño que significaba la propiedad estatal, y el fraude que representaba la tesis marxista disfrazada de un racionalismo incuestionable como sustento de un sistema policíaco, terrorista y belicista. Como afirma el periodista británico Christopher Hitchens: … él ya era un experto a la hora de detectar las excusas corruptas o eufemísticas con que se justificaba el poder inmerecido o irrestricto.

La alegoría que traza Orwell en Animal Farm es perfecta (por su sencillez, por su brevedad, por su mordacidad, por su contundencia), y como él mismo manifestó, fue el primer libro en el que fusionó el propósito político y el propósito artístico en un todo. Así, la obra no se reduce a la crónica de la artimaña revolucionaria, de la traición de una elite a sus compañeros de lucha, sino que campea en cuestiones valiosas como la manipulación del pasado y la farsa dialéctica que procura reivindicar la antítesis de lo que primitivamente propugnaba.

Quiera Dios que en el mundo sigan existiendo pensadores comprometidos y honestos intelectualmente como George Orwell, que puedan sostener sus principios esquivando cegueras y obstinaciones, para mantenerse verdaderamente insobornables y libres. Es reconfortante que un hombre de izquierda haya, a través de sus actos, a través de su literatura, a través de sus ideas, contribuido a derrotar a una de las más crueles estafas erigidas en nombre del pueblo oprimido.

Categorías: Literatura · Política

Liborio Justo, un trotskista de verdad

Septiembre 22, 2007 · 7 comentarios

La historia política argentina brindó al mundo un personaje que se ha convertido en una especie de dudoso estandarte del concepto de “resistencia”, en “el símbolo” de la redención revolucionaria, en un representante universal de disímiles movimientos izquierdistas y anticapitalistas, y a la vez, por más paradójico que pueda parecer, en quizá uno de los mayores iconos contemporáneos del marketing. Todo el imaginario popular, todas las fantasías colectivas, toda la mitología montada en torno al Mesías guerrillero (especialmente por los jóvenes), suena muy bonito, no lo niego, a los oídos. Sin embargo, la realidad esconde circunstancias que algunos prefieren pasar por alto, y que otros simplemente desconocen, sobre la persona de Ernesto “Che” Guevara, cuya prostituida imagen ha sido apropiada por el mercado, y reducida a objeto de consumo; otrora emblema de la rebeldía, hoy metáfora de la sociedad capitalista que todo lo engulle.

Con todo, mi intención no es sacar a la luz el accionar no tan romántico (en otras palabras: criminal) de Guevara, sino reivindicar la figura de otro personaje de la historia argentina, marxista también, pero que se refugió, a lo largo de sus 101 años de vida, prácticamente en el más absoluto y deliberado anonimato.

Liborio Justo, a él me refiero, fue un apasionado militante de la izquierda trotskista, que nunca traicionó sus altruistas ideales, y permaneció convencido de ellos hasta los postrimeros días de su fecunda existencia. Fue peón de obraje en el Paraguay, y allí soportó aberrantes condiciones de explotación; fundador de una de las primeras agrupaciones trotskistas argentinas (Liga Obrera Revolucionaria); viajero perseverante por regiones desiertas (navegó en balleneros noruegos por los helados mares australes; en un buque petrolero recorrió las costas de la Patagonia hasta la isla de los Estados, y luego llegó hasta las islas Georgias del Sur junto a una comisión científica; atravesó la cordillera de los Andes y la provincia de Misiones a lomo de mula); también fue fotógrafo, historiador, autor de ficciones y ensayista, a la par que participó con entusiasmo en la Reforma Universitaria de 1919, entre otras actividades.

