Vagabundeo resplandeciente

El libro más hermoso del mundo

Diciembre 28, 2007 · 12 comentarios

Como dijo alguna vez un amigo, existen, en el confuso devenir de la existencia, algunas experiencias literarias que “te hacen ver clara toda la movida”, lo que no supone extraer juicios rimbombantes, ni siquiera conceptos fastuosos, inalcanzables para la mayoría de los mortales. Por el contrario, estas poquísimas lecciones extraídas de ciertas páginas, se distancian completamente de lo rebuscado, de lo aparatoso, de lo extenso, para sumergir al lector perceptivo, en la esfera de su propia sensibilidad, por medio de apreciaciones que revelan hermosura en su propia sencillez, y que no vienen a ser revelaciones grandilocuentes que conducen, por arte de magia, a la ansiada plenitud del espíritu, sino que configuran precisos (y preciosos, vale decirlo) indicios de la nitidez que se desprende del las sentencias que dicta el mismísimo corazón. “Lo esencial es invisible a los ojos, sólo puede verse con el corazón” es la frase por antonomasia que persiste en la memoria de todo aquel que ha aceptado la bondadosa invitación de Saint-Exupéry; sin embargo, es una máxima tan despojada de complicaciones, tan evidente, que a veces resulta inconcebible comprobar cómo las personas se empeñan en contradecirla permanentemente.

Le Petit Prince cumplió, el año pasado, sesenta primaveras; no obstante, parece renovar día tras día, su camino a la inmortalidad. Es cierto que por ese vicio de los hombres denominado guerra, no pudo publicarse en su idioma original sino tres años luego de salir en inglés. Desde aquel entonces, esta pequeña gran obra, inclasificable, se ha convertido en un verdadero fenómeno literario. Ha traspasado todo tipo de líneas ilusorias, ha trascendido idiomas y culturas heterogéneas (se ha transformado, por citar un ejemplo, en la primera traducción de un libro laico a la lengua toba: etnia aborigen argentina, históricamente cerrada a todo influjo externo), se ha erigido en la obra más vendida de la literatura francesa, y, por ende, en unos de los libros más leídos en todo el mundo.

Como ha sucedido en tantas oportunidades (pienso inmediatamente en Arthur Conan Doyle), el nombre del autor de esta leyenda no siempre es conocido, a pesar de que tantos nos hemos deleitado con su libro y hemos apreciado sus ilustraciones. Antoine de Saint Exupéry, y esto es un pequeño orgullo personal, residió por algunos meses en un castillo ubicado en las afueras de mi ciudad de origen. Su primer viaje como piloto lo trajo a la Argentina, donde vivió finalmente dos años. Prometió volver, dado que quedó encantado con esta región del mundo. No pudo ser. Murió en plena misión aérea, cerca de Córcega, en la Segunda Guerra Mundial. Al respecto de sus prácticas como piloto, recomiendo también su libro Pilote de Guerre, donde narra las dramáticas situaciones que le tocaron padecer.

Le Petit Prince es, para mí, el libro más hermoso que, en todo este tiempo que llevo aquí, me ha tocado leer. Por eso, a modo de imperativo categórico, regreso a sus delicadas páginas, cada vez que experimento una suerte de olvido crónico (de su contenido) en mi experiencia cotidiana. Entonces, descubro que allí siguen el rey con su ambición, el vanidoso con su egoísmo, el borracho con su desidia, el hombre de negocios con su avaricia y el geógrafo con su fanatismo; pero también, y éste es el más hermoso de los regalos, me gusta pensar que el principito sigue allá, en su planeta, vigilando a su cordero, arrancando los baobabs de entre los rosales, deshollinado los dos volcanes en actividad pero también el extinguido (¡no se sabe nunca!), protegiendo todas las noches a su flor y contemplando cada puesta de sol.

Categorías: Literatura