Vagabundeo resplandeciente

A propósito de “La sala de espera”, de Eduardo Mallea

Noviembre 19, 2007 · 5 comentarios

Al terminar las páginas de La sala de espera, he quedado con una gran confusión. Toda la obra nos sumerge en un ámbito donde el dolor y la desesperanza, la melancolía y la irreversibilidad de los sucesos, la congoja y el desencanto, la frustración y el drama, se erigen como regla absoluta, como un engranaje penetrante y coordinado de desidia, parsimonia y resignación ante la tragedia “inevitable”.

Mallea traza siete historias independientes, pero claramente enlazadas por un marco común, que trasciende la circunstancia ocasional de compartir (los personajes) la sala de espera; se trata pues, como el mismo autor lo anuncia en la nota inicial, de “una narración poemática”, de verdaderos “monólogos de la conciencia” que, como “partes separadas”, analizadas minuciosamente, no significan demasiado; sin embargo, la conjunción de cada uno de los relatos –todos narrados en primera persona–, hacen caer en la cuenta de que el autor, deliberada y cuidadosamente, tejió un hilo conductor que une, a pesar de sus notables diferencias, los siete monólogos de forma maravillosa.

La angustia es ley en La sala de espera; los personajes son seres atormentados, infelices, que no encajan en el tiempo que les tocó vivir. Se debaten, se cuestionan, se interrogan en su ser más profundo, en sus miserias, sin encontrar respuestas certeras. Viven en la desesperanza continua, y hasta cierto punto se regodean ante su vacío terrible y oscuro. Tal como describe el universo de Mallea la profesora Gladys C. Marin: Nacidos en la angustia, mueren desesperados. Ante la imposibilidad de poseerse el hombre debe desesperarse. Desespera y elígete a ti mismo: las criaturas malleanas cumplen, a su manera y según sus realidades individuales, lo ordenado por Kierkegaard, y es a través de esa elección, como van construyendo o destruyendo sus existencias.

Los seres que habitan esta obra son también seres solitarios, seres a los que el diálogo de igual a igual les está prácticamente vedado. No les resulta fácil establecer vínculos, como desgarradoramente lo expresa José Vido, narrador y protagonista de la quinta historia: “Mi vida entera cabe en ese poco: quise entrar en la rueda, la rueda me rechazó.” O Isolina Navarro, la mujer ensimismada en su rígida moral, prisionera de una cárcel ideada por ella misma; virgen perpetua, muy a su pesar, que deja prevalecer su conservadurismo exacerbado por sobre sus propios deseos, por sobre sus íntimos sentimientos: “Mi corazón arrancó a latir violentamente, sentí en el rostro el abandono de la sangre, toda yo me hice palpitación; pero la estatua no se movió en mí, al revés, me hice más rígida, más dura en mi ademán de intemperancia”.

José Ortega y Gasset a menudo destacaba un aspecto para él llamativo del argentino promedio: el fondo de descontento y pesar, de extraña insatisfacción y acumulada tristeza que transportaba desde su “liberación”; el individuo melancólico y resignado al que el notable filósofo español instauró el mandato: “¡Argentinos, a las cosas, a las cosas!”; ése mismo individuo diagnosticado por Ortega y Gasset es el que se consume, el que se autodestruye en muchas ocasiones, el que vacila y siente frío en la sala de espera, mientras aguarda el expreso, mientras resiste en absoluta soledad –no obstante las seis existencias que lo acompañan–.

La sala de espera de una “insignificante” estación rural es el espacio físico idóneamente seleccionado por Mallea para que éstas siete realidades dispares ambicionen la llegada del tren, quizá como una posible “vía de escape”, tal vez como un nuevo destino. La banqueta adosada a las paredes; los carteles con la reglamentación de tarifas; la ventana de barrotes negro cerrada; el reloj redondo –el porvenir simbolizado como finísimas agujas que giran torpemente–; y afuera, el campo oscuro, sosegado, misterioso y sobrecogedor; son los únicos elementos que resaltan en la monotonía de esa medianoche.

