Vagabundeo resplandeciente

Amarrarse al mástil de la fraternidad

Marzo 13, 2008 · 7 comentarios

Pocos días atrás, en su blog, un amigo ponía de manifiesto su carácter de apátrida, en ocasión de la tensión que se generó entre los gobiernos de Colombia, Venezuela y Ecuador, contemplándose incluso la posibilidad de un conflicto bélico. Guido escribió unas palabras que quedaron zumbando en mi cabeza: Mis oídos son sordos a los cantos de las sirenas patrióticas. La elección de las sirenas, me figuro, no podría haber sido más acertada de su parte, pues, como es fama, y así lo sabrá perfectamente todo aquel que haya leído La Odisea, estos seres mitológicos, genios marinos, mitad mujer, mitad ave, se valían de la embelesadora música que ejecutaban, para atraer a los navegantes que pasaban cerca de la isla del Mediterráneo donde ellas habitaban, provocando de este modo que las embarcaciones se aproximaran peligrosamente a la costa rocosa, para acabar zozobrando. Entonces, las sirenas se alzaban con su preciado botín: la carne humana de los imprudentes. Del mismo modo, compruebo que las vehementes y apasionadas prédicas nacionalistas, cuando acarrean exacerbación, separatismo y hasta xenofobia, y apuntan deliberadamente a crear un enérgico sentimiento de pertenencia, suelen calar hondo no ya en los oídos, sino en las mentes de no pocas personas: generan un inmoderado entusiasmo que nubla la razón y turba al espíritu: no hace falta retrotraerse a muchos siglos atrás para evidenciarlo. La preservación de atributos identitarios, la búsqueda del bienestar para la nación propia, nadie puede negarlo, son postulados totalmente encomiables. Sin embargo, no acostumbran a ser solamente éstas las causas de la atracción que el discurso nacionalista genera en las sociedades.

Guido afirma que no le avergüenza reconocerse como un apátrida. Quizá la palabra “apátrida”, sobre todo en su dimensión jurídica, no sea del todo agradable. Prefiero, pues, utilizar el término “cosmopolita”, que comprende un concepto muchísimo más rico y positivo. Marco Aurelio, con su lucidez anticipatoria, escribió alguna vez: (…) qué cercano es el parentesco entre un hombre y toda la raza humana, ya que no se trata de una comunidad determinada por un poco de sangre o de simiente, sino por el espíritu. No obstante, quien sentó las bases, quizá involuntariamente, de lo que hoy entendemos por cosmopolitismo fue el filósofo griego Diógenes, que afirmó ser un “ciudadano del mundo”; metáfora a la cual actualmente se recurre cada dos por tres. Ser “ciudadano del mundo” no implica, como algunos podrían especular, abogar por un único gobierno a lo largo y ancho del planeta. En ese sentido, resulta muy ilustrativo el famoso encuentro que Diógenes mantuvo con Alejandro Magno, quien sí estaba a favor de un único gobierno global, el gobierno global de Alejandro Magno. Por el contrario, el nacido en Sinope quería hacer resplandecer la idea de que no sólo debía preocuparse él (preocuparnos nosotros) por el destino de los ciudadanos de Sinope (por los ciudadanos del país que habitamos), sino por el género humano en su vasta y acabada extensión. Allí radica el quid del cosmopolitismo, del que también se deduce la inconmensurable valía que posee el diálogo con nuestros congéneres, más allá de las distancias, más allá de las diferencias. Porque la diversidad debe operar como un elemento enriquecedor, para aprender mutuamente unos de otros, y nunca como una barrera para la interrelación fecunda. Es fundamental poner de relieve la innata obligación humana de preocuparse por el destino de los otros.

En días en que los enardecidos discursos nacionalistas propugnan aislacionismo, violencia y extremar las diferencias connaturales del azar, también es propicio recordar que estamos atravesando los tiempos de la aldea global. Y hoy más que nunca, con las posibilidades y herramientas que tenemos a nuestro alcance, posibilidades y herramientas que ni soñaron poseer Diógenes y otros adelantados en esta materia, es necesario obrar con la prudencia propia de Ulises, amarrarnos al mástil de la ciudadanía global, al mástil de la fraternidad, y desoír los cantos que nos producen inevitables deseos de naufragar y sucumbir en el nacionalismo extremista. El espíritu cosmopolita es necesario, muy necesario.

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