Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Noviembre 2007

Celui-ci est le paradis socialiste

Noviembre 30, 2007 · 7 comentarios

El sublime nombre del genial maestro del comunismo mundial resplandecerá a través de los siglos y siempre será pronunciado con amor por una humanidad que le brindará reconocimiento. Gloria eterna al gran Stalin. (France Nouvelle, semanario del Partido Comunista francés, 1953)

Existen noticias que cobran tal repercusión que uno llega a dudar si no se encuentra, al igual que los temponautas de cierto relato de Philip K. Dick, inmerso en un bucle temporal cerrado, en el que los acontecimientos se repiten una y otra vez: tal es el vapuleo mediático que recibimos con respecto a cierta información –valga de ejemplo la extraordinaria repercusión que suscitó la expresión del rey Juan Carlos en la reciente Cumbre Iberoamericana–. Por el contrario, también están los datos que asoman tímidamente, como pidiendo permiso, por alguna columna menor en algún que otro periódico de poca monta, y se diluyen sin más, pasando desapercibidos para la mayoría. Esto último ha sucedido con cierta revelación realizada meses atrás (a partir de un libro titulado Cannibal Island, escrito por el periodista francés Nicolas Werth), del abandono por el régimen stanilista de unas seis mil personas en una isla llamada Nazino, en Siberia, a más de dos mil kilómetros de Moscú. El horroroso develamiento se basó en documentos, hasta el momento secretos, del Kremlin, en los que se detalla que los individuos –entre los que había niños, mujeres y ancianos– fueron dejados en el incomunicado pedazo de tierra, sin ninguna clase de alimentos, por lo que, luego de algunas semanas, se registraron casos de canibalismo, al mismo tiempo que otros fallecieron ahogados en el desesperado intento de escapar en precarias balsas, o bien, de frío. Se estima que cuatro mil personas murieron en las primeras cuatro semanas. Estos hechos ocurrieron en el año 1933. Frente a tan pavoroso panorama, recuerdo que Edgar Alla Poe, en su novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym, afirmaba que ante una escena de canibalismo, las palabras no tienen la virtud suficiente como para describir todo el horror de la realidad.

Alguna vez me he referido al proyecto de ley en la Unión Europea, finalmente aprobado, consistente en que todos los países que la componen penalicen la negación del Holocausto judío o la defensa del nazismo, y prohíban con inflexibilidad la exhibición de cualquier clase de simbología nazi. En mi opinión, la medida es desacertada, contraproducente y contiene visos populistas: por más bienintencionada que sea, en vez de contribuir de manera efectiva a luchar contra el antisemitismo y la reivindicación del nazismo, intuyo que va a generar un efecto contrario, alimentando, avivando ambas concepciones. Es cortar la planta visible, dejando incólume y con mayor fuerza a la raíz. David Irving, por ejemplo, es un suscriptor permanente, desde hace tiempo, a expresar disparates. Es un escéptico de las bestialidades nazis, un provocador gratuito, no sólo de la susceptibilidad de las víctimas directas del Holocausto, sino también de todo aquel ser humano medianamente sin alteraciones psíquicas severas. Sin embargo, encarcelar a las personas como Irving no es la solución al dilema. Un filósofo y sociólogo alemán, Ralf Dahrendorf, ha sentenciado últimamente, con toda la razón, que el odio se rechaza con argumentos. Es clarísimo que los delirios del historiador inglés no se sepultan por medio de policías, condenas y barrotes, sino con evidencia histórica, con demostraciones incuestionables. O, como afirma Timothy Garton Ash: La negación del Holocausto debe combatirse en escuelas, universidades y medios de comunicación, no en comisarías de policía y tribunales.

