Mi lectura de “Cien años de soledad”
Guardo un gratísimo recuerdo de mi lectura de Cien años de soledad, ya que se desarrolló durante un agobiante pero placentero verano, que pasé alejado de urbe alguna, a la vera de un cristalino espejo de agua, e insuflado por esa curiosa confusión aromática que conforman los azahares y su perfume en franca retirada, junto a los eucaliptos con su intenso bálsamo purificador. Tenía entonces dieciséis años, y supongo que el acentuado carácter desmesurado de la ficción de García Márquez fue clave a la hora de seducir aquel brioso espíritu adolescente; porque la saga centenaria de los Buendía logró “atraparme” por completo, me hipnotizó, fue una de esas poquísimas historias a las que necesitaba (imperiosamente) volver a cada momento del día, resignando incluso horas de sueño en las tan ansiadas (especialmente por todo escolar) vacaciones.

Durante aquellas sofocantes jornadas veraniegas que, de algún modo, se asemejaban al calor asfixiante que reinaba en Macondo, y que no estaban exentas de los diluvios repentinos (aunque, sin embargo, éstos no duraban añares), me dejé arrastrar por esa prosa que parece verso, por ese constante avance y retroceso que disloca toda referencia temporal, por esa escritura visceral de pulso firme, por el elemento sobrenatural que se desprende de un paraíso húmedo e irreal en el que las estirpes viven en eterna lucha contra el olvido (también confeccioné, como tantos otros, el árbol genealógico de la familia Buendía). Todos esos elementos, casi de forma axiomática, subyugan al lector adolescente, que se guía sólo por el placer de la lectura, y dejan poco margen para que repare en el análisis de otras cuestiones no menores, como el rol protagónico que ocupan en la novela la exageración del entorno, el derroche, el cliché, el culto de lo insólito (en palabras de Juan José Saer), para trazar una visión estereotipada y, como tal, errónea, no ya sólo de la geografía, sino del hombre latinoamericano en su conjunto: Macondo no es una radiografía de América latina; o, como apuntaba Borges, con el dejo irónico que le caracterizaba, el posible exceso en la extensión de la obra: le sobran cincuenta años, decía el maestro.
Precisamente por eso, temo realizar hoy una relectura: por miedo a no volver a hallar en esas dinámicas páginas el recuerdo que mi memoria ha querido fijar. Hoy ya no soy aquel pibe crédulo y cándido, con capacidad de sorprenderse ante casi todo –aunque me ilusiona presuponer que conservo algo de ingenuidad al por mayor–; estoy más “contaminado”, y mi lectura, me figuro, ahora se centrará en los detalles que antes omití inconcientemente; lo que me llevará, de modo inevitable, a disfrutar en menor medida del “realismo inverosímil” que se desprende de los sucesos acaecidos en las seis generaciones de la familia Buendía. Si bien estimo que el peor error que se puede cometer al abordar Cien años de soledad, es realizar una exploración unilateral de la misma (teniendo en cuenta que parte de su riqueza consiste en ser susceptible de múltiples análisis: el político, el social, el psicoanalítico, el mágico, el familiar, el moral, etc.), estoy seguro que, como el mismo título lo revela, el tema preponderante es el de la soledad, la casi irrebatible predestinación que estigmatiza, que condena a cada uno de los miembros de la estirpe, y la certeza de que, como dijo alguna vez Víctor Hugo, el infierno está todo en esa palabra.
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Excelente la descripción de tu primera lectura de Cien años de soledad. Creo que la adolescencia es el mejor momento para acercarse a esa obra desmesurada, solo que hay quien puede ser adolescente durante toda su vida y seguir fascinado por los trucos con que se alegraba su juventud. Por lo que veo no es tu caso y conforme te vas haciendo más sabio asoma en ti la desconfianza hacia el recuerdo, escéptica y sana vacuna contra los futuros males de la nostalgia, que obliga al hombre a buscar en su futuro los restos de un pasado que nunca fue.
Cien años de soledad es una fantástica añagaza, un titánico andamiaje de palabras que se sostienen unas a otras, en el que nada falta porque todo sobra, puro exceso verbal, desbocado y fascinante. Su lectura solo puede hacerse desde un sentimiento maravillado, desde una absoluta suspensión de la incredulidad porque esta obra (colección de cuentos que aparenta ser otra cosa) se construye a sí misma desde una profunda credulidad en el poder de la palabra, que algunos llamarían fe.
Me tomo la confianza de recomendar, a quien le interese, un artículo que Ricardo Bada publicó en la Revista de Libros acerca de la edición canónica de Cien años de soledad y la experiencia de su relectura. Por fortuna se encuentra en internet, en este enlace:
http://www.revistadelibros.com/detalleRevista.php?critico=Ricardo%20Bada
Me gusta cómo escribes. Pero eso es porque, por lo general, me gusta cómo piensas.
Tengo una sensación de deja vu con este texto, y no porque menciones a Borges una vez más. ¿Es también del anterior blog o de nuestras conversaciones sobre Cien Años de Soledad?
El universo que construye García Márquez en esa obra es muy rico, especialmente durante el primer cuarto de la novela. Después, a mi entender, esa magia se desvanece un poco por abuso, sin querer decir con esto que desmerezca.
Muchas gracias por el elogio.
Algo estaré haciendo mal, o no sé qué sucede, pero no puedo leer el documento que pones, Germán, porque me terminan apareciendo unos caracteres raros. De todos modos, quería remarcar (ya que mencionaste aquella expresión de Coleridge de la suspensión de la incredulidad) que precisamente con esta novela de García Márquez fui consciente, por vez primera, de esa experiencia que todos atravesamos como lectores. Es decir, si bien me sumergí con apasionamiento dentro de la obra, al mismo tiempo, la inverosimilitud general de la novela se me reveló tan evidente cuando luego la comentaba con alguien, que puede apreciar, caí en la cuenta de esta suspensión de la incredulidad lectora.
Y sí, este es un texto del blog anterior, que he puesto en éste dado que hasta el martes próximo en mi cabeza solamente deambularán conceptos como ‘reclusión’, ‘medida de seguridad’, ‘pluralidad delictiva’, ’sistemas de punición’, ‘excusas absolutorias’, ‘internación manicomial’ y cosas así de agradables.
No lo entiendo, Clau. Si yo pincho sobre el enlace me lleva justo a la página de la Revista de Libros desde la que se abre un PDF con el artículo de Bada. Y lo he comprobado tanto con el Explorer como con el Firefox. Por si alguien más tiene este problema y le interesa mucho buscar el artículo, diré que está en el número 126, correspondiente al mes de junio de 2007, de la Revista de Libros, que edita la Fundación Caja Madrid, y que se puede buscar aquí: http://www.revistadelibros.com/revistas07.html
La internación manicomial me parece un tema de lo más adecuado a este blog
Si no fuera porque su autor es un maldito socialista te daría mi aprobación.
he de confesar que aún está en la Pila, y es que cada vez que voy a la biblioteca veo un montón de libros interesantes que coger…
ays…
Gracias Germán. Ya he podido leerlo. Evidentemente, se trataba de una torpeza mía. No sé si me merezco la internación manicomial, pero algún curso acelerado de informática, seguro que sí.
O ambas cosas, que nunca se sabe cuándo puede uno “estallar”
es un libro fantastico, parecera largo, pero es el libro de literatura hispana que he leido, pruebenlo!