Vagabundeo resplandeciente

Entradas de Junio 2008

El ‘68 mexicano

Junio 27, 2008 · 5 comentarios

El año 1968 es sinónimo del “Mayo francés”, y durante el transcurso de este 2008 en el que se conmemora el cuadragésimo aniversario de aquellos acontecimientos que se iniciaron en la universidad de Nanterre, una vez más he comprobado que, para el imaginario colectivo de las nuevas generaciones, fuera de La Sorbona no sucedió (casi) nada. Sin duda, París constituyó el epicentro de una efervescencia revolucionaria que devino mundial; fue precisamente ése carácter representativo, que a la postre se transformó también en mítico, atesorando todas las estelas de una revuelta dotada de hermosura, lo que en alguna medida condujo a asociar tan paradigmático año con las mencionadas casas de estudios, con el Barrio Latino, con Jean-Paul Sartre, Daniel Cohn-Bendit y Charles De Gaulle, dejando en el olvido, a menudo, la evidencia de que las movidas juveniles de 1968 trascendieron con creces al territorio galo (de hecho, ni siquiera comenzaron allí).

En definitiva, los puntos alrededor del mapamundi en donde se incubaron caras diversas de una revolución cultural que acabó por eclosionar en 1968 –y cuyo mayor legado, con toda probabilidad, sean los penetrantes estremecimientos que provocó en la familia, los medios de comunicación y los sistemas educativos, pilares modernos de la cultura–, como mencioné ut supra, fueron vastos y desiguales (desde Polonia a Jamaica, por ejemplo). Sin embargo, por su dramático desenlace, brevemente hoy quiero recordar el caso mexicano.

Lo que se conoce como “la matanza de Tlatelolco” fue un acto de terrorismo de Estado perpetrado por grupos militares y paramilitares el 2 de octubre de 1968, en la ciudad de México, contra un movimiento estudiantil que llevaba a cabo una protesta radical pero de connotaciones pacíficas. Cuarenta años después, todavía no se ha podido precisar la cantidad de personas asesinadas, lo que pone de manifiesto la brutal magnitud de una represión que se convirtió en masacre.

Me pareció muy interesante la mirada retrospectiva que efectúa el historiador Enrique Krauze (gran colaborador de Octavio Paz), que por entonces era estudiante universitario y participó activamente de la protesta, pues le adjudica a los hechos una importancia decisiva en el proceso de democratización que posterior y paulatinamente se produjo en su país: Había, en verdad, algo intrínsicamente democrático en aquel gran acto de negación, aquel gigantesco NO, que coreaban las masas estudiantiles contra el gobierno autocrático (…) En un país supuestamente “revolucionario”, acostumbrado a la obediencia y el silencio, la discusión pública de los problemas era en sí misma una novedad extraordinaria. Ese impulso de libertad prendió: gracias al 68, hay en México más libertad de expresión, de movimiento, de protesta. Y gracias al 68, las mujeres –que eran un contingente numeroso en el movimiento– ingresaron con fuerza en la vida pública, lo cual fue un logro histórico en un país con las tradiciones machistas de México.

Al mismo tiempo, y aquí viene la parte que juzgo más relevante, lejos de la evocación de tintes nostálgicos, es capaz de realizar una autocrítica que bien podría adquirir una dimensión global: Pero es preciso distinguir: la rebelión por la libertad es una cosa, la construcción de la democracia es otra. El movimiento de 1968 fue festivo, irracional, emotivo, imaginativo, maniqueo, generoso, romántico, expansivo, contestatario, destructivo, irreverente. No conocía los argumentos complejos, los claroscuros de la vida real. Todo lo contrario: rechazaba por completo el orden establecido. Quería el todo o nada. No tuvo noción de sus propios límites, no imaginó un proyecto constructivo de transición política para sí mismo y para México, tenía aversión a la prudencia, la tolerancia, la autocrítica, la negociación, la racionalidad. Nunca se propuso, por ejemplo, la creación de un partido político que sin duda hubiera podido nacer entonces. Queda claro que inspirarse en los ídolos de la Sierra Maestra, o deliberar sobre la Revolución, de ningún modo justifica la represión que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz –gran colaborador de la CIA– desató contra las corrientes estudiantiles.