Volviendo al punto de partida, mencioné antes lo de esta ley, puesto que, en su momento, algunos países bálticos rechazaban firmar el documento en tanto y en cuanto no se introduzca con idéntica fuerza al stalinismo, uno de los más sanguinarios regímenes totalitarios de la historia. Y sucede que esta diferenciación es relativamente fácil de apreciar en diversos círculos, aun en la actualidad, por más curioso que pueda resultar, dado que la procedencia de izquierda del mencionado totalitarismo, opera como una suerte de “disculpa”, “enmascaramiento” o “paliación” del genocidio cometido a instancias de Stalin (que, según ciertas estimaciones asciende a la pasmosa cifra de 20 millones de personas aniquiladas). ¿Acaso los crímenes merecen mayor o menor grado de reprobación según la filiación ideológica del victimario? La justificación, el disimulo, y el apoyo explícito de no pocos intelectuales de renombre al siniestro personaje que lideró la Unión Soviética por más de treinta años, no es un antecedente menor: sólo revela hipocresía y ceguera ideológica; exactamente la misma que al día de hoy subsiste en aquellos que, de forma insólita, se llenan la boca hablando de los horrores del nazismo y, al mismo tiempo, intentan esconder la “basura” stanilista (o castrista, para ser más actuales) debajo de la alfombra.

Categorías: Literatura · Política

Dos guardianes de la canción en Rosario

Noviembre 28, 2007 · 6 comentarios

Ayer fue un día agitado para mí. Desacostumbradamente convulsionado, me atrevería a decir. Los dioses del Olimpo se conjuraron para que se produzcan cambios de fechas repentinos y se establezcan horarios ajustadísimos e impostergables en mi agenda, usualmente tan relajada. Sin embargo, luego de andar a las corridas en medio de una jornada harto calurosa (con el agravante del traje, la camisa, la corbata y los zapatos encima), después de rendir (positivamente) el examen más dificultoso en todo el tiempo que llevo de estudiante, y de lograr milagrosas combinaciones de micros, hoy puedo afirmar que la coronación, el postre de tanto ajetreo, valió la pena.

El caso es que anoche, junto a la inmensidad resplandeciente del río, y en el marco de una magnífica noche no exenta de la compañía de cientos de estrellas, los dos cantautores españoles contemporáneos más importantes, según mi parecer, brindaron un espectáculo, con el que dieron inicio a su gira por la Argentina, que superó toda clase de expectativas (por lo menos, las mías, con creces).

Ante cuarenta mil almas que atiborraron el Gigante de Arroyito, Serrat y Sabina demostraron que sus composiciones, ensambladas, lejísimos están de envejecer. No se trató de un concierto más en su extenso raid musical, pues, como era de esperar, ofrecieron un emotivo homenaje al recientemente fallecido y emblema de la ciudad de Rosario, Roberto Fontanarrosa, quien fuera amigo de ambos artistas. Sabina recitó unos sentidos versos: Permítannos un suspiro. Aquí donde nos ven, no somos dos, somos tres. Hasta a la barra leprosa se le piantó un lagrimón cuando falló el corazón del “Negro” Fontanarrosa. El escritor y humorista gráfico había sido quien les dibujó, poco antes de morir, el logotipo de la gira, que por una noche estuvo compuesto por tres pájaros. Antes, Serrat había dicho, en la conferencia de prensa: No es ningún descubrimiento decir que este año se nos fue probablemente el argentino más querido. Y se fue de una forma ejemplar: pocos seres humanos he visto yo caminar hacia el final con la dignidad, el amor a la vida, la sonrisa y las ganas de no joder a nadie que tenía el “Negro” Fontanarrosa.

Siendo muy pequeño, uno de mis primeros contactos serios con la música, fue precisamente con el músico catalán, desde siempre muy apreciado por mis padres. De ese modo, descubrí la fuerza de cada palabra, de cada verso suyo. Y, más allá de que luego mis simpatías musicales encauzarían por otras vías, nunca dejé de respetar y estimar a un artista, como Serrat, que jamás se traicionó a sí mismo. Sus canciones han trascendido fronteras y, anoche, de algún modo, al escucharlas en vivo, fue un nuevo reencuentro con mi infancia, un momento mágico y emotivo.

El aprecio por Sabina y sus letras surgió bastante después, por lo que si de niño me gustaba Serrat, de adolescente fue el andaluz quien llamó mi atención, gracias a su utilización entre ingeniosa y elegante del idioma, diciendo cosas que todos dicen, pero de un modo original, poético y lúdico. No existe hoy por hoy un compositor en español que me entusiasme tanto como Sabina. Por lo demás, ni él mismo desconoce que su voz no es gran cosa; aspecto que remedia con su pose de eterno juerguista y fanfarrón que tan bien representa (de hecho, pasa a la perfección por el típico exponente del argentino pícaro, mujeriego, jactancioso y desenfrenado).

