Vagabundeo resplandeciente

La última lección de Borges

Junio 24, 2008 · 8 comentarios

…y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel. (Jorge Luis Borges, Juan López y John Ward).

Uno de los textos con que descubrí a Jorge Luis Borges –paradójicamente, supuso una de sus últimas composiciones– fue Juan López y John Ward, una verdadera joya literaria que invita, en sus escasos pero más que contundentes y sabios siete párrafos, a la postergada y siempre latente meditación sobre el tiempo histórico reciente.

Les tocó en suerte una época extraña. Siempre me agradó sobremanera ese comienzo digno y característico del máximo exponente de las letras sudamericanas en el siglo XX: Tocó-suerte-época extraña: curiosa y notable secuencia. Y luego, unas líneas que personalmente me deslumbran la vista, y a la vez me llenan de satisfacción; es que encuentro cierta idea universalista, una peculiar concepción respecto a la inutilidad de la existencia de fronteras, y una condena clara y tajante al surgimiento de las guerras a partir de esas divisiones arbitrarias e imaginarias. ¡Qué lección encantadora y plagada de conciliación y cosmopolitismo nos regala Borges consiguientemente!

El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.

Describe a John Ward, nacido en las afueras de la ciudad del mítico cura detective de Chesterton, el mismo que estudia y aprende castellano para poder leer el Quijote. Y a Juan López, el porteño que amaba profundamente las sublimes aventuras marinas atestadas de profundas reflexiones sobre las bondades y miserias que los humanos somos capaces de dar a luz con extraña frecuencia. A posteriori llega la cruel y desvastadota revelación: Juan López y John Ward no llegaron a ser amigos. Tal vez por culpa de dos trasnochados, tal vez por decisión de ellos mismos; lo cierto es que, a pesar de estar estrechamente ligados –por Cervantes y Conrad, por el castellano y el inglés, por una misma patria universal–, sólo pudieron verse cara a cara en una fría, amarga y desolada ocasión. No hubo tiempo para más. Las balas hablaron por sí solas. Caín y Abel, Abel y Caín, López y Ward, Ward y López. Los dos se mataron mutuamente y ambos fueron víctimas del otro. ¿Es lógicamente concebible matar tan siquiera una sola existencia “en beneficio” de un pedazo de tierra? Concluye Borges: Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen. El hecho al que me refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

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