Nada de lo indicado tendría mayor relevancia si no se mencionara que Liborio Justo no era un ciudadano común y silvestre. Por el contrario, había nacido en el seno de una familia aristocrática, con antepasados estancieros y militares, gozando de todas las comodidades habidas y por haber, educado en un medio católico y conservador (estudió en el selecto colegio LaSalle). “Un niño mimado por la vida”, que diría Settembrini, el personaje de Thomas Mann. Pero este panorama seguiría quedando incompleto si no se hace referencia a que su padre, el general Agustín Pedro Justo, fue presidente de la república entre 1932 y 1938, durante la mayor parte del período conocido como la “Década Infame”: en aquella etapa, los procesos eleccionarios estuvieron signados de modo sistemático por el fraude, como una solución “patriótica” para evitar el regreso de la “chusma demagógica”; se desnacionalizaron progresivamente los resortes claves de la economía; la oposición dejó al descubierto resonantes casos de corrupción en complicidad con frigoríficos ingleses. Todo enmarcado en un predominante clima de apatía y escepticismo ciudadano.

Liborio desafió los mandatos familiares contrayendo matrimonio con una muchacha judía de condición humilde: la había conocido en una fiesta del Partido Comunista. En un principio, experimentó profunda admiración por el modelo estadounidense, y llegó a pensar que allí podría estar el futuro del continente americano, mas luego, cuando viajó a dicho país en 1934, se sintió completamente decepcionado, al contemplar de cerca los efectos desoladores del crack financiero. Su hija Mónica relata al respecto: Había un movimiento de izquierda norteamericano muy fuerte en esa época y a poco de llegar a New York, Liborio comenzó a participar intensamente en las manifestaciones laboristas, sindicales, antifascistas. La situación lo impactó tanto que compró una cámara fotográfica de segunda mano, una Voigtländer, para documentar lo que veía. Lo hizo solo, como iniciativa personal (la foto de arriba es una de las que tomó durante ése año en la metrópoli).

Quizá la anécdota más sorprendente que gira sobre Liborio Justo sea la siguiente: en diciembre de 1936, Franklin Delano Roosevelt había llegado a la Argentina en visita oficial en ocasión de la Conferencia Interamericana de la Consolidación de la Paz. En ese entonces, como ya he señalado, el presidente argentino era Agustín Pedro Justo. Escribió Liborio en sus memorias: Cuando llegó el momento, el día de la solemne inauguración de la extraordinaria Conferencia, en el instante mismo en que iba a decir su mentira el presidente de los Estados Unidos, por mi voz condenatoria, que resonó con toda su fuerza desde una galería del recinto del Congreso Nacional –donde se realizaba el acto– y que se escuchó claramente por radiofonía en todos los ámbitos del continente, sentí que se expresaban ciento cincuenta millones de latinoamericanos que algún día habrían de repetirlo. Tres palabras bastaron, entonces, para expresarlo todo: ¡Abajo el imperialismo! Y la brillante ceremonia, por un instante, se vio interrumpida. Cuentan también que instantáneamente el presidente Justo cerró los ojos, en gesto de pesadumbre, y murmuró: Ése es Liborio. La revista Times no pasó por alto dicho incidente y tituló su edición de aquel entonces: “The handsome son of President Justo heckled President Roosevelt”. Luego, Liborio fue desterrado por un tiempo a las remotas tierras pampeanas: se entiende, era una espina clavada en la médula de una elite gobernante, de un ideario que perduraría hasta la llegada del general Perón. Murió a los 101 años, sin mayores riquezas que su biblioteca, y con la certeza de no haber derramado ni una sola gota de sangre humana, lujo del que otros no se pueden jactar.

Categorías: Política

El comienzo del fin para los fumadores irrespetuosos en la Argentina

Septiembre 19, 2007 · 7 comentarios

Hace escasos meses entró en vigencia en la Capital Federal, la segunda etapa de la ley 1799, denominada como “ley antitabaco”, que prohíbe fumar en espacios privados de acceso público, haciéndose eco de un criterio claramente preventivo, que se viene adoptando en varios países del mundo. A propósito, el pensador Fernando Iglesias escribió un acertado artículo en su blog, cuyo único error se halla en el título: “El fin de la patria fumadora”. En efecto, la terminación de lo que él llama “patria fumadora” sólo se consumará, en cierta medida, cuando se sancione la Ley Nacional Antitabaco (porque la Argentina no se reduce al ámbito de la ciudad de Buenos Aires, aunque muchos parecen no enterados todavía). En la provincia donde estudio, Santa Fe, la ley ya rige desde hace tiempo; y en la provincia donde vivo, Entre Ríos, el proyecto se encuentra en pleno debate.

