Vagabundeo resplandeciente

Maradona y los ídolos descartables

Abril 8, 2008 · 5 comentarios

Me provoca verdadero estupor comprobar cómo los medios de comunicación –y no sólo los dedicados a cuestiones deportivas– “inflan” hasta extremos inconcebibles acontecimientos que, si bien no intrascendentes, no merecerían semejante nivel de repercusión. Comprendo que el fútbol, en los últimos tiempos, ha dejado de ser simplemente un deporte, para pasar a ser un lucrativo negocio. Y no está del todo mal que así sea: se hace imperante endosar, vender a un público masivo con afán consumista. En consecuencia, la maquinaria mediática produce ídolos light, descartables de un día para el otro, preocupándose por magnificar buenas condiciones que, en rigor, son promesas de excelentes cualidades; en otros términos, mientras un jovencito de dieciocho años no logre una cuarta parte de lo que consiguieron las glorias futbolísticas de antaño, no se trata de acto, sino de potencia.

En la Argentina, desde que veo fútbol –cuando a Maradona todavía le quedaban varios años de carrera–, me he cansado de escuchar epítetos tales como el “sucesor” o el “heredero”. Enumerar la cantidad de olvidados (y en no pocos casos, olvidables) jugadores a los que les adjudicaron dicho rótulo luego de alguna que otra actuación destacada, sería tedioso, pero la lista es extensa, y todos, inevitablemente todos, en mayor o menor medida, sufrieron las consecuencias de llevar, aunque sea por unos pocos meses, semejante carga a cuesta.

Lionel Messi ha conseguido, pese a la brevedad de su trayectoria, logros importantes, y se proyecta, indudablemente, como uno de los futbolistas más destacados de los próximos años. Messi manifiesta, a todas luces, condiciones sobresalientes; se desprenden de su transitar discontinuo, las características innatas que no se adquieren con el pizarrón, pues se traen del potrero, de la cuna.

Empero, la permanente (y fastidiosa) comparación con Maradona (acentuada tiempo atrás por las similitudes entre el gol a Inglaterra en 1986 y el convertido al Getafe), según mi entender, sólo perjudican al jugador del Barcelona. No creo que a ningún músico le haga demasiada gracia que lo cotejen con Mozart; del mismo modo, toda comparación objetiva con Maradona es desafortunada, porque siempre habrá un clarísimo perdedor en dicha confrontación: aquella apilada de Messi fue extraordinaria, es cierto, y esa clase de tantos no se observan hoy en día con frecuencia: tal vez de ahí tanto éxtasis mediático; sin embargo, principalmente por contexto, la asimilación con el mejor gol de todos los tiempos no reviste mínima correlación, más allá de las semejanzas de forma (se hace imperante decir que, desde mi punto de vista, hasta la manera de correr de Maradona resulta, estéticamente, más depurada).

Los que me conocen sabrán que mi admiración futbolística por Maradona, por ese atípico ejemplar procedente de alguna galaxia desconocida, lejos está de constituir un acto de ferviente nacionalismo. Diego fue distinto porque su sola presencia en el verde césped engendraba la certidumbre generalizada de que cualquier equipo en el que él jugara era capaz de conseguir lo imposible; sobre este punto, un futbolero nato como el notable hombre de letras mexicano, Juan Villoro, afirmaba: Es posible pensar en un gran Real Madrid sin Di Stéfano o en un gran Santos sin Pelé, pero el Nápoles de fábula era Maradona. Lo vi en el estadio San Paolo en el mundial 90, cuando los napolitanos guardaron respetuoso silencio y aceptaron ser victimados por su capitán, que había escenificado el histórico melodrama de convencer al graderío de que Argentina estaba más próxima de la Italia pobre, es decir, de Nápoles, que la arrogante Italia del norte. Es lo más cerca que el fútbol ha estado de tener a Espartaco en la cancha. O más aún: al Espartaco de Kubrick. Ésa memorable y operística semifinal entre Italia y Argentina que relata Villoro configuró un caso inédito en la historia de los mundiales de fútbol, pues el público napolitano guardó fidelidad a su máximo emblema, aunque dicho acto de lealtad, a la vez representara una patente traición a la propia patria. Dicho está: lo que generó Maradona en el ámbito de su deporte, no le generó nadie. Yo tengo el íntimo y honesto convencimiento de que futbolísticamente será imposible de imitar, y mucho menos de superar.

Categorías: Actualidad · Deportes