Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Mayo 2008

¡Rocanrolnnn!

Mayo 31, 2008 · 17 comentarios

Groucho Marx, en uno de sus habituales raptos de genialidad irónica, expresó: Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro. Desde hace algunos años a esta parte, quitando ciertos eventos deportivos, programas culturales y una infinidad de películas, he seguido su ejemplo al pie de la letra. Estoy seguro que la televisión argentina no es peor que la de otros países del mundo, pero ese dato no es óbice para asegurar, al mismo tiempo, que sus contenidos dejan mucho que desear, que su involución es notoria. Un rutinario zapping a cualquier hora del día basta para correr la cortina de la incredulidad: la televisión argentina se retroalimenta ya de una quincena de personas encerradas en una casa, ya de los pseudo-escándalos y peleas entre “rutilantes” figuras que, además de exhibir sus últimas cirugías estéticas, compiten en un certamen de baile. El pináculo de la creatividad, para los demás programas, consiste en reproducir: lo que sucedió en aquéllas emisiones, y alguna que otra sandez visualizada en el resto de la grilla; en otras palabras, la televisión que vive del archivo.

Ante tan marchito panorama, por la recomendación de un amigo, descubrí hace un tiempo una suerte de senda alternativa, completamente alejada de todo circuito comercial: “Peter Capusotto y sus videos”, un programa de garaje, como su creador lo denomina, que comenzó emitiéndose en un canal de cable llamado Rock & Pop TV, y que desde hace unos años se puede disfrutar a través del canal estatal, en las fatigantes noches de lunes.

La propuesta per se no rebosa innovación, mas el cóctel final que sus ingredientes desparraman, configura una vuelta de tuerca a los típicos programas que se dedican al rock, o bien al humor (con el agregado de una dosis justa de política). Cada emisión tiene dos secciones claramente delimitadas: la testimonial, que consiste en la difusión de tres o cuatro videos musicales previos al advenimiento de MTV, verdaderas joyas de archivo suministradas por un coleccionista amigo del conductor –MC5, Van Morrison, ZZ Top, T-Rex, Janis Joplin, The Jam, Alice Cooper, Quicksilver Messenger Service, Cream, Jethro Tull, etc.–; y por otro lado, el cuerpo central, o la faceta ficcional, en la que Capusotto se encarga de ir presentando los sucesivos sketches, en los que desfilan una galería de singulares y variopintos personajes, todos interpretados por él mismo, que emulan y parodian –con conocimiento de causa– los clichés instalados por la heterogénea fauna rockera.

Natalia Blanc, en la revista cultural de “La Nación”, escribió: Aunque no esté pensando para todo el público (porque su temática no interesa a todas las audiencias), “Peter Capusotto y sus videos” es el programa más divertido de la televisión actual. No es complaciente ni obvio, no trata al espectador como disminuido mental, no necesita de bailes ni escándalos para tener rating y así asegurar su permanencia en el aire. Y lo más importante: está íntegramente dedicado al humor. Sin embargo, el ciclo ha adquirido una importante popularidad entre una determinada clase de público juvenil, vía YouTube: allí Pomelo, un devaluado rock-star, se transformó en la principal atracción, a fuerza de las inverosímiles tropelías que perpetra, encarnando a un “ídolo para identificarte en esta etapa de la vida donde no tenés parámetros para desarrollarte en lo existencial”, y remedando la topografía del descontrol y la irreverencia rocker: desde hacer una huelga de sushi como medio de protesta para evitar que los fans sigan bajando sus temas por Internet, hasta esnifar líneas de harina o pasta dental, todo vale para este paradigma de incorrección política. Su creador, asegura al respecto: Yo creo que el enganche con Pomelo es generacional; los pibes ven en él como una especie de dibujito animado, de saltimbanqui. Está afectado y tiene una exageración que lo pone más del lado de la caricatura.

Uno de mis personajes preferidos es Luis Almirante Brown, un artista intelectual que pretende allanar el camino del pueblo para acercarse a la excelsitud de la poesía, bajo el lema: Artaud para millones. Así es que arranca con tramos poéticos como “Cosmovisiones del abismo” o “Paradigma emblemático”, para luego tender un punte hacia lo popular, y cerrar con “Teresita ya está lista la lechita” o “Estás enferma, estás mimosa, vení que te vacuno con mi jeringa venosa”. La mudanza radical, el giro inesperado que logra Capusotto, desmitificando en un instante la construcción poética anterior, es verdaderamente envidiable. Dice: De lágrimas de sal a soplar una trompeta de carne, en donde lo hilarante del chiste pasa más por emular la poesía de Spinetta que por cerrar con algo procaz.

