Vagabundeo resplandeciente

Desborde de gags en la ópera

Marzo 10, 2008 · 6 comentarios

No albergo ninguna clase de dudas respecto a que los hermanos Marx constituyen la cumbre de la comedia dentro del ámbito del cine. Lo que hoy en día comprendemos como comedia cinematográfica, con sus pronunciados matices, le debe más, en rigor, a éstos padres de todos los gags que a cualquier otro actor, guionista o director que haya dejado su sello dentro del séptimo arte. Más allá de esa opinión, entiendo que, en nuestros tiempos, se nos revela con el carácter de una certidumbre incontrastable la realidad de que ya no existe un Groucho Marx, ni tan siquiera un símil que le llegue a los talones. Quizá ese acontecimiento –la no existencia de un Groucho Marx contemporáneo– sirva para dejar ver el crepúsculo que se cierne sobre Occidente todo, su completa decadencia.

La primera película que vi de los hermanos Marx fue Una noche en la ópera, la primera que les produjo Irving G. Thalberg, niño mimado de Louis B. Mayer, y quien fuera precisamente el creador, desde la MGM, de la figura del productor, constituyéndose a la postre no sólo en un pionero, sino en uno de los productores más talentosos y poderosos que ha dado Hollywood en toda su historia. Tanto Una noche en la ópera como la otra colaboración que entablaron con él –Un día en las carreras– se transformaron, palmariamente, en algunos de los mejores momentos cinematográficos que los Marx nos han legado. En Una noche en la ópera, por ejemplo, el papel de su director, Sam Wood, fue meramente decorativo: tal era el peso específico y la preponderancia en la toma de decisiones que ostentaba Thalberg.

Una noche en la ópera es una película atemporal porque, pese a que data de 1935, todavía hoy sigue quitando carcajadas a granel. En un guión atiborrado de gags, en el que escribió hasta el mismísimo Buster Keaton, se destacan dos escenas, dos instantes perennes que consiguen destacarse del resto del film. Una de ellas es la célebre negociación entre Chico y Groucho, convertidos sucesivamente en agente (por decisión propia) de un ignoto tenor y en empresario preocupado exclusivamente por llevar al máximo su comisión, que no sólo constituye un diálogo rebosante de comicidad –la parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte–, sino que se revela, en su vertiginosidad, como una sutil y actual crítica al enrevesado mundo de los contratos. El modo en que concluyen la rutina, luego de haber cortado casi la totalidad del larguísimo contrato, y quedarse solamente con un irrisorio pedazo de él, es sencillamente genial.

La otra secuencia imborrable se desarrolla en el pequeñísimo camarote que le asignan a Groucho en la travesía hacia New York: tan ínfimo es el espacio disponible, que Groucho consulta con el maletero si no es conveniente meter el camarote dentro de las maletas. Al cabo de unos minutos, dicho compartimiento se transformará en el lugar más poblado del planeta: Groucho, Chico, Harpo, Allan Jones (el tenor que representa Chico), dos encargadas de hacer las camas, un plomero, una manicura, el ayudante del plomero, una adolescente que busca a su tía Minnie, la chica de la limpieza y cuatro camareros con el faraónico desayuno pedido. Cuando la señora Claypool finalmente llega a la cita amorosa convenida previamente con Groucho, y decide abrir la puerta del camarote, provoca un auténtico aluvión humano.

A medida que el tiempo transcurre, uno cae en la cuenta que gran parte de las películas se miden precisamente por la capacidad que presentan para fabricar esos momentos que subsisten en la existencia cotidiana, en la vida diaria. Una noche en la ópera, como la mayoría de las comedias de los hermanos Marx, dese ya, no está(n) emparentada(s) con el cine de dimensiones trascendentes propio de directores como Bergman o Antonioni. Sin embargo, como todos sabemos, a veces no vine mal dejar de lado los sinsabores y desdichas que la cotidianeidad se encapricha en regalarnos, y echarse a reír por el solo placer de reírse, sin más. Olvidar por una hora y media los problemas que nos aquejan quizá no sea una idea que esté muy bien vista, pero si alguien decide llevarla a cabo de todos modos, háganme caso, por favor, y vean Una noche en la ópera. ¡Qué risa, señores, qué risa!

A night at the Opera (EE.UU., 1935)
Director: Sam Wood.
Intérpretes: Groucho Marx, Chico Marx, Harpo Marx, Margaret Dumont, Allan Jones, Kitty Carlisle.
Calificación: 7.

Categorías: Cine