La ubicación en el estadio era un fiel reflejo de la brecha generacional que se dio cita: en el campo, a escasos metros del escenario, todo era brioso espíritu juvenil (muchas quinceañeras), que ovacionó canciones como “19 días y 500 noches”, “Y nos dieron las diez”, “Calle melancolía” y “Noches de boda”. En las plateas y palcos, predominaban señoras con más de medio siglo en sus espaldas, que no tenían reparos en aclamar cada interpretación de Serrat. Pero, en definitiva, gracias al descomunal repertorio seleccionado, y a la complicidad que ambos demostraron en las casi tres horas durante las que se extendió el show, uno y otro ratificaron que la fidelidad con el público argentino es recíproca. Porque, huelga decirlo, pocos artistas son tan reconocidos y queridos, a lo largo de décadas y décadas, en la Argentina.

Considerando sus recientes problemas de salud (¡qué dura es la salud y el celibato!), seguramente habrán tenido un gusto distinto aquellos extraordinarios versos, fruto de la extraordinaria pluma de Miguel Hernández, de “Para la libertad”, con los que concluyeron el recital: Retoñarán aladas de savia sin otoño, reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. Porque soy como el árbol talado, que retoño y aún tengo la vida.

En fin. Artistas como ellos, pese a los achaques propios del paso del tiempo, con la canción y la poesía inalterables, siempre a flor de piel, enaltecen el idioma. Poco se puede agregar. Fue una noche que seguramente recordaré de aquí a un largo tiempo. Serrat y Sabina. Sabina y Serrat. ¡Qué más!

Categorías: Música

La irrenunciable sofisticación musical de Cerati

Noviembre 26, 2007 · 6 comentarios

Gratísima sorpresa me ha causado, hace un tiempo ya, el nuevo disco solista de uno de los integrantes de la mítica Soda Stereo, banda heredera del new wave promovido por The Police, en la escena musical latinoamericana. Pero no quiero hablar de Soda Stereo, ni de su tan comercial regreso, sino de Cerati, de ese músico que es la más acabada personificación de la antítesis de lo que hoy en día se denomina, en la Argentina, rock barrial: música cargada de letras vulgares y desprovistas de toda aspiración que no sea describir escenas cotidianas de marginalidad, con una utilización tosca y monótona del lenguaje. Por el contrario, existe en Cerati una tendencia, no sólo en lo estrictamente melódico, sino en el plano poético, de buscar la sofisticación; su universo pop, de hecho, se ha nutrido, desde sus inicios, de los movimientos musicales que trascienden más allá de la limitada geografía nacional, lo cual le ha valido más de un (iluso) detractor.

En Ahí vamos, Cerati se desentiende un tanto de los rumbos electrónicos que se exhibían como buque insignia de su nueva etapa, para dar paso a un trabajo en el que prevalece la guitarra como absoluta soberana, y eje sobre el que gira todo el disco. Asimismo, retoma también el paradigma clásico en la forma de las canciones: estrofa-estribillo-puente, alejándose de las estructuras heterogéneas que supo cultivar. Considero que el sonido en general que envuelve a todo el álbum es, típico de Cerati, muy elegante, con ciertas notas que hacen recordar, de algún modo, la onda new wave de Soda Stereo. No es casualidad pues que se destaque el instrumento de Richard Coleman, sin duda alguna, uno de los más eximios guitarristas que ha brindado el rock argentino en su historia. Por otro lado, la voz de Cerati suena muy diáfana y joven, con la pronunciación clarísima de siempre, intacta.

Pasando a las canciones, destacaría especialmente el hit “Crimen”, que no es un tema representativo o en el que se condense el sonido integral del disco, sino todo lo contrario, pues en él sobresale el piano y está desprovisto de energía rockera, mas no de potencia. Como decía el mismo autor, el tema es “un rompecorazones”, y remite directamente a “Jealous Guy”, de John Lennon. También subrayaría “Lago en el cielo”, quizá la canción más romántica, en la que se destaca la batería; y “Adiós”, con su hermoso riff inicial, para luego ir derivando en balada melancólica, con una letra que, en este caso sí, resume la temática general del disco: desavenencias amorosas, infidelidad, espera y soledad. Conceptualmente, un trabajo impecable, de un cultor de la elegancia, la originalidad y el preciosismo, en medio de la estrechez musical y la amnesia creativa que se cierne sobre el panorama del rock argentino actual.