Luego, la creación que ha suscitado mayor repercusión durante este año es Bombita Rodríguez, un cantautor montonero defenestrado por sus colegas, que durante la problemática década del setenta quiso imponer un socialismo nacional bailable y para toda la familia, por medio de la canción berreta, populachera y pegadiza, que alentaba la revolución en la Argentina. Pese a que hoy vive olvidado y exiliado en Cuba, Bombita desató una verdadera fiebre en la insurrecta juventud de la época, gracias a algunos de los hits contenidos en su primer long play “Ritmo, amor y materialismo dialéctico”. Con su particular look cantaba: Yo te ameré,/te seguiré a todas partes,/porque soy un militante de nuestra liberación,/luchando contra el imperio y la puta oligarquía que a nuestro pueblo oprimió./La lucha armada, la lucha armada, la lucha armada es nuestro amor,/la lucha armada y el socialismo llegarán junto a Perón. O bien, otros de sus éxitos: Tu papá no me quiere,/es un cerdo capitalista./Pero yo quiero casarme con vos,/y luchar por la patria socialista./Pero yo quiero casarme con vos,/y andar juntos por la senda guevarista./¡Armas para el pueblo, armas para el pueblo, armas para el pueblo ya!

Claro que “Peter Capusotto y sus videos” no es un programa apto para cualquier clase de público: es imperante estar adiestrado en el arte del humor absurdo. Como casi todo aquello que acaba por recibir el calificativo “de culto”, sólo está reservado a minorías; en este caso, a minorías que le escapan a lo que el medio televisivo ha terminado por imponer, a lo que la sociedad en tanto masa está dispuesta a observar día a día. ¡Salud y larga vida pues al resquicio lisérgico, surrealista, pedagógico y terapéutico que nos brinda Diego Capusotto!

Categorías: General · Televisión

Fabián Bielinsky: dos extremos que se rozan

Mayo 28, 2008 · 6 comentarios

La idea de hacer películas ‘para el público’ es una frase con un rango muy grande de interpretaciones. Una de ellas sería pensar: “A ver, ¿qué le gusta a la gente? Bueno, hagamos eso”. Un espantoso punto de partida para un largometraje. Por otro lado, negar que el circuito se completa con el espectador en la butaca es un acto de solipsismo absurdo. (Fabián Bielinsky, 2005).

En la era en que la abrumadora maquinaria comercial hollywoodense arrasa en las taquillas semana tras semana, con producciones atiborradas de fuegos artificiales y exiguas ideas, en la Argentina, Fabián Bielinsky, con sólo dos pinceladas de todo su talento y sabiduría artística, demostró: primero, que se puede hacer buen cine con honestidad intelectual y sin necesidad de presupuestos millonarios; segundo, y aún más significativo, que ése cine conceptualmente pretencioso puede ser rentable y llegar al gran público, casi de igual manera que la última entrega de Indiana Jones, y a la vez, ser reconocido por la crítica internacional. En pocas palabras: confirmó que una película sin desmesurados efectos especiales y sin escenografías grandilocuentes, pero narrada con finura y una estética homogénea, puede (y debería más seguido) ser popular en un país acostumbrado a que ‘lo popular’ se relacione con la procacidad, la grosería y la subestimación intelectual auto-infringida.

Bielinsky, de niño, ya insinuaba toda su cinefilia, y en 1972 dirigió su primer cortometraje, titulado Continuidad de los parques, a base del magistral cuento homónimo de Cortázar. Egresó de la escuela del Instituto Nacional de Cinematografía, y en 1989 fue asistente de dirección de Carlos Sorín, en la película Eterna sonrisa de New Jersey, con la actuación del gran Daniel Day-Lewis. Trabajó también con Eliseo Subiela, quien manifestó que fue, junto con Adolfo Aristarain, el mejor colaborador que ha tenido a lo largo de su carrera. En la génesis del siglo XXI, Fabián tuvo la oportunidad de su vida, y no la desperdició: Nueve reinas fue un filme de suspenso con guiños explícitos a El golpe, de George Roy Hill, pero en versión criolla: perfectamente estructurado, con ritmo punzante, situaciones atractivas y pizcas de humor local, complementación redonda del disímil dúo protagónico de chorros (Ricardo Darín y Gastón Pauls) y un inesperado final, que dejó asombradas a las más de 1.300.000 personas que concurrieron a los cines argentinos en aquel año 2000. Él mismo habló de “manipulación de la información para generar reacciones específicas” (lo que a mí me hace recordar inmediatamente el cuento de Borges, Emma Zunz, donde la ambigüedad verbal lleva al lector a tejer especulaciones que son marcadamente falsas). Nueve reinas, sin duda alguna, marcó un hito en la historia del denominado “nuevo cine argentino”, y hasta el día de hoy no se ha repetido un fenómeno siquiera equiparable.

