Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Marzo 2008

Las retenciones abusivas sí son el problema

Marzo 31, 2008 · 6 comentarios

El eje sobre el que gira esta descomunal noria de conflictividad socio-política que atraviesa la Argentina por estos días, son las retenciones móviles a la exportación de la soja, cuya suba desmedida, asimétrica e inequitativa, anunció el ministro de Economía el pasado 11 de marzo.

La unánime reacción del sector agrario en rechazo de este nuevo signo de avasallamiento por parte del poder central, no sólo es comprensible; se trata de una resistencia razonable y fundada. Si tomamos el precio internacional más alto que la soja tuvo durante la década del noventa, en el año 1997 más precisamente, se arribará a una conclusión categórica: en aquel entonces la tonelada de soja cotizó US$ 281, con retenciones del 3,5%, por lo que al productor le quedaban US$ 271 netos; hoy en día, el precio internacional casi duplica al máximo de la década pasada, ya que está en torno de los US$ 495 que, aplicando las retenciones del 44% impulsadas por el gobierno de Cristina Kirchner, dejan en las arcas de los productores un total de US$ 284 por tonelada. Ha transcurrido más de una década, el precio internacional de la soja tiende a duplicarse; bajo el gobierno de Menem el dólar y el peso valían lo mismo, hoy la relación es de tres a uno; y sin embargo, pese a todos estos beneficios, el productor agrario percibe casi los mismos ingresos que hace 11 años, mientras el Estado acumula una riqueza extraordinaria e inusual, que controla y distribuye con total discrecionalidad.

Una de las mayores mentiras que, con desvergüenza, profirió Cristina desde su atril teñido de vacuos ornamentos peronistas, es la de afirmar que las retenciones móviles tienden a detener el proceso de sojización de los campos argentinos. Si ésta fuera la intención real del Ejecutivo, entonces tales retenciones sólo se aplicarían a dicho cultivo; por el contrario, con esta medida persiguen un objetivo de corte claramente fiscal, como afirmaba el economista Víctor Beker, convirtiendo al Estado en un socio privilegiado del productor, porque participa sólo en los beneficios y no en las pérdidas.

Pero incluso más grave, por su componente engañoso y demagogo, resulta otra de las justificaciones que la presidenta utilizó, al asegurar que las retenciones móviles sirven para impedir la suba de precios que afecta a las personas de menores recursos. Pocos argumentos esgrimidos conllevan semejante nivel de hipocresía, pues todo el mundo sabe a las claras que la dieta de los argentinos lejos está de basarse en milanesas de soja u otros productos derivados de este cultivo.

La revuelta rural, y, especialmente, la adhesión que la misma ha cosechado por parte de las clases medias urbanas, se sustenta, según mi entender, en la certeza de que las retenciones, más que un medio para efectivizar la tan mentada redistribución de la riqueza en el país, son una herramienta de dominación política, amén de que, al aumentar el intervencionismo estatal y la burocracia gubernamental, también crecen, de la mano, los pasmosos niveles de corrupción pública.

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Sobre el patoterismo de D’Elía y la prostitución del peronismo

Marzo 29, 2008 · 6 comentarios

Más allá del resultado final de las negociaciones que actualmente están llevando a cabo los representantes de las entidades agrarias y el Gobierno nacional, luego del segundo discurso de Cristina Fernández de Kirchner, hoy quiero dedicarle unos párrafos a un dirigente (que se autoproclama) social, y que nos tiene acostumbrados a sus grotescas andanzas, paseándose de aquí para allá, gozando de absoluta impunidad, y en permanente pose de provocador. Disparador de estupideces a raudales. Violador orgulloso de las leyes más básicas. Limitado orador en lo sustancial de su discurso de manual y prefabricado, mas no a la hora de lanzar exabruptos a los cuatro vientos. Necio, impresentable, resentido, incompetente, y, sobre todo, hipócrita. ¿Su nombre? Luis D’Elía.