Categorías: Música

Mi lectura de “Cien años de soledad”

Noviembre 24, 2007 · 9 comentarios

Guardo un gratísimo recuerdo de mi lectura de Cien años de soledad, ya que se desarrolló durante un agobiante pero placentero verano, que pasé alejado de urbe alguna, a la vera de un cristalino espejo de agua, e insuflado por esa curiosa confusión aromática que conforman los azahares y su perfume en franca retirada, junto a los eucaliptos con su intenso bálsamo purificador. Tenía entonces dieciséis años, y supongo que el acentuado carácter desmesurado de la ficción de García Márquez fue clave a la hora de seducir aquel brioso espíritu adolescente; porque la saga centenaria de los Buendía logró “atraparme” por completo, me hipnotizó, fue una de esas poquísimas historias a las que necesitaba (imperiosamente) volver a cada momento del día, resignando incluso horas de sueño en las tan ansiadas (especialmente por todo escolar) vacaciones.

Durante aquellas sofocantes jornadas veraniegas que, de algún modo, se asemejaban al calor asfixiante que reinaba en Macondo, y que no estaban exentas de los diluvios repentinos (aunque, sin embargo, éstos no duraban añares), me dejé arrastrar por esa prosa que parece verso, por ese constante avance y retroceso que disloca toda referencia temporal, por esa escritura visceral de pulso firme, por el elemento sobrenatural que se desprende de un paraíso húmedo e irreal en el que las estirpes viven en eterna lucha contra el olvido (también confeccioné, como tantos otros, el árbol genealógico de la familia Buendía). Todos esos elementos, casi de forma axiomática, subyugan al lector adolescente, que se guía sólo por el placer de la lectura, y dejan poco margen para que repare en el análisis de otras cuestiones no menores, como el rol protagónico que ocupan en la novela la exageración del entorno, el derroche, el cliché, el culto de lo insólito (en palabras de Juan José Saer), para trazar una visión estereotipada y, como tal, errónea, no ya sólo de la geografía, sino del hombre latinoamericano en su conjunto: Macondo no es una radiografía de América latina; o, como apuntaba Borges, con el dejo irónico que le caracterizaba, el posible exceso en la extensión de la obra: le sobran cincuenta años, decía el maestro.

Precisamente por eso, temo realizar hoy una relectura: por miedo a no volver a hallar en esas dinámicas páginas el recuerdo que mi memoria ha querido fijar. Hoy ya no soy aquel pibe crédulo y cándido, con capacidad de sorprenderse ante casi todo –aunque me ilusiona presuponer que conservo algo de ingenuidad al por mayor–; estoy más “contaminado”, y mi lectura, me figuro, ahora se centrará en los detalles que antes omití inconcientemente; lo que me llevará, de modo inevitable, a disfrutar en menor medida del “realismo inverosímil” que se desprende de los sucesos acaecidos en las seis generaciones de la familia Buendía. Si bien estimo que el peor error que se puede cometer al abordar Cien años de soledad, es realizar una exploración unilateral de la misma (teniendo en cuenta que parte de su riqueza consiste en ser susceptible de múltiples análisis: el político, el social, el psicoanalítico, el mágico, el familiar, el moral, etc.), estoy seguro que, como el mismo título lo revela, el tema preponderante es el de la soledad, la casi irrebatible predestinación que estigmatiza, que condena a cada uno de los miembros de la estirpe, y la certeza de que, como dijo alguna vez Víctor Hugo, el infierno está todo en esa palabra.

Categorías: Literatura

“The Wild Bunch”, de Sam Peckinpah

Noviembre 21, 2007 · 7 comentarios

En cierta conferencia perdida en la nebulosa del espacio y el tiempo, Borges, en inglés, se refería a la épica, y no vacilaba en afirmar que Hollywood (¡sí, precisamente Hollywood!) era el lugar que más épica ha proporcionado al mundo entero. Se sobreentiende que la referencia se centra de modo casi exclusivo en el género del western: en todo el planeta, cuando la gente ve un western –al contemplar la mitología del jinete, el desierto, la justicia, el sheriff, los disparos y todo eso–, creo que capta la emoción de la épica, lo sepa o no.

