Vagabundeo resplandeciente

Acerca de los clásicos de la infancia

Diciembre 15, 2007 · 6 comentarios

Nadie como Marcel Proust supo proclamar aquel precioso concepto que se corrobora con el correr de los años y la acumulación de experiencia: la literatura planteada como puente hacia el pasado personal; diversas reminiscencias de la infancia (imágenes, aromas, gustos, vivencias) evocadas y actualizadas por obra y gracia de las páginas que alguna vez supieron impregnarse con las mismas huellas digitales que hoy las repasan (o tal vez no). El inmortal autor parisino afirmaba que una hora es un recipiente repleto de perfumes, sonidos, climas y demás. ¿Qué será entonces un amanecer completo, un álgido y fantasmal invierno o diez años de vida? Me figuro que una biblioteca inacabable, quizá similar a la de galerías hexagonales que Borges describió en cierta ocasión.

Ya que mencioné al argentino, es menester recordar que no asistió al colegio sino a partir de los once años de edad. Al parecer, todo ese tiempo alejado de las aulas, lo dedicó, en gran medida, a leer cada libro que integraba la considerable biblioteca de su padre. El niño Borges se regodeaba, en medio de la soledad aparente, con autores como Mark Twain –Las aventuras de Huckleberry Finn fue uno de los primero libros que leyó–, Robert Louis Stevenson, H. G. Wells y Jack London. Su hermana Norah evocaba la figura del pequeño Georgie acostado boca abajo, sobre una piel de tigre con cabeza, con los codos contra el suelo y ambas manos en sus mejillas, leyendo días enteros.

Por mi parte, conservo intacto el ejemplar de esa hermosa obra de Stevenson llamada La flecha negra. Le he asignado un sitio privilegiado en mi biblioteca. Cada tanto, lo abro y aspiro el dulzón e infantil aroma que desprenden sus hojas. Supuso, allí por comienzos de la década del noventa, mi bautismo con la literatura.

Por aquellos años en que comenzaba una nueva era en Sudáfrica, finalizaba el reinado de Miterrand y José María Aznar llegaba al gobierno español; morían Richard Nixon, Gilles Deluze y la Madre Teresa de Calcuta; las “vacas locas” atemorizaban a Gran Bretaña toda, Hong Kong volvía a pertenecer a China y Juan Pablo II visitaba Cuba, yo llegaba tarde al colegio “por culpa”, básicamente, de un italiano, de un estadounidense y de un francés. Y arribaba a deshora, no porque me quedara leyendo en tiempo escolar, sino a causa de lo mucho que me costaba despertarme cada mañana, luego de permanecer despierto hasta altas horas de la madrugada, completamente abstraído, sin poder abandonar alguna obra de Salgari, Twain o Verne.



Podría agregar a Stevenson o a Dumas, pero considero que éstos tres, en definitiva, fueron los tres autores de mi infancia. Podría afirmar, sin miedo a equivocarme, que tanto Huck Finn como Tom Sawyer fueron incondicionales camaradas de aquella etapa impuberita. Twain colmó de ideas gratas mi imaginación: el inagotable Mississipi, la balsa, el espeso bosque, las noches pródigas. La rebeldía e insubordinación tan añoradas en la supeditada niñez, fue otro paradigma, al menos fascinante y seductor. Hasta el día de hoy, en ciertas ocasiones, cuando tengo deseos huidizos, me dan ganas de construir una balsa e irme río abajo.

Manifiestamente fue Jules Verne quien más excitó mi entusiasmo lector. Bien lo definen como escritor, aquellos que dicen que fue un agitador de la imaginación. Los resultados de la ciencia, el escudriñamiento de los enigmas de la naturaleza, la expedición geográfica y los periplos audaces y prodigiosos, fueron, sin duda, los ejes de su obra. Al releerlo, pude reparar en que su visión de la sociedad tal vez peque de muy abreviada y extractada. Poco importa eso verdaderamente a un mocoso si puede acompañar a Phileas Fogg rotando por el mundo, o a Otto Lidenbrock descendiendo por un cráter hasta el centro del planeta.

La concluyente afición que poseo, invariable, por la navegación y el agua, se la debo, me figuro, a Emilio Salgari, quien además atiborró mi ser de exóticos lugares que desconocía. Nadie como él para saciar de emocionantes aventuras las almas inquietas de los niños. Navíos, galeones, islas, selvas, corsarios, filibusteros, mares cálidos, cañones, carabinas, naufragios, tempestades, rebeliones y exploraciones: un cóctel maravilloso. Los piratas de la Malasia (la inicial novela del eminente hombre de la mirada relampagueante: Sandokan), El corsario negro y Los tigres de Mompracem son sólo algunos de sus indelebles lances, aptos para todo corazón joven e indómito.

El tiempo, imán de los siglos para Calderón de la Barca, transcurre a pasos agigantados para algunos, irritantemente parsimonioso para otros, pero se desliza para todos. Y aquel largo sueño inocente hoy ya se ha disipado, a veces para transformarse en una intolerante pesadilla. Sin embargo, retornando una vez más a Proust: quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creíamos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito.

Categorías: Literatura