Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Diciembre 2007

El libro más hermoso del mundo

Diciembre 28, 2007 · 12 comentarios

Como dijo alguna vez un amigo, existen, en el confuso devenir de la existencia, algunas experiencias literarias que “te hacen ver clara toda la movida”, lo que no supone extraer juicios rimbombantes, ni siquiera conceptos fastuosos, inalcanzables para la mayoría de los mortales. Por el contrario, estas poquísimas lecciones extraídas de ciertas páginas, se distancian completamente de lo rebuscado, de lo aparatoso, de lo extenso, para sumergir al lector perceptivo, en la esfera de su propia sensibilidad, por medio de apreciaciones que revelan hermosura en su propia sencillez, y que no vienen a ser revelaciones grandilocuentes que conducen, por arte de magia, a la ansiada plenitud del espíritu, sino que configuran precisos (y preciosos, vale decirlo) indicios de la nitidez que se desprende del las sentencias que dicta el mismísimo corazón. “Lo esencial es invisible a los ojos, sólo puede verse con el corazón” es la frase por antonomasia que persiste en la memoria de todo aquel que ha aceptado la bondadosa invitación de Saint-Exupéry; sin embargo, es una máxima tan despojada de complicaciones, tan evidente, que a veces resulta inconcebible comprobar cómo las personas se empeñan en contradecirla permanentemente.

Le Petit Prince cumplió, el año pasado, sesenta primaveras; no obstante, parece renovar día tras día, su camino a la inmortalidad. Es cierto que por ese vicio de los hombres denominado guerra, no pudo publicarse en su idioma original sino tres años luego de salir en inglés. Desde aquel entonces, esta pequeña gran obra, inclasificable, se ha convertido en un verdadero fenómeno literario. Ha traspasado todo tipo de líneas ilusorias, ha trascendido idiomas y culturas heterogéneas (se ha transformado, por citar un ejemplo, en la primera traducción de un libro laico a la lengua toba: etnia aborigen argentina, históricamente cerrada a todo influjo externo), se ha erigido en la obra más vendida de la literatura francesa, y, por ende, en unos de los libros más leídos en todo el mundo.

Como ha sucedido en tantas oportunidades (pienso inmediatamente en Arthur Conan Doyle), el nombre del autor de esta leyenda no siempre es conocido, a pesar de que tantos nos hemos deleitado con su libro y hemos apreciado sus ilustraciones. Antoine de Saint Exupéry, y esto es un pequeño orgullo personal, residió por algunos meses en un castillo ubicado en las afueras de mi ciudad de origen. Su primer viaje como piloto lo trajo a la Argentina, donde vivió finalmente dos años. Prometió volver, dado que quedó encantado con esta región del mundo. No pudo ser. Murió en plena misión aérea, cerca de Córcega, en la Segunda Guerra Mundial. Al respecto de sus prácticas como piloto, recomiendo también su libro Pilote de Guerre, donde narra las dramáticas situaciones que le tocaron padecer.

Le Petit Prince es, para mí, el libro más hermoso que, en todo este tiempo que llevo aquí, me ha tocado leer. Por eso, a modo de imperativo categórico, regreso a sus delicadas páginas, cada vez que experimento una suerte de olvido crónico (de su contenido) en mi experiencia cotidiana. Entonces, descubro que allí siguen el rey con su ambición, el vanidoso con su egoísmo, el borracho con su desidia, el hombre de negocios con su avaricia y el geógrafo con su fanatismo; pero también, y éste es el más hermoso de los regalos, me gusta pensar que el principito sigue allá, en su planeta, vigilando a su cordero, arrancando los baobabs de entre los rosales, deshollinado los dos volcanes en actividad pero también el extinguido (¡no se sabe nunca!), protegiendo todas las noches a su flor y contemplando cada puesta de sol.

Categorías: Literatura

Cuentos Borgeanos

Diciembre 26, 2007 · 5 comentarios

La “siesta creativa” –en términos cualitativos pero también cuantitativos– que atraviesa el rock desde un tiempo –bastante prolongado– a esta parte, no es ninguna novedad. Sin caer en el reduccionismo nostálgico del postulado “todo tiempo pasado fue mejor”, estoy seguro que las sucesivas cosechas han sido más y más pobres. No guardo ninguna clase de dudas al respecto; pese a la enumeración extendida de excepciones, la certidumbre de que –en palabras del ensayista Marcos Mayer– nadie compuso tan buenas canciones después de los Beatles, nadie superó en la guitarra el genio de Jimi Hendrix, nadie cantó con tanta intensidad como Janis Joplin, ningún grupo fue tan sólido y coherente como los Rolling Stones (agregaría otros ítems), reviste la misma solidez que los cimientos de la Muralla China, al menos para este servidor.

