
Odessey And Oracle – The Zombies (1968) La calidad artística y el reconocimiento popular, es fama, son dos premisas que generalmente no suelen ir de la mano; los tiempos que corren –en materia musical, claro– así pueden certificarlo. Sin embargo, resulta paradójico que en las postrimerías de la nunca lo suficientemente bien ponderada década del sesenta, una banda que elaboró una conjunción exquisita de refinado pop con pura psicodelia, haya pasado prácticamente desapercibida. The Zombies fue una formación originaria de la pequeña localidad inglesa de St. Albans, que (injustamente) no corrió la misma suerte que bandas coetáneas como los Rolling Stones, los Beatles o los Kinks, y a consecuencia de las penurias generadas por la carencia de éxito, tuvo una existencia exigua: de hecho, cuando sus miembros se encerraron en los míticos estudios Abbey Road, para componer su segundo LP, sólo cumplían una exigencia contractual, pues ya estaban formalmente separados. La providencia dictaminó que ésa grabación, insólitamente desechada (en un primer momento) por la CBS, quedara, a la postre, como el mayor legado de un grupo extraordinario.
Al sumergirse (al empaparse) en la deliciosa experiencia de escuchar Odessey And Oracle, resulta imposible no tejer automáticas comparaciones con el Pet Sounds –editado dos años antes– de los Beach Boys. Quizá la música de los Zombies sea levemente más elegante –por su procedencia británica–, configurándose también una similitud con la ya mencionada ut supra banda de Ray Davies (The Kinks). “Care Of Cell 44”, el tema que abre el álbum, es una muestra patente de este azucarado pop imperial, repleto de notables juegos de voces, y con una melodía vocal escandalosamente pegadiza. Cuando Collin Blunstone canta: Feel so good. You’re coming home soon!, luego de una serie de admirables ejercicios vocales, nos encontramos ante uno de los instantes más memorables de todo el LP.
“A Rose For Emily” es una hermosa y efímera canción que dura solamente poco más de dos minutos (quizá la considero hermosa precisamente por la certeza de sus brevedad). Está basada en un relato de William Faulkner, y, repito, la juzgo una de las piezas pop más preciosa jamás compuesta: las armonías vocales, que nada tienen que envidiarle a las de los mejores Beach Boys, terminan por parecer irreales, etéreas, de otro mundo, por su incomparable dulzura, especialmente en la parte que reza: Emily, can’t you see. There’s nothing you can do? There’s living everywhere. But none for you. A continuación, hace su aparición “Maybe After He’s Gone”, un tema que conserva los inconfundibles coros del grupo, pero que no derrocha algarabía, sino desilusión, abandono, desamor: I remember joy and pain. Her smile, her tears are part of me. I feel I’ll never breathe again. I feel life’s gone from me. Una de sus peculiaridades es la introducción con guitarra acústica, un instrumento que no brilló por su preponderancia en la composición de las distintas secciones rítmicas.
Aunque no tan afamada como las canciones mencionadas antes, a mí me encanta “Beechwood Park”: se trata de un discurso apesadumbrado y repleto de sensibilidad, en el que se destacan los arreglos vocales (como siempre) y el límpido sonido de la guitarra de Paul Atkinson. “Brief Candless” es, por su parte, otra sutil delicia pop, con una gran performance del tecladista Rod Argent. Además, en mi opinión, tal vez junto a la onírica “Hung Upon A Drem” –en la que se lucen los mellotrones–, aquí es donde la celestial voz de Collin Blunstone mejor se puede apreciar en su real dimensión, en todo su potencial. Más recursos instrumentales: en “I Want Her She Wants” se puede apreciar el dulce sonido del clavicordio, como el del trombón en “This Will Be Our Year”. La sorpresiva “Butcher’s Tale” es, no sólo una proclama antibelicista, sino también la pieza que no termina de encajar –por su fondo narrativo y por su textura sonora– con el resto de las composiciones.
Como consagratorio colofón queda la célebre “Time Of The Season”, que supo ser el gran éxito de la formación británica: un tema con irrefrenables tintes psicodélicos, arreglos portadores de una sutileza imperecedera, un sombrío riff de bajo que recuerda a McCartney y un estribillo memorable, para redondear, desde todo punto de vista, una verdadera maravilla compositiva que merece inscribirse como un brillante resumen de refinamiento pop y sutil psicodelia, que emanan, cual celestial torrente, de cada rincón de este álbum. Clásico por derecho propio.

