Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Enero 2008

Consideraciones sobre las FARC y Hebe de Bonafini

Enero 14, 2008 · 9 comentarios

Luego de que por fin se concretara la tan promocionada liberación de la ex candidata a vicepresidenta de Colombia, Clara Rojas, y de la ex legisladora de ese país, Consuelo González de Perdomo, secuestradas hace casi seis años por las FARC, Hugo Chávez (montando su habitual espectáculo circense), aseguró que los integrantes de esa organización no son terroristas, sino que componen un ejército, dejando en claro que lejos estuvo de ser un mediador neutral: su hostilidad hacia el presidente Uribe, electo democráticamente en un Estado de Derecho, nunca ha sido disimulada; y por otro lado, su intolerable simpatía con las FARC, un grupo cuya metodología es poner bombas, secuestrar, torturar y asesinar –niños, mujeres y ancianos incluidos– no viene de corta data.

Su admirada Hebe de Bonafini, presidenta de Madres de Plaza de Mayo, corroborando una vez más su irrefrenable apego a emitir declaraciones irracionales, toda sarta de disparates, cada vez que tiene un micrófono por delante, fue aún más explícita (debería decir “procaz”) en sus dichos, al afirmar que Álvaro Uribe es una mierda y un gran hijo de puta (sic). También se “solidarizó” con los compañeros de las FARC. Los antecedentes (debería decir “el prontuario verborrágico”) de esta mujer son impresentables: ha llamado en más de una ocasión al uso colectivo de las armas, ha celebrado con asqueroso júbilo (incluso brindando) el atentado contra las Torres Gemelas, ha reivindicado actos terroristas cometidos por ETA, ha deseado que Juan Pablo II se pudriera en el infierno, etc. Lo insólito es que en las altas esferas gubernamentales argentinas y venezolanas se le prodiga un trato rayano en la adulación; parecería ser que cualquier barbaridad que exprese no es óbice para que dirigentes políticos –supuestamente serios– tomen distancia de esta profeta del odio, quien dice se la máxima adalid de los derechos humanos, y que más allá de poseer un nivel intelectual pobrísimo, de lucrar con el legítimo reclamo de madres de desaparecidos en la última dictadura militar argentina y de sostener una acentuada propensión violenta y totalitaria, ha demostrado una y otra vez que la vida humana le interesa bien poco: quizá al apoyar públicamente a una organización despreciable que mantiene cautivas a más de 700 personas, algunos adviertan que esta señora no merece ser objeto de tan vergonzoso lisonjeo.

Volviendo a la distinción inicial a cargo de Chávez, he estado reflexionando acerca de los diversos modos en que la prensa internacional llama a las FARC, y mi conclusión es que el término más adecuado para denominar a estas fuerzas que atentan contra la humanidad, en violación de las Convenciones de Ginebra de 1949 (aplicables a conflictos de índole interna), merced al financiamiento que les brinda un negocio letal como el narcotráfico (y los secuestros extorsivos), es el de narco-bandoleros. Asignarle el status de guerrilleros, según la concepción romántica e idealista que tuviera y practicara Ernesto Guevara –sin querer desligarlo de las responsabilidades que le quepan–, equivale, según mi entender, a conferirle un privilegio que de ningún modo se merecen estos mercaderes del sufrimiento humano.

Categorías: Actualidad · Política

“Lord of War”, de Andrew Niccol

Enero 12, 2008 · 5 comentarios

No estrenada en los cines argentinos –verdadero despropósito, que no es motivo de sorpresa en los tiempos que corren, donde los distribuidores nos bombardean sin compasión con remakes superfluas y superproducciones que no narran historias sino que combaten entre sí por ver quien cuenta con los efectos especiales más rimbombantes–, Lord of War es un saludable soplo de aire fresco para el público que consume cine de Hollywood, y no se conforma con tan poco.