En este último sentido, 1968 fue, incuestionablemente, un gran, un enorme  fracaso político. De hecho, en términos geopolíticos, ni siquiera puede compararse con la trascendencia de 1989: luego de la oleada del ‘68 el capitalismo siguió vigente en Occidente, con reformas, mientras que las revoluciones del ‘89 sepultaron definitivamente al comunismo en Europa, y pusieron fin a la lucha ideológica sobre la cual giró la política mundial durante medio siglo. Pero más allá del narcisismo infantil de bandera roja que fue moneda común en el ‘68, también es innegable que, desde el punto de vista social y cultural, tal como afirma Cohn-Bendit, la ebullición revolucionaria fue el catalizador de una profunda modificación sobre concepciones antediluvianas que, bajo el enjuiciador prisma de nuestros días, no puede dejar de ser calificada como positiva.

Categorías: General · Política

La última lección de Borges

Junio 24, 2008 · 8 comentarios

…y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel. (Jorge Luis Borges, Juan López y John Ward).

Uno de los textos con que descubrí a Jorge Luis Borges –paradójicamente, supuso una de sus últimas composiciones– fue Juan López y John Ward, una verdadera joya literaria que invita, en sus escasos pero más que contundentes y sabios siete párrafos, a la postergada y siempre latente meditación sobre el tiempo histórico reciente.

Les tocó en suerte una época extraña. Siempre me agradó sobremanera ese comienzo digno y característico del máximo exponente de las letras sudamericanas en el siglo XX: Tocó-suerte-época extraña: curiosa y notable secuencia. Y luego, unas líneas que personalmente me deslumbran la vista, y a la vez me llenan de satisfacción; es que encuentro cierta idea universalista, una peculiar concepción respecto a la inutilidad de la existencia de fronteras, y una condena clara y tajante al surgimiento de las guerras a partir de esas divisiones arbitrarias e imaginarias. ¡Qué lección encantadora y plagada de conciliación y cosmopolitismo nos regala Borges consiguientemente!

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

Describe a John Ward, nacido en las afueras de la ciudad del mítico cura detective de Chesterton, el mismo que estudia y aprende castellano para poder leer el Quijote. Y a Juan López, el porteño que amaba profundamente las sublimes aventuras marinas atestadas de profundas reflexiones sobre las bondades y miserias que los humanos somos capaces de dar a luz con extraña frecuencia. A posteriori llega la cruel y desvastadota revelación: Juan López y John Ward no llegaron a ser amigos. Tal vez por culpa de dos trasnochados, tal vez por decisión de ellos mismos; lo cierto es que, a pesar de estar estrechamente ligados –por Cervantes y Conrad, por el castellano y el inglés, por una misma patria universal–, sólo pudieron verse cara a cara en una fría, amarga y desolada ocasión. No hubo tiempo para más. Las balas hablaron por sí solas. Caín y Abel, Abel y Caín, López y Ward, Ward y López. Los dos se mataron mutuamente y ambos fueron víctimas del otro. ¿Es lógicamente concebible matar tan siquiera una sola existencia “en beneficio” de un pedazo de tierra? Concluye Borges: Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen. El hecho al que me refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

Categorías: Literatura · Política

Daniel Barenboim y sus espléndidos propósitos (extra) orquestales

Junio 19, 2008 · 8 comentarios

Inmersos en una realidad aciaga donde las fronteras constituyen la materialización más acabada de la división que alienta el mundo actual, en el que día tras día se levantan mayor cantidad de murallas, cercos y vallas, que diferencian, separan, abruman; en un contexto en el que pareciera que todos aúnan esfuerzos para no dejar observar al prójimo como congénere, la sola existencia de personas como Daniel Barenboim debe ser motivo de inagotable alegría para los que sufrimos con esta situación.

