Cada tanto, algún hecho grave ocurrido dentro (o fuera) de las canchas del fútbol argentino, cobra trascendencia pública, y por espacio de una, con suerte dos semanas, en el país se comenta y se debate sobre la violencia, los barrabravas, los operativos de (in)seguridad y demás yerbas. Personajes que se desempeñan en disímiles áreas aprovechan el furor mediático para lanzar rimbombantes denuncias, o para realizar fugaces promesas. Luego, se apagan las cámaras, reaparece la calma, y todo sigue igual que siempre.
Resulta pavoroso observar cómo, por ejemplo, las denominadas barrabravas, que son, en rigor, grupos parapoliciales que utilizan métodos violentos para la consecución de sus fines (nada altruistas, por cierto), están amparadas y financiadas por directivos de los clubes y dirigentes políticos, tejiéndose entre ellos una red de complicidad y reciprocidad basada en actos delictivos y contrarios a la ley, realmente escandalosa.
Todo aquel que ha tenido la ocasión de asistir a un estadio argentino, habrá pasado, en mayor o menor grado, un mal momento. Sin ir más lejos, la última vez que concurrí a un espectáculo futbolístico, observé atónito cómo, a tres metros de distancia de un policía, dos sujetos le arrebataban el reloj a una persona mayor que cometió el error (la osadía) de meterse en el lugar equivocado; o cómo, en medio de una rencilla interna, un barrabrava acuchillaba a otro, y luego era “escondido” por sus compañeros, para que los agentes policiales no lograran identificarlo. Y lo más curioso es que a estos especímenes, que supuestamente son los “hinchas más fanáticos y seguidores” de sus respectivos equipos, el fútbol les importa bien poco: es frecuente observarlos de espalda al campo de juego, indiferentes de lo que allí ocurre. Sus mayores intereses, además de los ya mencionados, pasan por agredir, denigrar y violentar al rival, en una vorágine contagiosa y ascendiente que se prolonga cual plaga de Egipto, en la tristísima cultura futbolera argentina. De esta manera, la violencia queda legitimada. La “pasión”, el “folclore del fútbol” y la “masculinidad” son los lamentables justificativos que la media de la población suele utilizar. Y nadie, ni antes ni ahora, ha hecho ni hace absolutamente nada para contrarrestar este mal endémico que parecería ser perpetuo.
Después, cuando nos anoticiemos que el presidente de una institución amenazó a un árbitro en el entretiempo, que un director técnico fue herido durante una pretemporada, que un fanático ingresó al campo de juego y agredió a un jugador, que identificados barrabravas deambulando libremente por los clubes “aprietan” a los futbolistas o les pinchan las gomas de sus autos, que una persona más murió en un estadio argentino o en sus alrededores… nos indignaremos, proferiremos palabras virulentas, calificativos como “irracionales”, “bestias”, y nos quejaremos de la intolerable situación… hasta que la pelota comience a rodar otra vez, y ya todo vuelva a la pasmosa normalidad.