Andrew Niccol, quien escribiera el guión y dirigiera una de las mejores películas de ciencia ficción de la década pasada, Gattaca, decidió aventurarse a reflexionar sobre el tráfico de armas: decisión digna de resaltar, puesto que no abundan cineastas que se comprometan de este modo; lo más fácil y conveniente es mirar hacia otro lado, ignorar la temática supuestamente inadecuada, incorrecta o polémica. Syriana, de Stephen Gaghan, es el ejemplo más próximo y estupendo de película denunciadora que se me ocurre.

La historia, también fruto de la pluma de Niccol, describe el “ascenso” ilimitado, hasta convertirse casi en millonario, de un traficante armamentístico de humilde origen ucraniano, interpretado con mucho oficio por un impecable Nicolas Cage, que carga con el nada menor peso de estar presente en casi todas las escenas de la película: por esta alta exposición se muestra un tanto contenido, sin perder en la actuación un ápice de su carisma. Yuri Orlov, su personaje, desata una guerra, sin armas, contra sí mismo, una guerra interior, de la que sale fatídicamente perdedor; me figuro que esa es, en parte, la parábola del filme. Volviendo al artista, cada vez que repaso la carrera de Cage me convenzo más y más de que es uno de los actores actuales que va en camino a convertirse en un verdadero referente, por sus méritos frente a la cámara y no por toda la maquinaría mediática que rodea al submundo “hollywoodense”, y pese a que la mayoría de las últimas películas en las que participó fueron entre malas y execrables.

Más allá de la innegable valentía propia de la película, yo destaco que no se haya apelado al recurso trillado y meramente comercial de situar la narración dentro de un campo de batalla, con explosiones, refriegas y ejecuciones por doquier. No, Lord of War es una cinta que nos sumerge de lleno en la menos sangrienta pero igual de putrefacta atmósfera del comercio internacional de armas, con realismo, a pesar de algunos deslices menores del guión. Así es que el personaje de Cage viaja a su país natal y saca réditos del final de la Guerra Fría, traficando un arsenal impresionante de armamento que, una vez caída la “cortina de hierro”, quedó inutilizado y disponible en los infernales depósitos de los pretéritos estados soviéticos, como Ucrania. El destino, por lo general, es el Tercer Mundo, principalmente el continente africano, ingobernado por bestiales déspotas que promueven guerras internas a más no poder. La película muestra también, sin anestesia, cómo desde las más altas esferas del poder político mundial se protege y se alienta a estos individuos que se dedican a lucrar en base a la sangre de los demás. Si bien ésta es una ficción en su estructura, los hechos se condicen de forma cierta con la realidad. Las autenticidades que Niccol nos irradia con su cámara, verdaderos aguijones a la conciencia de todo ser humano con un mínimo de sensibilidad y decencia, son dosificadas con un correcto ritmo narrativo, y encuentran su punto máximo en ciertos dichos o diálogos, que resultan, además de efectivos, brillantes –como, ya al final, el que mantienen los personajes opuestos pero análogos de Nicolas Cage y Ethan Hawke–.

Párrafo aparte para los innovadores y brillantes créditos iniciales, todo un detalle que habla por sí solo. Tal vez, por otro lado, la voz en off sea un tanto exagerada y redundante. La banda sonora es otro aspecto ciertamente gratificante que colabora para redondear un film muy logrado: suenan, entre otros, David Bowie, Wolfgang Amadeus Mozart, Jeff Buckley, Eric Clapton y Portishead.

Sátira mordaz sin perder un viso de realismo, Lord of War es una película inteligente y muy cuidada en los aspectos técnicos, que debería ser de visionado obligatorio, y no sólo para los amantes del buen cine, sino para cada integrante de una sociedad (la actual) apática, indiferente, que encuentra más sencillo simular que no sucede nada a su alrededor.

Lord of War (EE.UU., 2005)
Director: Andrew Niccol.
Intérpretes: Nicolas Cage, Jared Leto, Ethan Hawke, Bridget Moynahan, Ian Holm.
Calificación: 7.

