Una puerta no es sólo una puerta; es mucho más que eso. Porque, abrir una puerta siempre presupone la ejecución de un acto riesgoso e imprevisible, la exposición a un misterio: delicioso o abominable, pero misterio al fin. Creo estar seguro que detrás de la puerta que escudriño, mientras escribo estas palabras, hay un alargado corredor pintado de aséptico blanco y recubierto por un alfombrando beige, y que, detrás de él se emplaza la cocina, donde mi madre debería estar preparando la comida que, con firmeza, masticaremos por la noche. Y más allá correspondería situar: un cuarto de baño a la derecha; una habitación para huéspedes a la izquierda; el garaje con capacidad para dos vehículos al fondo. Pero la puerta de mi habitación ahora permanece cerrada, y entonces la pregunta surge desde remotos y oscuros charcos alucinatorios: ¿y si nada de eso fuera así?
¿Y si detrás de esa puerta no hay corredor, no hay cocina, no hay madre, no hay comida, no hay nada de lo que sospecho que debería haber? ¿Y si detrás de esa puerta hubiera, verbi gratia, un precipicio, una enorme depresión de la tierra cuyo epicentro fuera un paisaje con características tórridas; más bien una ciénaga putrefacta tapizada de musgo y envuelta en un vaporoso manto de fétidos nubarrones que impactan en frenético vuelo, para desarmarse, confluir y dispersarse una vez más? ¿Y si de la ciénega emergieran, mancomunados y escupiendo lúbricos efluvios, una incontinente y libidinosa plétora de helechos, engullidores de exóticas sanguijuelas que, deformadas, se deslizan, en circundante e histérico movimiento? ¿Y qué sucedería si esa marisma fuera, además de pútrida, también monstruosa?
El capricho de encorsetar a la creación artística no es novedad hoy ni será excepción mañana. La literatura fantástica, como amplísimo género en el que cohabitan Tolkien con Rowling, ha sido situada desde un difuso tiempo a esta parte, dentro de la estantería reservada al público infantil, a modo de menosprecio, a modo de rebajamiento. Cualquiera que se tome la molestia de sumergirse de cuerpo entero y empaparse con esta proposición, caerá en la cuenta que, en su interior, repito, hay oportunismo e incompetencia, pero también hay literatura. ¡Literatura, sí! Jorge Luis Borges fue un tenaz impulsor del género, al menos en lo concerniente al mundo de habla hispana, recopilando junto a Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo algunas de las mejores páginas de la cuentística universal en el volumen intitulado Antología de la literatura fantástica; o escribiendo un imperecedero prólogo a las no menos sempiternas Crónicas marcianas de Ray Bradbury. Ergo, intentó brindarle legitimidad literaria a un género que arrastra el estigma de estar vedado al lector adulto. Nadie podrá afirmar que Borges no era un lector (primero) y un escritor (después) adulto.
Una puerta no es sólo una puerta; es abrirla y conmoverse, es abrirla y enamorarse, es abrirla y resistir, es abrirla y desfallecer. Intuyo que abrir la puerta, atravesar el umbral y naufragar a la deriva dentro del universo imaginado por Tolkien, por Lewis Carroll o por LeGuin, es una decisión que presupone una cuota inmensa de valor, de arrojo, por parte del lector que no le teme a lo que haya del otro lado de la puerta. Supone una cuota inmensa de valentía (y la valentía, a su vez, supone conciencia, madurez), también porque significa abandonar temporalmente, por un fugaz segundo, por acalorados minutos o quizá por placenteras horas, este mundo nuestro, en el que los seres humanos no vuelan despreocupadamente por el éter, ni los bebés se convierten en cerdos