Luego, Bielinsky se tomó su tiempo para volver a rodar, pese a que le llovieron toda clase de ofertas. Confió de nuevo en Ricardo Darín, a la postre su actor fetiche, y se despachó con una película narrada en primera persona: El aura, radicalmente opuesta a su opera prima, con elementos del thriller, drama y policial negro, sin poder ser encasillada en ninguno de esos géneros cinematográficos. El taxidermista epiléptico interpretado por Darín (en la mejor actuación de su fecunda carrera), cuya máxima obsesión es cometer un crimen, aparece en cada una de las secuencias, lo que transforma a la cinta en un claro y agudo ejercicio de la compleja interioridad humana trasladada con calidad a la pantalla grande. La fotografía es de lo mejor que ha dado el cine argentino, por varios cuerpos de ventaja, al igual que el exquisito montaje y la puesta en escena. El resultado final es un filme árido, técnicamente impecable, y con tiempos narrativos nada convencionales (lo que quizá llevó a que no consiguiera la aceptación masiva que sí logró Nueve reinas).

Vendió los derechos de su primer gran éxito a George Clooney y Steven Soderbergh, que produjeron el desastroso remake titulado Criminal (con John C. Reilly y Diego Luna), que marcó, no obstante, un antecedente importante: fue la primera vez en la historia que una película hecha en Hollywood recaudó menos que la original en que se basó.

Su film favorito era Taxi Driver, admiraba a Wilder y a Hitchcock. Se trató de una rara avis dentro del panorama cinematográfico vernáculo, que en tiempos de desorientación, lo extraña enormemente, pues, pese a que su futuro era por demás prometedor, con nada más que dos expresiones de idoneidad y trabajo a conciencia, le bastó para componer una obra sólida, y dejar un riguroso legado, que ojalá sirva de inspiración para futuras generaciones.

Categorías: Cine

Sobre “El diablo en el cuerpo”, de Raymond Radiguet

Mayo 24, 2008 · 4 comentarios

Tiempo atrás, Javier Memba escribió un especial para “El País”, en el que reseñaba vicisitudes vitales de ciertos hombres de letras que, a su juicio, merecían calificarse como “malditos, heterodoxos y alucinados”. La lista contemplaba algunas obviedades; es decir, nombres imposibles de disociar con la idea de “escritor maldito”, como los de Baudelaire, Poe, Artaud, Bukowski, Lovecraft y el marqués de Sade; pero asimismo, y exceptuando omisiones tan considerables como la de William Blake, incluía autores que, sin ser ignotos, sin duda no gozan del prestigio de los citados anteriormente. Entre éstos últimos se encuentra Raymond Radiguet, un sempiterno joven francés, que sólo alcanzó, en su fugaz e intenso paso por la vida, a escribir un puñado de poemas, una pieza teatral y dos novelas: El diablo en el cuerpo y El baile del conde de Orgel. Admirador de Stendhal, Rimbaud y Proust, llevó una vida bohemia y despreocupada (casi un emblema de rebeldía juvenil), y entabló una gran amistad nada menos que con Jean Cocteau, forjando a su vez una suerte de extraña fascinación recíproca, que recuerda –especialmente, a causa de la diferencia de edad– a la que mantuvieron Rimbaud y Verlaine.

Vedada la posibilidad de trascendencia más allá de la frágil barrera de la veintena de años, Radiguet trascendió gracias a su sucinta obra, dentro de la cual es menester destacar El diablo en el cuerpo, por su peso literario específico y por su carácter innovador. Cuando yo la leí orillaba los dieciocho años; me sentí conmovido e identificado, pues se trata de una celebración sin más de la conducta adolescente: la curiosidad, la rebeldía, la liberación de tutelajes asfixiantes, el despertar y la iniciación sexual, el adulterio, la madurez impuesta a la fuerza.