Este abonado permanente a las declaraciones estrepitosas y al lenguaje vulgar, este confeso amigo de regímenes autoritarios –como la antisemita teocracia iraní–, provocó el martes por la noche, hechos verdaderamente bochornosos y claramente antidemocráticos, en las inmediaciones de la Plaza de Mayo, cuando con sus grupos parapoliciales de choque, a fuerza de golpes y agravios, disolvió una pacífica manifestación de apoyo a los reclamos del sector agropecuario. Observaba esta serie de sucesos por la televisión, y mi indignación se fue por las nubes, al contemplar el modo en que D’Elía daba trompadas de ciego junto a sus patoteros de turno, con el pecho descubierto, en una imagen atiborrada de patetismo y barbarie. No me indigna la incursión de D’Elía, pues no esperaba menos de él; me indigna ser consciente de que tiene la venia del Gobierno para hacer lo que hizo: he ahí lo trágico de la situación. Sin ir más lejos, el día jueves ocupó un sitio de honor en el selecto grupo de dirigentes que acompañaron desde el palco oficial a Cristina en su nuevo discurso. ¿Cómo se puede defender a alguien que no tiene escrúpulos en copar e incendiar una comisaría, o en declarar que “lo único que lo mueve es el odio contra la puta oligarquía”? ¿Cómo se puede pretender construir un país en serio si la máxima autoridad de la nación se rodea de esta clase de personajes?

Luis D’Elía es el más fidedigno representante del típico dirigente social argentino: chabacano, inepto y atropellador. Si estuviera donde corresponde, que es en la cárcel, yo me hubiese ahorrado toda esta perorata.

Como se observó el pasado día jueves, los Kirchner recurren a la parafernalia peronista “cuando las papas queman”. Así es que la presidenta pronunció su discurso desde un escenario inconveniente, circundada por bombos y militantes pagos, cuando debió hacerlo desde Casa de Gobierno, en un marco institucional y no partidario. Empero, volviendo a D’Elía, Hebe de Bonafini y compañía, estos (supuestos) defensores de los derechos humanos que escudan al Gobierno a cambio de dádivas que financian los ciudadanos honestos y trabajadores, estos señores que invocan (supuestos) pensamientos de izquierda para oponerse al paro del campo, constituyen la peor escoria de la clase política argentina, porque no son otra cosa que fascistas disfrazados de progresistas. El kirchnerismo al que adhieren, en rigor, es una estafa a los principios básicos que le dieron origen al movimiento social al que dicen pertenecer –del mismo modo que también lo fue el menemismo–, porque, como expresaba el crítico Quintín, los Kirchner son ajenos al espíritu de modernidad, de igualdad y solidaridad que significó el peronismo. Por el contrario, sólo encarnan las que fueron sus peores facetas a lo largo de la historia: el verticalismo y la obediencia, la propaganda y la persecución, la corrupción y la violencia, la censura y la mentira. El matrimonio Kirchner y su séquito de adictos han traicionado, desde siempre, a la doctrina justicialista que utilizaron de bandera, solamente como trampolín para acceder a las altas esferas gubernamentales, y para encubrir su ambiciosa voracidad de poder, su interminable contrabando intérlope.

Los pequeños y medianos productores agrarios, lejos de pertenecer a la oligarquía terrateniente, son los sujetos que precisamente combaten con mayor firmeza al capitalismo monopólico que este Gobierno propicia por medio de la expansión irrestricta de los pools de siembra. He tenido ocasión de estar en lo que Cristina denominó los “piquetes de la abundancia”, y puedo dar fe que no son vestigios de la vetusta aristocracia los que se han alzado contra la política oficial. Se trata del interior profundo, del interior postergado y saqueado, que demanda lo que el progresismo político ha exigido desde siempre: el derecho a trabajar y a seguir adelante con un modelo de producción que ha contribuido históricamente, y que contribuye hoy más que nunca, a mejorar la calidad de vida de los miembros del sector y del país completo.

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Pedagogía de la desmesura presidencial

Marzo 27, 2008 · 5 comentarios

Del mismo modo que la mayoría de la ciudadanía, me dispuse por la tarde del martes, a escuchar con atención el anunciado discurso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Ante la certeza del infecundo panorama que brindaban los productores agropecuarios cortando decenas de rutas en toda la extensión del territorio argentino, intuía, estaba casi convencido, que la máxima autoridad de la república realizaría una convocatoria al diálogo, un llamamiento a la sensatez y a la concordia. Pensé que, desde su atril de la Casa Rosada, haciendo uso quizá de un instinto maternal del que carecía su marido, o de la reflexión y cautela que había dejado entrever en todas sus disertaciones hasta aquí, pondría paños fríos en una situación que, ya de por sí, estaba en llamas. Está a la vista que me equivoqué feo, muy feo.

