La regla indica que el apego empecinado a obrar según el propio albedrío en pos del lucimiento personal, y no de concierto con la colectividad –los diez restantes– conduce a decepciones rotundas, a resultados negativos. Se postula que toda regla posee su excepción, y en este caso, la anomalía tiene nombre y apellido: Diego Armando Maradona.
El fútbol actual atraviesa, a mi juicio, un profundo y renegrido declive. Aún me sorprende la inclinación masoquista del público que concurre a los estadios (y en la Argentina, complacencia autoflagelante por partida doble, debido a degradantes motivos extrafutbolísticos).
Uno de los vértices del problema radica en la necesidad meramente comercial de fabricar, casi de la noche a la mañana, una “superestrella” de un jovencito con buenas condiciones, pero que todavía no ha demostrado lo suficiente. Una pluma romántica y soñadora advertía que al fútbol profesional se lo puede salvar desalentando su materialismo. La realidad indica, muy por el contrario, que el proceso va in crescendo: las cifras son a cada segundo más astronómicas.
Este fenómeno trae consigo, entre otras variadas consecuencias, la invención industrial de falsos y descartables ídolos del balón. Publicidades, contratos millonarios, flashes, exposición mediática, clubes de fans, frivolidad, conferencias de prensa, alabanzas superlativas y una larga lista de etcéteras marchan en estrecha ligazón. Y el futbolista, por más humildad que se traiga de origen, en la generalidad de los casos (está en la esencia del ser humano), termina sucumbiendo ante tanto circo adulador y baladí.
El proceso, propio de los tiempos que vivimos, se traslada al verde césped y ahí comienzan los inconvenientes. El fútbol, a diferencia del tenis, es un deporte colectivo. Por eso se hace imperante realizar una distinción tajante y esclarecedora: una cosa es el buen equipo, y otra muy distinta, el buen jugador.
Y aquí retornamos al principio. Cuando un futbolista, pongamos por caso habilidoso y gambeteador, juega detrás del único objetivo de su pavoneo individual, la destreza innata, tarde o temprano, termina siendo desperdiciada, en franco favor del rival. Es una verdad de Perogrullo que es más efectivo un equipo amalgamado y respetuoso de las funciones particulares, que un conjunto de individualidades talentosas.
Con esto quiero decir que, en toda formación futbolística necesariamente deben existir jugadores menos dotados en la faz técnica, pero que resultan imprescindibles dado que “son capaces de prestarse a jugar mal para que otros jueguen bien”. Cuando la egolatría se les “sube a la cabeza”, los falsos ídolos dejan de pensar el juego en plano colectivo y así la base estructural se desmorona.
Tristemente para mis consideraciones estéticas, ninguno de estos jovencitos –repito, mucho de los cuales tienen excelentes cualidades a explotar–, erigidos en celebridades por una veintena de quiebres de cintura y media docena de goles intrascendentes, llegará a asemejarse a Maradona, atípico ejemplar procedente de alguna galaxia desconocida.