Categorías: Cine

Arremetida cervantina contra los espejismos esotéricos e históricos

Enero 9, 2008 · 7 comentarios

Si bien ya transcurrió bastante tiempo desde que Felipe Benítez Reyes, joven escritor español, fuera laureado con el prestigioso premio Nadal de novela, por su obra intitulada Mercado de espejismos –título exquisito, que ciertamente se presta a más de una interpretación–, no quería dejar pasar por alto algunas consideraciones al respecto. El libro trata, en resumidas cuentas, de un par de experimentados ladrones de arte que, al borde del retiro definitivo, se embarcan en la tarea de robar las reliquias de los Reyes Magos que se encuentran en la catedral de Colonia.

Otro peninsular, pero (supuestamente) nacido en Alcalá de Henares, concibió hace más de cuatro siglos no sólo la mayor obra literaria de la historia, sino una lección de mordacidad e ironía nunca antes plasmada en papel con semejante destreza e ingenio.

Para Matusalén, cuatrocientos años constituyen casi dos suspiros, pero desde 1605 hasta nuestros días, en el ámbito literario, y en todas las demás ramas artísticas, las cosas han cambiado de una forma inusitada. Así es que, hoy en día las novelas de caballería, como el Amadís de Gaula, ya no son la “plaga incontenible” que causaba profunda hartura en Cervantes y parte de sus coetáneos. En la actualidad, a nadie, por más descabellado que sea, se le ocurriría escribir, en plan coherente, las proezas de caballeros andantes que anhelan encontrar como notable ideal el honor acabado y el amor cortés de una única dama. Aquellas nobles aventuras ya han pasado de moda hace muchísimo tiempo: están out. Lo que hoy está in son las novelas de intriga con risibles trasfondos esotéricos, que se valen, por lo general, de algún personaje o acontecimiento histórico, para agregarle una dosis de interés a la trama. Esta abrumadora sucesión en cadena se inició, de algún modo –en términos de fenómeno comercial, en boom de ventas–, con El código Da Vinci, obra que además lanzó a la fama y a la condición de millonario a su autor, Dan Brown. Paradojas de la vida: Cervantes vivió y murió sin gozar de mayores privilegios, más bien lidiando con la pobreza en la que se encontraba sumido.

El espejismo es una ilusión óptica. Casi un símil de los célebres “espejitos de colores” que los colonizadores europeos utilizaban como artículo de intercambio con los crédulos aborígenes americanos. Se cree estar viendo algo que, en rigor, no existe. La correspondencia de dicha figura con el panorama literario actual al que hacía referencia es, por el contrario, muy gráfica, de una visibilidad evidente; lo que me excusa de ahondar en explicaciones superfluas.

Mercado de espejismos, según cuenta el propio Benítez Reyes, es una sutil parodia: El equivalente de los libros de caballería que Cervantes ridiculizó son esas suposiciones históricas y esotéricas estrafalarias que, además, la gente lee como si fueran tratados reales; es el delirio último de esta sociedad. Celebro la aparición, y la consiguiente premiación de esta novela, puesto que ya era hora que, desde la misma ficción, con espíritu crítico, pero conservando la picaresca y la ironía como emblemas, se atacara este cúmulo patológico de mercadería vulgar, prefabricada, artificial y producida en masa, que atestan las vidrieras de las grandes librerías, y el interior de las personas que la consumen.

Categorías: Actualidad · Literatura

Veranos mayúsculos, veranos minúsculos

Enero 7, 2008 · 5 comentarios

Existe un proverbio que reza: Repara tu trineo en el verano, y tu carreta en el invierno.

Un asomo de decepción corre por mi organismo cuando noto que un porcentaje no minoritario de los individuos inscritos dentro del dudoso género “lector”, suelen asociar el tiempo estival a la literatura light. Esto es: consideran la llegada del calor, la liberación de las rutinas, la inexistencia del reloj, el período vacacional, como una ocasión inmejorable para enfrentarse sólo a obras menores, insustanciales, de microscópica trascendencia. ¡Qué contrariedad me producen semejantes confesiones! El verano es, por el contrario, un lapso milagroso que se presenta como el más propicio para abordar libros de fuste.