Por el contrario, lo que –literalmente– hizo esta mujer fue apagar un incendio con nafta. Su discurso, abrigado por una pose blindada e impermeable a las críticas, pletórico de arrogancia y autosuficiencia, apeló al agravio e incluso a la ironía, para sacar a la superficie enfrentamientos internos que estaban superados desde hace décadas, intentando estigmatizar ideológicamente a quienes obtienen utilidades en base a las reglas del mercado, tratando de “desenmascarar” ante la sociedad, por medio de sus provocativos y poco felices argumentos, a los “enemigos” de la redistribución de la riqueza.

El campo ha sido, innegablemente, el sustento sobre el que se basó la tan mentada recuperación económica argentina. Las retenciones sobre las exportaciones agropecuarias, implementadas por el presidente Eduardo Duhalde, han sido un valioso instrumento para compensar de algún modo los efectos beneficiosos suscitados por la devaluación de la moneda, cuando el país se encontraba, allá por 2002, en el fondo del abismo. Sin embargo, durante todo el mandato de Néstor Kirchner, acabaron por convertirse en la base de un sistema político de recaudación y acumulación que se maneja de forma discrecional, con el que se disciplina y doblega a los gobernadores e intendentes, y con el que, asimismo, se financia el proyecto hegemónico de concentración del poder en unas pocas manos. Los productores agropecuarios, anestesiados por la suba de los precios internacionales de sus commodities, vienen soportando desde hace años estos atropellos, estos crecientes aumentos de las retenciones. Sin embargo, la gota que rebasó el vaso, fue el anuncio de llevar estos impuestos a las exportaciones de soja desde un 35% a un 44% y su fijación según una escala móvil que sigue a los precios internacionales: como es progresivo, si la soja llegara a 700 dólares la tonelada, el Estado se quedaría con 95 de los 100 dólares que excedan los 600. Con esta medida, claramente confiscatoria, y que conlleva una intención de neto corte fiscal –amén del voraz apetito recaudatorio–, Cristina Kirchner y su jovencísimo ministro de Economía, han logrado lo que nunca antes se había vislumbrado en la historia argentina: unir a todas las entidades agrarias en un reclamo que se ha extendido urbi et orbi, y al que se han sumado, de modo espontáneo, miles de ciudadanos que ninguna relación directa poseen con el campo: así lo han demostrado los “cacerolazos” que se propagaron en la ciudad de Buenos Aires tras el inmoderado discurso presidencial.

No obstante, quien más se perjudica con estas medidas, son las provincias del interior, especialmente aquellas que componen la zona agropecuaria por excelencia del país –Tucumán, Córdoba, La Pampa, Entre Ríos y Santa Fé–, pues el dinero que va a parar al poder central, no regresa a los pueblos productores en forma de inversiones públicas para mejorar el desarrollo de la zona, arrebatándole su principal riqueza, convirtiendo al federalismo tan pregonado en una auténtica quimera, mal administrando los destinos de la nación y, lo más grave, desperdiciando una oportunidad histórica y quizá irrepetible de proyección en el mundo. El escritor Jorge Asís lo ha expresado a las claras: En el fondo, en el conflicto entre el centralismo y el interior profundo, se percibe la ficción inerte de nuestra historia. En estas tierras florece el mayor unitario cuando un federal toma el poder. Como se lee en el comunicado que emitieron las entidades agrarias, la construcción de un país en serio requiere del desarrollo equilibrado de todo el interior, que no debe ser nuevamente víctima de erróneas medidas que impidan sus posibilidades de crecimiento.