La historia de un chico apenas salido de la pubertad que se enamora de la mujer de un soldado ausente, todo ello enmarcado en el dramático panorama de la Primera Guerra Mundial, inverosímilmente podría escandalizar hoy en día. Sin embargo, en el período de entreguerras durante el cual salió a la luz, provocó bastante bullicio, sobre todo considerando que Francia era un país especialmente sensibilizado a causa de las millones de vidas que había perdido en la cruel gesta iniciada en 1914. Entonces irrumpe, lleno de irreverencia, un joven escasamente mayor que el protagonista, construyendo una ficción que se revela contra la “cordura adulta”, caricaturizando al heroico soldado que se encuentra reducido al triste papel de cornudo, y más grave aún –como afirma otro escritor que aparece en la lista de Memba, Maurice Sachs, en su autobiografía Au Temps du Boeuf sur le Toit–, mandando a la mierda a la guerra, la misma guerra de la que Francia había salido victoriosa: era casi axiomático entrever que tales características espantarían a los burgueses todavía aferrados a obsoletos valores reverenciales, en medio de una Europa que se estaba transformando política y socialmente.

Pese a constituir un sólido alegato antibelicista, la novela podría prescindir de esta situación histórica sin mayores inconvenientes: se trata de un mero marco decorativo, que solamente le transmite una mayor dosis de intensidad; por lo que, en definitiva, constituye un grosero equívoco equiparar ésta historia de Radiguet con obras tales como Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, o mucho más todavía con Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, por sólo mencionar dos reconocidos libros concebidos durante aquellos años veinte del siglo pasado, puesto que mientras éstos se pronuncian deliberadamente contra la brutalidad de la guerra, poniendo énfasis en la transmisión de un mensaje pacifista, al mismo tiempo que resaltan el carácter épico de la entrega desinteresada del poilu, el enfant terrible compone una concisa pero inequívoca radiografía en negativo del soldado, destratándolo, relegándolo. En ese sentido, encuentro más analogías con El gran Meaulnes, dado que ambas son novelas de iniciación, que exploran contemplativamente el universo de la adolescencia, aunque con puntos de vista a todas luces desemejantes; asimismo, otro denominador común que liga a El diablo en el cuerpo con la obra de Alain Fournier, es que las dos historias han sido caratuladas como “ficción verídica”, pues hay indicios firmes para sostener que lo narrado en una y otra está inspirado en sucesos reales por los que debieron transitar sus autores.

La prosa es ceñida pero amena (resuenan ecos de Stendhal), desprovista de florituras incandescentes. La primera persona está admirablemente empleada, ya que se percibe una clara diferenciación entre la voz del narrador y el anecdotario evocador del protagonista. Vislumbro que el innegable talento de Radiguet tal vez no se aprecie tanto en cada oración, en cada párrafo; el talento de Radiguet, por el contrario, se desprende estrepitosamente de la redondez del conjunto de una novela que aborda sin piedad los recodos más escabrosos del despertar adolescente. Con su fulgurante y efímera vida, el joven francés atestiguó, por si quedaban dudas, que sabía sobre qué escribía.

Categorías: Literatura

El hechicero Zizou

Mayo 18, 2008 · 7 comentarios

En la época en que el fútbol atraviesa cada vez más (a decir de Dante Panzeri, ¡en el año 1967!) una “aguda embriaguez cultural”, que procura asentar en los terrenos de juego la inaudita organización de la espontaneidad; en otras palabras, la planificación estructurada y mecánica de cada uno de los movimientos que los jugadores realizan, la aplicación irrestricta de artificialidades tácticas, en detrimento de lo imprevisto, de lo incógnito y de las características naturales de cada futbolista; la aparición de aquellos que, a partir de las sutilezas indeliberadas, pueden ejecutar una magia menor, sólo produce asombro: estupefacción ante lo infrecuente.

Zinedine Zidane pertenece, desde hace tiempo ya, a este último selecto círculo de elegidos. De tranco más elegante que cansino, mirada alta (siempre divisando el frente), y gambetas en las que resuenan pasos de tango, Zizou ha superado a sus brillantes ascendientes: Michel Platini y Enzo Francescoli (ídolo de su infancia). El francés es, tal vez, el representante final de un paradigma futbolístico que agoniza: es que en la actualidad, se tiende a aplaudir más las exteriorizaciones de vigor y rudeza, que las muestras de destreza o genialidad, propias solamente de los Pelés, Cruyffs, Maradonas y Zidanes. Porque existen aún infinidad de jugadores hábiles, desequilibrantes y firuleteros, pero que en las instancias trascendentes suelen pasan desapercibidos. Zinedine, en cambio, podía apagarse en algún encuentro rutinario, pero en las paradas bravas, en los partidos en que su equipo lo necesitaba, allí estuvo siempre, sin esconderse, pidiendo el balón y luego disponiendo, con esa etérea delicadeza –tan emparentada con los modos y la simbología francesa– que nos ha regalado en las canchas. Zidane no es el río calmo que inevitablemente va a desembocar al mar, con la monotonía propia de los que saben su recorrido de antemano; es, por el contrario, el remolino, el remanso que se rebela e impresiona.