Desde niño he sentido una inmutable repugnancia hacia el irritante olor despedido por el cigarrillo. No sólo me ocasiona mareos, dolor de cabeza y mal humor, sino que me genera un profundo malestar el ser conciente que la adicción de otros provoca un genuino y severo daño a mi salud. Considero que a esta altura del siglo XXI, con los innumerables estudios científicos realizados y las estadísticas irrefutables, el fumar delante de una persona que no padece ese vicio, es un acto violento y autoritario, en el que se invade nocivamente el ámbito de la libertad ajena. Y para aquellos que postulan que igual tesis se puede utilizar para justificar a los fumadores, ¿acaso se considera una violación de la libertad individual, impedir el suicidio? Con idéntica y falaz construcción argumental podría lanzarse tranquilamente una campaña reclamando el “legítimo derecho” a defecar en recintos públicos.

Para muchos, el cigarrillo a lo Humphrey Bogart es un signo inequívoco de virilidad. Yo prefiero buscar la masculinidad en aspectos más positivos, pero tal vez a causa de esta falsa creencia es que encuentro aún más detestable (como mero hecho estético) el observar fumar a una mujer. En ambos casos, de todos modos, se trata de un aciago estado de dependencia que nunca debió iniciarse. La supuesta sensualidad que emana del tabaco, incluso juzgándola verdadera, es un fundamento irracional y por demás desatinado, ante el triste espectáculo del cáncer de pulmón, entre otras calamidades, destruyendo y cobrándose vidas a un ritmo espantoso.

Y como si esta aglomeración de males fuera escasa, hay que adicionarle asimismo el asqueroso tufillo tóxico que desprende esta porquería mortal, y que invade no sólo las fosas nasales, sino que se impregna, cual sanguijuela, en la ropa, en el pelo y se expande asaltando todo el ambiente.

Reproduciendo las palabras de Fernando Iglesias: Nadie va a impedir a nadie entrar a ningún lado. No se discriminará a las personas, sino a sus cigarrillos encendidos. Que los fumadores sean incapaces de establecer distinción alguna entre ambos lo dice todo sobre su calamitoso estado de enfermedad y dependencia. Entrar a un lugar sin prender sus apestosos petardos les parece tan innatural como hacerlo desprovistos de cabeza.

Los datos acerca de que los actualmente niños en el país, en su mayoría, rechazan de forma abierta al cigarrillo y son conocedores de las consecuencias que provoca, son por demás alentadores. Ojalá, en menos de una década tengamos la necesaria Ley Nacional Antitabaco (que algunos legisladores se empeñan en postergar) cumpliéndose en todo el territorio, y los índices poblacionales de fumadores desciendan drásticamente. Y por cierto, no hay que dejar de ver la magnífica película The Insider, de Michael Mann.

Categorías: Actualidad · General

El triunfo de la voluntad en Papillon

Septiembre 17, 2007 · 9 comentarios

Hay películas que, por los caprichosos designios de la memoria (o no), quedan incrustadas en nuestras mentes, sin querer marcharse. Papillon, de Franklin J. Schaffner, fue uno de los exiguos filmes que se empecinó en estancarse, en adherirse a mi cabeza, cual sanguijuela sobre la piel, hasta el día de hoy. Recuerdo con relativa nitidez que me impresionó excesivamente cuando la vi por vez primera, teniendo yo no más de diez años. Sospecho que mi edad de aquel entonces, y la temática abordada, fueron las causantes de semejante huella. Hace poco tiempo, volví a visionarla, luego de una década de espera, entre angustiosa y expectante.

Antes que nada, me parece pertinente finiquitar un debate francamente torpe e infructuoso que he tenido ocasión de escuchar: el que Henri Charrière, conocido como Papillon, haya sido culpable o inocente del homicidio que se le imputó, poca importancia posee, a efectos prácticos. Se trata, en definitiva, de un dato anecdótico.