Por otro lado, la redistribución de los ingresos a favor de los pobres que invoca Cristina, además de ser un sofisma destinado a ocultar lo que, a todas luces, resulta imposible de ocultar (porque, si en los casos del trigo y las carnes podía hablarse todavía del consumo popular, en el caso de la soja el aumento ya no refleja nada más, como expresé ut supra, que la voracidad del Estado), supone recurrir –al mencionar incluso que los productores del campo se pasean en camionetas 4 x 4, como si esto constituyera un pecado; me pregunto, ¿en qué clase de vehículo transita usted señora presidenta?– a elementos arteros y de manifiesta intencionalidad clasista e ideológica para procurar entablar una guerra inútil a través de la confrontación social, el encono y la desmesura. Además, comete el Gobierno un burdo (e intencionado) error –que la sociedad ha advertido desde el primer momento–, al querer tratar de “oligarquía terrateniente” a la totalidad de los productores del campo, cuando se cae de maduro que es completamente injusto pretender igualar a los grandes pools de siembra (que poseen per capita un promedio superior a las 10.000 hectáreas, y a los que prácticamente no les afecta la suba de las retenciones) con los pequeños y medianos productores, propietarios de reducidas parcelas, representantes de la mayor parte del campo argentino, antagonistas de la transnacionalización y concentración de las tierras, y que, inexplicablemente, constituyen hoy por hoy el sector más desprotegido.

Categorías: Actualidad · Economía · Política

La pandemia del fútbol argentino

Marzo 19, 2008 · 4 comentarios

Cada tanto, algún hecho grave ocurrido dentro (o fuera) de las canchas del fútbol argentino, cobra trascendencia pública, y por espacio de una, con suerte dos semanas, en el país se comenta y se debate sobre la violencia, los barrabravas, los operativos de (in)seguridad y demás yerbas. Personajes que se desempeñan en disímiles áreas aprovechan el furor mediático para lanzar rimbombantes denuncias, o para realizar fugaces promesas. Luego, se apagan las cámaras, reaparece la calma, y todo sigue igual que siempre.

Resulta pavoroso observar cómo, por ejemplo, las denominadas barrabravas, que son, en rigor, grupos parapoliciales que utilizan métodos violentos para la consecución de sus fines (nada altruistas, por cierto), están amparadas y financiadas por directivos de los clubes y dirigentes políticos, tejiéndose entre ellos una red de complicidad y reciprocidad basada en actos delictivos y contrarios a la ley, realmente escandalosa.

Todo aquel que ha tenido la ocasión de asistir a un estadio argentino, habrá pasado, en mayor o menor grado, un mal momento. Sin ir más lejos, la última vez que concurrí a un espectáculo futbolístico, observé atónito cómo, a tres metros de distancia de un policía, dos sujetos le arrebataban el reloj a una persona mayor que cometió el error (la osadía) de meterse en el lugar equivocado; o cómo, en medio de una rencilla interna, un barrabrava acuchillaba a otro, y luego era “escondido” por sus compañeros, para que los agentes policiales no lograran identificarlo. Y lo más curioso es que a estos especímenes, que supuestamente son los “hinchas más fanáticos y seguidores” de sus respectivos equipos, el fútbol les importa bien poco: es frecuente observarlos de espalda al campo de juego, indiferentes de lo que allí ocurre. Sus mayores intereses, además de los ya mencionados, pasan por agredir, denigrar y violentar al rival, en una vorágine contagiosa y ascendiente que se prolonga cual plaga de Egipto, en la tristísima cultura futbolera argentina. De esta manera, la violencia queda legitimada. La “pasión”, el “folclore del fútbol” y la “masculinidad” son los lamentables justificativos que la media de la población suele utilizar. Y nadie, ni antes ni ahora, ha hecho ni hace absolutamente nada para contrarrestar este mal endémico que parecería ser perpetuo.

Después, cuando nos anoticiemos que el presidente de una institución amenazó a un árbitro en el entretiempo, que un director técnico fue herido durante una pretemporada, que un fanático ingresó al campo de juego y agredió a un jugador, que identificados barrabravas deambulando libremente por los clubes “aprietan” a los futbolistas o les pinchan las gomas de sus autos, que una persona más murió en un estadio argentino o en sus alrededores… nos indignaremos, proferiremos palabras virulentas, calificativos como “irracionales”, “bestias”, y nos quejaremos de la intolerable situación… hasta que la pelota comience a rodar otra vez, y ya todo vuelva a la pasmosa normalidad.

