A un mes de las elecciones presidenciales en la Argentina, las primeras de ese tipo en las que voy a tener ocasión de emitir el sufragio, o de ejercer mis derechos políticos como ciudadano mayor de edad, soy presa del más radical escepticismo, la duda me carcome. Sé perfectamente a quien no voy a votar, pero por el contrario, no encuentro un candidato que logre convencerme de forma total ni que me produzca un renovado brío de esperanza. Como es lógico, algunos me generan mayores expectativas que otros, pero lo cierto es que terminaré eligiendo por descarte, no al mejor, sino al “menos peor”, tal como se dice popularmente.
Con todo, mi intención es remarcar la suma de mayúsculos desatinos en los que ha venido reincidiendo, con la torpeza propia de una persona obstinada, la señora Cristina Fernández de Kirchner, quien con toda seguridad será la próxima presidenta de este país donde vivo. Podría confeccionar algo semejante a un inventario, aunque para no agobiar, me limitaré a mencionar algunos sucesos acaecidos recientemente.
Es preciso señalar que la calidad de las instituciones argentinas ha sufrido un deterioro enorme en los últimos tiempos. Menoscabo que indubitablemente se ha visto acentuado durante la actual administración, que amparada en el manto protector-justificatorio de la coyuntural y extendida bonanza económica, ha perpetrado y avalado abusos, ha traspasado barreras que ni si quiera en la etapa más censurable del menemismo se perforaron. Por citar un ejemplo que reviste una gravedad suprema, pese a que se le asigna nula importancia, Néstor Kirchner es el presidente que mayor cantidad de decretos de necesidad y urgencia dictó en la historia de la nación, superando todos los récords que ostentaba su ex compañero Carlos Menem –quien estuvo diez años y medio como primer mandatario, lo que significa más del doble de tiempo que K.– en la materia. Un decreto de necesidad y urgencia, vale decir, y como su nombre lo indica, es una herramienta que se le concede al Poder Ejecutivo para sortear el procedimiento legislativo en casos de extremo apremio. Lo que debería ser una excepción, se ha convertido, bajo esta gestión, en principio absoluto, y lo que hace el Presidente no es otra cosa que legislar a sus anchas, tomándole el pelo a la mayoría de los senadores y diputados –acólitos a él, en su mayoría, y que por ende se lo dejan tomar (al pelo) con gusto–, pero sobre todo, a la ciudadanía en general, haciendo caso omiso del principio republicano de la división de los poderes públicos. Hace algún tiempo propuse, en atención a lograr un ahorro significativo en los gastos presupuestarios del Estado, y en un acto de sinceramiento oficial y colectivo, proceder a cerrar definitivamente el Congreso y mandar a los centenares de legisladores aburridos, nuevamente a sus casas, sin fueros y sin goce de sueldo, a que encuentren alguna tarea más productiva a la que dedicarse, dado que su presencia en los recintos supone una completa pérdida de tiempo. Y se sabe, la vida es corta.

Volviendo a la señora Cristina Fernández de Kirchner, a muchos les sorprende comprobar que no concede ninguna clase de entrevistas a medio periodístico argentino alguno (para la revista Time, no obstante, parece que sí tiene tiempo de sobra), imitando las peores costumbres de su marido. Mucho menos, es claro, podría acceder, como se realiza en las principales democracias del mundo, a participar en un debate público con los restantes candidatos, que sí están dispuestos a tal intercambio de plataformas políticas. Sucede que la señora Kirchner no ha sido instalada como candidata oficialista, desde que se develó que aspiraría a suceder a su cónyuge, sino directamente como la presidente electa, antes de los comicios. Siendo así, ¿qué sentido tiene arriesgar su “imagen”, ¿qué necesidad hay de cumplir con las mínimas obligaciones republicanas?
Realizo esta afirmación valiéndome del examen de su proceder en los últimos meses. ¿En calidad de qué viaja esta mujer a toda visita oficial o concurre como oradora a todo acto público? K. mezcla los asuntos del Estado con la campaña electoral de un modo tan manifiesto, y sin embargo todo el mundo le hace la vista gorda, que a mí sólo me produce asco. Resulta aberrante que la máxima autoridad de un país quebrante lo que establece la ley con semejante descaro: en sus habituales actos de gobierno, en los que se despacha burdamente contra todos los sectores o ciudadanos que no comparten sus ideas, también pide el apoyo en las urnas para su señora, infringiendo así el Código Electoral, que, con tino, prohíbe la utilización de actos oficiales de gestión para promover el voto a un determinado candidato.
Por otro lado, desde que decidió ser la próxima presidente de los argentinos, Cristina Fernández de Kirchner ha realizado una “instalación internacional” que consistió en una gira por ocho países, a saber: Francia, Venezuela, Alemania, Austria, España, Ecuador, México (en dos ocasiones) y Estados Unidos. En esos estados, la senadora maneja un programa de actividades típico de mandatarios electos, utilizando además recursos públicos para financiar éstas actividades. Así es que se ha echado mano indiscriminadamente de personal de ceremonial, traductores, fotógrafos, camarógrafos, taquígrafos, voceros, secretarias oficiales, a la par que se usaron viáticos, automóviles y aviones de propiedad estatal. Desde luego, el resto de los candidatos, los que competirán con ella dentro de un mes, no gozan de ésas posibilidades.
Y, para finalizar, al mismo tiempo que Cristina Fernández de Kirchner diserta en New York sobre la extraordinaria tasa de crecimiento desde que presiden la Argentina, el país, no conforme con el honor de que su corrupción sea percibida como desenfrenada de acuerdo con el informe anual de Transparencia Internacional, ahora suma la mención especial de ser considerado entre los menos competitivos del mundo, por debajo de, por ejemplo, Bangladesh y Nigeria, lo que significa toda una epopeya.

