Hacer referencia a Ben-Hur significa aludir a la película más grande realizada en una época, la época dorada de Hollywood, en la que las fastuosas superproducciones estaban a la orden del día. Cuando ésa bellísima etapa estaba llegando a su inevitable ocaso, especialmente debido a la ley antitrust promulgada en 1948, la MGM resolvió apostar todas sus fichas, al igual que en el año 1925, por una historia que había sido engendrada en el compartimiento de un tren, en una lejana noche del siglo XIX.
Mencioné el año 1925, porque de dicha fecha data la primera versión cinematográfica del libro escrito por Lew Wallace (si se omite un cortometraje de 1907 del que no queda registro alguno). No poca gente desconoce, por consiguiente, que en 1959 también se filmaban remakes, y que el conflicto radica no tanto en el por qué sino en el cómo y en el para qué.

Si la historia, en una lectura restringida, per se ya es la mar de atractiva, dotada de todos los elementos necesarios para atornillar al público a su butaca –amistad, traición, destierro, regreso, venganza, amor, redención–, el anexamiento de la cuestión bíblica, no como oportunista telón de fondo, sino como eje temático de estrecha ligazón con la ficción vertebral, confiere al filme una dimensión colosal y trascendente. No es casualidad que la acción comience justo un año antes del nacimiento de Jesucristo, con la cámara enfocada en los soldados romanos efectuando el censo que obligó a María y a José a cruzar la provincia de Galilea. Tampoco es obra de la fatalidad que antes de los créditos iniciales se retrate el camino de la estrella de Belén, el nacimiento del Mesías y la adoración de los Reyes Magos, ni que la película, en definitiva, se extinga con la crucifixión en el Calvario.
La decisión de no mostrar el rostro de Jesús en ningún momento no podría haber sido más acertada. Se verifica que no es necesario explicitar para lograr sobrecogimiento en el espectador. Con insinuaciones como las efímeras apariciones de esa larga cabellera cayendo sobre luminosos hombros; o las gotas de lluvia mezclándose, al pie de la cruz, con el arremolinado riacho de sangre divina, se transmite más religiosidad que en las dos horas y veinte minutos de The Greatest Store Ever Told, gran filme en el que Max Von Sydow encarna a Cristo. Lo sugerido, al menos en este caso, cobra más fuerza e intensidad que lo expuesto.
El célebre escritor estadounidense Gore Vidal, que por aquellos años era recién una joven promesa, realizó una breve intervención, pese a no quedar acreditado, en la adaptación del guión, a cargo de Karl Tunberg. Afirma hasta el día de hoy que su mayor aportación consistió en sugerirle a William Wyler un abordaje efervescente de la relación entre Ben-Hur y Messala, que diera lugar a la interpretación de que se trata de la confrontación entre antiguos amantes. Si bien dicho punto de vista nunca fue aceptado, resulta imposible no advertir cierto roce entre los personajes encarnados por Charlton Heston y Stephen Boyd, que bordea tensión sexual, que remite a los años juveniles en los que forjaron, al parecer, algo más que una amistad. En ese sentido, es preciso destacar la actuación de Boyd, ya que supo conferirle a su personaje una enredadora ambigüedad que colisiona con su faceta de villano. Es claro que Heston, encarnación de la virilidad, y ferviente ultraderechista, nunca podría haber aceptado esta lectura que efectúa Vidal. De todos modos, no se trata más que de un detalle anecdótico que en nada modifica el curso ni el espesor de lo narrado.

Pero, ¿por qué se trató de la película más grande de su época? Simple: porque constituyó una superproducción de tal índole que nunca jamás volvió a ser igualada. Por ejemplo, se hicieron aproximadamente 100.000 diseños de vestuario (número impactante si los hay). Hoy vemos largometrajes épicos que rebosan espectacularidad visual para tapar sus carencias, como Troya, de Wolfgang Petersen, pero es sabido que en 1959 William Wyler no contaba con la herramienta de los ordenadores, por lo que todo, absolutamente todo lo que se ve en Ben-Hur, a excepción de algunas galeras de miniatura, es real. El circo de ocho hectáreas construido exclusivamente para la escena de la carrera de cuadrigas sigue siendo, luego de más de medio siglo, el escenario más extraordinario de la historia del cine: se utilizaron 40.000 toneladas de arena y 500.000 kilos de yeso para levantarlo, y se necesitaron 15.000 extras para colmarlo.
La escena de la carrera de cuadrigas es lo suficientemente conocida; ha quedado grabada a fuego en las retinas de millones y millones de espectadores, por lo que, acotar que es antológica constituye una mera redundancia. Más allá de la multiplicidad de méritos que posee (el montaje es de una perfección acabada), hago hincapié en dos decisiones estéticas, a mi juicio, cruciales: el empleo del travelling y la ausencia de música.

En toda review de Ben-Hur que se precie siempre se subraya que fue la primera película en la historia que consiguió alzarse con once Oscars. Bajo mi óptica, este dato no pasa de ser un detalle nada sustancial, al que no sé si adjudicarle una connotación positiva o negativa, teniendo en cuenta que la Academia de Hollywood, por ejemplo, nunca premió como mejor director a Alfred Hitchcock ni a Stanley Kubrick, o que la primera película que consiguió igualar en número de estatuillas a Ben-Hur fue Titanic.
Por lo demás, el trabajo de vestuario, la ambientación (oh) y la música son otros de los puntos dignos de aplausos estrepitosos. No queda otra opción que sacarse el sombrero ante el señor William Wyler, pues su labor es sobresaliente. Gracias a películas de esta magnitud, de esta naturaleza, es que uno termina por enamorarse del cine.
Ben-Hur (EE.UU., 1959)
Director: William Wyler.
Intérpretes: Charlton Heston, Jack Hawkins, Stephen Boyd, Haya Harareet, Hugh Griffith.
Calificación: 8.




