En torno a la película que sucedería a la brillante Eternal Sunshine of the Spotless Mind mucho se pronosticó y auguró: que sin el auxilio creativo de Charlie Kaufman, Gondry demostraría sus limitaciones como guionista y, por ende, como cineasta, fue tal vez la predicción más reiterada. Es necesario decir que, por el contrario, el nacido en Versailles, sale definitivamente airoso de este desafío individual, que lo proyecta ya como un exclusivo integrante de esa raza en extinción o círculo privilegiado que conforman aquellos directores que emprenden la osada misión de contar una historia de un modo no convencional, fijando una especie de tributo a la inventiva y a la innovación.
Michel Gondry es un director atípico al que bien podría asimilárselo con un delicado orfebre, puesto que no deja mínimo detalle librado al azar, y esa minuciosidad estética se puede apreciar con claridad en La ciencia del sueño. Seguramente posea Gondry esta cualidad gracias a su formación previa dentro del universo del videoclip musical y el spot publicitario, donde los tiempos son tiranos y la especificidad se hace imperante. En ésta película se vale de un mundo onírico y, como tal, paralelo, para dar rienda suelta a un desfile encantador (e infantil, sí) de nubes de algodón, caballos de cartón y agua de celofán, utilizando con sapiencia el recurso del stop motion.

Resulta ineludible fijar un correlato entre éste largometraje y el anterior del francés, en el que se lucía Kate Winslet, dado que están estrechamente vinculados, más allá de que Eternal Sunshine of the Spotless Mind sea, realizando un balance general, muy superior. En ambas películas nos encontramos con la presencia del mencionado ámbito alternativo, opuesto al universo de la cotidianeidad; en una, por medio de la memoria y los recuerdos; en la otra, a través de los sueños; pero en las dos, introduciéndose dentro de la psiquis y el inconsciente de los protagonistas, y buceando por estos subrepticios abismos de subjetividad. La diferencia que sobresale a primera vista es que en La ciencia del sueño no hay elementos de ciencia ficción, y que sigue una arquitectura narrativa más lineal.
Tal vez lo más valioso de La ciencia del sueño sea la forma en que Gondry nos escenifica esos dos mundos inversos, pero que, sin embargo, se mezclan, se entrecruzan con frecuencia impensada. Nos es, como espectadores, relativamente sencillo diferenciar el contexto opaco y monótono de Stéphane, de las refulgentes y casi infantiles ensoñaciones, pero lo cierto es que la barrera que separa la realidad del sueño no siempre es tan nítida, y precisamente en esa telaraña de confusión se sumerge el personaje de Gael García Bernal.

Y ya que hablamos del actor mexicano, no tengo dudas que éste constituye su papel más significativo y esmerado desde que irrumpiera en el panorama cinematográfico internacional con Amores perros, del ahora reconocidísimo Alejandro González Iñárritu. Su actuación, que trasluce con efectividad las fluctuaciones de Stéphane, es prácticamente inmejorable. Por su parte, Charlotte Gainsbourg cumple, aunque sin destacarse demasiado. Los secundarios son meras marionetas que no guardan excesiva importancia a los fines prácticos de la narración.
Al igual que Stéphane y Stéphanie, Gondry le escapa a los convencionalismos, y corrobora que no es sólo un enfant terrible, un virtuoso en el plano visual, sino que, y pese a cierta insipidez en el desarrollo del guión, es un director apto para narrar historias que siempre nos dejan la impresión, cuando salimos del cine –a los que no somos ajenos a su propuesta, claro– de haber aprendido algo más, de haber puesto en jaque nuestro poder de extrañeza y asombro.
The Science of Sleep (Francia, 2006)
Director: Michel Gondry.
Intérpretes: Gael García Bernal, Charlotte Gainsbourg, Alain Chabat, Miou-Miou y Emma de Caunes.
Calificación: 6,75.