En la aislada geografía argentina, sin embargo, el fenómeno global no deja de desparramar sus ecos; aunque, en rigor, la debacle creativa se debe más a situaciones sociopolíticas vernáculas que a un contagio anglosajón. Desde hace cierto tiempo, una importante cantidad de bandas han surgido de la diáspora que la disolución de Los Redonditos de Ricota suscitó en el universo de sus seguidores, conformando, a la postre, lo que se ha venido a denominar “rock barrial” (o “rock chabón”). Se podrá criticar, en principio, la estética estropajosa y descuidada que cultivan, pero la certeza de que bandas –como Intoxicados o Callejeros– no enriquecen el panorama del rock argentino debe sustentarse (siempre) en la insipidez de la música que realizan, en el tratamiento vulgar y pobre que le asignan a la palabra, en la adopción inequívoca de una cultura del “aguante” en la que se mezclan la marginalidad, el alcohol, la delincuencia y las drogas como únicos elementos inspiradores, y el rechazo a la policía y a los integrantes de los sectores socioeconómicos más acomodados, como insignias de una estética suburbana y limitada.

Frente a ese panorama –a todas luces sombrío–, tuve la suerte de descubrir a Abril Sosa, ex baterista de Catupecu Machu, y actual líder de Cuentos Borgeanos, quien dice: Yo creo que un artista siempre tiene que tener la pretensión de ser mejor, de escribir una mejor letra, de vestirse mejor… Ahora es todo lo contrario, cuanto más simple, cuanto más normal parecés, parece que fuera mejor. Siempre hubo una parte del rock que adoptaba lo espontáneo, pero en el fondo eso era algo pensado, algo deliberado y cuidado.

Y precisamente su banda –Cuentos Borgeanos–, ha sido para mí, un alfombrado jardín lleno de rosas y aguas púrpuras, en medio del lodazal caótico y primigenio que ha cubierto con sus cenagosas extremidades el espíritu del rock nacional –otrora tan poético, otrora tan variopinto–, sumiéndolo en un aciago proceso de amnesia creadora.

Comprobar que el líder de una banda de rock argentino sea tan profunda y genuinamente admirador de la obra de Borges (en el disco Misantropía, incluyó un fragmento del cuento La casa de Asterión, narrado por la voz de un niño), que hable más de Kafka o Camus que de las groupies o de la cocaína, no deja de ser sorprendente, y digno de aplauso al mismo tiempo. Además de un enfoque alternativo, me parece, supone un salto evolutivo tremendo.

Abril Sosa se embarcó en un desafío que, a priori, tenía más posibilidades de naufragar precipitadamente que de llegar a buen puerto: utilizar la literatura como influencia directa de la música que compone, y que dicho cóctel resulte mínimamente exitoso en términos comerciales. Se sabe, lo culto no es conciliable con lo popular, y Cuentos Borgeanos –desde su mismo nombre– ya marca una diferencia, ya antepone una distancia, con lo masivo. Sin embargo, luego de haber editado tres discos de estudio –y sin renunciar a sus aspiraciones estéticas–, puede afirmarse que el grupo se ha infiltrado definitivamente dentro del mainstream, gracias a la composición de un sonido rock de corte clásico, despojado de colosales pompas instrumentales, respetando la estructura convencional de la canción, y otorgándole un protagonismo central a la elaboración esmerada de las letras. Llamándose como se llaman, es claro, no podría ser de otra forma.

Categorías: Música

La lente de Eastwood demuele los artificios en torno a la construcción de la heroicidad

Diciembre 23, 2007 · 5 comentarios

Tengo presente un artículo del periodista y activista George Monbiot, en el que expresaba, palabras más, palabras menos, que frivolizar la guerra se ha convertido en un buen negocio desde la invasión a Irak. Clint Eastwood, con Flags of our fathers, demuestra, por el contrario, que la Disneyficación de la guerra coexiste con el hombre desde mucho tiempo antes de Bush & Cía.

