Vagabundeo resplandeciente

Breves consideraciones sobre la aversión posmoderna por lo substancioso (apuntes)

Febrero 1, 2008 · 4 comentarios

Bien sabido está que una de las características inherentes al –en palabras de Giles Lipovetsky–, proceso de personalización que ha sentado las bases de lo que hoy conocemos como sociedad posmoderna, resulta ser la avidez de información instantánea que experimenta el ser humano –y no tan sólo en el mundo occidental–. Esta transformación, cuyo eje ha sido el impresionante desarrollo postrimero de la tecnología (puesto que la necesidad de la noticia entendida como una forma de estar en sociedad, es fama, viene de mucho antes) va unida a la imperante ideología individualista, y de modo patente se revela como una faceta más de la revolución del consumo. Estamos destinados a consumir, aunque sea de manera distinta, cada vez más objetos e informaciones, deportes y viajes, formación y relaciones, música y cuidados médicos, afirma el sociólogo francés; sin embargo, yo quiero centrarme en la monstruosa ansia actual de estar al tanto de todo, absolutamente de todo lo que ocurre aquí y allá, en la Guayana francesa y en Taiwán.

Ya en su tiempo –no tan lejano como parece–, Unamuno comentó la paradoja de un hombre, tan abstraído en la necesidad de no perderle pisada a las novedades literarias (comenzaban a avanzar a pasos agigantados), que un buen día, de repente, descubrió que había dejado de leer libros, para leer, a cambio, solamente revistas sobre libros, luego revistas de revistas, y por último sus únicas lecturas se redujeron a meros catálogos. ¡Tal es la locura por la información! De este modo, aseguraba el bilbaíno, se termina por perder la noción de la perspectiva moral de la vida: Recibimos en montón, bajo los mismos títulos, noticias de los más diversos procesos sociales, sin que hayan pasado por criba alguna. ¡Cuán grande sería su cólera, don Miguel, si usted viviera en nuestros días! La primacía del acto de comunicación sobra la naturaleza de lo comunicado hoy es regla.

No sorprende pues, la aversión que actualmente la mayoría de las personas siente por la lectura de los clásicos. A modo ilustrativo referiré que, la semana pasada, un conocido (de lo más contento, hojeando una revista sobre la farándula) me preguntó qué estaba leyendo; el desconcierto mezclado quizá con horror que experimentó su rostro, cuando con naturalidad le respondí que leía Los miserables de Victor Hugo, fue el único motivo que me llevó a escribir estas no del todo conexas consideraciones. Parece que leer lo superfluo o lo que está de moda (que podrían ser lo mismo, pero son dos cosas) necesariamente aparta a las personas del goce y disfrute de Homero o Virgilio. Pero intuyo que hay algo más: asimismo parece que se evidencia, dentro del proceso general de destitución y trivialización de lo que antiguamente fue superior y magnánimo, una especie de instalado terror a las obras substanciosas, un acentuado desagrado por lo que ha trascendido, por lo consagrado; en palabras de Unamuno: un desvío hacia aquello cuyo conocimiento exige esfuerzo.

Leer a Aristóteles, Descartes o a Nietzsche, a Cervantes, Dante o a Milton, en efecto, requiere esmero, demanda sudor para la mayoría de los mortales. Del mismo modo, se necesita preparación y voluntad para apreciar el cine de Michelangelo Antonioni o una sinfonía de Beethoven: arribar al conocimiento no es una menudencia.

El culto al relajamiento y la indiferencia de masa que reinan en la sociedad posmoderna, me pregunto, ¿no están acaso directamente relacionadas con este, cuando menos, aborrecimiento hacia la instrucción en las obras, no sólo literarias, que han sido y son mojones ineludibles, como diría don Miguel, en la marcha ascendente del espíritu humano?

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