Frente a un espejo artificial entre verdoso y cristalino, que se prolonga por más de ochenta mil hectáreas, durante mi acalorada pubertad, descubrí la imperecedera Macondo. Aureliano Buendía y su estirpe condenada a un siglo de soledad, bajo el sol de enero, es un programa que ofrece un exquisito placer sensorial, un sinfín de gratas experiencias. Una novela que absorba, que exige –y brinda– tanto de parte del lector, sólo puede ser disfrutada en su real valía, apreciada en cada uno de sus planos, cuando se está libre de toda clase de ataduras cotidianas, cuando la libertad absoluta no se nos antoja una quimera. Yo leía Cien años de soledad en la diáfana mañana, mientras el tero gritaba, mientas el cardenal, en vuelo altivo, se paseaba. Al llegar el sol a la cúspide y calcinar la tierra, cuando las sombras son de nuestro mismo tamaño, también estaba con el libro en la mano; del mismo modo que durante las sofocantes y silenciosas siestas en las que los bosques de eucaliptos y pinos se convierten en majestuosos refugios de frescura. También mientras se asomaba el crepúsculo, que se posterga, que se extiende. Y por las mágicas noches estrelladas, en las que el cielo parece una infinita bóveda pintada por Dalí. En fin, me era imposible abandonar semejante maravilla narrativa.

Pero ahora, pareciera que durante el verano, en el fragor del mar, en la serenidad de la montaña o en la cotidianeidad del hogar, no hay que aventurarse a emprender iniciativas “hazañosas”: exigirle en enero al intelecto, que ya fue exprimido a lo largo de todo el año, constituye un despropósito. Entonces, ¿para qué apreciar una obra con rigor académico como Las ideas políticas en Argentina, de José Luis Romero, si en cualquier cadena de librerías se exhiben miles de ejemplares de cada uno de los tres tomos de Los mitos de la historia argentina, de Felipe Pigna, o lo que constituye una trilogía de chismes disfrazada de libros de historia? ¿Con qué sentido leer al enfant terrible de Bret Easton Ellis y su Lunar Park, o al Nobel turco Orhan Pamuk, si aquí nomás tenemos a Paulo Coelho y a Isabel Allende lanzando sus enésimas novedades editoriales del año? Del magnánimo libro de memorias de 1.600 páginas intitulado Borges, y escrito por Adolfo Bioy Casares, mejor ni hablar, claro está. O de los dos volúmenes de crítica literaria que concibió Edgar Allan Poe. No habrá que olvidar pues, que el verano supone distensión, relax, inacción. Eso lo justifica todo.

A menudo pienso que buscar el estatismo intelectual consiente, es una forma innovadora de procurarse la muerte en vida, sea en julio, septiembre o enero.

Categorías: General · Literatura

La fuente de los desvarios

Enero 4, 2008 · 7 comentarios

Que Darren Aronofsky, con sólo tres largometrajes en su haber, es uno de los directores más audaces, y por ende, más atractivos, que han surgido en Hollywood en los postrimeros (y pobrísimos) años, me parece una verdad a todas luces. Un aspecto sustancial a rescatar de sus trabajos, no obstante los claros matices que presentan entre sí, es que combinan –no de modo perfecto– desparpajo e imprudencia (para los cánones vigentes) con comercialidad (que no es una mala palabra, pese a que muchos se empeñan en pensar que sí).

