Si tengo que ser sincero, me importa un comino que un sector importante de la población (el sector no futbolero, claro) razone que todos aquellos que seguimos con devoción indómita a un equipo de fútbol, somos una manada de desaforados hombres de las cavernas. Y, ensanchando la mirada, menos aún me afecta el desprecio que, en general, los intelectuales suelen enfáticamente demostrar para con el fútbol. No me interesan estas opiniones provenientes de una elite horrorizada, básicamente porque estas personas, estoy seguro, jamás jugaron al fútbol, y porque sus juicios de valor acostumbran a pecar de un alto grado de maniqueísmo. Con su sarcasmo a cuestas, Borges condenó al fútbol, en una de sus frases menos felices, asegurando que se trataba de una cosa estúpida de ingleses. ¡Ay, Georgie, cómo se nota que vos nunca te subiste al paravalanchas del Monumental!
Considero bastante evidente que el hecho de la existencia de hooligans –en su versión inglesa, en su versión italiana, en su versión argentina– no significa que todos los que podemos llorar –de alegría, de tristeza– a causa de lo acontecido dentro de un estadio en noventa minutos, seamos hooligans. Además, se sabe, a los hooligans, a los barras bravas, lo que menos les interesa es el fútbol como hecho deportivo (sería saludable poder distinguir sin dificultades entre simpatizantes y fanáticos, para comprender mejor el fenómeno y no caer en falsas diatribas). Por lo tanto, el anatema borgeano o frases descalificadoras hacia los hinchas, como alguna de Rudyard Kipling, repito, me tienen sin cuidado. Llevando agua para mi molino, podría citar, por ejemplo, a Albert Camus, quien expresara que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Esto me ayudó mucho en mi vida… lo que más sé acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol.
El fútbol, pese a lo que se afirma, no es un enemigo de la cultura. La clásica contraposición de libros versus fútbol, como dos paradigmas antagónicos e irreconciliables, obedece a una concepción netamente aristocrática y vanidosa, que desprecia a lo popular, quizá confundiéndolo con lo populista. No sorprende pues que prácticamente no se registren antecedentes de “literatura futbolística” en la Argentina sino hasta el advenimiento del primer peronismo, dado que antes, escribir seriamente sobre fútbol “estaba mal visto”, era poco menos que una herejía. ¡Qué ridiculez! Como si Cortázar no hubiese escrito sobre boxeo, como si Hemingway no hubiese escrito sobre béisbol. Como si la literatura conociera de “terrenos minados”, intransitables para un escritor: ¡la literatura es vida, señores!

Es cierto que también existen análisis más sesudos, que llegan a la conclusión –simplificando y reelaborando la famosa frase de Marx– de que el fútbol es el opio de los pueblos. Juzgo a dicha crítica como más acertada: no lo niego, cuando todo lo esencial se transforma en un vaivén supletorio y queda sepultado, como los egipcios por el Mar Rojo, a causa del acontecimiento que acredita “verdadera significancia” (como un Mundial), cuando el fútbol obnubila y se transforma en todos los ejes de la carreta existencial, entonces el deporte sí es claramente nocivo para las sociedades. Empero, esta posición nuevamente condena al todo por una porción: yo soy un ferviente riverplatense, pero creo tener bien en claro un orden de jerarquías, una escala valorativa, y el fútbol, si bien es un entretenimiento del que disfruto sobremanera, de ningún modo podría desplazar de mi vida aspectos verdaderamente cardinales: ejemplificando de modo simple y banal, nunca dejaría de asistir a la celebración del cumpleaños de un amigo para quedarme viendo un partido por la televisión.
Pasando ahora con exclusividad al campo de la “literatura futbolística”, debo remarcar la figura del fallecido Roberto Fontanarrosa, quien por medio de sus desopilantes cuentos retratara, con un lenguaje ameno y atiborrado de códigos, un lenguaje a mitad de camino entre el habla del “tablón” y la Real Academia, al hincha y al futbolista argentino. En ese sentido, las historias, surrealistas, rebosantes de ingenio, que pueblan volúmenes como El mundo ha vivido equivocado o No sé si he sido claro, son inolvidables. Por ejemplo, “La observación de los pájaros”, un maravilloso cuento en el que Fontanarrosa describe con minuciosidad el meditabundo y nervioso andar por las desiertas calles de la ciudad de Rosario, y mientras se está jugando el clásico local, de un simpatizante que no quiere enterarse del resultado. También en el ámbito nacional, Osvaldo Soriano, un escritor (injustamente) desdeñado por los círculos intelectuales vernáculos, le dedicó varios relatos al fútbol, alguno de ellos muy conocidos, como “Maradona sí, Galtieri no” o “El penal más largo del mundo”. Sería materia de otro artículo intentar sondear acerca de por qué la temática se presta más para ser abordada a través del cuento, en desmedro de la novela.
Para concluir, me parece inadmisible dejar de citar a un artista de la talla de Pier Paolo Pasolini, que traza asociaciones entre dos campos que él conocía muy bien: el fútbol y la poesía: El fútbol es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje. Hay momentos que son puramente poéticos: se trata de los momentos de gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código: es una ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad. Igual que la palabra poética. El goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. El fútbol que produce más goles es el más poético. Incluso el dribbling es de por sí poético (aunque no siempre como la acción del gol). En los hechos, el sueño de cada jugador (compartido por cada espectador) es partir de la mitad del campo, dribbliar a todos y marcar el gol. Si, dentro de los límites consentidos, se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es ésa. Finalizo yo: vaya si sabrá Maradona de eso.