The Wild Bunch es una película de 1969. Es incuestionable que Borges nunca pudo verla; por el contrario, el paradigma de western que él concebía podría buscarse en High Noon o en alguno de John Ford. En el filme de Sam Peckinpah se puede apreciar con gran nitidez la presencia de la mayoría de esos elementos que configuran la tipicidad del western: hay jinetes, hay desierto, hay disparos (¡vaya si los hay!), hay bandidos, hay bandidos (no es un error de redacción), y… ¿hay justicia?

The Wild Bunch no es una cinta épica en el sentido que le asigna Borges, desde el mismo momento en que no asistimos a una tradicional narración en la que se diferencie, de forma nítida y tajante, aquello que está bien de lo que está mal, héroes de villanos, blanco de negro. Es cierto que las preferencias del director –y, supongo, de la gran mayoría de los espectadores– son evidentes, pero inmiscuidos en un entorno inmundo y corrupto, donde impera la ley del más fuerte, todos los personajes son delineados por el mismo pincel que no delimita con precisión la línea que separa al mal del bien: la banda de forajidos de Pike Bishop, Freddie Sykes y su grupo de caza recompensas, el ejército del general Mapache; unos y otros tienen como ideal supremo al dinero, y no vacilan en sacar a la luz sus peores miserias con tal de conseguir el objetivo propuesto. En este western atípico, desmitificador, no existen paladines de la justicia ni héroes ávidos de alcanzar colosales hazañas. La vida humana es, para estos descorazonados hombres, insignificante, configura un bien menor, sin importancia; de ahí que la película transmita altísimos niveles de crudeza y violencia. La única diferencia, y he aquí la causa de la inequívoca inclinación hacía la banda que encabeza Bishop, radica en que existe en éstos una especie de tambaleante ética personal que se exterioriza en un profundo sentido de la lealtad y el compañerismo.

Creo que el personaje más significativo, desde un costado psicológico, es el que compone Robert Ryan (Freddie Sykes), puesto que plasma a un bandido advenido, por obligación, en “justiciero” y líder de un grupo de ineptos caza recompensas: durante todo el desarrollo de la cinta se deja traslucir su disgusto, su molestia con el rol impuesto, ya que toma conciencia de que, al enfrentar a quien fuera su compañero, de alguna manera, se está enfrentando a sí mismo. Skyles sabe de antemano que no atrapará a Bishop; su persecución, por el contrario, es contra su propia esencia, persigue a su misma sombra, a su reflejo. Ya que hacía referencia a Borges antes, este forajido ciertamente me hace recordar a Cruz, el personaje del Martín Fierro, y aquella interpretación borgeana que reza: Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva adentro. Comprendió que los jinetes y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él.

La dirección de Sam Peckinpah no podría ser mejor: su manejo tan particular de la cámara, llenando las escenas de ralentizaciones y zooms, resulta brillante, le confiere a la película un poderío visual pocas veces visto en la historia del cine. Tanto la secuencia inicial como la final son las dos más impactantes a lo largo de las casi dos horas y media (siempre hablando de la versión original del director), pero, sin duda alguna, es ese apoteótico cierre el que dota de auténtica magia al film. Desde la agria detención en el burdel hasta la inevitable expiración de cada uno de los cuatro, y pasando, sobre todo, por esa polvorienta marcha decidida y trágica, por esa caminata hacia la muerte, por ese tránsito repleto de agonía y desamparo (instantes supremos), pareciera que una aureola arrebatadora y fascinante rodea la esculpida lente de Peckinpah, y uno siente, al silbido de las balas, un cóctel impreciso de tristeza, estupor y éxtasis.

The Wild Bunch (EE.UU., 1969)
Director: Sam Peckinpah.
Intérpretes: William Holden, Ernest Borgnine, Robert Ryan, Edmond O’Brien, Ben Johnson.
Calificación: 8,50.

Categorías: Cine

A propósito de “La sala de espera”, de Eduardo Mallea

Noviembre 19, 2007 · 5 comentarios

Al terminar las páginas de La sala de espera, he quedado con una gran confusión. Toda la obra nos sumerge en un ámbito donde el dolor y la desesperanza, la melancolía y la irreversibilidad de los sucesos, la congoja y el desencanto, la frustración y el drama, se erigen como regla absoluta, como un engranaje penetrante y coordinado de desidia, parsimonia y resignación ante la tragedia “inevitable”.