Barenboim es una viva prueba de cosmopolitismo: nació en la Argentina, en el seno de una familia judía con orígenes rusos, para más tarde nacionalizarse israelí, español y palestino. Actualmente vive en Alemania, donde dirige la Staatskapelle de Berlín, una de las orquestas más antiguas del mundo (fue creada en 1545). Su trayectoria, que germinó en la faceta de brillante pianista (brindó su primer concierto en Buenos Aires con sólo siete años), y viró hacia su actual rol de director (dirigió la Orquesta de París durante casi quince años, para luego hacerse cargo de la Orquesta Sinfónica de Chicago por un lapso de tiempo similar), lo ha llevado a ser considerado como uno de los directores de orquesta más talentosos y respetados, en la escena internacional, del último medio siglo.

Sin embargo, para todos los que estamos más familiarizados con Paul McCartney que con Arnold Schöenberg, el nombre de Barenboim cobró relevancia en julio de 2001, cuando en ocasión de una presentación en Jerusalén con la Staatskapelle de Berlín, después de ejecutar piezas de Schumann y Stravinsky, optó por rematar el concierto con un fragmento de la reconocida ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner. Barenboim, en perfecto hebreo (pues vivió durante muchos años en Israel), comunicó al auditorio su decisión, sugiriendo que quienes se sintieran ofendidos abandonaran el recinto. Las crónicas reseñan que sólo algunas pocas personas se retiraron indignadas, al tiempo que la mayoría permaneció en sus asientos, y prodigó una enorme ovación al director y a su orquesta una vez finiquitada la extraordinaria ejecución.

Como era de esperar, no fueran exiguas las furibundas críticas que cayeron, como lanzas ponzoñosas, sobre la decisión del músico. Recibió una retahíla de acusaciones, lo tildaron, y no únicamente dentro de Israel, de antisemita, de fascista, de apologista de Hitler, entre otra serie de grotescos e inmerecidos agravios. En lo referente a conciertos en vivo, las obras de Wagner están, aunque de manera informal, prohibidas en Israel; por el contrario, no es inusual que óperas de su autoría –como El anillo del nibelungo– sean reproducidas por estaciones radiales, o fragmentariamente hasta por teléfonos móviles. Su condición de judío y su genuino amor por la grandilocuente música del genial compositor alemán, pero principalmente la convicción de que Wagner representa un desafío mayúsculo para la comunidad judía, lo precipitaron a llevar adelante la “atrevida” empresa de ser capaz de ensalzar la música, y por otro lado, separar la repugnante ideología que sostenía y difundía su creador. Barenboim entiende la música como una manifestación trasnacional del arte: una pieza de Beethoven, Mozart o Wagner logra tal nivel de excelsitud que acaba por desconocer idiomas, nacionalidades y demás segmentaciones.

Pero hay otro aspecto que quiero destacar, y es la creación de la West-Eastern Divan Orchestra: prueba irrefutable del compromiso militante que Barenboim asumió en pos del acercamiento entre árabes e israelíes (que no sólo se limitó a ser la primera persona en el mundo con ciudadanía israelí y palestina al mismo tiempo). Desde 1999, a lo largo de los últimos años, ha reunido cada verano a un grupo de jóvenes músicos israelíes y de los países árabes, con el propósito de que la música oficie como lenguaje de integración, trascendiendo los conflictos políticos, y permitiendo una experiencia que posibilita la creación de lazos de aceptación, convivencia y tolerancia verdaderamente inauditos en el marco de una recíproca hostilidad histórica.

