La historia política argentina brindó al mundo un personaje que se ha convertido en una especie de dudoso estandarte del concepto de “resistencia”, en “el símbolo” de la redención revolucionaria, en un representante universal de disímiles movimientos izquierdistas y anticapitalistas, y a la vez, por más paradójico que pueda parecer, en quizá uno de los mayores iconos contemporáneos del marketing. Todo el imaginario popular, todas las fantasías colectivas, toda la mitología montada en torno al Mesías guerrillero (especialmente por los jóvenes), suena muy bonito, no lo niego, a los oídos. Sin embargo, la realidad esconde circunstancias que algunos prefieren pasar por alto, y que otros simplemente desconocen, sobre la persona de Ernesto “Che” Guevara, cuya prostituida imagen ha sido apropiada por el mercado, y reducida a objeto de consumo; otrora emblema de la rebeldía, hoy metáfora de la sociedad capitalista que todo lo engulle.
Con todo, mi intención no es sacar a la luz el accionar no tan romántico (en otras palabras: criminal) de Guevara, sino reivindicar la figura de otro personaje de la historia argentina, marxista también, pero que se refugió, a lo largo de sus 101 años de vida, prácticamente en el más absoluto y deliberado anonimato.

Liborio Justo, a él me refiero, fue un apasionado militante de la izquierda trotskista, que nunca traicionó sus altruistas ideales, y permaneció convencido de ellos hasta los postrimeros días de su fecunda existencia. Fue peón de obraje en el Paraguay, y allí soportó aberrantes condiciones de explotación; fundador de una de las primeras agrupaciones trotskistas argentinas (Liga Obrera Revolucionaria); viajero perseverante por regiones desiertas (navegó en balleneros noruegos por los helados mares australes; en un buque petrolero recorrió las costas de la Patagonia hasta la isla de los Estados, y luego llegó hasta las islas Georgias del Sur junto a una comisión científica; atravesó la cordillera de los Andes y la provincia de Misiones a lomo de mula); también fue fotógrafo, historiador, autor de ficciones y ensayista, a la par que participó con entusiasmo en la Reforma Universitaria de 1919, entre otras actividades.
Nada de lo indicado tendría mayor relevancia si no se mencionara que Liborio Justo no era un ciudadano común y silvestre. Por el contrario, había nacido en el seno de una familia aristocrática, con antepasados estancieros y militares, gozando de todas las comodidades habidas y por haber, educado en un medio católico y conservador (estudió en el selecto colegio LaSalle). “Un niño mimado por la vida”, que diría Settembrini, el personaje de Thomas Mann. Pero este panorama seguiría quedando incompleto si no se hace referencia a que su padre, el general Agustín Pedro Justo, fue presidente de la república entre 1932 y 1938, durante la mayor parte del período conocido como la “Década Infame”: en aquella etapa, los procesos eleccionarios estuvieron signados de modo sistemático por el fraude, como una solución “patriótica” para evitar el regreso de la “chusma demagógica”; se desnacionalizaron progresivamente los resortes claves de la economía; la oposición dejó al descubierto resonantes casos de corrupción en complicidad con frigoríficos ingleses. Todo enmarcado en un predominante clima de apatía y escepticismo ciudadano.

Liborio desafió los mandatos familiares contrayendo matrimonio con una muchacha judía de condición humilde: la había conocido en una fiesta del Partido Comunista. En un principio, experimentó profunda admiración por el modelo estadounidense, y llegó a pensar que allí podría estar el futuro del continente americano, mas luego, cuando viajó a dicho país en 1934, se sintió completamente decepcionado, al contemplar de cerca los efectos desoladores del crack financiero. Su hija Mónica relata al respecto: Había un movimiento de izquierda norteamericano muy fuerte en esa época y a poco de llegar a New York, Liborio comenzó a participar intensamente en las manifestaciones laboristas, sindicales, antifascistas. La situación lo impactó tanto que compró una cámara fotográfica de segunda mano, una Voigtländer, para documentar lo que veía. Lo hizo solo, como iniciativa personal (la foto de arriba es una de las que tomó durante ése año en la metrópoli).
Quizá la anécdota más sorprendente que gira sobre Liborio Justo sea la siguiente: en diciembre de 1936, Franklin Delano Roosevelt había llegado a la Argentina en visita oficial en ocasión de la Conferencia Interamericana de la Consolidación de la Paz. En ese entonces, como ya he señalado, el presidente argentino era Agustín Pedro Justo. Escribió Liborio en sus memorias: Cuando llegó el momento, el día de la solemne inauguración de la extraordinaria Conferencia, en el instante mismo en que iba a decir su mentira el presidente de los Estados Unidos, por mi voz condenatoria, que resonó con toda su fuerza desde una galería del recinto del Congreso Nacional –donde se realizaba el acto– y que se escuchó claramente por radiofonía en todos los ámbitos del continente, sentí que se expresaban ciento cincuenta millones de latinoamericanos que algún día habrían de repetirlo. Tres palabras bastaron, entonces, para expresarlo todo: ¡Abajo el imperialismo! Y la brillante ceremonia, por un instante, se vio interrumpida. Cuentan también que instantáneamente el presidente Justo cerró los ojos, en gesto de pesadumbre, y murmuró: Ése es Liborio. La revista “Times” no pasó por alto dicho incidente y tituló su edición de aquel entonces: “The handsome son of President Justo heckled President Roosevelt”. Luego, Liborio fue desterrado por un tiempo a las remotas tierras pampeanas: se entiende, era una espina clavada en la médula de una elite gobernante, de un ideario que perduraría hasta la llegada del general Perón. Murió a los 101 años, sin mayores riquezas que su biblioteca, y con la certeza de no haber derramado ni una sola gota de sangre humana, lujo del que otros no se pueden jactar.