Mallea traza siete historias independientes, pero claramente enlazadas por un marco común, que trasciende la circunstancia ocasional de compartir (los personajes) la sala de espera; se trata pues, como el mismo autor lo anuncia en la nota inicial, de “una narración poemática”, de verdaderos “monólogos de la conciencia” que, como “partes separadas”, analizadas minuciosamente, no significan demasiado; sin embargo, la conjunción de cada uno de los relatos –todos narrados en primera persona–, hacen caer en la cuenta de que el autor, deliberada y cuidadosamente, tejió un hilo conductor que une, a pesar de sus notables diferencias, los siete monólogos de forma maravillosa.

La angustia es ley en La sala de espera; los personajes son seres atormentados, infelices, que no encajan en el tiempo que les tocó vivir. Se debaten, se cuestionan, se interrogan en su ser más profundo, en sus miserias, sin encontrar respuestas certeras. Viven en la desesperanza continua, y hasta cierto punto se regodean ante su vacío terrible y oscuro. Tal como describe el universo de Mallea la profesora Gladys C. Marin: Nacidos en la angustia, mueren desesperados. Ante la imposibilidad de poseerse el hombre debe desesperarse. Desespera y elígete a ti mismo: las criaturas malleanas cumplen, a su manera y según sus realidades individuales, lo ordenado por Kierkegaard, y es a través de esa elección, como van construyendo o destruyendo sus existencias.

Los seres que habitan esta obra son también seres solitarios, seres a los que el diálogo de igual a igual les está prácticamente vedado. No les resulta fácil establecer vínculos, como desgarradoramente lo expresa José Vido, narrador y protagonista de la quinta historia: “Mi vida entera cabe en ese poco: quise entrar en la rueda, la rueda me rechazó.” O Isolina Navarro, la mujer ensimismada en su rígida moral, prisionera de una cárcel ideada por ella misma; virgen perpetua, muy a su pesar, que deja prevalecer su conservadurismo exacerbado por sobre sus propios deseos, por sobre sus íntimos sentimientos: “Mi corazón arrancó a latir violentamente, sentí en el rostro el abandono de la sangre, toda yo me hice palpitación; pero la estatua no se movió en mí, al revés, me hice más rígida, más dura en mi ademán de intemperancia”.

José Ortega y Gasset a menudo destacaba un aspecto para él llamativo del argentino promedio: el fondo de descontento y pesar, de extraña insatisfacción y acumulada tristeza que transportaba desde su “liberación”; el individuo melancólico y resignado al que el notable filósofo español instauró el mandato: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!”; ése mismo individuo diagnosticado por Ortega y Gasset es el que se consume, el que se autodestruye en muchas ocasiones, el que vacila y siente frío en la sala de espera, mientras aguarda el expreso, mientras resiste en absoluta soledad –no obstante las seis existencias que lo acompañan–.

La sala de espera de una “insignificante” estación rural es el espacio físico idóneamente seleccionado por Mallea para que éstas siete realidades dispares ambicionen la llegada del tren, quizá como una posible “vía de escape”, tal vez como un nuevo destino. La banqueta adosada a las paredes; los carteles con la reglamentación de tarifas; la ventana de barrotes negro cerrada; el reloj redondo –el porvenir simbolizado como finísimas agujas que giran torpemente–; y afuera, el campo oscuro, sosegado, misterioso y sobrecogedor; son los únicos elementos que resaltan en la monotonía de esa medianoche.

Los monólogos malleanos son de una intensidad trepidante; no se pierde en más detalles que los estrictamente necesarios, y por el contrario, el ritmo de todas las narraciones adquiere un carácter progresivo que no deja respiro alguno. Se trata pues, de una escritura deliciosamente reiterativa, que no diferencia en gran medida el lenguaje introspectivo de cada uno de los siete personajes, más allá de distinciones de índole general.

