Vagabundeo resplandeciente

Planos colindantes

Junio 13, 2008 · 11 comentarios

Algunos amigos me achacan el hecho de que pocas veces hago referencia a la science fiction en este blog. Ya he mencionado en otra ocasión –en la que aludí al mismo libro que a continuación– que me considero un no iniciado en el género, al menos en términos estrictamente literarios (para dar una idea, basta con decir que apenas he leído un par de novelas de Arthur C. Clarke, una serie de ensayos de Isaac Asimov, y absolutamente nada de Robert Heinlein).

Sin embargo, siempre regreso a un pequeño libro de science fiction que descubrí de casualidad en un hipermercado, mientras ayudaba a mi madre a comprar frutas, lácteos y ese tipo de cosas que se adquieren en un Wal-Mart: Frankenstein desencadenado, de Brian W. Aldiss. Más allá de que no ostente gran valía literaria, el aspecto más atrayente que hallé en esas páginas fue la mezcolanza de personajes, entreverados cual espectros en los ilógicos intersticios temporales: los puramente ficticios, creados por el mismo Aldiss (Joseph Bodenland); los también ficticios, pero pergeñados por Mary Shelley (Victor Frankenstein, su criatura); y finalmente, lo históricos, reales (Mary Shelley, Lord Byron, Percy Shelley). Vale decir pues, en un espacio temporal uniforme (pese a que existe un desplazamiento del tiempo, no se puede confiar en el ordenamiento de la progresión temporal, se lee en la contratapa de mi edición de Minotauro), conviven e interactúan Mary Shelley –que aún no llevaba ese apellido– y los protagonistas de su más célebre obra.

Como expresé antes, la novela no pasa de ser calificada como entretenida, y la introducción sirve entonces para graficar una reflexión borgeana expuesta en uno de sus eruditos ensayos, una ambigüedad que siempre he encontrado fascinante: la confusión entre el plano objetivo y subjetivo, el mundo del lector y el mundo del libro, cuyas fronteras, usualmente tan sólidas, a veces acaban por desdibujarse, dando a la luz ciertas clases de magias.

El vidente ciego citó algunos ejemplos clásicos al respecto: en el excelso sexto capítulo de la primera parte del Quijote (“Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo”), uno de los libros que estos dos singulares personajes examinan es nada menos que La Galatea, de Miguel de Cervantes, autor de la obra que los contiene. No obstante, en la segunda parte se produce el milagro más extraordinario, cuando nos enteramos que el mismísimo Don Quijote y otros personajes han leído la primera parte: los protagonistas del Quijote son, asimismo, lectores del Quijote: conflicto (desorientación) entre apariencia y realidad, entre ilusión y certeza.

Luego, tenemos también ese frecuente recurso del autor de Stratford, de aquél en que se metamorfosea todo humano que repita un verso suyo: la representación dentro de la representación. Borges señala el simbólico ejemplo de Hamlet, donde se interpreta ante el propio sobrino del rey Claudio una tragedia que es más o menos la de Hamlet. De repente, surge una pregunta ineludible: ¿quiénes son entonces los espectadores, y quiénes los actores? A esos fines, alcanzará con recordar la célebre frase shakesperiana de que todo el mundo es un escenario.

Borges se pregunta por qué nos inquieta, nos perturba, que las mil y una noches estén incluidas en el libro de Las mil y una noches, o el mapa dentro del mapa en una sucesión ad infinitum, que Don Quijote sea lector del Quijote y Hamlet espectador de Hamlet. ¿Por qué será que estos artificios (o no) narrativos provocan tanto sobresalto en la mayoría de los lectores?

Lo que entra en juego es nada menos que el supuesto sujeto pasivo, el lector. Borges se contesta a sí mismo en Magias parciales del Quijote, de la siguiente manera: Creo haber dado con la causa: tales invenciones sugieren que si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios. En 1833 Carlyle observó que la historia universal es un infinito libro sagrado que todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en el que también los escriben.

Esta preocupación de Borges se ha trasladado de manera obligatoria a algunos de sus cuentos. Así, siempre me ha sorprendido que en Historia del guerrero y de la cautiva, nos presente dos hechos fidedignos recogidos en un volumen de ficciones. Es decir, dos acontecimientos que correspondían a la realidad efectiva, por acción directa de las palabras, terminan transformados en meros ejercicios del intelecto. Aquí cobra especial trascendencia la gravitación que el lenguaje tiene en nuestras existencias, porque, en definitiva, cada lector forja su propio libro, reverdeciendo la finitud propia de la escritura en el acto infinito de leer.

Categorías: Literatura