Los monólogos malleanos son de una intensidad trepidante; no se pierde en más detalles que los estrictamente necesarios, y por el contrario, el ritmo de todas las narraciones adquiere un carácter progresivo que no deja respiro alguno. Se trata pues, de una escritura deliciosamente reiterativa, que no diferencia en gran medida el lenguaje introspectivo de cada uno de los siete personajes, más allá de distinciones de índole general.

La confusión a la que inicialmente hacía mención, se produce, para sorpresa mía, luego de leer la parte final de la última historia: la del niño Hugo, a la que personalmente califico como la más tierna, real y reveladora conjuntamente, de todas las que componen la obra. Hugo es “un niño, que no podía tener más de doce años”, y que relata con sensible pesadumbre el espantoso martirio psicológico que ha padecido en su breve existir. Hugo está desamparado, tiene temor, y su corazón se parte irremediablemente en dos: “Me dominaba el perpetuo miedo de que estallaran; los presentía, los veía formarse como la amenaza de un dolor que va a reaparecer a una hora dada. Y cuando llegaba y los oía, me quedaba lastimado por dentro, sumido en la soledad más dolorosa, el corazón se me estrellaba en lágrimas contenidas.” No es antojadiza ni fortuita la decisión de Mallea de colocar los pesares de un pequeño en el remate de su libro; y menos aún la conmovedora súplica que Hugo lanza como punto final: “Ayúdame, oh Dios. Ayúdalos.” Se trata de la convicción de que la juventud es irreversiblemente la verdadera luz de esperanza que aguarda pacientemente para modificar “un mundo donde la malicia califica.”

Categorías: Literatura

5 respuestas hasta el momento ↓

  • kleefeld // Noviembre 19, 2007 a 9:25 pm | Responder

    Interesante texto, Clau. No sabía de la existencia de Eduardo Mallea y aún menos de esta su obra, “La sala de espera”, que pinta la mar de bien. Apuntado queda para una lectura cercana.
    Gracias

  • avellanal // Noviembre 19, 2007 a 9:49 pm | Responder

    Gracias, Ignasi. Este texto lo escribí hace más de un año ya, cuando me sumergí en algunas novelas de este señor.

    Eduardo Mallea es un escritor cuya obra ha quedado, como la de (casi) todos sus contemporáneos argentinos, eclipsada por Borges. Con todo, en cada texto suyo que he leído, subyace una visión, en cierto modo, de matices ontológicos. Muy interesante, sí. Escribió, además de novelas, varios ensayos y un drama que remite a Shakespeare titulado “El gajo de enebro”.

    Perdón por algunos errores que el texto pueda tener. Recién corregí algunos, pero no dudo que puedan existir otros.

  • kleefeld // Noviembre 20, 2007 a 10:28 pm | Responder

    ¿A qué te refieres con “matices ontológicos”, si se me permite preguntar? ¿Algo que ver con la metafísica de Borges? (es una expresión, esta última, que he escuchado hoy mismo. Perdonadme por utilizarla).

    ¿Algún día escribirás un texto sobre escritores argentinos remarcables y olvidados? ¿Te incluirás a ti mismo en el texto?

    Gracias

  • avellanal // Noviembre 21, 2007 a 12:06 am | Responder

    En realidad, yo no encuentro mucha correlación entre el “sustrato borgeano” y el “sustrato malleano”. Quizá alguien que conozca en profundidad la obra de ambos, pueda no estar de acuerdo conmigo. Lo cierto es que los conceptos que nutren la obra de Borges me parecen más abstractos, menos empíricos, que los que he encontrado en Mallea, quien tiene una preocupación enorme por la existencia humana. Lo que sí tal vez los emparenta sea el tratamiento del problema del mal y el sentido justo de las cosas. Pero no sé, me asumo incapaz de establecer comparaciones sólidas entre uno y otro.

    Contestando a la otra pregunta, he de decirte que no he leído tampoco a gran cantidad de autores argentinos como para escribir un texto de esa naturaleza. Quizá sí pueda ir “rescatando” a algunos en particular, que no son muchos.

    El último interrogante no admite ninguna respuesta.

  • Mati // Noviembre 21, 2007 a 5:35 pm | Responder

    Gracias por pasar por mi blog y por dejar tu comentario ;).
    Espero que te haya gustado.
    Tu blog está muy lindo.
    Sos de Paraná?.
    Saludos!, Matías.

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