Su chaussure de football enamora. El retiro concretado, entristece. La pelota debería vestirse de negro y permanecer de luto. Pocos la emplearán con análoga exquisitez. Pocos crearán tantos encantos con ella. Pocos tendrán tanto derecho a tratarla de amiga como él.

Categorías: Deportes

Buenos Aires en el aliento

Mayo 14, 2008 · 15 comentarios

Estoy estrechamente ligado a Buenos Aires desde los inaugurales días de mi vida. Tengo recuerdos difusos, ráfagas entrecortadas y sin enlace posible, de la estancia infantil porteña. Sin embargo, todas las remembranzas relacionadas con la metrópoli, aun las menos gratas, guardan un extrañísimo sabor agradable en mi persona.

No voy a ser novedoso, ya lo escribía Horacio Ferrer: las tardecitas (y las mañanas, y las noches) de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?

Para los que nacimos y vivimos en los territorios ignotos del país (comúnmente mal denominados “el interior”), y en especial, los que nos encontramos geográficamente cercanos a ella, Buenos Aires ha sido el paradigma de nuestros sueños, el lugar que desde pequeños anhelamos descubrir. En lo personal, mis intereses incipientes giraban por asistir al estadio de River, ése que todos los domingos miraba por televisión, visitar el zoológico, o ir a la montaña rusa del extinto Ital Park. Con el correr de los años, y el refinamiento del paladar, reconocí las bondades de la variada oferta gastronómica porteña y abandoné el núbil arrebato de fascinación por el abominable fast food de McDonald’s. Finalmente, la “ciudad más europea de América” logró cautivarme por completo, como el canto de las sirenas, cuando tuve la sensación física de reconocer la belleza: leer a Borges, a Bioy Casares, a Manucho Mujica Láinez; escuchar a Gardel, a Goyeneche, a Piazzolla. Y luego, también está el conocimiento de la compleja historia argentina que se condensa magnéticamente en su capital. Ahí entendí por fin una frase que había escuchado incontables veces: Dios sólo atiende en Buenos Aires.



Pero retomando la cuestión de la literatura y el tango, el flamante encuentro que mantuve con la “Reina del Plata” estuvo, de alguna manera, vinculado con los máximos representantes argentinos en cada una de estas disciplinas artísticas: Jorge Luis Borges y Carlos Gardel. Llegar al solar natal del maestro de las letras fue una experiencia, cuando menos, paradójica: primero, porque en ese añejo edificio ahora funciona, ¡caprichos de la fatalidad!, una asociación feminista cristiana; y luego, dado que me embarqué en estos recorridos porteños con dos personas a las que acababa de ver por inicial vez en mi existencia, pero que me eran más familiares, más conocidas, que gran parte de los compañeros diarios de clases.

Seguidamente, enfilamos para el departamento de la calle Maipú, donde Borges viviera tantos años y, entre otras proezas, fuera el sitio de su reconciliación con Ernesto Sabato (reconciliación que fue motivo de un ácido pero ocurrente comentario por parte del masculino de mis compañeros de ruta). Pasamos por la antigua sede de la Facultad de Filosofía y Letras (que ahora sólo es la Rectoría): construcción que fue testigo presencial de las clases borgenas –¡y qué sana envidia me dan los estudiantes que asistieron a esa suma de lecciones extraviadas!–.

Casi por casualidad ingresamos al centro cultural que lleva su nombre, aunque había una muestra de Frida Kahlo que en nada se condecía con el tour. Subte de por medio, ascendimos en la coqueta zona de Palermo, donde bordeamos el zoológico (el mismo que Borges recorría de grande, y yo de chico), y hasta hubo tiempo para tomar una instantánea a la jirafa que descubrimos desde detrás de las rejas. Claro, el día no dura una eternidad y terminó “pasándonos factura” por tantas distracciones, interrupciones y pausas: el renombrado Jardín Japonés nos cerró la puerta en nuestras desconsoladas caras, y quedamos provisoriamente sin conocer (al menos los dos masculinos, que la fémina ya había estado dentro realizando actos vandálicos en otras ocasiones) el último punto elegido del circuito JLB. Sobrevino, no obstante, el nada intrascendente consuelo –para el que unía, en una curiosa fusión, a Neo y Eliot Ness –, de un delicioso pancho preparado con mínimas condiciones de higiene y materia prima de dudoso origen, pero eso sí, con rebosante amor.

