Vagabundeo resplandeciente

¿La serenidad luego del fragor?

Octubre 31, 2007 · 7 comentarios

Quiero referirme a una problemática que, de una vez por todas, debe ser definitivamente resuelta en la construcción de la Argentina del segundo bicentenario, conmemoración histórica que encontrará a la nación gobernada por primera vez en su corta vida, por una persona de sexo femenino a través del voto popular, en lo que supone, a más de cincuenta años de su desaparición física, una mayúscula reivindicación para Eva Perón.

Desde que Raúl Alfonsín se convirtiera en el primer presidente elegido por la vía democrática, luego de más de un lustro de gobiernos de facto, hasta mediados de 2003, cuando asumiera Néstor Kirchner, la atroz década del setenta, con tumbos e imperfecciones, estaba siendo razonablemente clausurada, mas no olvidada, para lograr la definitiva pacificación entre conciudadanos.

Lamentablemente, aquel saludable y trabajoso proceso, vecino de los pactos de la Moncloa españoles, fue interrumpido de manera drástica. El clima beligerante fue deliberadamente reinstalado una vez más en la Argentina, a partir de ademanes y humillaciones, de memoria selectiva y de humanitarismo prebendario.

La historia no tan reciente del país indica el carácter escandalosamente maniqueo de la mayoría de los argentinos (mal endémico por antonomasia). No se suele referir al otro, al que piensa distinto, como adversario, sino como enemigo. K. ha trazado una nítida línea que separa de forma tajante a los execrables de los elegidos, y ha sumergido a la sociedad toda en el lodazal inútil de hace treinta años. Su guía rector en esta materia pareciera ser nada menos que el trasnochado Hugo Chávez, quien ha fragmentado en dos a la población venezolana, generando negros nubarrones de rencor y violencia

En lo personal, estoy asqueado de estos cruces de dardos envenenados, de debates sordos, de disparates compartidos, de reivindicaciones inadmisibles, de tanto odio y resentimiento acumulado. ¿Por qué nos obligan a los jóvenes a instruirnos en la malquerencia y la enemistad? ¿Hasta cuándo tendremos que tener los ojos depositados en la nuca? ¿Llegará el día que nos empeñemos en ocuparnos de los derechos humanos de los ciudadanos de hoy, consolidando un régimen político común e inclusivo para todos?

La parodia de la tragedia, de momento, sólo ha sido dialéctica y gestual, aunque el tono y los niveles de animadversión han ido creciendo escalonadamente, casi de forma programada. Habrá que rogar que las palabras no se desquicien en plomo, porque entonces sí la reactivación de una disputa empecinada dejará de ser un capricho nostálgico y febril, quizá meramente electoral, de K., para convertirse en una nueva calamidad que le costará un precio demasiado alto al país.

Hasta que no enterremos de una vez por todas las anacrónicas dicotomías que nos enfrentan, la Argentina seguirá desperdiciando su oportunidad real de progreso, una oportunidad que debido a la coyuntura internacional nunca ha sido tan favorable para el país a lo largo de toda su historia. Habrá que reflexionar con mayor ímpetu no ya sobre lo hecho, sino en lo que queda por hacer. Y en ese sentido, la presidenta electa parece, a priori, mucho más prudente que su marido. Destaco el siguiente fragmento de su discurso: Yo quiero convocar a todos los argentinos, los que me han votado y los que no. Quiero convocarlos sin rencores y odios, incluso a quienes nos agraviaron. Y a ellos también tenderles la mano, porque es necesario reconstruir el tejido social.

Ojalá que el mensaje sereno, conciliador e inclusivo que brindó Cristina el domingo por la noche, no sea sólo un gesto condenado a evaporarse en el fragor de las disputas políticas, y se traduzca en acciones concretas que se diferencien del estilo de confrontación y la falta de diálogo que han caracterizado a los cuatro años y medio de gestión K.

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