Inmersos en una realidad aciaga donde las fronteras constituyen la materialización más acabada de la división que alienta el mundo actual, en el que día tras día se levantan mayor cantidad de murallas, cercos y vallas, que diferencian, separan, abruman; en un contexto en el que pareciera que todos aúnan esfuerzos para no dejar observar al prójimo como congénere, la sola existencia de personas como Daniel Barenboim debe ser motivo de inagotable alegría para los que sufrimos con esta situación.
Barenboim es una viva prueba de cosmopolitismo: nació en la Argentina, en el seno de una familia judía con orígenes rusos, para más tarde nacionalizarse israelí, español y palestino. Actualmente vive en Alemania, donde dirige la Staatskapelle de Berlín, una de las orquestas más antiguas del mundo (fue creada en 1545). Su trayectoria, que germinó en la faceta de brillante pianista (brindó su primer concierto en Buenos Aires con sólo siete años), y viró hacia su actual rol de director (dirigió la Orquesta de París durante casi quince años, para luego hacerse cargo de la Orquesta Sinfónica de Chicago por un lapso de tiempo similar), lo ha llevado a ser considerado como uno de los directores de orquesta más talentosos y respetados, en la escena internacional, del último medio siglo.

Sin embargo, para todos los que estamos más familiarizados con Paul McCartney que con Arnold Schöenberg, el nombre de Barenboim cobró relevancia en julio de 2001, cuando en ocasión de una presentación en Jerusalén con la Staatskapelle de Berlín, después de ejecutar piezas de Schumann y Stravinsky, optó por rematar el concierto con un fragmento de la reconocida ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner. Barenboim, en perfecto hebreo (pues vivió durante muchos años en Israel), comunicó al auditorio su decisión, sugiriendo que quienes se sintieran ofendidos abandonaran el recinto. Las crónicas reseñan que sólo algunas pocas personas se retiraron indignadas, al tiempo que la mayoría permaneció en sus asientos, y prodigó una enorme ovación al director y a su orquesta una vez finiquitada la extraordinaria ejecución.
Como era de esperar, no fueran exiguas las furibundas críticas que cayeron, como lanzas ponzoñosas, sobre la decisión del músico. Recibió una retahíla de acusaciones, lo tildaron, y no únicamente dentro de Israel, de antisemita, de fascista, de apologista de Hitler, entre otra serie de grotescos e inmerecidos agravios. En lo referente a conciertos en vivo, las obras de Wagner están, aunque de manera informal, prohibidas en Israel; por el contrario, no es inusual que óperas de su autoría –como El anillo del nibelungo– sean reproducidas por estaciones radiales, o fragmentariamente hasta por teléfonos móviles. Su condición de judío y su genuino amor por la grandilocuente música del genial compositor alemán, pero principalmente la convicción de que Wagner representa un desafío mayúsculo para la comunidad judía, lo precipitaron a llevar adelante la “atrevida” empresa de ser capaz de ensalzar la música, y por otro lado, separar la repugnante ideología que sostenía y difundía su creador. Barenboim entiende la música como una manifestación trasnacional del arte: una pieza de Beethoven, Mozart o Wagner logra tal nivel de excelsitud que acaba por desconocer idiomas, nacionalidades y demás segmentaciones.
Pero hay otro aspecto que quiero destacar, y es la creación de la West-Eastern Divan Orchestra: prueba irrefutable del compromiso militante que Barenboim asumió en pos del acercamiento entre árabes e israelíes (que no sólo se limitó a ser la primera persona en el mundo con ciudadanía israelí y palestina al mismo tiempo). Desde 1999, a lo largo de los últimos años, ha reunido cada verano a un grupo de jóvenes músicos israelíes y de los países árabes, con el propósito de que la música oficie como lenguaje de integración, trascendiendo los conflictos políticos, y permitiendo una experiencia que posibilita la creación de lazos de aceptación, convivencia y tolerancia verdaderamente inauditos en el marco de una recíproca hostilidad histórica.

Me permito transcribir el testimonio de una chica que fue oboísta de la orquesta: Todo esto es algo muy importante y especial. Me ha dado la oportunidad única de conocer a jóvenes palestinos y de países árabes con los que nunca tuve contacto en Israel pese a que vivimos unos al lado de los otros, o en países vecinos. Por supuesto que leía y hablaba sobre el conflicto, veía la televisión y escuchaba las noticias. Pero no tenía contacto humano ninguno con los árabes, y ahora esa relación es de primera mano. Me doy cuenta que tenemos muchísimo en común. Vivir con ellos, trabajar juntos, conversar, ser solidarios en esta tarea común de los conciertos, nos permite conocernos tan bien que ahora son como de mi familia. Todo lo que estamos viviendo es un ejemplo de tolerancia y convivencia que demuestra que la paz es posible. Nos llevamos muy bien pero normalmente no hablamos de política, y cuando lo hacemos hay muchas opiniones. Pero podemos hablar y debatir juntos.
La West-Eastern Divan Orchestra no encarna un logro artístico, ni tan siquiera musical: se trata de una victoria de la racionalidad humana. Y Daniel Barenboim es muchísimo más que un genio de la música.