Para otra invernal y soleada tarde decidimos marchar hacia el mítico barrio del Abasto. Del subte emergimos directamente dentro de lo que hasta hace poco tiempo eran las ruinas de un pretérito mercado, y que ahora se transformó, por obra y gracia del neoliberalismo salvaje quizá, en un aparatoso shopping. Curiosa primera impresión de la zona por donde andaba el prototipo tanguero por antonomasia: si el tópico del tango es, en esencia, nostalgia por lo perdido, intuyo que muchos porteños con más de medio centenar de años en el bolsillo, sentirán añoranza por lo barrial, por lo orillero, por lo aldeano, por la Buenos Aires que lentamente se metamorfosea, y ya no es.

Es significativo señalar que por esas callezuelas perdidas vivió también uno de los tipos que revolucionó para siempre el rock argentino: Luca Prodan, un encantador romano que se crió en Escocia, junto al príncipe Carlos, a quien le pegó un par de trompadas, recorriendo luego medio continente europeo en procura de que la Interpol no diera con él, para finalmente recalar en la Argentina, y morir aquí de cirrosis. Lindo chico, ¿no? No vacilo un instante en calificar a la banda que él formó (Sumo) como la más superlativa e innovadora que ha existido en el panorama local, introduciendo elementos del pop y del reggae, y letras tan poéticas como cáusticas, que dieron inicio al incipiente movimiento underground en el país.

Dejamos atrás las escaleras mecánicas, las luces de neón y las cadenas estadounidenses de comida rápida, para acercarnos a la restaurada casa del icono cultural. Entre discusiones sobre su lugar de nacimiento y una excesivamente amable e insistente recibidora (que acabó por ser nuestra cómplice), nos adentramos en la casa de Carlos Gardel. Por los altoparlantes sonaba, de fondo, la legendaria garganta entonando alguna glosa de varones desengañados, mientras nosotros podíamos observar su boletín de calificaciones escolares, entre otras múltiples reliquias. Como en el caso de Borges (y de tan pocos más), su nombre se transformó en adjetivo, y su voz en una metáfora omnipresente. Tal vez los sangrientos hierros retuertos de Medellín contribuyeron a erigir la mitología, es cierto, pero su carácter fundacional en la faceta interpretativa del tango es innegable, y precisamente por allí deben buscarse sus méritos mayúsculos. En definitiva, ¡qué importa dónde nació! Lo primordial es que nació, y que cantó como nadie.

Inmiscuidos entre lo borgeano, lo gardeliano y lo porteño, nos volvimos. Teníamos noche de pizza en avenida Corrientes. Cada uno, luego, partiría rumbo a latitudes cruzadas, pero Buenos Aires sigue allí, tan misteriosa, asfixiante, paradigmática y encantadora como siempre. Volver es la sempiterna consigna.

Categorías: Viajes

Sobre los eufemismos nuestros de cada día

Mayo 10, 2008 · 8 comentarios

Dentro de la estrechez del cada vez más pobre léxico utilizado por el ciudadano medio, comienza a sobresalir una característica también propia de estos sinuosos tiempos del SMS y el chat: el uso absorbente e indiscriminado de una terminología considerada políticamente correcta.

¿Qué significa esto? En términos simples: el reemplazo de palabras ásperas o bruscas, por otras que quieren significar o referir lo mismo, pero que el común de la sociedad acepta, ya como más digeribles, ya como menos antipáticas.

Marcelo A. Moreno, columnista del diario Clarín, reseñaba hace cierto tiempo, algunos de los ejemplos que con inusitada frecuencia podemos encontrar, principalmente en los medios de comunicación, pero también ya en el habla coloquial, en el diálogo cotidiano, en la calle misma. Toda negación, como por arte de magia, se convierte en afirmación.

Así, hoy en día son pocos los que dicen viejos, porque lo políticamente correcto es hablar de personas mayores o, en último caso, de ancianos. Si Ernest Hemingway viviera, quizá hasta estuviera evaluando modificar parte del título de su célebre novela, en pos de guardar la compostura requerida. Luego, tenemos el evidente caso de las personas no videntes, o con diferentes capacidades visuales, otrora (allá lejos y hace tiempo) denominadas ciegas. Homero, Joyce y Borges, según el uso, deberían llamarse invidentes. En un artículo titulado “Inútiles, impedidos, especiales y diferentes”, su autora, María Barbero, expresa: Yo opino que son semánticamente más oscuros, más imprecisos científicamente y más, mucho más, superferolíticos y discriminantes, aunque nos los quieran vender como tremendamente equitativos y actuales.

