Vagabundeo resplandeciente

Ute Lemper, la diva que hipnotiza

Octubre 5, 2007 · 10 comentarios

Si yo fuera compositor y me permitieran elegir un artista actual de entre todo el mundo para que interpretara mis hipotéticas piezas, no vacilaría una milésima antes de designar a Ute Lemper. Estimo que no exagero ni un ápice cuando la conceptúo como una de las más grandes artistas que atesora el joven siglo XXI.

Ute Lemper ha devenido en fiel exponente de la estética de esa primavera democrática que significó la República de Weimar, pese a que nació en 1963. Se ha convertido en la cantante más emblemática de la canción de cabaret desde la mismísima Lotte Lenya, aunque la forma de cantar de una y otra revisten notables diferencias. Sin embargo, esta alemana que vive en New York porque “es una ciudad que incorpora a todas las nacionalidades, a todas las religiones”, no se ha conformado con el encasillamiento que supone ejecutar siempre un repertorio tan lejano en el tiempo, “una forma artística del pasado”, sino que ha incursionado en terrenos ciertamente diversos, como la chanson francesa (Édith Piaf, Jacques Brel, etc.), el tango (Astor Piazzolla), o la obra más cercana al rock alternativo de artistas contemporáneos (Nick Cave, Tom Waits, Joni Mitchell, Elvis Costello). Indistintamente, canta en alemán, francés, inglés o español: es una diva cosmopolita.

No obstante, yo la conocí gracias a ése maravilloso disco de 1988, con simpleza titulado: Ute Lemper sings Kurt Weill. Pero, ¡vaya sí cumple con lo que promete! Con su tono de voz rasposo –como dice un tango, a veces uno creería que tiene arena en la garganta–, la Lumper es capaz de emocionar hasta las lágrimas con sus descarnadas interpretaciones, en las que pareciera dejar un pedazo de sí misma, y al mismo tiempo, cautivar no sólo los oídos, desde la artificiosa dulzura de su estilización actoral. Porque, además de cantante, es una notable actriz (ha trabajado con cineastas de la talla de Robert Altman y Peter Greenaway); lo que constituye un mayúsculo valor agregado a la hora de observar sus prodigiosos espectáculos: lo que esta mujer hace sobre el escenario es simplemente de otro mundo.

Muy interesantes me parecieron algunas reflexiones que emitió sobre su doble rol de intérprete y actriz: la cantante es dentro de mí quien elige la nota correcta, controla la afinación, y busca la mejor manera de expresar la línea. La actriz es quien rompe todo ese acercamiento musical y se abre a una dimensión diferente, la del corazón, la del lenguaje como medio de contacto. No es fácil establecer un balance entre ambas aunque hacerlo es imprescindible. El músico que hay en mí es muy demandante, exigente, en cambio la actriz es libre. Cuando estoy en el escenario ya no me importan Stanislavski, Strasberg ni la técnica. La actriz que soy es sólo espíritu, alma, es mi voz interior. Es quien me permite romper con las exigencias técnicas de la música. Porque la música que hay en mí es tremendamente ambiciosa, quiere que las cosas suenen muy claras y trabajadas al detalles, la actriz, en cambio, soy yo misma que sale a cantar, a decir lo que pienso, cómo soy.

Y volviendo al mencionado álbum, si bien cada pieza es una joya, a mí particularmente me conmueve Je ne t’aime pas. Cada vez que escucho ésa voz interpretando a Kurt Weill, a Bertolt Brecht, hasta la noción de tiempo, por un instante, desaparece. ¿Qué es la eternidad, por oposición al tiempo? Por esos minutos, esta femme fatale transporta a todo el que así lo quiera, a algún humeante y oscuro cabaret berlinés de los años veinte. Su música constituye pues, un regocijante milagro. Transmite, como nadie, desgarro, fragilidad, morbidez, emoción. En su arte encuentro un remedo de infinitud, una belleza tan magna que no puede ser otra cosa que la perpetuación de la momentaneidad.

Categorías: Música