La confusión a la que inicialmente hacía mención, se produce, para sorpresa mía, luego de leer la parte final de la última historia: la del niño Hugo, a la que personalmente califico como la más tierna, real y reveladora conjuntamente, de todas las que componen la obra. Hugo es “un niño, que no podía tener más de doce años”, y que relata con sensible pesadumbre el espantoso martirio psicológico que ha padecido en su breve existir. Hugo está desamparado, tiene temor, y su corazón se parte irremediablemente en dos: “Me dominaba el perpetuo miedo de que estallaran; los presentía, los veía formarse como la amenaza de un dolor que va a reaparecer a una hora dada. Y cuando llegaba y los oía, me quedaba lastimado por dentro, sumido en la soledad más dolorosa, el corazón se me estrellaba en lágrimas contenidas.” No es antojadiza ni fortuita la decisión de Mallea de colocar los pesares de un pequeño en el remate de su libro; y menos aún la conmovedora súplica que Hugo lanza como punto final: “Ayúdame, oh Dios. Ayúdalos.” Se trata de la convicción de que la juventud es irreversiblemente la verdadera luz de esperanza que aguarda pacientemente para modificar “un mundo donde la malicia califica.”

Categorías: Literatura

El sutil encanto del tenis (y yo)

Noviembre 17, 2007 · 10 comentarios

Desde los ocho hasta los catorce años mi vida fue tenis. Haciendo memoria, pensándolo bien, el tenis y yo transitamos por los mismos carriles desde que tuve edad suficiente para caminar sin sostenerme en un sofá. Resulta que mis padres practicaban este deporte con inaudita regularidad, y como a mí no me hacía mucha gracia apartarme demasiado tiempo de mi madre, insoslayablemente tenían que llevarme con ellos al club. Por lo tanto, entre cuatro canchas de polvo de ladrillo pasé mañanas enteras de mi niñez; aunque, como es de esperar en un tierno infante, centraba mi atención no tanto en los avatares de un juego que no comprendía, como en la mansedumbre y la belleza de las nubes flotando, en grácil acrobacia, sobre mi cabeza ya entonces ensortijada (mi inclinación a observar esa arquitectura del azar, tal como las llamaba Borges, viene de aquellos años). También intentaba trepar a un árbol que me cuadruplicaba en altura, y finalmente, rendido por la fatiga y la conciencia del fracaso, me dormía a su sombra, quizá soñando que me encontraba en lo alto de la copa y no a sus pies.

A medida que fue pasando el tiempo, en puntas de pie comencé a lanzar curiosas miradas hacia el sector de las canchas. Todos los que allí jugaban, lo comprendí luego, no eran más que aficionados que sólo buscaban jirones de recreación en esos cuadriláteros anaranjados, pero para mi ingenua contemplación iniciática pertenecían al círculo privilegiado de ‘los tenistas’, al más alto escalafón posible, y sus golpes y desplazamientos me parecían de una sutilidad esplendorosa.

Un día, de golpe, mi padre llegó a casa con una raqueta pequeña, para niños. Yo había pretendido ensayar algunos golpes con raquetas ajenas, pero la desproporción existente era tan grande que todo intento fue en vano. Sin embargo, a merced de la reciente adquisición empecé a practicar con ahínco; sospecho que gasté el frontón del club. Como mi entusiasmo fue incrementándose, me asignaron un profesor, que nos brindaba sus conocimientos a una niña pelirroja y a mí. Era un señor alto, muy alto. Sólo hoy me doy cuenta de los gigantescos aires de comicidad que habrá desprendido aquella escena: un hombre de casi dos metros tratando de enseñarle golpes planos a dos enanos que no tenían idea de quién era Guillermo Vilas. Con todo, y a pesar de las limitaciones que supone en el tenis semejante altura (también tiene sus ventajas, claro está), este profesor tenía cierta elegancia made in England en sus desplazamientos y en su hilarante técnica de saque: la pelota parecía suspenderse en el aire durante segundos que olían a eternidad.

El gentleman tuvo que mudarse de ciudad por no sé qué circunstancia, la chica de cabello colorado desistió de seguir practicando y se dedicó a la equitación, mas yo continué aferrado al entrenamiento monótono pero tan útil de pasar horas y horas frente al frontón, a la par que comenzaba a atornillarme frente al televisor cada vez que emitían algún partido del circuito profesional. En aquel tiempo recuerdo que Jim Courier y Pete Sampras se disputaban el número uno, si bien Andre Agassi ya empezaba a embestir desde más atrás. No obstante, el jugador por el que sentí una profunda e instantánea admiración fue el sueco Stefan Edberg, estereotipo del refinamiento y la elegancia dentro de un court. Su volea de revés era un prodigio de dimensiones artísticas. Por una cuestión cronológica, no me tocó ser testigo de su época dorada, pero sí tuve ocasión de verlo alzarse, junto al equipo sueco, con la Copa Davis. Hasta la aparición de Roger Federer, nunca simpaticé tanto con otro jugador como con Edberg.