Refería Moreno que el poeta uruguayo Juan Gelman visualizó y alertó que la tan en boga -allá por la década pasada- flexibilización laboral, no era otra cosa que una manera sutil y amable de designar la pérdida brutal de los derechos laborales y de los mismísimos puestos de trabajo.

¿Quién se anima hoy por hoy a decir que fulano es impotente? Mucho mejor, claro, afirmar que tiene disfunción eréctil. ¿Mucama? ¡Ni se le ocurra! Más bien, persona que colabora en la casa, y así… ejemplos hay a montones. Se pueden encontrar hasta debajo de la alfombra.

Asimismo, esta creciente ola de corrección política no se contrapone con cierto glosario moderno de la frivolidad; en otras palabras, con algunos términos que todos usan o anhelan usar, aunque no tengan bien en claro qué significan exactamente o en qué circunstancias es conveniente su introducción: la consigna es referirse a las “terapias cognitivas” y pasar por entendido en la materia, aunque no se entienda un pepino de ellas. Otra característica sintomática en cuanto a la escritura es la utilización de @ en vez de las respectivas vocales; citando a Marcelo Pisarro: El hombre moderno es políticamente correcto, por eso nunca dice “el hombre moderno” sino “el hombre moderno y la mujer moderna”. Entre corrección política y corrección lingüística, elige la primera.

Siempre he pensado que la suavización de lo que se podría expresar de un modo duro o malsonante es una herramienta de incalculable valor a la hora del diálogo, y en aras de lograr empatía con el resto de las personas. Ahora, también me carcome la duda acerca de si es realmente necesario extender esa clase de terminología a todos los ámbitos de la vida. Porque, a veces, no puedo evitar pensar que no llamar a las cosas por su nombre, más que un acto diplomático, es una forma descafeinada de aparentar una afabilidad que, en el fondo, es hipócrita.

Categorías: Actualidad · General

Hacia el fin del Che: esbozos desde La Higuera (II)

Mayo 6, 2008 · 6 comentarios

Permanezco sentado, resguardándome por unos minutos de la incesante fosforescencia solar, poniendo atención en repasar los diarios del Che y la lista de libros ocultos quién sabe dónde. Cuando descubro que él había leído la mencionada obra de Cortázar, los recuerdos de mi época colegial me asaltan de repente, puesto que en tercer año de la secundaria (tenía 15 años entonces), precisamente por medio de Todos los fuegos, el fuego, descubrí al escritor de la voz afrancesada, con la salvedad de que mi entrañable profesora de literatura nos sugirió que nos salteáramos –sugerencia realizada, seguramente, a instancias de la dirección del colegio– el relato “Reunión”, que comienza con la siguiente cita: Recordé un viejo cuento de Jack London, donde el protagonista, apoyado en un tronco de árbol, se dispone a acabar con dignidad su vida. En ese momento, contemplando la piedra sobre la que un parapetado Guevara no tuvo más remedio que rendirse, jaqueado e indefenso, reflexiono sobre la absurdez, la imbecilidad que significa el acto de censura: siete años atrás me prohibieron leer un cuento que versaba sobre guerrilleros; hoy recuerdo aquella anécdota, en soledad, y esbozando una leve sonrisa, frente a la paradigmática quebrada del Churo. Pienso: ¡si me vieran mis profesoras!

Al tiempo que me convidan un cuñape (pancito redondo elaborado con harina de almidón y queso) y me preguntan sobre Maradona, algunos higuereños aprovechan para transmitirme cierto disconformismo con el gobierno de Evo Morales; si bien La Higuera pertenece al departamento de Santa Cruz, el más rico del país, y que por estos días se ha erigido, una vez más, en el baluarte de las demandas autonómicas (o secesionistas) del oriente boliviano, supondría un completo desatino considerar a estos humildes trabajadores, que viven de exiguas plantaciones de papas, como miembros de la oligarquía regional. Antes de arrimarme hasta la escuela pública, mis interlocutores me puntualizan que ellos se identifican con el Che porque él luchaba para terminar con las miserias que hoy, cuarenta años después, se manifiestan igual de incontrovertibles. Mencionan los abusos a los que constantemente son sometidos los mineros. Existen certezas, no muy difíciles de dilucidar: los modelos excluyentes han preponderado durante la mayor parte de la historia boliviana.