Horses – Patti Smith (1975) Hace poco, Patti Smith declaró que ella no fue parte de la generación de los sesenta, que se considera una persona más de los setenta, pero que siempre abrazará a los sesenta musical e ideológicamente, pero no como estilo de vida, pues no le gustaba ni le gusta la idea de una cultura basada en las drogas. Estimo que son palabras sinceras y que merecen resaltarse, quizá porque yo mismo tenga una visión similar a la que ella manifiesta. Con todo, mi admiración por Patti siempre estuvo asentada en sus facetas de poetisa y cantante, y no tanto en su –respetable– rol de militante activa; aunque, es necesario decirlo, al fin de cuentas resulta imposible separar ambos aspectos, ya que están estrechamente ligados y se revelan como indivisibles.
Detallar en estas breves líneas la trascendencia que posee Patti Smith en la historia del rock es una misión irrealizable: su huella ha sido tan honda, su influencia tan dilatada, su legado tan inconmovible, que abundar en palabras resulta desatinado. Quizá baste con mencionar que, del mismo modo que Bob Dylan, fue una de las pioneras a la hora de introducir la poesía dentro del rock, de dotar a esa conciencia que se fundió con las ideologías en boga influjos más intelectuales sin perder la mística contestataria. De hecho, fue ella, la madrina del punk, quien comenzó a hablar, dentro de estos círculos que tenían como punto de referencia el mítico CBGB, de poetas como Arthur Rimbaud o Jean Genet, entre otros.
Después de la brevísima introducción de piano, el susurro de Patti, al comenzar su particular reinvención del tema de Van Morrison, “Gloria”, se ha inmortalizado: Jesus died for somebody’s sins but not mine. Adoro la forma en que remarca la expresión “to me, me”, al finalizar las dos primeras estrofas, abriendo paso a una gimnasia vocal desenfrenada, que se acelera del todo cuando canta: Here she comes. Walkin’ down the street. Here she comes. Comin’ through my door. Here she comes. Crawlin’ up my stair. Here she comes, acompañada especialmente por un inspiradísimo Richard Sohl en el piano. Más adelante, hace su aparición el coro, repitiendo el nombre de la canción, al tiempo que la Smith, incansable, lo deletrea hasta la saciedad. Cada vez que lo escucho quedo igual de impresionado frente a tamaño desborde de energía: un tema avasallante.
“Redondo Beach” es una canción sobre una joven lesbiana que se suicida. A pesar de lo trágico de la temática, conserva una textura musical apacible, recargada de sutil ironía y despojada de dramatismo, con tintes de reggae. Compuesta por la misma Patti Smith, reza: Everyone was singing, girl is washed up. On Redondo Beach and everyone is so sad. I was looking for you, are you gone gone? Pretty little girl, everyone cried. She was the victim of sweet suicide. I went looking for you, are you gone gone? A su término, llega “Birland”, una pieza balsámica y exquisita, atiborrada de extrañas imágenes, que dura más de nueve minutos; tiempo durante el cual, Patti intercala soberbios fragmentos hablados, mientras el suave sonido de las guitarras escolta a esa voz que fluctúa entre la intensidad y la calma.
El tema del que me enamoré de forma automática fue “Free Money”, quizá porque remite más a un rock de corte clásico, quizá porque la batería de Jay Dee Daugherty suena a las mil maravillas, quizá porque siento que Patti deja parte de su vida en esta interpretación, quizá porque me encanta la letra: Every night befote I g oto sleep. Find a ticket, win a lottery. Every night before I rest my head. See those dollar bills go swirling ‘round my bed. Sea por lo que sea, se trata de una canción memorable, que roza la perfección.
Tema espléndido también es “Kimberly”, que antecede a “Break It Up”, mi otra pieza favorita del álbum, compuesta por Patti junto al que fuera su novio, el gran Tom Verlaine. Se trata de un hermoso homenaje a Jim Morrison, cargado de alegoría y simbolismo, con una brillante sección rítmica y con una performance vocal que emana emotividad. Por último, la escucha de “Land”, una extensa y compleja pieza, siempre significó para mí una experiencia entre alucinatoria y orgásmica: considero que es el más acabado resumen de la energía, destreza lírica y hondura conceptual que se desprenden del trabajo en su totalidad.
Horses es un disco sin igual, sensible en sus letras e intenso en su interpretación, que supuso el debut y el cenit absoluto en la carrera de Patti Smith, más allá de que a posteriori haya sacado muy buenos álbumes también. Desde la foto que sirve de portada (tomada por su amigo, el aclamado Robert Mapplethrope), pasando por la producción a cargo de nada menos que John Cale, hasta cada una de esos nueve maravillosos temas –incluyendo la versión de “My Generation” que se adosó después como bonus track–, que configuran un verdadero caleidoscopio de pensamientos, no queda más alternativa que sacarse el sombrero una y mil veces ante semejante obra, ante semejante artista.