Categorías: Actualidad · Deportes

“The Changeling”, de Peter Medak

Marzo 15, 2008 · 4 comentarios

En un comentario anterior afirmé que, frente a la crisis que atraviesa actualmente el cine de terror, sólo podría rescatar –a título personal– ciertas producciones de origen oriental, cuyo común denominador es estar embanderadas en la sobriedad que escasea en Hollywood. Aún cuando estas frescas propuestas que nos llegan de Japón y otros países, repito, son dignas de aprobación, de originalidad poseen más bien poco, pese a lo que muchas personas piensan.

La pulcritud narrativa, la preponderancia de la sugerencia frente a la evidencia, la sencillez visual, la tendencia a la naturalidad actoral, la búsqueda del terror por caminos opuestos a la parafernalia y a la truculencia que nos invadió a partir de la década del noventa con el penoso renacimiento del slasher, no son características que hayan surgido precisamente en Oriente. En ese sentido, The Changeling, tranquilamente puede considerarse como la Eva de una vasta descendencia que se reproduce hasta nuestros días.

Si bien no estamos frente a una película de la redondez propia de producciones, a estas alturas, canónicas del género –verbi gratia, Rosermay’s Baby, The Exorcist o The Omen– y que le precedieron cronológicamente, es menester subrayar el inconmensurable aporte que The Changeling brindó al cine que le sobrevendría, a tal punto que, en la actualidad, luego de transcurridos casi treinta años desde su filmación y estreno, cientos y cientos de filmes que se sustentan en un terror exento del componente macabro, siguen copiando la mayoría de los fundacionales recursos implementados por Peter Medak en 1979. Sin ir más lejos, la multipremiada Los Otros de Alejandro Amenábar, en rigor, no es otra cosa que una ligera variación – interesante variación, por cierto– de la película que nos ocupa.

Hay escenas, en medio de una historia de fantasmas convencional, en la que un antiguo caserón se erige como parte sustancial de la trama, que no dejan al espectador sin aliento, pero sí provocan algún que otro concreto sobresalto. Considero que los acontecimientos que proceden de una dimensión ignota para la mayoría de los mortales, que se nos revelan como una ruptura de la cotidianeidad, son los que, a la postre, causan mayor grado de inquietud. El director de origen húngaro –que, es necesario precisarlo, no logró estructurar una carrera sólida y coherente– consiguió crear un clima de permanente tensión, especialmente durante la primera parte del largometraje, valiéndose de, prima facie, elementos tan simples como la tecla de un piano moviéndose sola, una pequeña pelota que desciende insistentemente por las escaleras, una caja de música o una diminuta silla de ruedas.

La presencia de un actor tan sobrio como George C. Scott, interpretando al atormentado compositor que, luego de las trágicas pérdidas de su mujer y de su hija, se refugia en la mencionada (e inquietante) casa victoriana, inhabitada por décadas, le confiere un margen superlativo de credibilidad a la historia. La sesión espiritista, que se desarrolla en la perturbadora inmensidad e intimidad de esos antiguos interiores ennegrecidos, con una desenfrenada médium soltando garabatos sobre hojas en blanco, supone quizá una de las mejores secuencias de la película, no sólo por la verosimilitud –aspecto primario para infundir terror– que la misma expele, sino también por la perfecto sintonía entre lo artístico con lo técnico. Y en este último rubro, merece destacarse muy especialmente la banda sonora.

Como he dicho al principio, el terror explícito, plagado de fuegos artificiales y vísceras revoleadas a los cuatro vientos, viene a ser la antítesis de esta verdadera lección de cómo crear escalofríos sin recurrir a los lugares comunes del género. En The Changeling, una sombra, un espejo roto, un pozo de agua, una luz que de súbito se enciende en el ático, aleccionan sobre la génesis del horror más profundo.

The Changeling (Canadá, 1979)
Director: Peter Medak.
Intérpretes: George C. Scott, Trish Van Devere, Melvyn Douglas, John Colicos, Jean Marsh.
Calificación: 7.