La historia, basada en el libro escrito por el mismo Charrière, es atrapante y cargada de verdaderas dosis de emotividad, de principio a fin. El protagonista es condenado por el supuesto delito antes mencionado, y trasladado en barco, junto a otros detenidos, a una prisión en la Guayana francesa.

Papillon, notablemente interpretado por Steve McQuenn (en quizá, la mejor actuación de su carrera), antes de arribar al terrible predio carcelario, ya está maquinando la posibilidad de fugarse. Es decir, las ansias de libertad aparecen en él desde un primer momento, aunque lógicamente se irán acrecentando con el correr del tiempo y de las torturas. Louis Dega se transforma, a bordo, en socio de Papillon, al ofrecerle protección a cambio de dinero, que el personaje frágil y corto de vista (caracterizado por un singular y maravilloso Dustin Hoffman), lleva en su interior.

Lo que se inicia como un mero acuerdo de intereses recíprocos, concluye como una sólida y entrañable amistad entre dos hombres sumamente desiguales (por momentos se me figuraron ciertas reminiscencias al dúo cervantino), pero hermanados en solidaridad y compañerismo. A lo largo de los años, ambos padecerán a causa del otro, sin mínima queja. Por ejemplo, el confinamiento que Papillon soporta, estoico, es una de las pruebas de lealtad más conmovedoras que jamás he observado en la pantalla de cine; los minutos que resumen esos dos años de aislamiento –la película se centra con exclusividad en el primero–, son durísimos, aterradores, de lo mejor de la película (las imágenes de sus delirios están muy logradas). Imposible no solidarizarse con un hombre humillado hasta extremos en los que la palabra “infrahumano” queda diminuta.

Las vicisitudes posteriores nunca disminuyen en atracción: la huida junto a un homosexual; la ayuda recibida por un conjunto de leprosos; la estancia junto a un grupo aborigen, y la traición infringida por una monja, son acontecimientos llamativos, dignos de análisis. Tal vez Schaffner se haya excedido con la duración de la cinta, pero la misma consigue transmitir una temblorosa inquietud en todo momento.

Me figuro que la ponderación que he formado, desde los diez años, sobre el héroe del film, se debe, principalmente, a su instinto por la supervivencia, a su lucha indómita, a su firme voluntad de no bajar los brazos. Sin cesar admiré esa cualidad, que juzgo magnífica; tal vez por carencias propias, tal vez por indescifrables razones.

El desenlace es tan o más emotivo (y sorprendente) que el resto del filme. La música de Jerry Goldsmith no consigue sino multiplicar esa sensación estremecedora que envuelve a toda la historia. Y es que no nos enfrentamos sólo a una película carcelaria, a la crónica de una fuga o una interesante dosis de acción y suspenso. McQueen y Hoffman recrean la epopeya de un individuo (con sus miserias y grandezas), que configura indudablemente, la base de toda su existencia.

Nada justifica el barbárico y atroz sistema penitenciario implementado por Francia en la Guayana. La declaración Universal de los Derechos Humanos, dictada por la Asamblea General en 1948, establece en su artículo 5, que nadie será sometido a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes. Por eso afirmaba que nula trascendencia tiene, a estas alturas, si Henri Charrière fue realmente homicida o no.

Creo percibir cierto tono épico en toda la narración. Que nos haya hecho llegar tal como ocurrieron todas sus instancias, o que haya inventado algunos sucesos, tampoco goza de real consideración. Papillon será, al menos para el niño que fui, un ser heroico, un batallador inclaudicable, un inconformista nato, un Ulises moderno. Como más o menos rezan las palabras finales, él encontró su ansiada libertad, mientras que el monstruoso sistema carcelario francés no logró sobrevivir.

Papillon (EE.UU., 1973).
Director: Franklin J. Schaffner.
Intérpretes: Steve McQueen
, Dustin Hoffman, Victor Jory, Don Gordon, Anthony Zerbe.
Calificación: 7,75.

Categorías: Cine