Me permito transcribir el testimonio de una chica que fue oboísta de la orquesta: Todo esto es algo muy importante y especial. Me ha dado la oportunidad única de conocer a jóvenes palestinos y de países árabes con los que nunca tuve contacto en Israel pese a que vivimos unos al lado de los otros, o en países vecinos. Por supuesto que leía y hablaba sobre el conflicto, veía la televisión y escuchaba las noticias. Pero no tenía contacto humano ninguno con los árabes, y ahora esa relación es de primera mano. Me doy cuenta que tenemos muchísimo en común. Vivir con ellos, trabajar juntos, conversar, ser solidarios en esta tarea común de los conciertos, nos permite conocernos tan bien que ahora son como de mi familia. Todo lo que estamos viviendo es un ejemplo de tolerancia y convivencia que demuestra que la paz es posible. Nos llevamos muy bien pero normalmente no hablamos de política, y cuando lo hacemos hay muchas opiniones. Pero podemos hablar y debatir juntos.

La West-Eastern Divan Orchestra no encarna un logro artístico, ni tan siquiera musical: se trata de una victoria de la racionalidad humana. Y Daniel Barenboim es muchísimo más que un genio de la música.

Categorías: General · Música · Política

Planos colindantes

Junio 13, 2008 · 11 comentarios

Algunos amigos me achacan el hecho de que pocas veces hago referencia a la science fiction en este blog. Ya he mencionado en otra ocasión –en la que aludí al mismo libro que a continuación– que me considero un no iniciado en el género, al menos en términos estrictamente literarios (para dar una idea, basta con decir que apenas he leído un par de novelas de Arthur C. Clarke, una serie de ensayos de Isaac Asimov, y absolutamente nada de Robert Heinlein).

Sin embargo, siempre regreso a un pequeño libro de science fiction que descubrí de casualidad en un hipermercado, mientras ayudaba a mi madre a comprar frutas, lácteos y ese tipo de cosas que se adquieren en un Wal-Mart: Frankenstein desencadenado, de Brian W. Aldiss. Más allá de que no ostente gran valía literaria, el aspecto más atrayente que hallé en esas páginas fue la mezcolanza de personajes, entreverados cual espectros en los ilógicos intersticios temporales: los puramente ficticios, creados por el mismo Aldiss (Joseph Bodenland); los también ficticios, pero pergeñados por Mary Shelley (Victor Frankenstein, su criatura); y finalmente, lo históricos, reales (Mary Shelley, Lord Byron, Percy Shelley). Vale decir pues, en un espacio temporal uniforme (pese a que existe un desplazamiento del tiempo, no se puede confiar en el ordenamiento de la progresión temporal, se lee en la contratapa de mi edición de Minotauro), conviven e interactúan Mary Shelley –que aún no llevaba ese apellido– y los protagonistas de su más célebre obra.

Como expresé antes, la novela no pasa de ser calificada como entretenida, y la introducción sirve entonces para graficar una reflexión borgeana expuesta en uno de sus eruditos ensayos, una ambigüedad que siempre he encontrado fascinante: la confusión entre el plano objetivo y subjetivo, el mundo del lector y el mundo del libro, cuyas fronteras, usualmente tan sólidas, a veces acaban por desdibujarse, dando a la luz ciertas clases de magias.

El vidente ciego citó algunos ejemplos clásicos al respecto: en el excelso sexto capítulo de la primera parte del Quijote (“Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo”), uno de los libros que estos dos singulares personajes examinan es nada menos que La Galatea, de Miguel de Cervantes, autor de la obra que los contiene. No obstante, en la segunda parte se produce el milagro más extraordinario, cuando nos enteramos que el mismísimo Don Quijote y otros personajes han leído la primera parte: los protagonistas del Quijote son, asimismo, lectores del Quijote: conflicto (desorientación) entre apariencia y realidad, entre ilusión y certeza.

