Trágica historia la de Horacio Quiroga. Trágica siempre, desde el alba hasta el crepúsculo, sin respiros. ¿Trágica por qué? Quién sabe, pero parecería ser que ciertas existencias están signadas por el infortunio, por un infortunio cíclico que veda posibilidad alguna de evasión. Quiroga no fue solamente un escritor maldito –aseverar eso sería obviar su biografía–, Quiroga estaba maldito.
Como Cortázar, Quiroga no nació en la Argentina –su padre, argentino, era cónsul en el Uruguay–, pero debido a que vivió la mayor parte de sus días en la provincia de Misiones, ha pasado a la historia como un argentino que azarosamente no brotó del territorio nacional; aunque tal vez, en un acto de justicia, y para no generar banales rencillas que disparan la efervescencia nacionalista en una y otra ribera, lo mejor sea designarlo rioplatense. Al fin de cuentas, considerando su tragedia, poca importancia reviste la cuestión.

Nació el último día del año 1878, y contaba con sólo dos meses cuando los engranajes propios de la circularidad de su destino comenzaron a ponerse en marcha: su padre se mató accidentalmente con una escopeta. Apenas nacer y ya quedar huérfano de padre… Sin embargo, el pequeño Horacio nunca hubiese imaginado que se trataba solamente del primer eslabón de una vida emponzoñada por la palpable presencia de la muerte, por el acecho cotidiano de la muerte. Enumeremos: siendo niño todavía, sus dos hermanas fallecieron a causa de la fiebre tifoidea; su padrastro se suicidó (de un escopetazo en la boca) delante de sus ojos –según la mayoría de las versiones–, cuando el escritor tenía 17 años; poco después, al tiempo que limpiaba un arma, se le escapó un tiro, cuya consecuencia fue la muerte de uno de sus amigos; su primera esposa agonizó varios días, antes de expirar como corolario del consumo de una importante dosis de veneno. Quiroga había cultivado una fructífera amistad con Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni, dos de los poetas capitales que dio la literatura argentina en el siglo XX: la suerte de ambos ya es conocida: el autor de Los crepúsculos del jardín se suicidó en un hotel, bebiendo una mezcla de whisky y cianuro, mientras que la poetisa tampoco le escapó al sino trágico, y durante la madrugada del 23 de octubre de 1938 se adentró en la tenebrosa inmensidad del océano Atlántico, en un suicidio que recuerda al de Virginia Woolf. Unos meses antes, el mismo Quiroga ya le había puesto punto final a su propia vida, a lo mejor con la ilusión a cuesta de, al no postergar más su deliberada cita con la parca, eliminar asimismo el aura maldita que lo perseguía a él y a su linaje cual sombra pegada al cuerpo. Sin embargo, su tragedia fue de tal magnitud que terminó por trascenderlo: sus tres hijos, como casi no podía ser de otro modo, siguieron su camino y acabaron por suicidarse.
Obra literaria y vida, ficción y realidad, se entremezclan, se retroalimentan, en Horacio Quiroga. “A la deriva” fue el cuento de su autoría que más me impactó, hace muchos años, cuando, atraído por su título, y en puntas de pie, hice un importante esfuerzo para agarrar el volumen titulado Cuentos de amor, de locura y de muerte, que se encontraba en el último anaquel de la biblioteca de mi abuelo. En el desesperante tormento de Paulino, un peón picado por una yararacusú (serpiente venenosa, conocida en la Argentina como yarará, aunque Quiroga respetó en su relato la denominación en guaraní), hallé –entonces– una historia que me era cercana, porque si bien el rioplatense tomó como inspiración la selva misionera para escribir no sólo ésta sino muchas de sus ficciones, las tres provincias que componen la mesopotamia argentina (Entre Ríos, Corrientes y Misiones) presentan inconfundibles similitudes geográficas, más allá de poseer el río Paraná como ligadura común. Y claro, más de una vez había contemplado, entre aterrado y atónito, el voluptuoso despliegue de la yarará, aquel demonio con forma de víbora, del que siempre me habían prevenido resguardarme. Ergo, la descripción (atiborrada de realismo) de cómo el veneno se va desplazando por toda la pierna, y por todo el cuerpo después, hasta invadirlo por completo, y la lenta agonía que acompaña a este terrible proceso, verdaderamente me hizo poner la piel de gallina, sin duda alguna porque tenía plena conciencia de que no estaba exento de que me sucediera, en mis excursiones por el campo, exactamente lo mismo que al pobre Paulino. Además, encontraba (encuentro) maravilloso el retrato que traza del río: El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única. Por lo demás, posiblemente el mejor aspecto de la narración sea el modo en que Quiroga nos muestra cómo la muerte va pisando los talones del desafortunado peón, cómo nos posibilita sentir el veneno ascendiendo por su organismo… hasta que el corazón se detiene.

En una entrevista, Borges rememoró un encuentro con Quiroga: Yo lo conocí a Quiroga, pero yo traté de acercarme a él… era un hombre que parecía como hecho de leña; era muy chico y estaba sentado frente a la chimenea de la casa del doctor… Aguirre creo que se llamaba. Y yo lo veía así: barbudo, parecía hecho de leña. Él se sentó delante del fuego y yo pensé -era muy bajo- y, bueno, yo sentí esto: “es natural que yo lo vea tan chico, porque está muy lejos; está en Misiones. Y este fuego, que yo estoy viendo, no es el fuego de la chimenea de la casa de un señor que vive en la calle Junín. No, es una hoguera de Misiones”. La impresión que yo tuve fue esa: la de que sólo su apariencia estaba con nosotros, que realmente él se había quedado en Misiones, y que estaba en medio del monte. Y, como yo intenté varios temas con él, y no me contestaba, me di cuenta de que era natural que no me contestara porque estaba muy lejos -él no tenía porque oír lo que yo decía en Buenos Aires. Y, en efecto, la estampa agreste y semi-salvaje que Quiroga llevaba a cuesta, me figuro, podría llegar a impresionar a más de un desprevenido en los círculos intelectuales porteños de aquella época en la que estaban tan acostumbrados al refinamiento francés. Pero Borges, una vez más, llevaba la razón, porque Quiroga, desde que llegó a la colorada tierra misionera, la misma tierra en la que los sacerdotes jesuitas organizaran a los nativos guaraníes –para luego ser expulsados del lugar–, ya nunca más se apartó de ella. Quiroga estableció una íntima comunión con el río, con la flora, con la fauna, con el monte, se ensimismó con la naturaleza en su totalidad, y terminó por olvidarse de todo lo demás, hasta de la literatura. Y, leyendo lo que he escrito hasta aquí, llegó a la siguiente conclusión: es una pena –amén de una injusticia– que su biografía acabe por deglutir su obra. ¿O será acaso que son indivisibles, que no es posible comprender ésta sin conocer aquélla?

