Luego de que por fin se concretara la tan promocionada liberación de la ex candidata a vicepresidenta de Colombia, Clara Rojas, y de la ex legisladora de ese país, Consuelo González de Perdomo, secuestradas hace casi seis años por las FARC, Hugo Chávez (montando su habitual espectáculo circense), aseguró que los integrantes de esa organización no son terroristas, sino que componen un ejército, dejando en claro que lejos estuvo de ser un mediador neutral: su hostilidad hacia el presidente Uribe, electo democráticamente en un Estado de Derecho, nunca ha sido disimulada; y por otro lado, su intolerable simpatía con las FARC, un grupo cuya metodología es poner bombas, secuestrar, torturar y asesinar –niños, mujeres y ancianos incluidos– no viene de corta data.
Su admirada Hebe de Bonafini, presidenta de Madres de Plaza de Mayo, corroborando una vez más su irrefrenable apego a emitir declaraciones irracionales, toda sarta de disparates, cada vez que tiene un micrófono por delante, fue aún más explícita (debería decir “procaz”) en sus dichos, al afirmar que Álvaro Uribe es una mierda y un gran hijo de puta (sic). También se “solidarizó” con los compañeros de las FARC. Los antecedentes (debería decir “el prontuario verborrágico”) de esta mujer son impresentables: ha llamado en más de una ocasión al uso colectivo de las armas, ha celebrado con asqueroso júbilo (incluso brindando) el atentado contra las Torres Gemelas, ha reivindicado actos terroristas cometidos por ETA, ha deseado que Juan Pablo II se pudriera en el infierno, etc. Lo insólito es que en las altas esferas gubernamentales argentinas y venezolanas se le prodiga un trato rayano en la adulación; parecería ser que cualquier barbaridad que exprese no es óbice para que dirigentes políticos –supuestamente serios– tomen distancia de esta profeta del odio, quien dice se la máxima adalid de los derechos humanos, y que más allá de poseer un nivel intelectual pobrísimo, de lucrar con el legítimo reclamo de madres de desaparecidos en la última dictadura militar argentina y de sostener una acentuada propensión violenta y totalitaria, ha demostrado una y otra vez que la vida humana le interesa bien poco: quizá al apoyar públicamente a una organización despreciable que mantiene cautivas a más de 700 personas, algunos adviertan que esta señora no merece ser objeto de tan vergonzoso lisonjeo.
Volviendo a la distinción inicial a cargo de Chávez, he estado reflexionando acerca de los diversos modos en que la prensa internacional llama a las FARC, y mi conclusión es que el término más adecuado para denominar a estas fuerzas que atentan contra la humanidad, en violación de las Convenciones de Ginebra de 1949 (aplicables a conflictos de índole interna), merced al financiamiento que les brinda un negocio letal como el narcotráfico (y los secuestros extorsivos), es el de narco-bandoleros. Asignarle el status de guerrilleros, según la concepción romántica e idealista que tuviera y practicara Ernesto Guevara –sin querer desligarlo de las responsabilidades que le quepan–, equivale, según mi entender, a conferirle un privilegio que de ningún modo se merecen estos mercaderes del sufrimiento humano.