Así es que, a fuerza de tanto esfuerzo y constancia, abandoné el frontón, y los mayores, quizá apiadándose de mí, me invitaron a pelotear con ellos. No transcurrió un lapso temporal muy extenso antes de que consiguiera quitarle un set a alguno de ellos, jugadores de toda la vida, según se denominaban a sí mismos. Tomé prestadas algunas características del juego de mi ídolo, pero considerando que mi saque jamás fue muy efectivo (el suyo tampoco lo era), pronto tuve que desistir de aplicarme al saque y volea, pues de ese modo terminaba por perder todos los partidos por paliza. Permanecí en el fondo, con irrupciones esporádicas a la red, y perfeccioné mi revés con topspin.

Cuando me ofrecieron participar en un torneo regional con jugadores de otras provincias, mi alegría fue mayúscula. No gané aquel campeonato, aunque sí llegué a cuartos de final, enfrentando a rivales mayores que yo, tanto en edad como en contextura física. De ahí en adelante fue una sucesión interminable de tenis y más tenis en mi vida: entrenamiento diario de dos a tres horas, “duelos a muerte” con chicos de otros clubes, viajes, torneos por edades primero y por categoría después, rotura de raquetas, alegrías, desilusiones, etc. Mis padres, mientras tanto, estaban preocupados por la escasa dedicación que le brindaba al colegio. En una ocasión en la que mi ciudad era la sede de un torneo satélite, y yo me desempeñaba como ball-boy, peloteé con Guillermo Coria, quien fuera número tres del mundo, y por aquel entonces recién estaba comenzando a suscitar su ascenso dentro del circuito.

Cuando las exigencias empezaron a ser mayores, mis padres y yo, de común acuerdo, decidimos que lo conveniente era tomar un respiro por un período, para reflexionar y luego decidir por mí mismo si realmente quería dedicarme al tenis. Claro que durante aquellos años también había leído lo suficiente, había escuchado algo de los Beatles, había visto cientos de películas (en su mayoría de terror) y también había descubierto mis dotes para desempeñarme (no sin cierta torpeza) dentro de ese reducto que estimula la inventiva llamado cocina, entre otras cosas que había aprendido y ahora no vienen al caso. Lo que quiero referir es que comprendí que el tenis me gustaba mucho, muchísimo, y que me gustaría por siempre, pero que existían escalas de prioridades y que quizá dicho deporte no estaba a la cima, al menos en lo que a mí respectaba.

Desde los catorce años en adelante jugué esporádicamente al tenis, no ya en términos de competitividad sino de pasatiempo, y fui un alumno un poco más aplicado, sin llegar al extremo de ser calificado de “traga”, término desdeñoso con el que se individualiza en la Argentina al alumno que no saca otra calificación que diez. Y es que la instrucción escolar y yo nunca nos llevamos demasiado bien. Pero volviendo al tenis, noto que generalmente aparece, al menos en el imaginario colectivo, vinculado con las clases altas, lo que acarrea una especie de ridículo menosprecio (es cierto, Adolfo Bioy Casares dedicaba cada mañana de sus años mozos a afinar su drive, mientras seducía a su agraciada contendiente de turno). Si se me permite, la cancha de tenis, para los que hemos jugado con empeño y pasión, lejos está de ser ése reducto estereotipado dentro del que con indiferencia se entretienen las personas privilegiadas de la sociedad, sino que es, como con exactitud lo expresara Guillermo Martínez, un joven escritor argentino, un rectángulo fuera del tiempo, donde están todos los elementos de una épica en escala y todas las pasiones de la caldera humana: grandeza, astucia, intuición, euforia, resignación, voluntad, resistencia, cálculo, riesgo. Borges aseguraba con insistencia que la épica es unas de esas cosas que los hombres necesitan a montones. Si hubiese seguido (inconscientemente) su consejo, dedicándome al tenis, quizá ahora no estaría escribiendo estas líneas, quizá no hubiera descubierto siquiera una página suya. Sospecho que no me equivoqué: hoy me contento con leerlo a cada rato y mirar a Federer por la tele.

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