Esta película es, en esencia, un relato antibelicista, pero abordado desde una óptica que no es la habitual a la hora de inmiscuirse en esta clase de condenas bélicas por medio de la lente. Y, a través de esa ausencia de convencionalismo es que Eastwood incorpora la faceta más trascendental a su largometraje; que resulta ser el vistazo, entre irónico y demoledor, de la gran farsa con vergonzosos ribetes teatrales que monta el poder político en torno a un hecho anecdótico, con el único objetivo de manipular a la sociedad. Luego, el otro aspecto, íntimamente ligado con el anterior, es la imperante necesidad de fabricar héroes, de “sacarlos de la galera” y utilizarlos acorde a las circunstancias, para inmediatamente después de ensalzarlos y elevarlos, olvidarlos para siempre.

Si una peculiaridad merece resaltarse en los últimos tiempos del Clint Eastwood director, esta es, su natural claridad narrativa, característica muy difícil de encontrar en los cineastas de hoy en día. Flags of our fathers, por supuesto, no es la excepción: aquí ha logrado captar el horror de la guerra, con tomas extraordinarias, recreando un angustiador paisaje bélico, a la vez que ha conseguido transmitir (a través de momentos tales como el ingreso del incrédulo trío de “héroes” a un estadio atiborrado de “patriotas” que los vitorean, entre miles de flashes de cámaras), la metáfora de la artera construcción de la mitología heroica en la alianza entre el poder político y los medios de comunicación. El paralelo entre los fuegos de artificio y las explosiones de guerra, es, de algún modo, el extracto visual y sonoro de tamaño contraste.

La fotografía, especialmente en los flashbacks bélicos, adquiere una importancia capital en el desarrollo de la narración, dado que sobresalen esos tonos grisáceos y muertos, que propagan de modo magistral la lapidaria crudeza de la guerra y el desencanto que sobrevuela en tal escenario. Las actuaciones no están a la altura del resto de la película; no obstante, tampoco se podría decir que son desastrosas. Me parece que Ryan Phillippe es más solvente como secundario que al momento de encabezar; pero al igual que Jesse Bradford y Adam Beach, cumple con sus papel, sin mucho más.

La utilización de sucesivos flashbacks que retrotraen a la acción en la isla de Iwo Jima, es un recurso descriptivo que Eastwood supo aprovechar, porque esa oscilación entre la gira propagandística por el país y la cruenta batalla con los japoneses, le agrega una dosis de elasticidad a la cinta. Sin embargo, a partir de la mitad, y hasta el mismo cierre, la trama se resiente, volviéndose reiterativa en exceso y, por consiguiente, disipando el poderoso ímpetu inicial. Es evidente que en esa segunda parte hay, por lo menos, quince minutos totalmente innecesarios. El final, en la que la cámara va alejándose y subiendo poco a poco, y pese a ser una secuencia hermosa, revela lo superfluas que son muchísimas escenas anteriores.

A diferencia de Saving Private Ryan, ésa impecable película en la que Spielberg rendía un tributo a los héroes olvidados y al patriotismo, no sin dejar de extorsionar emocionalmente al espectador, Eastwood no necesita recurrir a la sensiblería ni a la lágrima fácil (exceptuando alguna circunstancia última) para brindar una reflexión mucho más lúcida, compleja y valiente. Y claro, muy necesaria.

Flags of our fathers (EE.UU., 2006)
Director: Clint Eastwood.

Intérpretes: Ryan Phill
ippe, Jesse Bradford, Adam Beach, Jamie Bell, Paul Walker.
Calificación: 7,25.

Categorías: Cine

Simples consideraciones sobre el relativismo moral

Diciembre 20, 2007 · 5 comentarios

El relativismo moral consiste, primordial y genéricamente, en sostener la equivalencia moral de los diferentes credos o sistemas morales dispersos por el globo, muchos de ellos antagónicamente enfrentados. Nos dicen que, debido a los tiempos que corren, resulta prudente y necesario mantener un equilibrio entre los distintos credos sin tomar partido, pues las sociedades se encuentran demasiado mezcladas entre sí. De este modo, a cada creencia se le debe conceder idéntico valor. El antropólogo francés René Girard expresó en una oportunidad: Como todas las verdades son tratadas de forma equitativa, teniendo en cuenta que no hay una verdad objetiva, uno se ve obligado a ser trivial y superficial. Deduzco: la holgazanería y el facilismo intelectual se llevan perfectamente con el relativismo imperante; es más, son aliados directos, caminan de la mano.