Categorías: Cine

Amarrarse al mástil de la fraternidad

Marzo 13, 2008 · 7 comentarios

Pocos días atrás, en su blog, un amigo ponía de manifiesto su carácter de apátrida, en ocasión de la tensión que se generó entre los gobiernos de Colombia, Venezuela y Ecuador, contemplándose incluso la posibilidad de un conflicto bélico. Guido escribió unas palabras que quedaron zumbando en mi cabeza: Mis oídos son sordos a los cantos de las sirenas patrióticas. La elección de las sirenas, me figuro, no podría haber sido más acertada de su parte, pues, como es fama, y así lo sabrá perfectamente todo aquel que haya leído La Odisea, estos seres mitológicos, genios marinos, mitad mujer, mitad ave, se valían de la embelesadora música que ejecutaban, para atraer a los navegantes que pasaban cerca de la isla del Mediterráneo donde ellas habitaban, provocando de este modo que las embarcaciones se aproximaran peligrosamente a la costa rocosa, para acabar zozobrando. Entonces, las sirenas se alzaban con su preciado botín: la carne humana de los imprudentes. Del mismo modo, compruebo que las vehementes y apasionadas prédicas nacionalistas, cuando acarrean exacerbación, separatismo y hasta xenofobia, y apuntan deliberadamente a crear un enérgico sentimiento de pertenencia, suelen calar hondo no ya en los oídos, sino en las mentes de no pocas personas: generan un inmoderado entusiasmo que nubla la razón y turba al espíritu: no hace falta retrotraerse a muchos siglos atrás para evidenciarlo. La preservación de atributos identitarios, la búsqueda del bienestar para la nación propia, nadie puede negarlo, son postulados totalmente encomiables. Sin embargo, no acostumbran a ser solamente éstas las causas de la atracción que el discurso nacionalista genera en las sociedades.

Guido afirma que no le avergüenza reconocerse como un apátrida. Quizá la palabra “apátrida”, sobre todo en su dimensión jurídica, no sea del todo agradable. Prefiero, pues, utilizar el término “cosmopolita”, que comprende un concepto muchísimo más rico y positivo. Marco Aurelio, con su lucidez anticipatoria, escribió alguna vez: (…) qué cercano es el parentesco entre un hombre y toda la raza humana, ya que no se trata de una comunidad determinada por un poco de sangre o de simiente, sino por el espíritu. No obstante, quien sentó las bases, quizá involuntariamente, de lo que hoy entendemos por cosmopolitismo fue el filósofo griego Diógenes, que afirmó ser un “ciudadano del mundo”; metáfora a la cual actualmente se recurre cada dos por tres. Ser “ciudadano del mundo” no implica, como algunos podrían especular, abogar por un único gobierno a lo largo y ancho del planeta. En ese sentido, resulta muy ilustrativo el famoso encuentro que Diógenes mantuvo con Alejandro Magno, quien sí estaba a favor de un único gobierno global, el gobierno global de Alejandro Magno. Por el contrario, el nacido en Sinope quería hacer resplandecer la idea de que no sólo debía preocuparse él (preocuparnos nosotros) por el destino de los ciudadanos de Sinope (por los ciudadanos del país que habitamos), sino por el género humano en su vasta y acabada extensión. Allí radica el quid del cosmopolitismo, del que también se deduce la inconmensurable valía que posee el diálogo con nuestros congéneres, más allá de las distancias, más allá de las diferencias. Porque la diversidad debe operar como un elemento enriquecedor, para aprender mutuamente unos de otros, y nunca como una barrera para la interrelación fecunda. Es fundamental poner de relieve la innata obligación humana de preocuparse por el destino de los otros.

En días en que los enardecidos discursos nacionalistas propugnan aislacionismo, violencia y extremar las diferencias connaturales del azar, también es propicio recordar que estamos atravesando los tiempos de la aldea global. Y hoy más que nunca, con las posibilidades y herramientas que tenemos a nuestro alcance, posibilidades y herramientas que ni soñaron poseer Diógenes y otros adelantados en esta materia, es necesario obrar con la prudencia propia de Ulises, amarrarnos al mástil de la ciudadanía global, al mástil de la fraternidad, y desoír los cantos que nos producen inevitables deseos de naufragar y sucumbir en el nacionalismo extremista. El espíritu cosmopolita es necesario, muy necesario.

