Vagabundeo resplandeciente

Simples consideraciones sobre el relativismo moral

Diciembre 20, 2007 · 5 comentarios

El relativismo moral consiste, primordial y genéricamente, en sostener la equivalencia moral de los diferentes credos o sistemas morales dispersos por el globo, muchos de ellos antagónicamente enfrentados. Nos dicen que, debido a los tiempos que corren, resulta prudente y necesario mantener un equilibrio entre los distintos credos sin tomar partido, pues las sociedades se encuentran demasiado mezcladas entre sí. De este modo, a cada creencia se le debe conceder idéntico valor. El antropólogo francés René Girard expresó en una oportunidad: Como todas las verdades son tratadas de forma equitativa, teniendo en cuenta que no hay una verdad objetiva, uno se ve obligado a ser trivial y superficial. Deduzco: la holgazanería y el facilismo intelectual se llevan perfectamente con el relativismo imperante; es más, son aliados directos, caminan de la mano.

Recuerdo que al mismo Protágoras -sofista él- se le han atribuido frases como: el hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son, y de las que no son, en cuanto no son; o Sobre cualquier tema se pueden mantener con igual valor dos tesis contrarias entre sí, sentando, de alguna manera, por medio de este principio de la homomensura, las bases del relativismo gnoseológico. El aprobar paralelamente dos “verdades” antitéticas, justificándolas a partir de factores como el tiempo en que se mantienen, las personas o las sociedades que las sustentan, me parece, es un absurdo de por sí, que no merece refutación alguna, dado que es negar el principio lógico de no contradicción.

En la posmodernidad, no existe la Verdad, sino “verdades” múltiples, variables según la utilidad y las conveniencias circunstanciales, y claro, la mayoría de las veces contradictorias entre sí. De este modo, lo que en el presente tal vez resulte útil, en un abrir y cerrar de ojos, ya no revestirá tal provecho. Se deduce que, de esta manera, difícilmente pueda ser aceptable, en términos de utilidad, aunque sea un mínimo de valores permanentes, de principios elementales, dado que éstos son meramente provisionales y alterables, a gusto de cada persona. Así es que todo se hace en función de los intereses inmediatos, sin reparar en las consecuencias, sin prestarle atención a lo sustancial. Nos vemos forzados a ser triviales, fútiles, y a no ligarnos absolutamente con nada. ¿Para qué complicarse, en pos de qué beneficios comprometerse cuando lo efímero reina? Ya se lo cuestionaba, a principios de siglo pasado, y a su manera, un compositor de tango, Enrique Santos Discépolo: ¡Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor! ¡Ignorante, sabio o chorro, generoso o estafador! ¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! ¡Lo mismo un burro que un gran profesor! No hay aplazaos, ni escalafón, los inmorales nos han igualaó. Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, ¡da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos o polizón!

Creo, desde hace un tiempo a esta parte, que a veces, todo el discurso relativista postmoderno se confunde, se enmaraña con el inestimable objetivo de la pluralidad, del respeto por las ideas y creencias ajenas. La tolerancia está muy bien, claro que sí. ¿Quién, con dos dedos de frente, podría negarlo? Pero se trata de dos niveles de análisis completamente distintos. Yo soy católico y puedo convivir, dialogar y cultivar una gran amistad con un judío, con un escéptico, con un ateo, con un agnóstico, sin renunciar a mis creencias y sin pretender que ellos dejen de lado las suyas. Nunca me voy a cansar de citar a René Girard, enemigo confeso del relativismo: ¿Para qué sería usted cristiano si no creyera en Cristo? ¡Nos hemos vuelto tan etnocéntricos en nuestro relativismo que nos parece que está bien que otros –pero no nosotros– piensen que su religión es superior!

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