Recuerdo que al mismo Protágoras -sofista él- se le han atribuido frases como: el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son; o Sobre cualquier tema se pueden mantener con igual valor dos tesis contrarias entre sí, sentando, de alguna manera, por medio de este principio de la homomensura, las bases del relativismo gnoseológico. El aprobar paralelamente dos “verdades” antitéticas, justificándolas a partir de factores como el tiempo en que se mantienen, las personas o las sociedades que las sustentan, me parece, es un absurdo de por sí, que no merece refutación alguna, dado que es negar el principio lógico de no contradicción.

En la posmodernidad, no existe la Verdad, sino “verdades” múltiples, variables según la utilidad y las conveniencias circunstanciales, y claro, la mayoría de las veces contradictorias entre sí. De este modo, lo que en el presente tal vez resulte útil, en un abrir y cerrar de ojos, ya no revestirá tal provecho. Se deduce que, de esta manera, difícilmente pueda ser aceptable, en términos de utilidad, aunque sea un mínimo de valores permanentes, de principios elementales, dado que éstos son meramente provisionales y alterables, a gusto de cada persona. Así es que todo se hace en función de los intereses inmediatos, sin reparar en las consecuencias, sin prestarle atención a lo sustancial. Nos vemos forzados a ser triviales, fútiles, y a no ligarnos absolutamente con nada. ¿Para qué complicarse, en pos de qué beneficios comprometerse cuando lo efímero reina? Ya se lo cuestionaba, a principios de siglo pasado, y a su manera, un compositor de tango, Enrique Santos Discépolo: ¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor! ¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador! ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos, ni escalafón, los inmorales nos han igualaó. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, ¡da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos o polizón!

Creo, desde hace un tiempo a esta parte, que a veces, todo el discurso relativista postmoderno se confunde, se enmaraña con el inestimable objetivo de la pluralidad, del respeto por las ideas y creencias ajenas. La tolerancia está muy bien, claro que sí. ¿Quién, con dos dedos de frente, podría negarlo? Pero se trata de dos niveles de análisis completamente distintos. Yo soy católico y puedo convivir, dialogar y cultivar una gran amistad con un judío, con un escéptico, con un ateo, con un agnóstico, sin renunciar a mis creencias y sin pretender que ellos dejen de lado las suyas. Nunca me voy a cansar de citar a René Girard, enemigo confeso del relativismo: ¿Para qué sería usted cristiano si no creyera en Cristo? ¡Nos hemos vuelto tan etnocéntricos en nuestro relativismo que nos parece que está bien que otros –pero no nosotros– piensen que su religión es superior!

Categorías: Filosofía

Individualismo y mercantilización en el fútbol: dos azotes que van de la mano

Diciembre 18, 2007 · 7 comentarios

La regla indica que el apego empecinado a obrar según el propio albedrío en pos del lucimiento personal, y no de concierto con la colectividad –los diez restantes– conduce a decepciones rotundas, a resultados negativos. Se postula que toda regla posee su excepción, y en este caso, la anomalía tiene nombre y apellido: Diego Armando Maradona.

El fútbol actual atraviesa, a mi juicio, un profundo y renegrido declive. Aún me sorprende la inclinación masoquista del público que concurre a los estadios (y en la Argentina, complacencia autoflagelante por partida doble, debido a degradantes motivos extrafutbolísticos).

Uno de los vértices del problema radica en la necesidad meramente comercial de fabricar, casi de la noche a la mañana, una “superestrella” de un jovencito con buenas condiciones, pero que todavía no ha demostrado lo suficiente. Una pluma romántica y soñadora advertía que al fútbol profesional se lo puede salvar desalentando su materialismo. La realidad indica, muy por el contrario, que el proceso va in crescendo: las cifras son a cada segundo más astronómicas.

Este fenómeno trae consigo, entre otras variadas consecuencias, la invención industrial de falsos y descartables ídolos del balón. Publicidades, contratos millonarios, flashes, exposición mediática, clubes de fans, frivolidad, conferencias de prensa, alabanzas superlativas y una larga lista de etcéteras marchan en estrecha ligazón. Y el futbolista, por más humildad que se traiga de origen, en la generalidad de los casos (está en la esencia del ser humano), termina sucumbiendo ante tanto circo adulador y baladí.

El proceso, propio de los tiempos que vivimos, se traslada al verde césped y ahí comienzan los inconvenientes. El fútbol, a diferencia del tenis, es un deporte colectivo. Por eso se hace imperante realizar una distinción tajante y esclarecedora: una cosa es el buen equipo, y otra muy distinta, el buen jugador.