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Desborde de gags en la ópera

Marzo 10, 2008 · 6 comentarios

No albergo ninguna clase de dudas respecto a que los hermanos Marx constituyen la cumbre de la comedia dentro del ámbito del cine. Lo que hoy en día comprendemos como comedia cinematográfica, con sus pronunciados matices, le debe más, en rigor, a éstos padres de todos los gags que a cualquier otro actor, guionista o director que haya dejado su sello dentro del séptimo arte. Más allá de esa opinión, entiendo que, en nuestros tiempos, se nos revela con el carácter de una certidumbre incontrastable la realidad de que ya no existe un Groucho Marx, ni tan siquiera un símil que le llegue a los talones. Quizá ese acontecimiento –la no existencia de un Groucho Marx contemporáneo– sirva para dejar ver el crepúsculo que se cierne sobre Occidente todo, su completa decadencia.

La primera película que vi de los hermanos Marx fue Una noche en la ópera, la primera que les produjo Irving G. Thalberg, niño mimado de Louis B. Mayer, y quien fuera precisamente el creador, desde la MGM, de la figura del productor, constituyéndose a la postre no sólo en un pionero, sino en uno de los productores más talentosos y poderosos que ha dado Hollywood en toda su historia. Tanto Una noche en la ópera como la otra colaboración que entablaron con él –Un día en las carreras– se transformaron, palmariamente, en algunos de los mejores momentos cinematográficos que los Marx nos han legado. En Una noche en la ópera, por ejemplo, el papel de su director, Sam Wood, fue meramente decorativo: tal era el peso específico y la preponderancia en la toma de decisiones que ostentaba Thalberg.

Una noche en la ópera es una película atemporal porque, pese a que data de 1935, todavía hoy sigue quitando carcajadas a granel. En un guión atiborrado de gags, en el que escribió hasta el mismísimo Buster Keaton, se destacan dos escenas, dos instantes perennes que consiguen destacarse del resto del film. Una de ellas es la célebre negociación entre Chico y Groucho, convertidos sucesivamente en agente (por decisión propia) de un ignoto tenor y en empresario preocupado exclusivamente por llevar al máximo su comisión, que no sólo constituye un diálogo rebosante de comicidad –la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte–, sino que se revela, en su vertiginosidad, como una sutil y actual crítica al enrevesado mundo de los contratos. El modo en que concluyen la rutina, luego de haber cortado casi la totalidad del larguísimo contrato, y quedarse solamente con un irrisorio pedazo de él, es sencillamente genial.

La otra secuencia imborrable se desarrolla en el pequeñísimo camarote que le asignan a Groucho en la travesía hacia New York: tan ínfimo es el espacio disponible, que Groucho consulta con el maletero si no es conveniente meter el camarote dentro de las maletas. Al cabo de unos minutos, dicho compartimiento se transformará en el lugar más poblado del planeta: Groucho, Chico, Harpo, Allan Jones (el tenor que representa Chico), dos encargadas de hacer las camas, un plomero, una manicura, el ayudante del plomero, una adolescente que busca a su tía Minnie, la chica de la limpieza y cuatro camareros con el faraónico desayuno pedido. Cuando la señora Claypool finalmente llega a la cita amorosa convenida previamente con Groucho, y decide abrir la puerta del camarote, provoca un auténtico aluvión humano.

A medida que el tiempo transcurre, uno cae en la cuenta que gran parte de las películas se miden precisamente por la capacidad que presentan para fabricar esos momentos que subsisten en la existencia cotidiana, en la vida diaria. Una noche en la ópera, como la mayoría de las comedias de los hermanos Marx, dese ya, no está(n) emparentada(s) con el cine de dimensiones trascendentes propio de directores como Bergman o Antonioni. Sin embargo, como todos sabemos, a veces no vine mal dejar de lado los sinsabores y desdichas que la cotidianeidad se encapricha en regalarnos, y echarse a reír por el solo placer de reírse, sin más. Olvidar por una hora y media los problemas que nos aquejan quizá no sea una idea que esté muy bien vista, pero si alguien decide llevarla a cabo de todos modos, háganme caso, por favor, y vean Una noche en la ópera. ¡Qué risa, señores, qué risa!

A night at the Opera (EE.UU., 1935)
Director: Sam Wood.
Intérpretes: Groucho Marx, Chico Marx, Harpo Marx, Margaret Dumont, Allan Jones, Kitty Carlisle.
Calificación: 7.

Categorías: Cine