Luego, tenemos también ese frecuente recurso del autor de Stratford, de aquél en que se metamorfosea todo humano que repita un verso suyo: la representación dentro de la representación. Borges señala el simbólico ejemplo de Hamlet, donde se interpreta ante el propio sobrino del rey Claudio una tragedia que es más o menos la de Hamlet. De repente, surge una pregunta ineludible: ¿quiénes son entonces los espectadores, y quiénes los actores? A esos fines, alcanzará con recordar la célebre frase shakesperiana de que todo el mundo es un escenario.

Borges se pregunta por qué nos inquieta, nos perturba, que las mil y una noches estén incluidas en el libro de Las mil y una noches, o el mapa dentro del mapa en una sucesión ad infinitum, que Don Quijote sea lector del Quijote y Hamlet espectador de Hamlet. ¿Por qué será que estos artificios (o no) narrativos provocan tanto sobresalto en la mayoría de los lectores?

Lo que entra en juego es nada menos que el supuesto sujeto pasivo, el lector. Borges se contesta a sí mismo en Magias parciales del Quijote, de la siguiente manera: Creo haber dado con la causa: tales invenciones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios. En 1833 Carlyle observó que la historia universal es un infinito libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en el que también los escriben.

Esta preocupación de Borges se ha trasladado de manera obligatoria a algunos de sus cuentos. Así, siempre me ha sorprendido que en Historia del guerrero y de la cautiva, nos presente dos hechos fidedignos recogidos en un volumen de ficciones. Es decir, dos acontecimientos que correspondían a la realidad efectiva, por acción directa de las palabras, terminan transformados en meros ejercicios del intelecto. Aquí cobra especial trascendencia la gravitación que el lenguaje tiene en nuestras existencias, porque, en definitiva, cada lector forja su propio libro, reverdeciendo la finitud propia de la escritura en el acto infinito de leer.

Categorías: Literatura

Ariel Ortega, el último ídolo de River

Junio 11, 2008 · 3 comentarios

Hace cuatro años que River no lograba títulos, ni locales ni internacionales: una enormidad para el club más ganador de la historia del fútbol argentino. Repasando el camino recorrido que desembocó en la obtención del Clausura 2008, más allá de la alegría, asoma la certeza de que el entrenador Simeone, imbuido de concepciones europeizantes del juego, impuso sellos distintivos que se corresponden con la historia de River –como la irrenunciable y permanente apetencia ofensiva–, y otros que a todas luces resultaron revolucionarios. En este último sentido, el funcionamiento del equipo se ha distinguido por la dependencia táctica, que estuvo en todo momento por encima de las características de los jugadores. Con perseverancia, Simeone probó variantes, cambió sistemas, buscó un equipo titular. Sin embargo, la tarea más ardua consistió en lograr un estilo de juego distintivo, un estilo que al cabo de un campeonato entero, de hecho River no consiguió: la identidad futbolística quedó en un estado embrionario.

Pese a la mencionada subordinación táctica que impuso el entrenador, a ese criterio racionalista que sostiene que la mera aplicación de intrincados esquemas son el fundamento mismo del juego, el fútbol sigue siendo la dinámica de lo impensado y su causa eficiente, el jugador. Fueron precisamente los jugadores desequilibrantes –Buonanotte y Ortega– los que, por medio de sus condiciones técnicas conformaron una sociedad futbolística que sí hizo honor a la escuela histórica de la institución, y que a la postre permitió revertir resultados que el cientificismo no conseguía solucionar.

Por su condición de intocable deidad para la hinchada de River, y por su contribución determinante para la consecución de este campeonato, quiero destacar entre esta hornada de futbolistas, a Ariel Ortega.