Al despuntar el alba las imágenes de la sierra afloran con nitidez, y el Che dispone que dos compañeros realicen una incursión de reconocimiento, con el fin de tantear los pasos a seguir. Guevara sabía a las claras que la geografía propia de la precordillera de los Andes lejos estaba de la benevolencia, para la consecución de sus objetivos estratégicos, que podía ofrecer la sierra Maestra. Las noticias que Pacho y Benigno traen un rato después no son auspiciosas: la quebrada donde están estancados es lo más parecido a un callejón sin salida que pudiera existir en medio de aquella espesura, y además habían divisado a un importante grupo de rangers a escasos kilómetros de allí. Sin ánimo de amedrentarse, y valiéndose de la información recolectada, Ernesto organiza con inaudita celeridad un plan de evasión y de defensa, asignando diversos flancos a sus hombres, y confeccionando un corredor de salida, con el propósito de romper el cerco, y escapar hacia arriba.

Comprobar las correspondencias impalpables entre un sitio imaginado y tal como se presenta en verdad, puede ser motivo de desconcierto, de una extrañeza difícil de experimentar; cuando uno va caminando, incrédulo, por un lugar en el que nunca antes estuvo, y de todos modos busca particularidades que son producto de la imaginación, puede llegar, aunque sea por un segundo, a fantasear con la idea de haber construido ese pequeño rincón planetario en algún sueño, en los intersticios de la realidad. Algo así me sucede cuando, gracias a la indicación de un niño que porta una colorida gorra, llego a la pequeña escuela convertida en centro de primeros auxilios, o el único “edificio público” del poblado: han transcurrido muchas décadas desde que fueron tomadas aquellas perdurables fotografías, han pasado por ella miles de visitantes, y sin embargo la rústica construcción, pese a haber sido retocada con cemento, se me antoja igual que en 1967: minúscula, de barro y con techos de paja. Se percibe una atmósfera extraña ahí dentro, un inexplicable hálito; el tiempo parece haberse detenido en estos cuarenta metros cuadrados. No en vano John Berger afirmó que si el Che Guevara estuviera vivo, tendría ochenta años; hoy siempre tiene treinta y nueve.

Atrincherado, consciente de la irreversibilidad de los acontecimientos sucesivos, con sus pelos largos y desgreñados, la barba de varias semanas, una camiseta verde agujereada, y un no menos maltrecho pantalón color caqui, Ernesto se aferraba a la angulosa roca que apuntaba hacia el sol del mediodía. Malherido y sin fuerzas, lucha hasta el final, cuando su arma es inutilizada, y casi una decena de fusiles le apuntan desde todos los ángulos imaginables: la soledad del guerrero derrotado. El combate se prolonga en otros puntos del páramo inhóspito y árido, al tiempo que algunos guerrilleros intentan huir campo traviesa, pero los rangers que conducen al prisionero, y los capitanes, subtenientes y coroneles que se harían eco de la novedad, de momento le prodigan nula importancia al desarrollo de aquellas vicisitudes, y se concentran con exclusividad en el “trofeo de guerra”. Dos soldados se relevan permanentemente para llevarlo y ayudarlo a escalar, pues la gravedad de su herida en la pierna izquierda tiende a aumentar. Lleva la cabeza gacha y las manos atadas con un cinturón delante de su torso. Con probabilidad, no posee la certeza de que no pasarán muchas horas hasta su inminente ejecución, pero la escena igualmente remite, sin escalas, al tormento que padeció Cristo en su camino hacia el Calvario, del mismo modo que la célebre foto que testimonia su muerte, alude a referencias pictóricas de la magnitud de “La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp”, de Rembrandt. Volviendo a los conceptos del escritor John Berger, éste afirmaba: en algunos casos extraños la tragedia de la muerte de un hombre completa y ejemplifica el sentido de toda su vida.

Salgo de la escuelita que ha cambiado barro por cemento y paja por tejas, y otra vez me encuentro ante ofrendas florales y miles de cartas en decenas de idiomas. Mis antiguos acompañantes se han ido ya; es plena hora de la siesta en La Higuera, y a excepción de unos niños que andan correteando tras una pelota, las calles sólo están habitadas por el continuo movimiento del polvo y algunos caballos flacos, desganados, que comen pasto de donde pueden. Esos chicos, tratándome de “señor”, me invitan a patear con ellos, y también me dicen que tendría que haber venido en octubre, cuando el pueblo se transforma en un “polo turístico” y siempre hay personas en las calles. Les contesto que no, mejor así, con poca gente. Termino de jugar con el sudor goteándome en roscas acaneladas por el cuello. Los saludos, y me voy. Vallegrande es la próxima parada.

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