Vagabundeo resplandeciente

La patria literaria

Septiembre 26, 2007 · 6 comentarios

Dos extremos. Un amigo, hace no mucho tiempo, se dirigió a mí, a través de una correspondencia informática (¡qué expresión tan fea!, me hace recordar a “transferencia de información” o “transferencia de archivos”), como compatriota literario. Pocos encabezados he encontrado más hermosos (y sutiles) que éste, sobre todo, considerando que él y yo no tenemos idéntica nacionalidad política, pero sí –y esto es lo verdaderamente significativo– compartimos una especie de fervor que acaricia la devoción por las letras, y en especial, por su máxima expresión artística: es decir, la literatura.

La altísima humanidad cuyo nombre era Julio caminaba con displicencia, a las dos de la madrugada, de regreso hacia su hogar, en las nunca dormidas calles de Buenos Aires. Cuando pasaba por la esquina de Maipú y Viamonte, escuchó que el vendedor de diarios (porque, se sabe, existen noctámbulos que compran el periódico) le gritaba con entusiasmo: Che, Julio, vení. Che, Julio, vení a hablar. De inmediato, Julio se cruzó, y junto a un amigo del diariero, se metieron en el bar de enfrente. Allí, los tres discutieron, entre cafés y cigarrillos, sobre ideología y política. El vendedor de diarios no terminaba de comprender las razones por las que Julio vivía lejos de allí, lejos de Buenos Aires, lejos de la Argentina. Le decía, como tratando de dejar ver una verdad que se caía de madura: ¿No sabés que la Argentina es el mejor país del mundo?. Dos extremos.

Cuando Borges era joven –que, aunque muchos no salgan de su asombro, alguna vez lo fue–, escribió versos de los que luego manifestó avergonzarse. Sin embargo, considero que la mayoría de ellos no tienen nada, absolutamente nada, de olvidables.

Hablan de patria: Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada. La oración evidente del sauzal en los atardeceres.

Siguiendo con la historia de Julio y el vendedor de diarios, el primero le contestó: Mirá, estás equivocado: que yo viva lejos –puedo tener mis motivos- es un problema, pero en lo que estás equivocado es en afirmar, como lo estás afirmando, engolando la voz, que la Argentina es el mejor país del mundo. La Argentina no es el mejor ni el peor país del mundo. La Argentina es un país como todos los países del mundo. Pensá que en este momento en que vos decís esto hay un mexicano que dice: México es el mejor país del mundo. Y hay un peruano diciendo: Perú es el mejor país del mundo. ¿Te das cuenta que eso nos está desuniendo en vez de juntarnos? Claro que es un hermoso país, pero no el mejor del mundo. Y mientras no nos quitemos esa tontería de la cabeza y se la quiten los mexicanos o los peruanos le haremos el juego al enemigo, que busca –es uno de sus caminos- dividirnos por el lado del nacionalismo.

Quizá Cortázar, que es el Julio de la anécdota, haya tejido su reflexión desde un enfoque extremadamente político e ideológico. No obstante, eso no le quita ni un ápice de validez a la esencia de su idea. Es probable que cada día, un nacido en Francia, un nacido en Cuba, un nacido en Bélgica y un nacido en Argentina (países en los que él dejo, de alguna manera, una huella profunda, pero que podría ser cualquier otro del mapamundi) se hermanen por el milagroso acontecimiento de estar transitando al mismo tiempo por las páginas de Rayuela, sin ordenes lógicos, sin límites territoriales, y con el común denominador de concebir a la literatura como la única patria inagotable, como la única patria posible.

Categorías: Literatura