Que algo huele mal, realmente mal, dentro del denominado nuevo cine argentino –concepto amplio e inclusivo, aunque no exista una estética común que lo represente–, no constituye, a estas alturas, novedad alguna. Ésta corriente, más renovadora que rupturista, tuvo en Martín Rejtman a su primer exponente, con su experimental ópera prima Rapado, pero se consolidó verdaderamente con Pizza, birra, faso, de Bruno Stagnaro y Adrián Caetano: algo así como la película paradigmática del movimiento. Desde ahí (mediados de la década del noventa) hasta nuestros días, a las producciones locales, gracias a este nuevo enfoque independiente, se les abrieron las puertas de todo festival internacional que exista en el mapamundi. Y si bien resulta incuestionable que se han producido filmes de notable calidad durante este período, la sensación que revolotea por el ambiente es que la redundancia temática sólo devela la escasez de ideas que hoy por hoy predomina, como plaga de Egipto, en las cabezas de los jóvenes que aspiran a ser cineastas en el país. Alguna vez dije que parecería que de las escuelas de cine argentinas egresan clones.
Me sorprendió, me pasmó, enterarme de que dentro del territorio argentino hay actualmente más estudiantes de cine que en la Unión Europea entera. En la Argentina todo el mundo quiere dirigir (y estrenar) su propia película, y no son pocos los que lo consiguen. Así es que pululan por aquí y por allá miles y miles de estudiantes con anhelos de filmar sobre adolescentes trastornados y tardíos que realizan un viaje iniciático a la desoladora geografía patagónica en búsqueda de no se sabe bien qué, pero parece que finalmente algo habrán buscado, y quizá hasta lo habrán encontrado, porque, entre monosílabos y eternos silencios (muy profundos, eso sí), uno cae en la cuenta de que la película de golpe termina, y luego se cansa de obtener premiaciones y lauros en festivales de segunda línea. Lo que comenzó como una saludable válvula de escape, ha terminado por transmutar en tópico: viaje de jóvenes –repito: si es a la Patagonia, desierta y árida, tanto mejor– en procura de la recuperación de la identidad perdida, en pos del “reencuentro con uno mismo”, en plan de resolver crisis existenciales.
El gran problema en torno a la realidad del cine argentino radica en que ésta clase de películas se hacen de espaldas a la platea. No sólo porque son recurrentes, no sólo porque están atiborradas de apabullantes códigos minimalistas, no sólo porque no tienen nada que decir, sino a causa, como punto de partida, de que al director de turno no le interesa en lo más mínimo establecer –intentar establecer– una relación inmediata con el espectador. Al contrario, mientras más alejado y excluido se sienta el espectador, mejor.
Me dirán que no es posible que un director no piense en el público, que todo director quiere obtener buenas cifras de recaudación. Y yo les contesto que son muy pocos los que realizan una película con la esperanza de superar los 100.000 espectadores (y ésas son vulgares comedias populares o películas de animación infantil a la criolla); que lo importante es estrenar rápidamente –con la consabida falta de elaboración en los guiones y en los demás aspectos– puesto que una vez exhibido el filme, aunque sea en un sola sala, se cobra el subsidio que dispone la ley-. Como expone el crítico Jorge Carnevale: Tal ansiedad no pasa por la taquilla. En realidad, a nadie le importa cuántos espectadores convoquen estos títulos […] Después, la mirada estará puesta en los festivales que vienen, en los premios y las posibles coproducciones. Nunca en el público. Algo anda mal en esta ecuación, y la aberración mayor no pasa por la sospecha de que estas películas pueden competir entre sí, taparse unas a otras y quitarse espectadores. Este peligro no existe porque casi nadie se entera de que están en cartel.
En medio de este tumultuoso panorama en el que destaco igualmente a jóvenes realidades, como Damián Szifrón, personalmente echo de menos a un cineasta de la talla de Adolfo Aristarain, que por diferentes motivos ya lleva casi cuatro años sin filmar, y afirma estar al borde del retiro. Hace tiempo que proyecta adaptar algunos de sus autores preferidos, como el sorprendente Sándor Márai o Raymond Chandler, pero ha encontrado muchas barreras en el camino. Semanas atrás, Aristarain denunció lo que para muchos es un secreto a voces dentro del mundo del cine argentino y que se vincula de forma estrecha con lo comentado anteriormente: la adulteración de presupuestos que redundan en subsidios otorgados por el Estado; esto es, la falsificación de facturas que se traducen en aportes oficiales muy por arriba de los reales y que se terminan utilizando más para salir de shopping o para viajar por el mundo que para filmar. Dice el brillante director al respecto: Además de no existir un esquema que tenga en cuenta las dificultades de financiación de las películas un poco más grandes, el problema más grave que yo le veo al asunto es que se elimina al público como factor en la película que hacés, porque pasa a importarte tres carajos el hecho de que la película se vea o no. Todo ese mecanismo que usás para contar una historia e intentar atrapar a la gente se fue a la mierda porque, ¿qué te importa? Estás haciendo cine de entrecasa.