The Fountain, de hecho, es una película que no encaja en los parámetros corrientes. Yo no sabría dentro de qué género al uso encasillarla, porque me pareció un amasijo heterogéneo, armado con elementos tomados de “aquí y de allá”, indiscriminadamente. En esencia, sospecho que es un drama romántico, ya que el quid de la historia narrada, es el amor como origen, fermento y finalidad de una exploración incesante y desesperada. Y justamente es el trozo (de la torta tripartita) que podría denominarse como el presente -donde hay un sutil intercambio de palabras, situaciones cotidianas e íntimas, miradas y silencios-, además de la menos aparatosa de todo el film, la que adquiere mayor carga emotiva y contundencia, la que consigue concentrar y cautivar al espectador, la que desprende una importante fuerza visual. La historia en sí no se aleja de los convencionalismos, pero la forma en que Aronofsky la expone, con escenas intimistas y de indudable belleza, con primeros planos acentuados y sobrecogedores, y confiriéndole mayor peso a la insinuación, a lo solapado, por sobre los mecanismos explícitos, es lo que hace a The Fountain, junto con las destacadísimas (y creíbles) actuaciones de Hugh Jackman principalmente, y de Rachel Weisz, diferente de cualquier peliculita sentimental, cursi y lacrimógena de las que abundan. También merece recalcarse la intensidad de la banda sonora, muy a tono con el desarrollo de la historia.

Luego, el análisis debe centrarse, de modo inevitable, en el aspecto desmesurado de la película: el sincretismo inmoderado del que se vale el director para plasmar las tramas paralelas, en las que varía el factor temporal a través de un viaje hipnótico, mezclando elementos de hipotética religiosidad y misticismo oriental, y configurando un pomposo envoltorio artificial y naïf, tras el que se esconde un vacío de lo más absoluto, pues al pretender abordar semejante cantidad de fondos, termina por no aproximarse a ninguno con la profundidad y delicadeza que merecen. En ese sentido, la materialización narrativa es igual de demencial que el fondo narrativo.

Lo dicho, si se afronta como un filme inscripto dentro del género romántico, sin caer en lecturas sesudas o trascendentales, en interpretaciones rebuscadas, se trata de un producto muy digno, atípico y meticuloso; pero lamentablemente, lo correcto es juzgarlo en su conjunto, y entonces hay que afirmar que no es más que un superlativo delirio lisérgico con tintes pseudofilosóficos, de un director lo suficientemente valeroso para animarse a realizarlo.

The Fountain (EE.UU., 2006)
Director: Darren Aronofsky.
Intérpretes: Hugh Jackman, Rachel Weisz, Ellen Burstyn, Sean Gullette, Sean Patrick Thomas.
Calificación: 5.75.

Categorías: Cine

Sobre “Mario y el mago”, de Thomas Mann

Enero 2, 2008 · 8 comentarios

En el mundo hay abundancia de atajos para llegar a ciertas clases de belleza. Caminar junto a Hans Castorp en lo que constituye una travesía hacia su propia interioridad, escuchando a hurtadillas las entusiastas pláticas que entablan Ludovico Settembrini y Leo Naphta, o sumergirse con Gustav Aschenbach en los inescrutables abismos de la crisis de creatividad artística, en las tumultuosas aguas de la crisis espiritual de conciencia, equivale a recorrer, no ya un atajo, sino un tortuoso a veces, y fascinante otras, camino –anchuroso camino–, que se cimienta y suspende sobre una inequívoca base: el entusiasmo por la belleza. Y ese sendero, que se bifurca a la manera de Borges, se pierde en la noche de los tiempos, y por fin, se vuelve a unificar, nos lleva siempre a Thomas Mann, al sempiterno Thomas Mann.

Lo cierto es que, obras como La montaña mágica o Muerte en Venecia, me dejaron tan profundamente impresionado, que intentar traducir lo que he experimentado con la lectura de ambos prodigios artísticos, por medio de las palabras, está fuera de mi alcance y supondría un atrevimiento que, por otro lado, no estoy dispuesto a cometer.

Mi entendimiento, si los santos del cielo acuden en mi ayuda, como cuando el gaucho Martín Fierro los invocara para cantar su historia, quizá sea propenso sí, a trasladar algunas ideas –nada novedosas– que guardo en mi interior luego de la lectura de la brevísima novela Mario y el mago.