Desde que había iniciado su tercera etapa en el club, no había conseguido ningún título, y tampoco lo necesitaba; después de la derrota con Boca, y la vergonzosa eliminación de la Copa Libertadores a manos de San Lorenzo, cuando el equipo –sin él en la cancha– fue recibido con alimentos para gallinas, en medio de un clima autodestructivo y de tensión insoportable, parecía que todos –dirigentes, cuerpo técnico y jugadores– debían rendir cuentas, menos Ortega. Venía de sufrir una recaída en su adicción con el alcohol que lo relegó por una serie de encuentros al banco de suplentes, y su no inclusión entre los once iniciales coincidió con los peores tramos futbolísticos del equipo, cuando ni el más optimista de los riverplatenses avizoraba una vuelta olímpica al final de la temporada: desde las tribunas el grito de guerra retumbó una y otra vez: Orteeega, Orteeega, del mismo modo que todo el país coreaba el apellido de Maradona a fines de 1993, cuando la selección argentina quedaba a un paso de no clasificar al Mundial de EE.UU.

Ortega ingresó en el segundo tiempo de un partido que podría haber terminado con la renuncia del presidente de la institución, y el equipo cambió silbidos por aplausos. No en vano todos los integrantes del plante han coincidido en señalar esa etapa complementaria como el punto de inflexión hacia la conquista del título. A pesar de no ser el mismo jugador de hace diez años, cuando sus amagues, gambetas y quiebres de cintura enloquecían a cuanto defensor se le pusiera delante, Ariel Ortega es un crack, y como tal, conserva destellos de su inagotable magia. Es cierto que ha perdido velocidad y que ya no desequilibra tanto en el mano a mano, pero ha ganado en rapidez mental, y da la impresión de jugar un segundo adelantado a todos. Además, ha logrado asumir con inteligencia el rol de capitán y referente que su trayectoria y su edad terminaron por legarle: hoy por hoy privilegia las necesidades colectivas por sobre el lucimiento individual, y eso se puede apreciar claramente en las exquisitas y decisivas asistencias que le sirvió a su interlocutor Buonanotte, para que el chiquilín –de sólo 1,60 y 20 años– definiera con sapiencia dentro del área.

Desde el retiro de Enzo Francescoli hasta nuestros días, si bien han surgido de las divisiones inferiores de River un sinnúmero de grandes jugadores que actualmente triunfan en Europa, y que probablemente volverán al club tarde o temprano, no ha habido un ídolo de las dimensiones de Ariel Ortega: no sé cuántos de ellos podrán ser ensalzados hasta el paroxismo por 60.000 personas cada domingo. Lo que indudablemente caracteriza al idilio con Ortega, además de su cuna riverplatense y del genuino amor que profesa por la camiseta, es que en el Monumental siempre se ha instalado como símbolos a los futbolistas de exquisito proceder técnico, a los de buen pie, a los que juegan más de lo que corren, y Ortega honra como pocos dicha escuela futbolística, es el último representante de una forma de entender el fútbol que hoy palidece. Ojalá podamos disfrutarlo durante muchos años más.

Categorías: Deportes

Imposibilidades argentinas

Junio 6, 2008 · 4 comentarios

En la larguísima lista de actitudes y formas de ser que caracterizan al argentino promedio, lamentablemente, figura desde hace un buen tiempo a esta parte, la creencia de que cada uno de los males que nos aquejan como país son atribuibles a terceros foráneos que se han confabulado en siniestra cofradía con el objetivo de conspirar contra los intereses nacionales. Por el contrario, a la hora de juzgarse a sí mismo, el argentino mantiene una inquebrantable visión positiva e inmaculada, como si estuviera cubierto por un halo mágico que lo exceptúa de toda clase de miserias.

Esa incapacidad de aceptarse tal como es, con ruindades y excelencias, al igual que los habitantes de todos los pueblos del mundo, conduce a la práctica crónica del maniqueísmo en la vida cotidiana. Al argentino le fascina trazar líneas tajantes e inflexibles que separan, cual agua del aceite, héroes y villanos, santos e ignominiosos, sin posibilidad alguna de teñir con un matiz de objetividad los juicios de valores formulados.

