Vagabundeo resplandeciente

Acerca de unas islas cuyo nombre no quiero recordar

Abril 1, 2008 · 7 comentarios

Elvis Costello aseveró alguna vez una verdad tan brutal como necesaria: Malvinas fue un espectáculo patético de dos gobiernos llamando a la guerra para salvar su decadencia. La idea del conflicto bélico como mero salvavidas –que, previsiblemente, no fue de corchos sino de plomo– de una dictadura que ya no podía disimular su inevitable ocaso, ha ido ganando consenso, con el correr de los años, en la conciencia colectiva argentina. Sin embargo, allá por comienzos de abril de 1982, una multitud enfervorizada por un inusual impulso patriótico, colmaba la Plaza de Mayo ante el anuncio del desembarco en Port Stanley. En aquel momento de enajenación general, salvo excepciones, nadie consideraba la incipiente guerra como una empresa demencial de los militares; por el contrario, era una gesta heroica, una lucha contra el colonialismo, una causa nacional que devolvería a los argentinos su glorioso pasado: resuenan en mis tímpanos, como estruendos, las estrofas del himno nacional: “¡Sean eternos los laureles que supimos conseguir!”, al igual que la frase final de The Post War Dream, de Pink Floyd: “Oh, Maggie, Maggie, what have we done?”.

Julio Cortázar desmitificó el absurdo afirmando que las Malvinas eran unas islas de mierda, llenas de pingüinos. A contramano de la nada sutil frase cortazariana, las también denominadas Falkland Islands se han convertido, desde 1982 hasta nuestros días, en una dudosa especie de estandarte nacional, una insignia de resistencia: de hecho, a ningún argentino que se precie de serlo se le escapa la forma que devuelve el mapa de esos dos diminutos enclaves terrestres, al punto que dichas geografías configuran en el imaginario popular un símbolo tan nítido como la legendaria estampa del “Che” Guevara.

Los mejores párrafos literarios que se hayan escrito jamás sobre la guerra de Malvinas, como es previsible, los concibió Borges en Juan López y John Ward, una oda a la amistad imposible en la que se lee: López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote. El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en un aula de calle Viamonte. Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel. A Georgie le hubiese gustado saber que, aunque sus vacaciones de verano han sido decretadas en el más crudo período del invierno, a fin de no perder la usanza inglesa, la mayoría de los niños kelpers aprenden castellano por propia voluntad.

Quizá en algunos decenios, Dios no lo quiera, a causa del derretimiento progresivo de los hielos antárticos y el consecuente incremento del nivel de los océanos, las islas se vean aún más diminutas, o hasta desaparezcan, eclipsándose bajo el álgido manto azulado del Atlántico. Acaso entonces algunos podrán comprender que dos pedazos de tierra no valían la sangre de novecientas tres personas, ni tan siquiera la de una sola.

[Este modesto artículo debería, según la absurda lógica de las conmemoraciones que impone la rigidez del calendario, salir a la luz hace el día de mañana, 2 de abril. Si el azar hubiese dictado que yo sea ciudadano del Reino Unido, las disposiciones recordatorias indicarían que mi deber sería publicarlo el 14 de junio. Si no es de un modo ni del otro como finalmente ha sido, sólo corresponde a que tengo la firme convicción de que las naciones son simples entelequias jurídicas, y que las vidas sepultadas bajo el Atlántico Sur se hermanan bajo una excluyente y única bandería llamada humanidad].

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