Groucho Marx, en uno de sus habituales raptos de genialidad irónica, expresó: Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro. Desde hace algunos años a esta parte, quitando ciertos eventos deportivos, programas culturales y una infinidad de películas, he seguido su ejemplo al pie de la letra. Estoy seguro que la televisión argentina no es peor que la de otros países del mundo, pero ese dato no es óbice para asegurar, al mismo tiempo, que sus contenidos dejan mucho que desear, que su involución es notoria. Un rutinario zapping a cualquier hora del día basta para correr la cortina de la incredulidad: la televisión argentina se retroalimenta ya de una quincena de personas encerradas en una casa, ya de los pseudo-escándalos y peleas entre “rutilantes” figuras que, además de exhibir sus últimas cirugías estéticas, compiten en un certamen de baile. El pináculo de la creatividad, para los demás programas, consiste en reproducir: lo que sucedió en aquéllas emisiones, y alguna que otra sandez visualizada en el resto de la grilla; en otras palabras, la televisión que vive del archivo.

Ante tan marchito panorama, por la recomendación de un amigo, descubrí hace un tiempo una suerte de senda alternativa, completamente alejada de todo circuito comercial: “Peter Capusotto y sus videos”, un programa de garaje, como su creador lo denomina, que comenzó emitiéndose en un canal de cable llamado Rock & Pop TV, y que desde hace unos años se puede disfrutar a través del canal estatal, en las fatigantes noches de lunes.
La propuesta per se no rebosa innovación, mas el cóctel final que sus ingredientes desparraman, configura una vuelta de tuerca a los típicos programas que se dedican al rock, o bien al humor (con el agregado de una dosis justa de política). Cada emisión tiene dos secciones claramente delimitadas: la testimonial, que consiste en la difusión de tres o cuatro videos musicales previos al advenimiento de MTV, verdaderas joyas de archivo suministradas por un coleccionista amigo del conductor –MC5, Van Morrison, ZZ Top, T-Rex, Janis Joplin, The Jam, Alice Cooper, Quicksilver Messenger Service, Cream, Jethro Tull, etc.–; y por otro lado, el cuerpo central, o la faceta ficcional, en la que Capusotto se encarga de ir presentando los sucesivos sketches, en los que desfilan una galería de singulares y variopintos personajes, todos interpretados por él mismo, que emulan y parodian –con conocimiento de causa– los clichés instalados por la heterogénea fauna rockera.

Natalia Blanc, en la revista cultural de “La Nación”, escribió: Aunque no esté pensando para todo el público (porque su temática no interesa a todas las audiencias), “Peter Capusotto y sus videos” es el programa más divertido de la televisión actual. No es complaciente ni obvio, no trata al espectador como disminuido mental, no necesita de bailes ni escándalos para tener rating y así asegurar su permanencia en el aire. Y lo más importante: está íntegramente dedicado al humor. Sin embargo, el ciclo ha adquirido una importante popularidad entre una determinada clase de público juvenil, vía YouTube: allí Pomelo, un devaluado rock-star, se transformó en la principal atracción, a fuerza de las inverosímiles tropelías que perpetra, encarnando a un “ídolo para identificarte en esta etapa de la vida donde no tenés parámetros para desarrollarte en lo existencial”, y remedando la topografía del descontrol y la irreverencia rocker: desde hacer una huelga de sushi como medio de protesta para evitar que los fans sigan bajando sus temas por Internet, hasta esnifar líneas de harina o pasta dental, todo vale para este paradigma de incorrección política. Su creador, asegura al respecto: Yo creo que el enganche con Pomelo es generacional; los pibes ven en él como una especie de dibujito animado, de saltimbanqui. Está afectado y tiene una exageración que lo pone más del lado de la caricatura.
Uno de mis personajes preferidos es Luis Almirante Brown, un artista intelectual que pretende allanar el camino del pueblo para acercarse a la excelsitud de la poesía, bajo el lema: Artaud para millones. Así es que arranca con tramos poéticos como “Cosmovisiones del abismo” o “Paradigma emblemático”, para luego tender un punte hacia lo popular, y cerrar con “Teresita ya está lista la lechita” o “Estás enferma, estás mimosa, vení que te vacuno con mi jeringa venosa”. La mudanza radical, el giro inesperado que logra Capusotto, desmitificando en un instante la construcción poética anterior, es verdaderamente envidiable. Dice: De lágrimas de sal a soplar una trompeta de carne, en donde lo hilarante del chiste pasa más por emular la poesía de Spinetta que por cerrar con algo procaz.
Luego, la creación que ha suscitado mayor repercusión durante este año es Bombita Rodríguez, un cantautor montonero defenestrado por sus colegas, que durante la problemática década del setenta quiso imponer un socialismo nacional bailable y para toda la familia, por medio de la canción berreta, populachera y pegadiza, que alentaba la revolución en la Argentina. Pese a que hoy vive olvidado y exiliado en Cuba, Bombita desató una verdadera fiebre en la insurrecta juventud de la época, gracias a algunos de los hits contenidos en su primer long play “Ritmo, amor y materialismo dialéctico”. Con su particular look cantaba: Yo te ameré,/te seguiré a todas partes,/porque soy un militante de nuestra liberación,/luchando contra el imperio y la puta oligarquía que a nuestro pueblo oprimió./La lucha armada, la lucha armada, la lucha armada es nuestro amor,/la lucha armada y el socialismo llegarán junto a Perón. O bien, otros de sus éxitos: Tu papá no me quiere,/es un cerdo capitalista./Pero yo quiero casarme con vos,/y luchar por la patria socialista./Pero yo quiero casarme con vos,/y andar juntos por la senda guevarista./¡Armas para el pueblo, armas para el pueblo, armas para el pueblo ya!
Claro que “Peter Capusotto y sus videos” no es un programa apto para cualquier clase de público: es imperante estar adiestrado en el arte del humor absurdo. Como casi todo aquello que acaba por recibir el calificativo “de culto”, sólo está reservado a minorías; en este caso, a minorías que le escapan a lo que el medio televisivo ha terminado por imponer, a lo que la sociedad en tanto masa está dispuesta a observar día a día. ¡Salud y larga vida pues al resquicio lisérgico, surrealista, pedagógico y terapéutico que nos brinda Diego Capusotto!