En ésta novelita –“novelita” exclusivamente por su extensión, y de ningún modo por su profundidad, como se podrá deducir–, Mann, a diferencia de los dos libros citados ut supra, se vale de un narrador en primera persona para describir una anécdota: la estancia de una familia extranjera en Torre di Venere, un (ficticio) pequeño balneario italiano, situado sobre la costa del Tirreno. El padre refiere algunas de las desagradables situaciones que él y los suyos debieron soportar a poco de su llegada (verbi gratia, la intransigencia con que el administrador del hotel les hizo desalojar las habitaciones que ocupaban, por pedido expreso de miembros de la nobleza romana, a causa de una tos ferina que sus hijos ya habían superado; aunque esto último, dictaminado por un médico, no fue óbice para que la bizantina decisión se vea alterada; o la escandalizada reacción de algunos lugareños por la autorización que nuestro narrador y su mujer le dieron a su niña de ocho años para quitarse el bañador en la playa, a fin de sacarse la arena que llevaba encima; suscitándose finalmente con motivo de esta nimiedad disfrazada de inmoralidad, una acción punitiva contra el matrimonio, que se vio obligado a pagar una multa en el Municipio).

Sin embargo, el escritor alemán pone el acento en otro incidente, a primera vista igual de intrascendente que los ya mencionados, pero que, en una lectura menos lineal, se revela al mismo tiempo, como la razón de ser y la metáfora de la novela: la presencia en el pueblo del mago Cipolla, un artista extraordinario que fusiona en su espectáculo, ardides con barajas, juegos de prestidigitación y, lo más impresionante, hipnotizaciones múltiples. Cipolla se deja ver, a lo largo de su inextinguible y somnífera presentación, como un personaje avasallante, con tintes arbitrarios, que somete y humilla sin concesiones a su propio público, pero al mismo tiempo, como un líder que amansa con una facilidad suprema a los desorientados espectadores que se muestran empecinados en presentarle batalla. El Cavaliere no conoce de fracasos (“me envanezco de tener casi siempre una buena noche”, dice al inicio del espectáculo), y lo cierto es que ejecuta cada uno de sus trucos con tal confianza en su propia persona, que la resolución exitosa de los mismos parecería estar asegurada de antemano. Como comenta Francisco Ayala, traductor al español de algunas obras de Mann, (…) este mago de feria, que por dos veces ha alzado su mano derecha haciendo el saludo romano, y que por último sugestiona al inocente camarero Mario para que, entregado por entero a su albedrío, haga el ridículo en una patética y bufa transferencia de sentimientos, no hay duda de que representa a Mussolini, entonces en el apogeo de su gloria. Del mismo modo, es válido interpretar la generalidad del escenario que Thomas Mann traza por medio de su romántica pluma (con la contradictoria mezcla de exaltación y repulsión que el público de Cipolla siente frente al sospechosos mago), como una caricaturización, o mejor aún, como una alegoría maestra de la pujante ola de fascismo que en 1929 (año en el que el alemán escribió la novela) se cernía, con su culto al nacionalismo y al Estado omnipresente, sobre la geografía italiana.

No obstante, Mann en ningún momento avaló dicha interpretación; más bien se mostró reacio a aceptarla. Es lógico que su postura sea ésa, pues reducir su obra a un movimiento político efímero, significaría quitarle trascendencia más allá de la obvia referencia al régimen de Mussolini. Por el contrario, si escrutamos con profundidad los rasgos esenciales que se esconden tras la mirada penetrante del mago Cipolla, si analizamos en extensión el comportamiento servil y decadente de la mayoría del público, y si por último, nos identificamos con el pasmado matrimonio extranjero que contempla aquel fastuoso y descomunal desfile de sugestión y poderío junto a sus no menos asombrados hijos, quizá comprendamos que Mann no nos habla solamente del Duce y sus seguidores; nos habla de la condición humana y de peculiaridades inherentes a ella –los casi ochenta años de historia que transcurrieron desde entonces bien pueden atestiguarlo–.

Categorías: Literatura