Por caso, Carlos Saúl Menem fue el presidente argentino que mayor cantidad de días ocupó el legendario sillón de Rivadavia, incluso más que Juan Domingo Perón. Sin embargo, en la actualidad, cuando Menem es demonizado hasta el hartazgo, parecería ser que fue depositado unilateralmente en la presidencia de la nación por incorpóreas fuerzas lóbregas que hasta allí lo condujeron, puesto que, a pesar de haber sido elegido por millones de argentinos en dos ocasiones seguidas, hoy uno se encuentra con la sorprendente revelación de que nadie lo votó. Otro tanto sucede con De la Rúa. E improbablemente, dentro de una década, no acontezca lo mismo con el matrimonio Kirchner. La fábula varía según el rol de semidiós o anticristo que se le asigne en nuestros días al personaje de turno.

El conflicto desatado con el campo, que insólitamente se acerca a los noventa días de duración, sirve para ilustrar, una vez más, esta incapacidad permanente que nos aqueja como país: el diálogo entre el Gobierno y el sector agropecuario está roto desde hace más de una semana. Joaquín Morales Solá afirma al respecto: Esa falta de ejercicio de lo que debería ser una gimnasia cotidiana de la política, el hecho mismo de conversar, es más inexplicable todavía cuando un duro enfrentamiento está paralizando la economía y exasperando dramáticamente a la sociedad.

A falta de diálogo y prudencia, lo que la sociedad ha estado contemplando, atónita, a lo largo de estos aciagos tres meses, es un sinnúmero de monólogos; monólogos que lejos de apelar a la sensatez y sustentarse en la mesura, sólo han servido para crispar aún más los ánimos y aumentar el descontento de los ciudadanos del interior del país, que se sienten saqueados, pero peor todavía, humillados. La lógica kirchnerista no ve en el campo al sector productivo de mayor peso en la constitución del producto bruto interno nacional, sino a un fragmento indócil de la población que ha osado rebelarse como nadie antes frente al poder hegemónico que construyeron durante los últimos cinco años; ergo, el sector agropecuario en su conjunto es considerado a través del distorsionado cristal de los Kirchner como el enemigo a batir: con el enemigo no se dialoga, se pelea. Y en el medio, la sociedad, rehén de una lucha en la que irresponsablemente prevalece una infantil pugna de egos y no los intereses generales de la nación.

La enfermiza obstinación presidencial de buscar enemigos hasta debajo de las piedras, que ya tuvo entre sus protagonistas a las Fuerzas Armadas, a la Iglesia Católica, a los medios de comunicación (no sumisos), ahora se centra en el campo. La constante de que todo aquel que no sea adicto a las políticas K., es un “enemigo de la Patria”, resulta patética. La confrontación y la persecución se han vuelto moneda corriente, al igual que la nula posibilidad de disentir, de pensar distinto, sin que la pareja oficial se encolerice, estallando en brotes histéricos, que conducen a las desequilibradas declaraciones que pronuncian en ciertos actos públicos.

Intuyo que esta imposibilidad de asumir las culpas y errores propios, la concurrente dificultad en resaltar los logros y méritos ajenos, junto al endémico maniqueísmo paralizador del pensamiento y el impedimento de dialogar con los que exteriorizan otras ideas, traducen el acabado sentimiento de frustración que flota en la sociedad argentina, no solamente ahora, sino desde hace más de medio siglo. Frustración consigo misma, como sociedad que ha descendido, que ha fracasado una y otra vez, y que continúa desaprovechando oportunidades inmejorables.

Mientras los argentinos no aceptemos el pasado realizando un mea culpa, exorcizando la memoria traumática y absorbiendo la memoria fecunda, para mirar hacia delante, seguiremos naufragando en esta profunda adolescencia social que impide emplear las indudables excelencias atesoradas en pos de la construcción de una alternativa superadora que mude en un futuro sólido y mejor.

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