Y aquí retornamos al principio. Cuando un futbolista, pongamos por caso habilidoso y gambeteador, juega detrás del único objetivo de su pavoneo individual, la destreza innata, tarde o temprano, termina siendo desperdiciada, en franco favor del rival. Es una verdad de Perogrullo que es más efectivo un equipo amalgamado y respetuoso de las funciones particulares, que un conjunto de individualidades talentosas.

Con esto quiero decir que, en toda formación futbolística necesariamente deben existir jugadores menos dotados en la faz técnica, pero que resultan imprescindibles dado que “son capaces de prestarse a jugar mal para que otros jueguen bien”. Cuando la egolatría se les “sube a la cabeza”, los falsos ídolos dejan de pensar el juego en plano colectivo y así la base estructural se desmorona.

Tristemente para mis consideraciones estéticas, ninguno de estos jovencitos –repito, mucho de los cuales tienen excelentes cualidades a explotar–, erigidos en celebridades por una veintena de quiebres de cintura y media docena de goles intrascendentes, llegará a asemejarse a Maradona, atípico ejemplar procedente de alguna galaxia desconocida.

Categorías: Deportes

Acerca de los clásicos de la infancia

Diciembre 15, 2007 · 6 comentarios

Nadie como Marcel Proust supo proclamar aquel precioso concepto que se corrobora con el correr de los años y la acumulación de experiencia: la literatura planteada como puente hacia el pasado personal; diversas reminiscencias de la infancia (imágenes, aromas, gustos, vivencias) evocadas y actualizadas por obra y gracia de las páginas que alguna vez supieron impregnarse con las mismas huellas digitales que hoy las repasan (o tal vez no). El inmortal autor parisino afirmaba que una hora es un recipiente repleto de perfumes, sonidos, climas y demás. ¿Qué será entonces un amanecer completo, un álgido y fantasmal invierno o diez años de vida? Me figuro que una biblioteca inacabable, quizá similar a la de galerías hexagonales que Borges describió en cierta ocasión.

Ya que mencioné al argentino, es menester recordar que no asistió al colegio sino a partir de los once años de edad. Al parecer, todo ese tiempo alejado de las aulas, lo dedicó, en gran medida, a leer cada libro que integraba la considerable biblioteca de su padre. El niño Borges se regodeaba, en medio de la soledad aparente, con autores como Mark Twain –Las aventuras de Huckleberry Finn fue uno de los primero libros que leyó–, Robert Louis Stevenson, H. G. Wells y Jack London. Su hermana Norah evocaba la figura del pequeño Georgie acostado boca abajo, sobre una piel de tigre con cabeza, con los codos contra el suelo y ambas manos en sus mejillas, leyendo días enteros.

Por mi parte, conservo intacto el ejemplar de esa hermosa obra de Stevenson llamada La flecha negra. Le he asignado un sitio privilegiado en mi biblioteca. Cada tanto, lo abro y aspiro el dulzón e infantil aroma que desprenden sus hojas. Supuso, allí por comienzos de la década del noventa, mi bautismo con la literatura.

Por aquellos años en que comenzaba una nueva era en Sudáfrica, finalizaba el reinado de Miterrand y José María Aznar llegaba al gobierno español; morían Richard Nixon, Gilles Deluze y la Madre Teresa de Calcuta; las “vacas locas” atemorizaban a Gran Bretaña toda, Hong Kong volvía a pertenecer a China y Juan Pablo II visitaba Cuba, yo llegaba tarde al colegio “por culpa”, básicamente, de un italiano, de un estadounidense y de un francés. Y arribaba a deshora, no porque me quedara leyendo en tiempo escolar, sino a causa de lo mucho que me costaba despertarme cada mañana, luego de permanecer despierto hasta altas horas de la madrugada, completamente abstraído, sin poder abandonar alguna obra de Salgari, Twain o Verne.



Podría agregar a Stevenson o a Dumas, pero considero que éstos tres, en definitiva, fueron los tres autores de mi infancia. Podría afirmar, sin miedo a equivocarme, que tanto Huck Finn como Tom Sawyer fueron incondicionales camaradas de aquella etapa impuberita. Twain colmó de ideas gratas mi imaginación: el inagotable Mississipi, la balsa, el espeso bosque, las noches pródigas. La rebeldía e insubordinación tan añoradas en la supeditada niñez, fue otro paradigma, al menos fascinante y seductor. Hasta el día de hoy, en ciertas ocasiones, cuando tengo deseos huidizos, me dan ganas de construir una balsa e irme río abajo.