New York Dolls – New York Dolls (1973) Miembros de un grupo de culto y verdaderos precursores del punk británico que estallaría pocos años después, los New York Dolls irrumpieron en 1973 en el circuito musical estadounidense, con desparpajo y agresividad, pero sin cosechar demasiado éxito. La influencia que artistas como David Bowie o Marc Bolan ejercieron sobre ellos, es innegable, aunque tampoco albergo dudas al respecto de que tal ascendencia estuvo más íntimamente vinculada con la faz estética en general que con lo musical en particular, pues en este último punto intuyo que le deben más, por ejemplo, al rhythm & blues original y a los Rolling Stones (de hecho, las similitudes entre Johnny Thunders y Keith Richards son bastante claras; y, al mismo tiempo, siempre he encontrado resabios del primer Jagger en la voz de David Johansen). De todos modos, tampoco quiero restarle trascendencia a la consanguinidad que, desde un primer momento, mantuvieron con el glam rock, adoptando una pose provocativa que estaba basada en el look andrógino, el travestismo y la exageración hasta límites insospechables.
Esta particular mezcolanza que conformó el abrazamiento de la ambigua estética glam con las viriles actitudes rockeras, como era de esperar, no demoró ni una milésima en ser de mi total simpatía, cuando a comienzos de este nuevo siglo, por casualidad, como tantas otras veces, descubrí la música de esta inusual formación neoyorquina. Es cierto que tranquilamente podría elegir Too Much Too Soon, el segundo trabajo discográfico que sacaron, dado que es tan destacable como su álbum debut, pero éste último suele ser unánimemente más reconocido, y en lo personal, fue el primero que escuché: por lo tanto, le guardo mayor aprecio.
Al poner play y encontrarse con una canción como “Personality Crisis” uno puede perfectamente darse cuenta de la algarabía y desenfreno que la banda transmite con su música; por ejemplo, con esa serie de gritos con los que Johansen da inicio a una composición anárquica pero muy apreciable, en la que se mezclan los rugidos del vocalista principal con unas potentes voces secundarias y la guitarra de Johnny Thunders, redondeando un verdadero lío sonoro de lo más grato para los oídos. Como una aplanadora musical, enseguida llega “Looking For a Kiss”, otra pieza de excelente factura (inspirada en “Gime Him a Great Big Kiss”, de las Shagri-Las), aunque un tanto más moderada que la precedente, en la que se destaca el bajo de Arthur Kane. Con estos dos temas inaugurales, los New York Dolls ya han trazado las notas definitorias de su sonido.
La compostura rocker se enfatiza en “Vietnamese Baby”, un tema en el que la guitarra líder de Thunders se cansa de tejer auténticas proezas de todo tipo, logrando una combinación instrumental memorable con Jerry Nolan en la batería (éste fue quien reemplazó al baterista original, Billy Murcia, quien muriera por sobredosis antes de que el disco se grabara). Con “Lonely Planet Boy” disminuyen el infernal ímpetu que traían hasta aquí, y lo que canta Johansen hasta se puede entender sin ninguna dificultad: Oh it’s a lonely planet joy. When the song from your other boys. That’s when I’m a lonely planet boy. And I’m tryin, I’m cryin. Baby, for your love. Precisamente a lo largo de esta canción estimo que resuena alguna escondida reminiscencia del primer álbum de la Velvet Underground, en tanto que durante “Private World” encuentro algún dejo de los Stooges.
En “Frankenstein”, Thunders toma nuevamente la batuta, perpetrando otra notable performance, y la rugosidad sonora aparece en escena, con toda la carga energética que eso conlleva, redondeando el tema más extenso del álbum. “Trash” es sinónimo de vibración, de belicosidad, de puro arranque ardoroso, mientras que “Subway Train” y “Jet Boy”, representan, a mi modo de ver, la cúspide musical de la banda.
Sustentados en el difuso y rugoso sonido propio de la guitarra de Johnny Thunders y en los acometedores registros vocales de David Johansen, los New York Dolls compusieron un disco que nunca decae, ideal para escuchar en momento de descontrol o desorden; un disco clave para comprender acabadamente la gloriosa escena musical que surgió más tarde en New York, escena de la que ellos fueron legítimos pioneros. El paso de los años, con total justicia, se los ha sabido reconocer.