Vagabundeo resplandeciente

La pornografía versus el poder de la imaginación

Septiembre 5, 2007 · 18 comentarios

A veces me cuestiono porqué será que la pornografía nunca me gustó. Salvo la entendible y briosa curiosidad que asoma al adentrarse en la adolescencia –de la que todavía no he logrado salir, que conste–, cuando uno está ávido de descorrer la cortina que ha estado vedando el panorama infantil, ya jamás me he sentido incitado a recurrir a la pornographie, no he cedido ante sus “encantos”, tan indispensables, pareciera, para el hombre medio de la actualidad.

Muchas veces he escuchado que el límite entre pornografía y erotismo es una cuestión de naturaleza subjetiva. Sin embargo, considero que esa afirmación, en el tiempo histórico que nos toca vivir, ha quedado condenada a ser un mero anacronismo que por ende, ya no goza de vigencia alguna. Quizá hace medio siglo la frontera era más sutil, menos nítida, por lo que era difícil precisar donde terminaba la sensualidad y comenzaba el impudor. Eso hoy ya no motiva ni la más mínima discusión. Y tan radical vaivén resulta extensivo a otras disciplinas, tal como el mismo cine. Pero concentrémonos en lo que nos ocupa.

El factor detonante del viraje mencionado ha sido, sin duda, Internet. En la actualidad cualquier persona con acceso a la Red puede disponer, desde la comodidad de su hogar, de un menú infinito, que se extiendo a lo largo y ancho del globo, de oferta sexual explícita y minuciosa. Todo, absolutamente todo lo que se pueda imaginar está organizado de forma escrupulosa, para que uno disfrute sin rendir cuentas a nadie. ¿Al señor le apetecen las jóvenes vírgenes filipinas? Pues su delectación se encuentra a dos clicks de distancia.

¿Quién es la víctima (metafórica) de la existencia y proliferación de esta gran carta virtual indiscriminada? No hay misterios: la imaginación. La pornografía en Internet está matando la imaginación de las personas. El más afamado fotógrafo de noche de la ciudad donde nació y murió Voltaire afirmó en alguna ocasión: La noche insinúa, no muestra. Se me antoja que la diferencia entre erotismo y pornografía es tan grande como la que existe entre la noche y el día respectivamente, pese a que se mezclan en algún punto fugaz.

La metonimia no es una metáfora: más bien es una forma de designar una parte en representación del todo. Al leer a Borges uno va a toparse a cada rato con metonimias sublimes. Y ya que rumbeé para lo estrictamente literario, Ernest Hemingway postuló la famosa teoría del iceberg, que no puede ser asimilada tan sólo con la economía narrativa. La figura, tan hiperbólica, del témpano, es muy representativa, sin embargo, al respecto: Siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del iceberg. Hay nueve décimos bajo el agua por cada parte que se ve de él. A buen entendedor, pocas palabras…

Marcos Mayer, periodista argentino, escribió: La suma lleva a que las escenas sean plenas, y que el claroscuro muera bajos los focos. Cuando no hay partes y todo es todo, la imaginación se entretiene durmiendo. Pese a esta epidemia social de voyeurismo expreso, lo solapado, lo irresuelto siempre termina por ser más significativo, más sustancial, cobra más fuerza e intensidad. El imperio de la sugerencia es incomparable. Lo que no se muestra sino que se insinúa, acaba por despertar mis verdaderos bajos instintos. El indicio me erotiza más que lo explicito. ¿O por qué será entonces que aún me deslumbro observando a Lauren Bacall en películas de los cuarenta o cincuenta? Simple: porque todavía creo en el poder de la imaginación. Cuando pierda ese atributo, ya estaré en medio del vulgar rebaño, y podré comenzar a lamentarme.

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