Manifiestamente fue Jules Verne quien más excitó mi entusiasmo lector. Bien lo definen como escritor, aquellos que dicen que fue un agitador de la imaginación. Los resultados de la ciencia, el escudriñamiento de los enigmas de la naturaleza, la expedición geográfica y los periplos audaces y prodigiosos, fueron, sin duda, los ejes de su obra. Al releerlo, pude reparar en que su visión de la sociedad tal vez peque de muy abreviada y extractada. Poco importa eso verdaderamente a un mocoso si puede acompañar a Phileas Fogg rotando por el mundo, o a Otto Lidenbrock descendiendo por un cráter hasta el centro del planeta.

La concluyente afición que poseo, invariable, por la navegación y el agua, se la debo, me figuro, a Emilio Salgari, quien además atiborró mi ser de exóticos lugares que desconocía. Nadie como él para saciar de emocionantes aventuras las almas inquietas de los niños. Navíos, galeones, islas, selvas, corsarios, filibusteros, mares cálidos, cañones, carabinas, naufragios, tempestades, rebeliones y exploraciones: un cóctel maravilloso. Los piratas de la Malasia (la inicial novela del eminente hombre de la mirada relampagueante: Sandokan), El corsario negro y Los tigres de Mompracem son sólo algunos de sus indelebles lances, aptos para todo corazón joven e indómito.

El tiempo, imán de los siglos para Calderón de la Barca, transcurre a pasos agigantados para algunos, irritantemente parsimonioso para otros, pero se desliza para todos. Y aquel largo sueño inocente hoy ya se ha disipado, a veces para transformarse en una intolerante pesadilla. Sin embargo, retornando una vez más a Proust: quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creíamos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito.

Categorías: Literatura

Sobre el uso de determinadas palabras (quizá) prescindibles

Diciembre 13, 2007 · 9 comentarios

De un tiempo a esta parte, cada vez que me siento frente al ordenador a esbozar algún artículo de opinión para este espacio, o bien, toda vez que tengo que redactar un trabajo práctico para presentar en la universidad en el que deba expresar mis pareceres sobre ciertos puntos que ameriten discordia, intento (concientemente) dejar de lado el uso de expresiones o palabras que sólo tienen la misión de constatar que lo expresado se reduce a una opinión personal del autor, y de ningún modo constituye una exactitud rayana en la certeza absoluta. He escrito “intento”, pues por más titánicos esfuerzos que realice, en no pocas ocasiones me resulta imposible dejar de recurrir a estas expresiones que, sospecho, actúan como reaseguro, como “válvulas de escape”, ante la posibilidad cierta de que lo exteriorizado no sea correcto. Cuando uno las utiliza deja una puerta entreabierta; es decir, no veda la existencia de la duda, y al darle vida a la duda, alimenta las probabilidades de veracidad provenientes de la refutación o antítesis.

El defecto intrínseco de utilizar con frecuencia expresiones como “si no me equivoco”, “según mi parecer”, “desde mi punto de vista”, “según creo”, “tal vez”, radica en la redundancia que conlleva su empleo sistemático en textos en los que el autor, desde el inicio, está manifestado una opinión inherente a su persona. Así, Borges criticaba el estilo de T. S. Eliot, al juzgarlo desesperante. En una de las mil y una cenas en la casa de Bioy Casares, expresaba: Dice algo y en seguida lo atenúa con un “quizá” o un “según creo”, o le resta importancia reconociendo que en ocasiones lo contrario es cierto. A veces me parece que lo hace para llenar papel, porque hay que escribir un artículo. El anfitrión, poniéndose en lugar del poeta inglés, replicaba: Yo creo que es porque en cuanto dice algo teme exponerse, por haber cometido una inexactitud. A mí, por lo menos, me paso eso, pero creo que los autores deben atenerse a hacer afirmaciones un poco audaces, en la inteligencia de que el lector comprenderá que no hay que tomar todo literalmente y contribuirá con las dudas. Por un ideal de nitidez y simplificación hay que tener ese coraje de afirmar algo a veces.

Intuyo que Schopenhauer, quien redactó un manual de dialéctica de combate, expuesto en 38 sencillas estratagemas, tampoco hubiese aconsejado, en la mayoría de las ocasiones, recurrir a estas revelaciones de lo implícito. Pero, más allá de argucias para defender argumentos propios frente a un contendiente, refería Borges en aquella perdida noche de Buenos Aires, que el mismo Goethe declaró que esas palabras deben estar sobreentendidas en todos los escritos; que el lector debe poder distribuirlas donde lo juzgue conveniente y que él escribía cómodamente sin ellas.

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