Vagabundeo resplandeciente

Equívocos en torno a un olvidable poema

Abril 17, 2008 · 7 comentarios

A María Kodama –viuda de Borges, una especie de Yoko Ono criolla–, se le podrán achacar infinidad de injusticias perpetradas otrora, cuando Georgie aún vivía (Bioy Casares algo relata en su impresionante y reveladora obra titulada Borges). Sin embargo, nobleza obliga, hay una cosa que se le debe reconocer, y es que, por conveniencia, placer o simple admiración, se ha convertido en una de las personas –al menos dentro de la geografía nacional– que con mayor recelo y conocimiento resguardan y difunden la obra borgeana. Por eso, imagino cuán grande habrá sido su sorpresa cuando, hace poco más de un mes, le leían frente a los rasgos orientales de su rostro, como si fuera de Borges, el horrible poema Instantes, en el marco de un homenaje a Leopoldo Lugones, donde ella tenía previsto dar una conferencia acerca de la influencia que aquél inmenso poeta ejerció sobre el más célebre de los escritores argentinos.

Entiéndase: que le atribuyan su firma en variopintos sitios de Internet o en ignotas revistas supuestamente literarias, era un hecho con el que, poco a poco, nos habíamos acostumbrado a convivir. Empero, que en un evento organizado por la secretaría de cultura de la provincia de Córdoba, una escritora asociada al “mundillo cultural vernáculo” leyera emocionada, ante un auditorio colmado: “Si pudiera vivir nuevamente mi vida,/en la próxima trataría de cometer más errores./No intentaría ser tan perfecto,/me relajaría más./Sería más tonto de lo que he sido,/de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad”, luego de presentarlo como uno de los más conmovedores poemas jamás salidos de la pluma de Borges, parece, cuando menos, una burla del destino. ¡Mirá que la producción poética de Borges no es precisamente infecunda… y justo van a elegir (para homenajearlo) un poema que no es de su autoría! Cuentan, algunos que estuvieron allí, que en el preciso instante en que esta mujer terminó de recitar y la concurrencia empezó a aplaudir, la Kodama saltó automáticamente de su asiento, y efectuando toda clase de aparatosas gesticulaciones, en un intento desesperado, trataba de hacer entender a todos los presentes que Instantes, ni por asomo era de Borges. Luego tomó el micrófono, y con un dejo de estupor, explicó que el texto pertenecía a la desconocida Nadine Stair, y que presuponía –aunque nadie lo haya advertido– la más acabada antítesis de los pensamientos vitales borgeanos.

Que a estas alturas, cuando han circulado más que certeras evidencias de que el poema en cuestión podrá ser de Stair o de cualquier otro autor, pero no de Borges, es inaudito que no pocas personas se empeñen en seguir pretendiendo que sea de él. Verdaderamente hay que estar muy ajenos a su literatura para encontrar en esas líneas algún mínimo rasgo suyo. Iván Almeida afirma: El Borges de Instantes es un Borges que quisiéramos ver arrepentido. Arrepentido de ser el más citado de los autores sin ser comprendido por los pobres que gozan de las series televisivas.

En línea con lo afirmado por Vicente Muleiro, se hace imperante cavilar que tal vez esta repentina popularidad que ha alcanzado Instantes no sea sino la más reciente socarronería que el mismísimo Borges, desde el más acá, desde el más allá, les tendió a críticos, intelectuales, lectores, editores y escritores. No nos sorprendería que así fuera, claro que no.

Categorías: Actualidad · Literatura