Vagabundeo resplandeciente

La Academia Sueca debería sentirse avergonzada

Septiembre 2, 2007 · 8 comentarios

Que me disculpen poetas como Antonio Machado, César Vallejo, José Lezama Lima, Federico García Lorca, Pablo Neruda, Mario Benedetti, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Gabriela Mistral, Juan Ramón Jiménez, Alejandra Pizarnik, y el número uno de todos ellos: Rubén Darío. Del mismo modo, que me indulten narradores como Miguel de Unamuno, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Pío Baroja, Camilo José Cela, Juan Rulfo, Juan Goytisolo, Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Juan Carlos Onetti, Octavio Paz, Carmen Laforet, Adolfo Bioy Casares, Augusto Roa Bastos, Mario Vargas Llosa, Ernesto Sabato y Carlos Fuentes, entre otros notables.

Reitero, que sepan eximirme de explicar por qué ninguno de ellos puede ser considerado, sin que se cometa un atropello, el máximo representante de la lengua española durante el finiquitado siglo XX. Dicho honor le cabe a un hombre que nació, precisamente, pocos meses antes de que se iniciara la vigésima centuria después de Cristo.

Hace muy poco tiempo, Günter Grass sorprendió a unos cuantos al “confesar” su participación en las filas de la Waffen SS nazi. No faltaron aquellos que, con alarde y suficiencia, condenaron al escritor alemán, recurriendo a heterogéneas clases de argumentaciones. Así es que me cansé de escuchar voces escandalizadas, dedos pontificadores en alto, y hasta pedidos extravagantes; con probabilidad, provenientes, en su mayoría, del círculo de enemigos que Grass se granjeó a lo largo de su exitosa carrera. La “atroz monstruosidad” que cometió, fue vestir un uniforme, al igual que millones de compatriotas (como el mismísimo Joseph Ratzinger, sin ir más lejos), con diecisiete años, mientras se orinaba de miedo en sus pantalones, para terminar capturado por las fuerzas estadounidenses. Algunos lo maltrataron a causa del gran lapso de tiempo que transcurrió hasta que finalmente decidió revelar aquellos tristes episodios de juventud; yo afirmo, junto con John Irving: ¡Como si hubiera existido un momento en el que no se lo hubiera criticado por ello! Soberanas hipocresías, que tuvieron su colofón en la solicitud de renuncia al premio Nobel que le habían otorgado en el año 1999. Yo me pregunté en su momento: ¿Acaso cada letra que escribió, cada frase que nos regaló, tiene menos valor, transmuta de bella a horrible, de un día para el otro? Es fácil levantar el dedo y sermonear en el siglo XXI sobre el nazismo; felizmente, Grass lo hizo antes. Y de esa manera, con novelas como El tambor de hojalata, logró reivindicarse con creces, mucho mejor de lo que cualquiera lo haría, de una breve pero significativa circunstancia (que, como afirmaba John Berger: “fue elección y accidente”) de la que, evidentemente, se avergonzó, y se avergonzará hasta el final de sus días. Sólo queda sumergirse en la intensidad de Pelando la cebolla, y comprobar la honestidad que trasluce Grass en sus páginas, sobre su deshonestidad pasada. Si luego de dicha lectura uno quiere que a Günter Grass le quiten su premio Nobel de Literatura, es solamente porque ésa persona de literatura entiende bien poco, o, en su defecto, porque no fundamenta su juicio en una crítica literaria sino ideológica.

El millonario Alfred Nobel, al instituir los lauros que llevan su apellido, y refiriéndose exclusivamente al galardón literario, estableció que éste se le otorgaría a quien haya producido en el campo de la literatura la obra más destacada en la dirección ideal. Sin embargo, a lo largo de su historia, la Academia ha seguido con fidelidad tal precepto sólo de forma esporádica. Prueba fehaciente e inequívoca es el desconocimiento de obras como las de Marcel Proust, León Tolstói, Franz Kafka, Henrik Ibsen o Vladímir Nabókov. Por contraposición, se le otorgó el mentado premio a Winston Churchill; es decir, un despropósito del tamaño del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.

Quizá sir Churchill alguna vez concibió versos como éstos, quién sabe: ¿Qué errante laberinto, qué blancura ciega de resplandor será mi suerte, cuando me entregue el fin de esta aventura la curiosa experiencia de la muerte? Quiero beber su cristalino Olvido, ser para siempre; pero no haber sido.

La tradición escandinava, además de la diplomática distribución geográfica de los laureados (por cierto, señores jurados: se siguen olvidando de Groenlandia: a ver si lo subsanan a la brevedad), consistió en premiar, por ejemplo, a un filósofo existencialista que alguna vez apoyó el totalitarismo de Stalin en la URSS, de Mao Zedong con la Gran Revolución China, o el accionar de las guerrillas latinoamericanas. Tuvieron la mala fortuna de que éste célebre personaje, con autoridad, se los rechazara.

Comprendo que las mencionadas adhesiones a regímenes y movimientos de clara filiación marxista-leninista se consideren como pequeños deslices que en nada afectan la calidad literaria de una obra vasta y profunda. Y he terminado por entender también, porque así funciona la lógica del unánime criterio que prevalece en el seno de la Academia Sueca, que un escritor que se entrevistó con Augusto Pinochet y Jorge Rafael Videla, no merece recibir tamaña distinción. Poco importa que haya escrito las páginas más memorables y perfectas de la historia de un idioma que hablan alrededor de quinientos millones de personas en el planeta.

García Márquez se equivocaba, en 1980, cuando escribía: Ahora, al cabo de una penitencia injusta, ha vuelto a aparecer (su nombre), y nada nos gustaría tanto a quienes somos al mismo tiempo sus lectores insaciables y sus adversarios políticos que saberlo por fin liberado de su ansiedad anual. Se confundía el colombiano amigo de Fidel Castro (y premio Nobel de Literatura, por cierto), dado que tal ansiedad, en rigor, no existía. El máximo representante de la lengua española durante el siglo XX, en efecto, alguna vez dijo: Lo importante es la hombría de bien, ser un caballero que no sacrifica lo que piensa por un premio. El único premio que estaba a su altura, ya lo obtuvo hace más de dos décadas: habitar sempiternamente, junto a ellos, en el altar de la biblioteca de Babel reservado a Shakespeare, Dante y Cervantes.

Categorías: Literatura